Mi alma llena de cumbia

ENTREVISTA | A 21 años del nacimiento de «Cumbia de la pura», Lucho Rombolá repasa la historia de un programa que abrió un espacio para contar la música tropical desde adentro.

Cumbia de la pura, el programa de radio emblemático del género tropical, este año cumplió 21 años. Lucho Rombolá, quien lo lleva adelante, tiene su canal de YouTube, donde aloja coberturas especiales, informes y reportajes. Dejó La Tribu y, desde hace seis años, el programa sale en vivo los sábados desde las 22 hasta la medianoche por AM 530, también conocida como la radio de las Madres.

            Durante las dos horas de programa, los oyentes y las oyentes llaman, piden temas. Rombolá atiende los pedidos, añade información, recuerda una fecha importante del género, habla de los músicos deudores alimentarios y da cuenta de la incursión en la política partidaria de algunos personajes de la movida tropical. Hace lo que hacen los buenos programas de radio, sin estridencias: acompaña, no alecciona, mantiene el interés y el buen estado de ánimo. Lucho Rombolá sabe quién es, de dónde viene y a quién le habla cada vez que se abre el micrófono. Con el tiempo construyó la fórmula propia.

            “Escucho cumbia desde los 11 años”, se planta Lucho Rombolá. “Mi viejo trabajaba en una agropecuaria, vendía vacunas para pollos, iba de granja en granja por las provincias de Santa Fe y Entre Ríos. Cada tanto llegaba con cassettes de cumbia de los lugares que visitaba. Me acuerdo de ir en el auto escuchando a Gilda con mi papá, antes de que ella se muriera. Además, mis viejos eran laburantes de Pilar, cuando Pilar era un pueblo, e iban a los clubes a bailar folklore, cumbia, tango, música melódica. No escuchaban a los Beatles ni la música moderna de Buenos Aires”.

            “Estudié periodismo porque me gustaba el cine, la literatura, el fútbol. Me gustaba escribir, contar y que me cuenten. Y dije: el periodismo puede ser todo eso”, argumenta Lucho. “A los 18 años entré a trabajar a La Tribu, que era una radio de izquierda. Fue medio de casualidad, porque alguien me comentó que necesitaban un colaborador. No tenía ideología, en mi casa no se hablaba de política, y me quedé”.

            Empezó haciendo títulos y noticias, y escribiendo para los programas informativos de la mañana. Mientras tanto, le hablaba de cumbia a todo el mundo, iba a bailar y era el cumbiero de una radio progre, asociada al rock y a la música alternativa.

Lucho Rombolá. Foto Alejandro Santa Cruz.

            “Bancaban la cumbia desde lo conceptual”, reflexiona, “y a la vez me decían: ‘La cumbia son dos tonos, ¿Cómo me hablás del Grupo Caricias y no de Los Redondos?’ Yo respondía: ¿Desde cuándo lo complejo es mejor? Si lo sencillo es efectivo y gusta, ¿por qué lo menosprecian?”. También me decían: ‘La cumbia es machista’. Pero la sociedad es machista y sí, quizás, la cumbia expresa eso. Me peleaba y fui ganando las discusiones, hasta que en 2005 me concedieron un espacio: ‘Tenés que hacer un programa de cumbia’”.

            En aquel momento, cuenta, los medios de comunicación solo promocionaban y difundían a los artistas: los temas musicales nuevos, las fechas para ir a verlos, algún romance o un hecho policial. “Todo superficie”, opina. “Había otro tipo de periodismo, pero nunca se metía con la cumbia: no era un tema de interés. Por lo tanto, había un vacío y me propuse empezar a llenarlo con historias, con contexto, con ideas”.

            Un ejemplo de ese trabajo es la cobertura que el programa realiza cada año en el aniversario de la muerte de Gilda. Cada 7 de septiembre, cientos de seguidores y creyentes se congregan en el kilómetro 129 de la ruta 12 para celebrar la vida de la cantante. Lucho Rombolá va con su cámara y su micrófono y vuelve con decenas de testimonios que, a 30 años de su muerte, siguen alimentando el mito de Gilda desde el amor y la solidaridad.

