Mara Beger Balboa recibió el premio del Fondo Nacional de las Artes en 2023 por El espacio justo para estar de pie, su primer libro de cuentos, publicado ahora por Salta el Pez. Damos a leer «Anestesia», uno de los relatos del volumen, en el que la tensión entre los personajes y la fragilidad de los vínculos se despliegan en una atmósfera inquietante.
—No le pegues a la vaca —dije.
Descubrí en ese viaje lo perturbadora que podía ser la cara de una persona a la luz del fuego. La forma cadavérica, los cuencos de los ojos en sombra. Jaime soltó la piedra. Estábamos comiendo y la vaca había aparecido de golpe al lado de nuestra carpa, entre los tirantes. Escuchamos ramas crujiendo, pasos, como personas perdidas. Por la noche, en el lago, solo la luz de los fogones. Cuando sonó ese latigazo, el ruido del cubretecho, encendí la linterna: la vaca, marrón, rumiaba pasto.
Jaime había agarrado un palo prendido fuego, lo sopló y agitó hasta sofocarlo. Quedó ardiente.
—Ni lo sueñes —volví a decir. Jaime podía volverse un bobo de campeonato.
Tiró el palo al piso y tuve que echarlo de nuevo a la fogata. Él se acercó a la vaca. Era rectilínea. De lejos, en los campos, siempre me habían parecido parabólicas, barriles acostados. Pero su estructura era más bien metálica. Jaime le puso las manos sobre el lomo, la vaca dejó de comer pasto y me miró.
—Es una vaca salvaje —dije.
Jaime contestó algo y la empujó. Volvió a empujarla contra la carpa con más fuerza mientras decía:
—Caete, ¿no querés caerte vos también?, ¿eh?
Parecía un chico perdido, o un demente.
—¡Caete, carajo!
Escuché los cierres de alguna carpa, el silencio que hacían todos los demás. La vaca coceó la tierra, giró el pescuezo hacia Jaime y mugió.
—Te va a lastimar. Correte —dije.
Ella, como si él no valiera la pena, avanzó por arriba de los tirantes en dirección al lago, en busca de agua fresca.
Una noche, en otro campamento, yo había partido una de las varillas de la carpa. Afuera estaba muy oscuro, tropecé con uno de los tirantes y me desplomé. Jaime se despertó conmigo arriba, del otro lado del cubretecho. Le dije que era yo, que se había roto algo y se puso mal: que por qué no me movía con la linterna, si para eso estaba. Él insistía con la linterna. Me quedé abrazándolo del otro lado de la tela y le dije que tenía razón.
Alumbré a la vaca hasta que desapareció en la oscuridad, Jaime atrás mío, también en la oscuridad, estaba quieto. Quedó iluminada una franja de pasto, la punta de mis zapatillas.
Al día siguiente, me desperté con la carpa embolsada rozándome la frente. Estaba húmeda por el rocío. Abrí el cierre mosquitero y vi a Jaime, a unos metros, avivando un fuego con la tapa de la cacerola. Me senté cerca del lago y él trajo una taza de té y ese diario viejo. Agarré las hojas de un tirón y las dejé caer a un costado. Con las manos enganchadas atrás de la cabeza, me acosté y cerré los ojos.
Apenas llegamos, veinticuatro horas atrás, nos habíamos dado cuenta lo de sus libros. Cuando me preguntó por la bolsa de las frutas le dije que yo no las traía. Que sí, dijo. Había puesto sus libros ahí. ¿Con las naranjas? Recordaba muy bien que había pedido naranjas ombligo porque yo jamás hubiese hecho una cosa así. Después del drama, encontró ese diario viejo y húmedo y dijo que ese sería nuestro oráculo de ahí en adelante. Me pareció gracioso al principio, una broma. Jaime sabía hacerme reír, era más inteligente que yo. Yo también era inteligente, él siempre me lo decía, pero él además era intuitivo. La segunda vez que me pasó el diario fue antes de que apareciera la vaca, tenía los ojos fijos en el fuego, y no supe qué responderle. La tercera vez había sido esa mañana, y simplemente lo dejé caer.
Estuve gran parte de la mañana pasándome una pierna por arriba de la otra, ahuyentando moscas. Espiaba a Jaime a cada rato, su espalda encorvada. El gesto de correrse el pelo, el pelo castaño oscuro, castaño bárbaro. Prendía cigarrillos y movía los pies sobre el suelo pedregoso. Esa mañana fue terrible. Vestía una pollera que a él le encantaba, cada vez que la llevaba puesta estaba pegado a mí, me apretaba acariciándome las piernas. Cuando le pedí un cigarrillo, me pasó uno sin mirarme. Todavía recuerdo la desesperación con la que quería gustarle. Miraba el cielo y me recordaba a mí misma: solo mirá eso que pasa, esa nube, mirala. Hasta que lo sentí pararse, guardar cosas. Se iba a caminar. Me molestó que se fuera pese a todo, me molestó no ser yo la que se iba.
