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La traición como una de las bellas artes

Bullrich, Milei y una disputa interna donde las lealtades parecen tener fecha de vencimiento. Por Ricardo Ragendorfer

El video difundido por Patricia Bullrich en el que Lali Espósito entona el tema No me importa pretendía ser, con respecto a la polémica por el Presupuesto del año entrante, una simpática, pero implacable, chicana a los altos mandos de su propio espacio político, empezando por Javier Milei. Este —como es de público conocimiento— detesta a la cantante. Pero fue justamente ella quien se erigió en —involuntaria— vencedora del asunto, después de que el Presidente, haciéndose el desentendido, dijera: “¿Cuál sería el problema de que escuche a Lali? Hasta tiene canciones que me gustan”.

Por tratar de ser graciosa, la senadora había errado el disparo. Es que su sentido del humor es a la comicidad lo que las marchas militares a la música. 

En rigor, su destreza está en el arte de la traición. Sí, un arte. Y que suele practicarse a hurtadillas, al amparo de la oscuridad y atacando a las víctimas por la espalda. Pero ella traiciona de frente, a cielo abierto y ante la mirada de todos, ofreciendo así un espectáculo único e irrepetible. 

Lo prueba, por ejemplo, el creciente nerviosismo de Milei.

Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.  

Titanes en el ring del poder

El cerebro humano es un órgano flexible. Por esa razón, no resulta infrecuente que algunas personas, desde una postura ideológica de izquierda, salten hacia la ultraderecha sin escalas intermedias. De hecho, el mismísimo Benito Mussolini militaba en el Partido Socialista, y ya se sabe cómo terminó. 

Lo de Bullrich es distinto, puesto que supo abrevar nada menos que en 11 espacios partidarios con proyectos antagónicas y una marcada rivalidad entre sus líderes. Algo, por demás, digno de la Guía de Récords Guinness y que bien podría interpretarse como una “sustitución escalonada de lealtades”.

Ese gradualismo, lejos de ser fruto de un imaginario político cambiante, es la consecuencia del único ideal que ella mantuvo por más de medio siglo: la acumulación de poder y al lado del ganador de turno.

Claro que todos los ganadores de turno poseen sus fechas de vencimiento, ante las cuales ella ejecuta la traición. Tal es su patrón de conducta.

Un caso testigo: el de Mauricio Macri. Bien vale reconstruirlo.

Hace 34 meses ocurrió esta intriga shakesperiana en clave de comedia.

Fue días después de que Milei se impusiera en el balotaje gracias a Macri, cuya hazaña consistió en cederle los votos obtenidos en la primera vuelta por Bullrich, su candidata. Ese gesto no fue gratuito, dado que lo convertiría en una suerte de mandatario en la sombra, y con el valiosísimo atributo de instalar a su gente en el futuro gabinete. 

La prensa ponderaba su muñeca maquiavélica. Y él, paladeando el dulce sabor de percibirse el gran titiritero del momento, viajó a los Emiratos Árabes por algún asunto relacionado con sus responsabilidades en la Fundación FIFA.

Mientras tanto, Bullrich no disimulaba su afán de ser la próxima ministra de Seguridad, sin contar para ello con el aval de su jefe político.

De modo que la designación de “la Piba” —como se la llama a esa mujer ya septuagenaria— fue para Macri un baldazo de agua fría.

Eso hizo que, enfurecido, la llamara por teléfono desde Dubái.

—¡Te cortaste sola! ¿No habíamos quedado en que absolutamente todos los nombramientos tenían que pasar por mí?

La voz de ella sonó muy serena:  

—Vos ya no sos el presidente. El presidente es Milei. Y él me convocó.

En esa frase se deslizaba la deslealtad en estado puro. 

La respuesta de Macri fue un tartamudeo y, luego, el silencio. Un silencio muy pesado. Hasta un tipo cómo él siente estupor ante una bajeza tan alevosa.

Lo cierto es que sus ambiciones institucionales quedaron inconclusas. En cambio, la estrella de Bullrich había vuelto a brillar.

Así empezó en Argentina parte de esta pesadilla distópica, quizás la peor desde la restauración de la democracia, a fines de 1983. 

En este punto es necesario adelantarse en el calendario, hasta recalar en Rosario, durante el acto por el Día de la Bandera celebrado este año.

En su transcurso, Milei no dudó en protagonizar una significativa escena: abrazarse ante las cámaras con Bullrich, 

Ella ya soñaba con sentarse en el Sillón de Rivadavia.   

Su nueva traición había comenzado así a ser televisada en tiempo real.

El Triángulo de las Bermudas

Hay una frase de Bullrich, aparentemente fortuita, que no merece soslayarse: 

–Quizás él no tenga el cuero tan curtido como yo.

La pronunció al volver de Rosario, y se refería a Manuel Adorni, ya caído en desgracia, a quien, no obstante, Milei apoyaba.  

