“Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerca, gallina, yuca, malanga, guineo. Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad. Entonces fue más explícito. El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestas a luchar contra el olvido: Ésta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que herviría para mezclarla con el café y hacer café con leche.
El párrafo es largo, pero es de Gabriel García Márquez. No se queje. Nos habla de un momento en la vida de Macondo donde las personas habían olvidado el nombre de todo. Pasaron cosas. Así es que José Arcadio la emprendió para que cada animal o cosa llevase escrito qué es. Pero pronto se dió cuenta que además de nombrar, había que decir para qué sirven. De allí la convocatoria a festejar este 17 de Octubre en Macondo, pues la unidad del movimiento nacional parece pertenecer al ámbito de lo real maravilloso.
En lo real pesadillesco que transitamos sería de verdad trágico que otros, no los argentinos, pusieran las etiquetas a lo real sin discusión y también imponer un único uso permitido. Y van las pruebas del etiquetado dominante. Nunca formal, siempre efectivo.
A los especuladores les dicen inversores; los terratenientes ahora son productores; dos diarios porteños son la opinión pública; la economía es técnica y no una política; los prejuicios ocupan el lugar de la ciencia; los insultos han tomado el lugar de los argumentos; usan como adjetivos lo que son categorías de análisis; el orden financiero destruyó al consenso democrático; la herencia ahora pasa por ser un mérito; presentar como empresarios a trabajadores precarizados; carecen de “educación financiera” los endeudados, morosos, incobrables; la riqueza reemplaza al talento; a la estafa la llaman confianza; la renta sustituye al esfuerzo; la amañada administración de justicia, que es una función, sustituye a la justicia, que es un valor; la monetización de la política contamina todos los ámbitos de representación; la Inteligencia Artificial que no es inteligencia sino artificio estadístico esconde los sentimientos, pensamientos y acciones; la entrega del territorio nacional pasa por integración en el mundo; los que hacen “contenidos” reemplazan a los creadores de sentido; la inmediatez remplaza al tiempo, lo que significa ignorar la sangre; los lugares comunes aspiracionales se la van de cultura; la impunidad es la nueva trascendencia; las lecturas literales se imponen sobre las metáforas y la poesía así como la violencia supone un ejercicio virtuoso del poder. Por supuesto, hay más.
¡Que Cambalache! ¿Usted dijo Cambalache? Bueno, es un tango de Enrique Santos Discépolo creado en 1934. Apenas un año antes, Julito Roca como vicepresidente de la Nación -electo gracias al fraude electoral- había firmado con Sir Walter Runciman el famoso pacto que aseguraba la provisión de carne al Reino Unido a cambio de asegurar la posición dominante de las empresas británicas en el transporte urbano, el ferrocarril, agua y saneamiento, exenta de lo que podía haber de derechos laborales. También liberaba la importación de productos ingleses casi sin impuestos, lo que liquidaba la incipiente industria argentina, sin olvidar el monopolio británico en la importación de carbón, el manejo del crédito y la creación de un Banco Central que garantice la primacía imperial sobre la economía nacional.
Desde el punto de vista de la oligarquía local, ese acuerdo económico daba sustento a la política del “fraude patriótico”. “Cuál es la fuerza que impulsa este progreso? Señores, es el capital inglés” profirió Mitre en un discurso de 1871. Poco más de sesenta años después, alguno que anduvo en la cocina del pacto Roca-Runciman dirá “la Argentina es una de las joyas más preciadas de la corona de Su Graciosa Majestad”. Menos conocido es el pacto que firmaron en 1936 Anthony Eden y Manuel Malbrán, que renueva y profundiza la entrega, aunque habla de cereales así como de las remesas de capital que debían llegar al Reino Unido.