Cuando desapareció por el camino, saqué todas mis cosas de la carpa. Guardé la ropa en la mochila como si estuviera metiendo pájaros a las trompadas. Cuanta más violencia más difícil resultaba domarla. Me sorprendió la forma en que me estaba comportando. Dejé la mochila cerrada al costado de la carpa. En el bolsillo de la capucha guardé el cigarrillo que me había dado Jaime. Me sentía incapaz de abandonarlo. Volví cerca del lago, me puse el diario sobre la cabeza, cubriéndome de la resolana, de cualquier rastro de vida.
Cuando las hojas volaron por el aire, me desperté. Alrededor algunas personas corrían detrás de su ropa. El cielo estaba gris, me costó acostumbrarme a la luz, pero también empecé a correr. Hojas. El suelo estaba lleno de piedras diminutas que se me incrustaban en las plantas de los pies. En algún momento, se me dobló un tobillo y caí. Durante unos segundos no vi nada. Solo quedó la electricidad del cuerpo. Una sensación nueva de dolor se desplegaba por las rodillas, las palmas de las manos ardientes. Levanté la cabeza y vi el lago, las hojas del diario que seguían rodando hasta flotar una a una sobre el agua. Tenía las rodillas ensangrentadas, las manos como un churrasco apenas sellado.
Alguien llegó, se mojó los pies y me miró. Era un chico con rulos rubios, distinto a Jaime, otro ser humano. Por su mirada me di cuenta que estaba ahí por mí, que seguía en el piso boca arriba, en bombacha con la pollera enrollada hasta por debajo de las tetas. Ese chico se llamaba Ramón. Me preguntó dónde estaba mi carpa. Eso que está allá, le dije. Desde ahí, la carpa se veía como una bolsa de basura agitándose en un desierto. No dijimos nada sobre eso, me ayudó a levantarme y la pollera bajó. También quiso saber si estaba sola y me sorprendió escucharme decir que sí. Estaba segura de que él sabía la verdad. Me limpié las manos en el agua, se venía un vendaval.
El cielo azul se había cerrado y empezaba a lloviznar. Ramón me ofreció agua y fuimos hasta su carpa. Nos sentamos en unos troncos y con una botella fue tirándome chorritos en las rodillas hasta que la lluvia se hizo fuerte y corrimos adentro de su carpa, yo con las piernas hacia afuera. Dejar que todo se vaya a la deriva, dejar de hacer, algo así había dicho Jaime una noche mirando el fogón. La carpa de Ramón era roja; las bolsas de dormir, las mochilas, la linterna que colgaba del techo, él también un poco rojo, un poco anaranjado por las pecas. Había algunos libros apilados. Lo recuerdo porque pensé en llevárselos a Jaime pero, ¿robarlos? Además Ramón no estaba solo. Tres amigos habían ido al pueblo a comprar cerveza, era su última noche de vacaciones, por la mañana se iban. Era perfecto para mí. Te llevamos, dijo pícaro.
La lluvia era cada vez más fuerte. Para cerrar el mosquitero tuve que meter las piernas adentro. Imaginé mi carpa destruida, el mal humor de Jaime cuando viera lo estúpida que yo podía ser. Y qué pasaría, qué sentimiento si viera que Ramón me estaba acariciando las piernas, ¿alguno? Porque Ramón me estaba acariciando las piernas y yo no decía nada, ni que no, ni que sí. En el momento que nos besamos estaba pensando en Jaime, una costumbre mía, Jaime con las manos en los bolsillos. También pensé en que merecía ser besada delante del lago con una lluvia golpeando el techo. Ofrendado a Jaime, este beso de Ramón.
Volví a sacar las piernas para afuera apenas dejó de llover y salimos. Había bastante movimiento alrededor, las personas de las otras carpas levantaban todo, parecía que se iban. Un hombre nos dijo que anunciaban lluvia para los próximos días. Caminamos hasta una piedra enorme desde la que siempre me tiraba al lago. No me subí, rengueaba y las rodillas me ardían. Ramón trepó y se lanzó al agua con los brazos abiertos. Salió tiritando, más flaco y más naranja, con aspecto de laucha.
Cuando estaba a punto de volver a mi carpa, llegaron sus amigos. Los tres tenían dientes grandes, bocas grandes. Parecían hermanos. Me convidaron una cerveza fría y uno de ellos preguntó qué había pasado la noche anterior:
—¿Qué pasó con la vaca? —dijo.
—La verdad, no sé —dije, sobresaltada de que lo supieran.
—Nosotros vimos al toro hace algunas noches, este casi llora —dijo señalando a Ramón.
—No lo niego —dijo Ramón—. Terminé de mear y cuando me estaba acomodando los pantalones, lo tenía respirándome en la nuca. ¿Alguna vez tuvieron un toro al lado? Le veía las fosas nasales. No me olvido más.
