La mirada de la pintora que escribe

FRAGMENTO «Diario de pintura» de Ana Montes

«Ana va y viene del cuaderno de notas a la tela, de la pintura a la escritura, de la obra al registro cotidiano. En ese movimiento se fortalece una conciencia del formato y de sus decisiones mínimas: el tamaño de la hoja, el color, el gesto. Así se construye un diario pintado. A lo largo del libro intenta traducir el nombre de su abuela en una pintura. La traducción no es literal. Se resuelve a través de la mirada de la pintora que escribe. El secreto se revela en la obra inconclusa», dice Diana Aisenberg en la contratapa del libro. A continuación reproducimos un extracto de Diario de pintura, de Ana Montes (Bosque Energético).

            La mancha de café en el fondo de la taza parece un caracol de mar. Los restos de espuma forman las olas. Un paisaje perfecto. Lo pintaría si tuviera un pincel y una hoja enfrente. Imagino los colores de la paleta: azul de Prusia, ocre, blanco, rosa viejo, gris. Pinceladas muy finas para las vetas del caracol, pinceladas alborotadas y esfumadas para la espuma. Tendría que dedicarle un buen tiempo a las luces y sombras. Lograr ese marrón es el verdadero desafío. Un caracol hecho de esos tonos. Todos los colores juntos dan marrón, pero cada marrón es único y se forma con una proporción distinta. Para el color de la espuma de mar probaría con un blanco amarillento casi verdoso, por momentos acuoso, transparente.

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            Empecé a tomar estas notas por sugerencia de una amiga escritora. Me dijo: “Tu novela ya está terminada, tenés que empezar a escribir otra cosa ya mismo para soltarla. Para que no se te vuelva una novela maldita”. Agarré un cuaderno de hojas blancas que siempre llevo en la mochila para dibujar y me lancé a escribir. Mientras garabateaba tuve una revelación: escribir a mano es mucho más parecido a pintar que escribir en la computadora. La mano se cansa, la atención está en las ideas, pero también en el trazo. Lo que se escribe, por más que se tache, deja una huella en el papel y el papel es finito, como un bastidor. Cuando se termina el espacio, se termina la pintura.

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            Soñé que pintaba una montaña en un bastidor gigante. Me desperté con dolor de mano.

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            Cuando tenía veinte años, me anoté en la clínica de obra de Diana. El primer día me preguntó qué iba a buscar a su espacio y le dije: una forma de acercar la escritura y la pintura, volverlas una sola cosa, enlazarlas. Ella me dijo que no tenía idea de cómo hacer eso, pero que podía empezar igual. Fui todos los miércoles durante cinco años. Ahí aprendí a pensar con las manos. También aprendí a pintar recorriendo toda la superficie, a que no quede nada de blanco de la hoja, a pintar de adentro de la mancha hacia los bordes, a hacer el color a partir de una pizca, a expandir el pincel con el movimiento de letras y números, a juntar dos manchas y prestar atención a la unión, a armar un catálogo de colores a partir de los colores primarios, a estudiar pinceladas de artistas clásicos, a pintar una mancha a partir de una imagen de la historia del arte, a pintar una mancha a partir de un recuerdo, a pintar una piña, una manzana, un ovillo de lana, una vaca, una imagen en negativo. Me obsesioné con la pintura. Me metí de lleno. Pero ese puente con las palabras que fui a buscar no lo encontré

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            ¿Por qué te volviste artista? Era la primera pregunta que contestábamos en la clínica de Diana. Teníamos que buscar referentes en nuestras vidas que nos hubieran llevado por ese camino. Elegí a mi abuela sin dudarlo, aunque ella no se considerara artista, yo siempre la vi como una artista. También como un enigma. Hablo de esto con mi mamá y me confiesa que siempre le pasó lo mismo. Dice que la recuerda con un cigarrillo prendido mirando la nada desde su escritorio, como si su cuerpo estuviera ahí, pero su mente muy lejos. Tal vez su vida en la casa familiar no le alcanzaba. Su mirada siempre tuvo un brillo fantasmal, un dejo de tristeza que contrastaba con su curiosidad increíble, casi infantil. Todo le parecía interesante: desde la ópera clásica hasta una canción popular, desde el latín hasta el más perdido de los dialectos que intentaba descifrar como lingüista. Desde una receta que le pasaba un verdulero cuando hacía las compras hasta un curso de comida macrobiótica con especias.