Para concluir esta parte, digamos que Sir Walter Runciman es sindicado como el arquitecto del Pacto de Munich. Sí, es ese acuerdo de 1938 entre Herr Hitler por Alemania, il signor Mussolini (así lo llamaba Churchill cuando lo admiraba) por Italia, Edouard Daladier por Francia y Neville Chamberlain por el Reino Unido, que acordaron la partición de Checoslovaquia en beneficio del Tercer Reich. El presidente checoslovaco Edvard Benes denunció esa traición acerca de un arreglo “acerca de nosotros, sin nosotros y contra nosotros”. Como el decreto 70/23, la ley bases o el RIGI. Pero se ve que a Runciman le gustan los pactos que satisfacen imperios. No es único. Hay personas así. En la Argentina, la oligarquía respira tranquila cuando la dominación local está asegurada por la dependencia internacional. Siempre fue el trato.
No es una fatalidad. Por ejemplo, esa dependencia terminó en 1945. Dicen que Perón decía que en la política argentina él era el equivalente de Napoleón en las guerras de la Revolución y el Imperio franceses. Es que en la guerra entre reyes ganaba el que hacía mejor las figuras de estilo durante el combate. Pero la Revolución Francesa puso al pueblo en armas en lugar de los prolijos regimientos. Así que los ejércitos de los reyes no entendían nada cuando una banda de sacados de repente se lanzaba a bayoneta calada en columna de ataque mientras vociferaban “Vive la Nation”. “No se trata de vencer porque defendemos ideas nuevas, sino que además debemos ganar de manera diferente”, afirmaba el muy civil Saint-Just. Es así que nuestro General reivindicaba haber puesto al pueblo argentino en el campo de la política, donde sólo había figurines de fraude propios de la década infame, y que esos descamisados armados con el sufragio irrumpieron en la realidad argentina al grito de “Viva Perón”. Un 17 de Octubre de 1945. Vaya coincidencia: cayó justo el Día de la Lealtad. Tal vez Melquiades, quien llevó el hielo a Macondo, pueda explicarlo.
Melquiades nos pide que imaginemos trazar en una hoja una especie de cruz, algo simétrica. En el eje horizontal pongamos a la “izquierda” en la izquierda, y a la “derecha” en la derecha. Igual tengamos presente como reza el dicho atribuido a Mario Benedetti “cuidado cuando la derecha es diestra y la izquierda es siniestra”. En el eje vertical ubiquemos arriba la “Liberación Nacional”, pues lo merece y abajo la “Dependencia” que es donde pertenece. ¿Quién está adonde? ¿Dónde están los peronismos? ¿Y usted? ¿Y el pueblo, como en la ficción de Pirandello, en busca de autor o de representantes a la altura de las circunstancias? Demasiadas veces escuchamos hablar “nuestro espacio”. ¿Sabrán que el espacio está lleno de vacío? Podríamos hablar de tiempo, que la tierra es sangre, son sangres, diversas de distintos momentos y sin embargo una. Tal vez la nuestra, que no cabe en ningún pacto colonial. Como antes, como ahora.
Hay que empezar a etiquetar. Incluso con faltas de ortografía, aunque sea en dudosa caligrafía, y en aproximadas consideraciones quedas de perfecta epistemología, so pena de que los intereses corporativos extranjeros junto con los colaboracionistas locales (esos que llamamos “oligarquía”) lo impriman por siempre con marcas de hierro digital en la piel. Que siempre será la identificación de los esclavos. A diferencia de José Arcadio en Macondo, la tarea de etiquetado en Argentina implica también y sobre todo identificarse a sí mismo. Pues en el acto de nombrar nosotros también nos definimos. ¿O nos calificamos por lo que definimos? Como sea, es ineludible, urgente e inexcusable. A menos de padecer conformismo, la forma más confortable de complicidad.
¿Qué dejaremos escribir? “Este es el peronismo. Alguna vez existió. Ahora es otro de los dispositivos utilizables para garantizar el saqueo con rostro humano” O podremos decir “Este es el peronismo, es la columna vertebral del movimiento nacional, sirve para llegar al gobierno y tomar el poder para construir una Patria Justa, Libre y Soberana”. ¿Nombrar es hacer? ¿Hacer es nombrar? Todo eso y más: la única novedad es la realidad. Dejemos que García Márquez nos oriente y nos alerte. “Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita”. Ya sabemos.
