En los últimos años se ha venido hablando de los trabajos de cartoneros, changas, merenderos, Rappi, Uber, OnlyFans, feriantes, proyectos autogestivos, servicios de cuidados, etc. Actividades que años atrás podían ser pensadas como rupestres se convirtieron en una regla. Son los lados más visibles para administrar la escasez en tiempos donde “no hay plata”.
Gerardo Avalle es politólogo del CONICET, investigador de la Universidad Católica de Córdoba e integra el Colectivo de Investigación El Llano en Llamas. Recientemente, compiló un libro digital denominado Capitalismo, subjetividad y democracia: Reflexiones en torno a la economía popular y los territorios de resistencia en Córdoba, Argentina (se puede leer aquí).

Allí se exponen distintos trabajos académicos sobre la temática en cuestión: “Mientras íbamos avanzando, el contexto económico y político había cambiado. Ya no era solamente estudiar la economía popular como sector emergente o como nuevo actor político, sino sobre todo preguntarnos qué lugar pueden ocupar los sectores populares en la reconstrucción del tejido social en un escenario que estaba muy marcado por una crisis prolongada”.
En entrevista para Zoom, Avalle repasa los análisis sobre las distintas experiencias económicas informales y una respuesta ante el “agujero negro” de por qué las ciencias sociales no predijeron el ascenso de Milei al poder.
—En el libro, se contempla un paralelismo entre las economías de aplicación con salida individual, como Uber y Rappi, y las experiencias de economía popular, más territoriales y colectivas. ¿Son contrapuestas o se complementan?
—El libro se enfocó en una característica muy estructural del mundo del trabajo, donde cada vez más hogares necesitan combinar distintas actividades para sostener ingresos. Ahí tenés el empleo formal, informal, changas, trabajo independiente, tareas de cuidado, ferias, reciclado y trabajos en plataformas. La precariedad dejó de ser una situación excepcional o marginal y se convirtió en una característica más estructural del mundo del trabajo. Nosotros hablamos de un “capitalismo blindado”, que se cubre o se excluye de la deliberación pública y se combina con formas más intensas de vigilancia, de control y disciplinamiento. Ahí vemos un Estado que puede retraerse en materia de protección social, empleo, vivienda, salud y, al mismo tiempo, se refuerza en seguridad y control. Son dinámicas que conviven con una polarización de buena parte de sus recursos y dispositivos territoriales.