No quería hablar de Jaime, ni de la vaca, ni de los toros. Yo no tenía nada que ver con eso y lo que Jaime había querido hacer no lo sabía, tampoco me importaba. Prefería que hablaran ellos. Cada vez que Jaime volvía de una caminata me contaba lo que había visto: nieve a lo lejos, aves negras y enormes. Si íbamos juntos, contaba lo que habíamos visto juntos y eso también me gustaba. Siempre tenía algo para contarme.
Estaba oscureciendo. Ramón apiló unas maderas para encender el fuego. Todavía, a lo lejos, veía nuestra carpa. También mi mochila, esperando a un costado. Jaime callado, con las manos en los bolsillos, caminando por algún lugar. Volviendo. Qué pensaría él de todo esto.
Cuando las llamas crecieron vi las caras de los chicos a la luz del fuego. El cielo era de un azul todavía grisáceo. Me levanté y bordeé la costa del lago. A los costados había rocas grandes y por detrás se veía un bosque. El moretón de la rodilla estaba violeta. Tenía que ir despacio. Noté que las únicas carpas eran las nuestras, los demás se habían ido.
Ramón cantó algunas canciones en portugués y después me quiso besar. Yo volvía a tener ese nerviosismo de la mañana, me temblaban las manos y sentía el corazón a cal y canto. Me alejé y busqué otra cerveza.
—Estoy preocupada por Jaime —dije y apoyé la botella sobre la rodilla.
—¿Para dónde se fue?
—Para allá.
Los hermanos se pararon y fuimos en esa dirección. Ramón caminaba cerca mío, etílico. Les pedí que me esperaran, estaba oscuro y quería tener una linterna. Cuando volví los hermanos se estaban empujando cerca del lago y se reían. Me dijeron que con esa luz no lo íbamos a encontrar, que era mejor esperarlo en el fogón. Ellos volvieron y yo apuré el paso hasta mi carpa.
Clavé las estacas firmes, como Jaime hubiese querido. Metí la mochila adentro, era un charco. La abrí y saqué de nuevo todas las cosas, las desordené.
Tenía que verse igual que antes. Si en realidad todo seguía igual que antes, yo jamás hubiese abandonado a Jaime.
Cuando volví al fogón, Ramón ya no me miraba, dejé de sentirme bienvenida. Supe que habían estado hablando de mí.
Escuché un ruido cerca, el crujir de una rama, pasos. Prendí la linterna y apunté: los árboles se hamacaban, Jaime no aparecía.
—Pero ¿qué le puede pasar acá? —dijo uno abriendo los brazos, mostrando el lugar.
—¿Podemos buscarlo con el auto? —dije.
—Está todo oscuro…
—Sí —interrumpió Ramón—, no vamos a ver nada. Yo estoy borracho. Mañana si no aparece, sí. Pero va a aparecer.
Caminé por la orilla. ¿No querés caerte vos también, eh?, esas eran las palabras que Jaime le había dicho a la vaca. Algo se movió en el lago. Prendí la linterna y avancé. La punta de una de mis zapatillas quedó dentro del agua. Vos también, ¿eh? Estuve a punto de gritar: una hoja de diario flotaba abierta.
Me tambaleé hasta la carpa, sostuve la linterna con los dientes. Adentro había pasto y bichos muertos sobre el suelo, entre las bolsas de dormir. Corrí el aislante de Jaime y los tapé. Le revisé las cosas. Siempre llevaba con él la billetera y los cigarrillos. Vacié su mochila primero, después la mía. Revolví todo hasta quedar rodeada de cacharros y ropa húmeda. La rodilla había duplicado el tamaño, pero no la sentía. Encontré el cigarrillo, lo sequé con fósforos y volví afuera. El fogón de Ramón, a lo lejos, seguía prendido. Me quedé parada con la linterna encendida hasta que los bichos que se chocaban contra mi mano, cegados por la luz, me dieron asco y rabia.
Me encerré en la carpa y en algún momento, me dormí.
El calor era sofocante. La rodilla, negra, palpitaba. Al lado mío había una naranja. Una naranja ombligo, reluciente. Asomé la cabeza para afuera. No vi a Jaime. Ramón y sus amigos tampoco estaban. La única carpa era la nuestra.
Me saqué el pantalón y salté en una pata hasta el lago. Entré de a poco en el agua de deshielo. El cuerpo se iba entumeciendo. Jaime tenía que estar por ahí. La rodilla negra cortaba el agua. Estaba tan fría que parecía anestesia.

Mara Beger Balboa (CABA, 1995) es Licenciada en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes. Se formó en talleres de escritura con Liliana Heker y realizó clínicas de obra con Sebastián Martínez Daniell, Luciano Lamberti y Natalia Litvinova. En 2023 recibió el Premio del Fondo Nacional de las Artes. Actualmente escribe sobre cultura para L’Officiel Argentina. En 2026 publicó su primer libro de cuentos, El espacio justo para estar de pie (Salta el Pez Ediciones), y próximamente publicará su primer libro de poesía, Cuándo ser una bestia (Editorial Bardos).
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