            En la década del 90, la cumbia saltó de las bailantas zonales a la televisión de aire, cuando ese aparato ocupaba el centro de la mayoría de los hogares y captaba la atención de amplias audiencias. Pasión de sábado, Tropicalísima, los segmentos musicales de Videomatch y las entrevistas en Almorzando con Mirtha Legrand y en Hola, Susana masificaron un género diverso, con historia y presencia en toda Latinoamérica. ¿Se puede pensar en una fiesta popular sin que suenen “¿Qué tendrá el petiso?”, “Fuiste” o “Mentirosa”?

            Según su lectura, en los 80 la cumbia explotó entre los trabajadores que habían llegado del interior a la capital y sus alrededores, y en los 90 llegó a la tele y a los boliches chetos. “De golpe se transformó en un fenómeno fuerte, era una moda, todos se vestían con la ropa trucha de la feria. La clase media jugaba a ser de la villa. Yo, en los 90, me crié en Palermo Trash, no el de estos últimos diez años. El barrio se inundaba, era bastante picante. Estaba la zona roja en Godoy Cruz y, cerca de mi casa, las bodegas Giol, que fueron toda una movida de resistencia para evitar el desalojo de la gente que habitaba el predio. Hicieron un festival y tocaron Charly, Fito y creo que también pasó el Diego, a chequear, pero dejemos correr el rumor y fabriquemos el mito”.

            El cambio de siglo mostró los efectos negativos del neoliberalismo que se venían incubando desde la dictadura, y los artistas hablaron de la violencia, el desamparo y la fractura social. Se terminaron las luces de la televisión para la cumbia. El cine contaba historias de desocupados y de pibes que salían a robar para comer, como en Mundo grúa o Pizza, birra, faso; el rock ya no buscaba glamour, era crudo y barrial; y en la cumbia se impuso la narración de la vida en las villas miseria, algún paso por la cárcel y una alegría sin mañana. Un lenguaje propio.

            La cumbia nace en Colombia y se expande por el continente, de México a la Argentina.  Cada zona crea su propia versión, con influencias y colores locales. En nuestro país, los Wawancó dieron el puntapié inicial de la música tropical a fines de los años 50. El cuarteto, en tanto, es un género de la provincia de Córdoba surgido una década antes, que con el tiempo se mixturó con la cumbia e ingresó en la categoría tropical. Sin embargo, algunos puristas rechazan esa inclusión e insisten en que, por un lado, está la música tropical y, por el otro, el cuarteto. Lucho Rombolá considera que esa resistencia es algo “muy de nicho”, porque todas las bandas de Córdoba, más allá de su categoría, tocan en los mismos circuitos y comparten el mismo público.

            La movida está viva y funciona en varios niveles. El conductor de Cumbia de la pura explica que hay bandas nacionales que hacen giras por todo el país y por los países limítrofes. También están los grupos que animan circuitos locales todos los fines de semana. “Las bandas santafecinas se mueven en las radios y boliches de su zona, no se van a tocar a otras provincias. La influencia es muy territorial”, ilustra.

            Por otro lado, los grupos internacionales tocan en bailes de cada comunidad, que se concentran en la periferia de la Ciudad de Buenos Aires y en el conurbano: por ejemplo, Grupo Histeria y Sabor Sabor, de Bolivia, o Márama y Rombai, de Uruguay. Y en la cima de esta estructura están las bandas que exceden el público de la cumbia, como Los Mirlos, Los Ángeles Azules y Chico Trujillo, que llenan estadios y comparten escenario con músicos de otros géneros.

            En sus 21 años de historia, Cumbia de la pura construyó un espacio propio: un lugar para contar las historias de sus protagonistas, reconstruir la memoria del género y dar cuenta de una escena diversa, que se transforma y se expande sin perder sus anclajes territoriales. Rombolá sigue haciendo lo que se propuso desde el comienzo: contar la cumbia desde adentro, con conocimiento y una escucha atenta a quienes la hacen y la disfrutan.

Imagen de portada Lucho Rombolá. Foto Alejandro Santa Cruz

Píxel | Revista Zoom

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