Sería, a la luz del tiempo, uno de los primeros signos verbales del camino que ella que empezaba a labrarse a espaldas del verticalismo partidario.

Es posible que Karina Milei no se sorprendiera por esa rebeldía, dado que –según rumores que circulaban en la Casa Rosada– eso estaba en sus cálculos.

 Por ese motivo, en 2025 la había empujado a encabezar la lista de candidatos al Senado al suponer que, corrida del Ministerio de Seguridad, su accionar sería mucho más limitado.

No fue así, puesto que, desde su nuevo puesto de lucha, Bullrich causaría nuevos chisporroteos en el primer anillo del Gobierno.  

Eso pasó al apoyar el pliego de la doctora María Verónica Michelli para convertirse en jueza del Tribunal Oral Federal N°5 de La Plata, a pesar de que Milei la había vetado por ser cuñada del periodista Hugo Alconada Mon.

En realidad, a Bullrich le interesaba menos el destino de esa mujer que la 

oficialización de su gesta por el arrebato del poder; una gesta con recursos tan variados como insidiosos. 

Ya en la Cámara Alta, ella se adjudicaba méritos que también se atribuían los Milei (como la sanción de la Reforma Laboral). Y en los cónclaves trataba, con interrupciones y otras molestias, de provocar brotes de furia en el primer mandatario (como la vez que éste le ordenó a los gritos que se callara). 

Su pelea con Javier y Karina se asemeja a una guerra de guerrillas. Pero a los hermanos no les conviene expulsarla, ni a ella irse de un portazo.  

Con el paso de los días, esas tensiones crecían en proporción geométrica. Y ya nadie dudaba de que en Bullrich latía una traición en desarrollo.

El espectáculo estaba en su apogeo. 

En medio de esas circunstancias, ella se vio favorecida al arreciar la feroz interna entre Karina y Santiago Caputo. De modo que “El Triángulo de Hierro” se iba transformando en “El Triángulo de las Bermudas”. 

Tal impresión se acentuaría entre el 7 y el 17 de agosto pasado, debido al colapso emocional que mantuvo a Milei encerrado en la Quinta de Olivos.

A regañadientes, su entorno esgrimía por excusa la escritura de un libro y, también, un dolor lumbar. Pero lo cierto es que el Presidente atravesaba una internación secreta, durante la cual, incluso, interrumpió su profusa actividad en X (antes Twitter),cosa que despertó la curiosidad de la prensa. 

En ese lapso, desde la jefatura de la bancada libertaria en la Cámara Alta, Bullrich se mostraba muy contenta y locuaz. 

Es que, en paralelo al patatus presidencial, ella logró la media sanción de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, pero con muchos recortes.  

Al respecto de esto último, adujo que su texto “vino un poco endiablado”. 

Fue un tiro por elevación al autor del proyecto, Federico Sturzenegger, cuya cercanía a Karina es notoria.    

En líneas generales, además de copar el centro de la escena parlamentaria, aprovechó para establecer públicamente sus diferencias con la política oficial. 

En tal sentido no dudó en proclamar: “Necesitamos más velocidad en los resultados para que el cambio se sienta en la vida cotidiana. Porque hay sectores que están pasando un momento muy difícil”. 

Por toda reacción, Karina y Javier se mantuvieron en silencio. 

Desde luego que el asunto no tardaría en agravarse. Y eso, precisamente, ocurrió a partir del 15 de septiembre, debido al cuestionamiento de Bullrich por los recortes a la ya vapuleada Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) en el proyecto de Presupuesto 2027. 

Bullrich sostuvo que eso fue decidido después de que ella se retirara de la reunión en la que dicha poda fue resuelta. Y que, luego, nadie le avisó.  

Los Milei persistían en su silencio. Pero le encargaron al jefe de Gabinete, Diego Santilli, que le respondiera a la senadora. 

El tipo, entonces, por único argumento, le lanzó:  

–Como en el fútbol, estas cosas se hablan en el vestuario.

Y ella, simplemente, lo tildó de mentiroso.  

Buena parte de la opinión pública está pendiente de esta trama, como si fuera un apasionante folletín por entregas. 

Y la pregunta es: ¿acaso la suerte de Milei ya está echada? 

Ahora, con la crisis económica ya plasmada en lo social, es un secreto a voces que hasta el establishment ve en él a un cadáver político. Y en el mayor de los sigilos, milita por “un mileísmo sin Milei”.

De hecho —tal como lo reveló Leandro Renou en el diario Página/12—, el zar de Techint, Paolo Rocca, anhela una movida parecida al Grupo A, que en la época del kirchnerismo impuso una falange parlamentaria para neutralizarlo.

Todo sea por no perder sus privilegios. 

Mientras tanto, Patricia Bullrich ya se frota las manos con fruición. 

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