,

Rescatar las voces plebeyas

Los sueños adentro de los libros. Los libros disparando sueños. Entre Tucumán y el conurbano sur esa caja infinita de voces se resiste y nos llama a resistir. Por Rossana Nofal

¿Cuáles son los afectos que se suceden cuando tocamos un libro? Una idea, una intuición, la seducción de lo desconocido, el secreto encanto de la prohibición y la tentación del robo, tan literario, tan humano. “La libertad es un olor” dice el Casiperro del hambre, de Graciela Montes. Acortar la distancia entre nosotros y un libro implica movilizar el deseo de act uar, decir, pensar, leer, escribir, escuchar, conversar y preguntar. Alejarse de los libros es una gestualidad que vemos todos los días. Lejos de ser una rutina naturalizada en su cotidianeidad es un ejercicio político de clausura.

Imaginar un mundo sin libros es fundamentalmente una decisión de abandono: dejamos de lado lo intenso, lo productivo, la creación de un mundo nuevo. Quedan muy lejos los ejercicios de prohibición o el fuego de las hogueras. Hemos sacado a los libros de las escenas. Casi que hemos burocratizado el uso de un lenguaje de caracteres inmediatos y cuantificables que nos olvida en nuestra condición humana y subversiva de inventarnos cada día en el laboratorio de la alquimia vida, Melquíades y los Magos de Oriente que son tres y son reyes.

Hostilidad y distancia entre los libros y nosotros es también el eficaz ejercicio de la lógica colonial del capitalismo. Desde los enunciados tan docentes que somos “los chicos no leen” hasta el ejercicio de leer al menos un libro por año como cifra nacional hemos perdido ese gesto de “meter los dedos en un libro”. Sin embargo, las cuentas salen mal. Porque en algún lugar del mundo, las cosas se imaginan desde el entusiasmo. Hay otras tribus y otros lugares.

Aquí empieza la historia

“Empezó, como empiezan las historias, de buenas a primeras y en la mitad de la vida. Empezó un día de morondanga (porque esos son siempre los mejores días)”, Graciela Montes, Historia de un amor exagerado.

Me subí a un avión para llegar a Buenos Aires. Un sábado cualquiera, gris y frío de la penita quitada. Y el viaje seguía porque era de cruzar un puente. Tenía una invitación, se presentaba un libro y se inauguraba algo así como un espacio de libros y de vinos. La cita era en una calle Salta, igualita a la mía, pero esta quedaba en Gerli, Avellaneda, barrio del conurbano sur, Villa Argentina paredón y después te veré o me verás volver.

Es verdad que mi amigo tucumano en Buenos Aires sapo cancionero cada uno con su canción y los cristales me había contado de este proyecto en una siesta de diciembre, en Tucumán, mientras nos íbamos derritiendo en la selva tropical que somos. ¡Ay, Zeta! Es interesante, pero: ¿No sería mejor abrir una guardería? No, no. Es de libros, decía, y de conversar “porque ensancha el mundo”. ¡Ay, Zeta! Es del romanticismo de los setenta, pero los autos: cinco por hora, quince por meses, un par de motos, de cinco días, veinticuatro horas, muerte los domingos y los lunes tres por siete. No, no. Demasiado geométrico. ¡Ay, Zeta! Tan rufián melancólico que es Arlt, pero no de los tonos fuertes que falsificamos las banderas y el juguete rabioso: para él la lluvia en lengua madre voz primera.

El lugar de llegada es una biblioteca pública pero propia con los sentidos de una generación y la lógica de quien fue construyendo refugio y silla de imaginar. La puerta roja de VICA es la frontera indómita donde viven los libros, donde conversan entre ellos, te invitan a pasar y te desafían con la próxima página. No se trata de comprar los libros que están, porque esos ya tienen dueño; en realidad están ahí porque son las lecturas, espesor y musicalidad de los libros que vendrán. Porque la secta es de los editores. Y esa es la clave de esta “comunidad” como la definió “Nino” Véliz “en adelante, “el socio”, lejos de cualquier codicia institucional y sin cotización meritocrática, los libros se hacen desde la idea origen y ligera e infundada en el ADN de la lectura. La V y la A con las que comienza y termina el nombre VICA forman la sigla de Villa Argentina; las iniciales del medio nombran una abuela, Irma Cominiello, en su tienda, antes mercería, ahora, librería. Las nietas y los nietos de Irma, y de su compañero, Guillermo Rodríguez, diseñaron este rincón en el mundo donde los sonidos de las cintas, los casetes en cajitas con letras de puño, las películas en VHS y los “aparatos” para reproducir nos llevan a ese mundo analógico tan lejos del vértigo plataforma e inmediatez de presente absoluto.