—¿A qué llamás polarización? ¿Cuáles son los polos?
—La polarización está vinculada, en términos económicos, entre lo formal y lo informal, entre un sector asalariado cada vez más chico y un sector autónomo cada vez más grande. Y, en términos sociopolíticos, hay una creciente fragmentación respecto de la confianza en las instituciones políticas.
—También plantean que, así como las economías de plataformas generan la ilusión de administrar los propios tiempos, a la vez pueden generar un “sujeto autoritario”. ¿Cómo se explica ese salto?
—Es una lógica de descontento, insatisfacción respecto a la condición presente de los sujetos, que lleva a movilizar emociones o pasiones que provocan frustración y enojo que se trasladan al entorno social. Hablamos de implosión social: estallan todos los espacios más microfísicos de interacción de los sujetos. Y después se van desplazando hacia el otro, hacia otro ciudadano, hacia otra institución pública, sobre todo con descreimiento, desconfianza y miedo. Uno estalla contra todo y, sobre todo, contra el otro, tratando de atribuirle la responsabilidad por su pasar. En Uber, el trabajador está siendo evaluado permanentemente por el ranking que genera la plataforma y por las exigencias que esta impone sobre el conductor. Induce a una lógica del juego: los sonidos y la llamada de un nuevo cliente se parecen a los de un casino online, como que ganaste un nuevo pedido y tenés una nueva estrellita. Eso implica mucho sacrificio. Hoy los ingresos en Uber están decreciendo por la cantidad de oferta laboral que está apareciendo frente al desempleo y porque la plataforma cada vez demanda más al sujeto la resta de su tiempo vital.
—Algunos economistas plantearían que el debate sobre la economía popular y de plataformas se reduce solo a la cuestión distributiva, pero que deja a un lado lo productivo, es decir, que existen porque al país le falta más inversión.
—Yo creo que eso es porque está faltando pensar un modelo de país, no un modelo de crecimiento. Los flujos del capital se mueven buscando oportunidades de mayor explotación o plusvalía, no en la generación o formación de empleo. Una pregunta clave sería quién soporta el costo de cualquier decisión económica y qué formas de vida produce. No afecta por igual a todos, convive con una fuerte concentración de riquezas, con inversiones en sectores muy rentables pero que generan poco empleo y con escasos mecanismos de integración social. Las personas ponen recursos, multiplican actividades, asumen individualmente los riesgos y, entonces, la dificultad estructural se convierte prácticamente en una obligación personal de adaptarse. Y cuando la escasez se vive como competencia entre individuos, seguramente puede crecer la demanda de más orden y más castigo hacia quienes son presentados como responsables o beneficiarios injustos.
—¿Y eso explicaría por qué en 2023 Milei obtuvo un “voto plebeyo”?
—Tiene millones de explicaciones y obviamente no hay un consenso total. Creo que la pandemia provocó fuertemente una transformación de las subjetividades que se vincularon con este elemento de mayor individualización y ruptura de vínculos. No significa que haya una relación entre precariedad y voto de la derecha, ni que el electorado ya sea homogéneo. Ese voto no expresó tanto una adhesión a la doctrina del liberalismo, sino que tuvo que ver con la acumulación de enojos, frustraciones y desafección. El esfuerzo individual deja de garantizar el progreso y las instituciones tradicionales como el Estado, los partidos, los sindicatos y las organizaciones sociales pierden capacidad para representar esa experiencia. Milei logró condensar y ofrecer a ese malestar una explicación bien sencilla y un adversario reconocible: la casta, el Estado, la intermediación. El problema estructural se tradujo en un lenguaje moral. Y entonces la sociedad comenzó a dividirse entre quienes producen y quienes viven de otros. Y eso demanda un nuevo orden que lleva a buscar figuras autoritarias. Por eso la propuesta libertaria articuló dos demandas que parecen contradictorias: libertad para uno mismo y autoridad para los demás. Libertad para trabajar, comerciar y progresar sin regulaciones, y autoridad para quienes son identificados como obstáculos. Ahí tenés una mezcla entre libertad económica y punitivismo como componentes de la misma subjetividad.

—Por último: el sorpresivo ascenso de Milei llevó a preguntarse por qué las ciencias sociales no advirtieron que podía ocurrir un fenómeno como este. Las nuevas derechas sostienen que esas disciplinas están “cooptadas por las izquierdas”, que se enfocan en “minorías” y, por ende, ningunean la realidad de las mayorías. ¿Qué podés decir sobre eso?
—Yo no lo veo así. Capaz fue inesperada la velocidad y la magnitud del crecimiento electoral que tuvo Milei. Pero hubo muchos procesos que hicieron posible su aparición y consolidación que ya se venían estudiando. Había estudios sobre precarización, endeudamiento de los hogares, crisis de representación, nuevas derechas en la región, la denuncia del individualismo autoritario, el malestar juvenil, los focus groups sobre pasiones y emociones juveniles, la desafección política y, por supuesto, la transformación de la comunicación política en las redes sociales. El problema es que muchas veces se estudian por separado y no siempre se logra advertir cómo se podrían articular necesariamente de modo electoral. También existía cierta dificultad para reconocer políticamente a sujetos que no responden a categorías tradicionales, como es el outsider. Una parte creciente de esos sectores populares ya organizaba su vida por fuera de las mediaciones tradicionales. Los jóvenes con trayectorias laborales discontinuas podían aparecer en las investigaciones como trabajadores precarios, pero no necesariamente estaban siendo escuchados como sujetos políticos: tal vez sabíamos bastante sobre sus condiciones materiales de vida, pero no cómo interpretaban tanto esa frustración, a quién responsabilizaban por esa situación o qué expectativas políticas estaban construyendo. Seguramente ahí hubo un punto ciego muy fuerte. Y eso, obviamente, obliga siempre a revisar las categorías con las que uno analiza. El resultado de 2023 no representa una falla de pronóstico electoral, sino un desafío más profundo para volver a escuchar experiencias que quizás conocíamos estadísticamente, pero no estábamos comprendiendo plenamente su dimensión afectiva, moral y política.
