La dignidad, ese hilo invisible

LECTURAS ¿Qué queda de aquellas formas de organización colectiva que hicieron de la calle un territorio de lucha y de visibilidad? “Historia del movimiento piquetero”, de Francisco Longa. Una bitácra argentina.

Las derechas y ultraderechas actualmente en el gobierno han hecho un slogan el tema de terminar con la “ocupación de la calle”. Basta recorrer las calles de Buenos Aires, el distrito más rico de la Argentina, para ver los anuncios oficiales que hacen campaña mediante la promoción del orden, con ostensibles imágenes de espacios vacíos antes “ocupados”, con el agregado de que son ciudadanos que viven “extramuros” los que alteran el bienestar de la “gente decente”. Ese énfasis se explica porque los sectores dominantes temen lo que recuerdan muy bien: las novedosas y potentes formas de organización que surgieron al calor del ajuste menemista y luego del estallido del 2001. De allí que el notable trabajo de Francisco Longa, a un cuarto de siglo del “Argentinazo”, y en plena reedición de aquel ajuste, resulte una buena noticia.

            Si durante muchos años, una ruta cortada en la Argentina fue, para muchos, un acto de interrupción molesta en la cartografía del movimiento cotidiano, para otros, muchos más, se transformó en el único mapa posible de la visibilidad. En su libro Historia del movimiento piquetero (Siglo XXI), el politólogo Francisco Longa no solo nos propone un recorrido académico por tres décadas de lucha, nos entrega una bitácora de la Argentina que se rompió en los noventa y que, desde entonces, no ha dejado de intentar remendarse desde el asfalto y la calle. El libro reivindica, mientras analiza y explica, el poner el cuerpo y la organización colectiva. Es anticlimático en una época que parece querer borrarlo todo con un «clic» o un decreto. Longa, quien combina el rigor del investigador del Conicet con la piel curtida por años de militancia territorial, logra explicar cómo un grupo de hombres y mujeres expulsados del sistema en los confines de la Patagonia terminó sentado en las mesas donde se «corta el bacalao» del poder político nacional.

El origen: resistir la intemperie

            En junio de 1996, en Cutral Có y Plaza Huincul, el viento de la estepa neuquina traía algo más que frío: traía el silencio de las máquinas detenidas. La privatización de YPF había dejado a un cuarto de la población en la calle. Longa reconstruye ese momento fundacional no como un evento aislado, sino como el nacimiento de un nuevo sujeto de la acción colectiva argentina: el desocupado. Si el siglo XX argentino fue el siglo del trabajador sindicalizado, el fin de milenio fue el del trabajador excluido que, al no tener una fábrica donde hacer huelga, decidió que su «fábrica», su ámbito de protesta, era la ruta. El libro documenta este tránsito de grupos que inicialmente eran vistos como «rupturistas» o «antisistema» hacia una transformación asombrosa: se convirtieron en «actores todoterreno». Esos mismos hombres con palos y neumáticos prendidos fuego que la clase media miraba con desconfianza terminaron gestionando cooperativas, comedores, espacios de género y, finalmente, bancas en el Congreso.

La particularidad argentina

            Una de las preguntas más potentes que atraviesa la obra es la de la excepcionalidad. ¿Por qué en Argentina se produjo la sindicalización de informales y en Perú o Paraguay, con niveles similares de informalidad no ocurrió lo mismo?. Longa propone varias claves interpretativas que dan cuenta de la acumulación histórica popular: la memoria sindical peronista y un «impulso igualitario» que, aunque golpeado, sigue siendo una pulsión por cuestionar las injusticias mayor que en otros países de la región.

            El autor describe un «giro neocorporativo». Las organizaciones aprendieron a lidiar con el Estado, a profesionalizarse y a gestionar recursos. Durante el kirchnerismo, se integraron al aparato estatal; durante el macrismo, supieron retroceder pero conquistando leyes fundamentales como la de Emergencia Social. Esta capacidad de supervivencia es lo que Longa analiza con ojo clínico: el piquetero dejó de ser solo alguien que corta una calle para ser un funcionario, un arquitecto de leyes sociales, un interlocutor necesario.

El choque con el «huracán Milei»

            El libro llega hasta nuestro presente más crudo: la era de Javier Milei, una intemperie semejante a aquella de la década de 1990. El actual panorama político se presenta como un intento deliberado de desmantelar tres décadas de acumulación política popular. El gobierno ha elegido a los movimientos sociales como su «enemigo principal», utilizando una triple tenaza: la amenaza judicial (causas por corrupción y allanamientos), la amenaza represiva (el protocolo de Patricia Bullrich) y, la más letal y potencialmente aniquiladora, la amenaza económica.

            Longa detalla cómo el congelamiento del programa Potenciar Trabajo en 78.000 pesos —una cifra que la inflación devoró hasta convertirla en irrelevante— rompió el vínculo de lealtad entre los dirigentes y sus bases. «El que corta no cobra» no fue solo un eslogan de pantalla en las estaciones de tren; fue la declaración de guerra a una forma de organización colectiva que el mileísmo considera un «curro» o una intermediación parásita.

Un libro para estos tiempos

            Lo que resulta atrapante —y perturbador— del análisis de Longa sobre el panorama actual es la comparación generacional. En 1996, el despedido de YPF no tenía un Uber para salvarse solo; su única salida era colectiva. Hoy, el discurso libertario ha calado hondo con la promesa de la salida individual a través de las plataformas digitales. La «uberización» de la economía no es solo un fenómeno laboral, es un fenómeno subjetivo que debilita la «gimnasia de ranchar juntos» que caracterizó al movimiento piquetero.

            A esto se suma lo que el autor llama una «tendencia conservadora popular». Longa no elude los temas espinosos: analiza cómo la pandemia cristalizó un odio social hacia quienes recibían ayuda estatal. El vecino que salía a trabajar en un colectivo atestado empezó a ver al que cobraba un plan no como un compañero de clase, sino como un privilegiado del sistema. Milei supo capitalizar ese hartazgo, esa fatiga del método del piquete, para avanzar con un ajuste que, paradójicamente, golpea más fuerte a quienes hoy guardan silencio en sus casas.

            Historia del movimiento piquetero no es un libro nostálgico, aunque el tono de esta reseña pueda sugerirlo. Es un libro de «datos fundamentados» que busca interpretar un ciclo que, si bien está en una etapa de «reflujo» o debilidad, ha dejado una marca indeleble en la democracia argentina.

            ¿Ha muerto el movimiento piquetero? Longa es cauto. Aunque las condiciones de los noventa han cambiado y el miedo a la represión es real, la memoria de la acción política en Argentina es vigorosa. El autor nos recuerda que estas organizaciones han demostrado ser actores sociopolíticos relevantes que hoy, incluso golpeados, saben dar pelea en la justicia, en los medios y en el Congreso.

            Como historiadores de nuestro propio presente, el trabajo de Longa nos obliga a preguntarnos qué quedará de ese impulso igualitario cuando el vendaval libertario pase. Su libro es un instrumento fundamental para no perdernos en la bruma de la estigmatización y para entender que, detrás de cada neumático quemado, hubo siempre un reclamo de dignidad que el mercado nunca quiso responder.

            En definitiva, es una obra nodal. No solo por lo que cuenta sobre los últimos treinta años, sino por lo que nos advierte sobre los próximos treinta. En tiempos donde se pretende que la única relación posible es entre el individuo y su pantalla, Longa nos devuelve la imagen de la calle, de lo público, como el último refugio de lo común.

Píxel / Revista Zoom

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