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            Mi abuela se llama Perla Golbert. Me parece un nombre hermoso: la perla es una joya natural y Golbert, una deformación del típico apellido asquenazí Goldberg, que quiere decir montaña (berg) de oro (gold). La perla de la montaña de oro. Una imagen preciosa, siempre quise pintarla. Nació el 21 de octubre de 1935 en Garré, un pueblito cerca de Trenque Lauquen. Sus padres venían de Rusia. Su papá se llamaba Sixto y tenía un almacén de ramos generales. Su mamá se llamaba Paulina y se murió a los cuarenta y dos años de un ACV. Se aburría mucho en el pueblo y pasaba horas en la biblioteca leyendo todo lo que podía. Con la Divina comedia, de Dante, aprendió italiano. A los once años la mandaron a Buenos Aires a vivir con sus tíos porque era muy inteligente. La obligaron a estudiar perito mercantil para conseguir un buen trabajo después. Pero ella no tenía ningún interés en los números. Después del perito mercantil, rindió las equivalencias del bachillerato para anotarse en Letras, donde se especializó como lingüista.

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            Nunca le dije abuela. Siempre Perla, o a lo sumo Perli. Supongo que porque no parecía una abuela, al menos no una tradicional. Abuelas hay millones. Nunca conocí otra Perla.

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            “¿Estás cansado de manejar? ¡Manejo yo!”, le dice mi abuela a mi tío de camino a casa. Tiene casi noventa años y no maneja hace más de veinte. Cuando le pregunto si se acuerda de cómo manejar, me dice: “Una no se olvida nunca, es imposible. Es como escribir. Una vez que aprendés a dibujar las letras, te quedan grabadas para siempre”.  

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            Enseñanza de Diana: “Movamos la muñeca con el movimiento de los números. Empecemos con el cero. Primero tiremos un poco de pintura directo sobre la hoja. Ahora con el pincel la vamos a desparramar solo repitiendo el movimiento del cero. Lo vamos a hacer en la dirección del reloj, y al revés. Ahora hagamos otra mancha separada de esta. Probemos con el número ocho. El número es un secreto entre mi muñeca y el pincel. Cuando veamos la mancha final el número ya no se verá. Repetimos el movimiento hasta que queda una mancha sin agujeros de blanco de la hoja y el número ya no se distingue”

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            La mano no se acostumbra al ejercicio manuscrito. Se acalambra a los tres renglones, ya lo tengo calculado. Me pregunto si con la práctica iré generando resistencia, como quien ejercita un deporte con constancia. Una complicación: soy zurda. Escribo, apoyo la mano para seguir escribiendo y se corre la tinta. Las páginas terminan llenas de manchas.


Ana Montes es escritora, pintora, licenciada en Comunicación por la Universidad de Buenos Aires y magíster en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero. En 2019 fue finalista en la Bienal de Arte Joven con su primera novela Poco frecuente, publicada ese mismo año. En 2021 ganó la Beca de Creación del Fondo Nacional de las Artes para terminar de escribir su segundo libro, Meditación Madre 2022 . Da talleres de escritura y organiza el ciclo de lecturas «Quiero estar entre tus cosas» en Soria. Como artista visual participó en muestras individuales y colectivas. En 2024, La flamenca fue finalista del Premio Hispanoamericano de Narrativa Las Yubartas y, el año anterior, del Premio Estímulo a la Escritura «Todos los tiempos el tiempo» otorgado por PROA, la Fundación Bunge y Born y La Nación.

Píxel | Revista Zoom

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