Es el fuego tribal del encuentro. Los vinos, las comidas ricas, y la invitación al errabundeo de los propios pasos. Mirar la biblioteca es recordar las lecturas y las anotaciones para detener la tempestad, dicen los habitantes de ese lugar. Que es público y en eso va el ejercicio de militar la literatura que lo puede todo. Manifiesto y política de “rescatar las voces plebeyas contra la colonización del algoritmo”. Perderse o dejarse encerrar volviendo sobre nuestros libros sin la seguridad del salvoconducto de la circularidad. La última salida o la primera noche del siglo sin el autoritarismo encubierto de la erudición banal. Los que estábamos ahí veníamos de distintas geografías y de distinto tiempos. Pero todos, en algún momento, habíamos compartido esas palabras escritas, ese modo de pensar el mundo desde la inscripción del alfabeto propio con restos, pedacitos, mudanzas que viajan en cajas y vuelven a armar bibliotecas. Que es privada y es abierta en sus paradojas. Objetos desclasificados, robados de su origen y devueltos en otro estante. Alguien los llevó ahí para que armen otros diálogos. No es de la consulta, es de vivirlos en las páginas, todas de arena y lo infinito. Es casi trance y exageración de las pasiones extremas: la conversación se puede encarar sobre el desacuerdo de la distancia y en esa vereda hace libros.

¡Ay, Zeta! ¿Y si todo sale mal? Un atolladero, y un callejón sin salida. Pero en ese lugar, que es laberinto de anaqueles donde todo parece igual, hay una buena vía de escape. Cuando se escribe el mapa y la buena dirección para escapar. Ellos hablan de comunidad.

El que diga que esta historia se termina: miente

Zeta y Nino son profesores. Filosofía, semiología, sociología y por ahí van; yo intento enseñar la literatura y los cuentos de guerra. Traigo entonces las lecturas, los libros cruzados, las citas que fui juntando para tratar de entender las cosas que vivimos en ese lugar. Que es comienzo y empezar de nuevo. La ética de la fraternidad, dice Spinoza, está vinculada a la importancia que tiene la alegría, ligada a lo bueno, y la consiguiente crítica de «las pasiones tristes», que son las necesidades del déspota. En 1978 Deleuze reescribe a Spinoza en esos inquietantes dos polos: “alegría-tristeza, que serán para él las pasiones fundamentales, y será triste toda pasión, cualquier pasión que envuelva una disminución de mi potencia de actuar, y será alegre toda pasión que envuelva un aumento de mi potencia de actuar. Lo cual permite a Spinoza abrirse, por ejemplo, sobre un problema moral y político fundamental y que será su manera de plantear el problema político: ¿cómo sucede que la gente que tiene el poder, en cualquier dominio, tenga necesidad de afectarnos de tristeza? (p. 37).

La historia sigue, las baldosas son otras

Alejados de la microfísica del poder, pero muy próximos a la tecnología más compleja de lo humano que será siempre la escritura, Avellaneda escribe otro archivo: todo lo que ocurre se retoma en memoria, se dicta, se graba, se edita, se diseña, se imprime, se multiplica, en la soberanía todopoderosa de la palabra. Coleccionistas de libros, de ilusiones, de futuros. Sobrevivientes y herederos de un espacio, VICA se imagina imperio y ejército ruidoso de vendedores de libros y las valijas. Obstinados en la Ínsula Barataria se vienen a Tucumán. Presentamos VICA y sus libros el jueves 9 de octubre a las siete de la tarde en el Centro Cultural Rougés de la Calle Laprida 31.

El polvo en los zapatos A 50 años del genocidio, Claudio Véliz (editor). Lluvias. Aguadébiles de la vida cotidiana, Carlos Zeta. Las provocaciones y las lecturas serán de Victoria Daona y de María José Bovi; la música en escala poética de Lucho Hoyos.

VICA es catálogo y una Biblioteca de Babel para el continente de las estirpes condenadas al olvido: con las muchas lenguas y con el registro étnico y violento de la conquista. Anaqueles de vidas de mujeres y de hombres que viven, piensan, sufren un territorio en su extensión. Una biblioteca patrimonial y física casi imposible de imaginar porque se desplaza y entra en una mochila de viajar con lo puesto. Una vez que se han tomado todo tipo de precauciones, he renunciado a decir algo sensato. Comencé a escribir en mi biblioteca imaginando series posibles. En el amor exagerado, Santiago Verón viaja en una carta de papel, cartero y correo al nuevo barrio de Teresita Yon. “Como esta historia está abierta, yo no quiero echarle llave”.

Compartí el artículo