Fue el primer libro de Ricardo Ragendorfer y en poco tiempo agotó la tirada, convertido en investigación pionera y referencia sobre el tema. Robo y falsificación de obras de arte en la Argentina se publicó en 1993 y ahora vuelve a las librerías, reeditado por Punto de Encuentro. Los robos al Museo Nacional de Bellas Artes (Buenos Aires, 1980) y al Museo Juan B. Castagnino (Rosario, 1983), el auge de la falsificación y sus antecedentes en un país que es “tierra de falsificadores”, la ruta negra del mercado del arte y el papel de los servicios de inteligencia son algunos de los aspectos que Ragendorfer despliega con el ritmo y la tensión narrativas que distinguen sus crónicas.
-Como suelen ser los primeros libros periodísticos, Robo y falsificación de obras de arte fue por encargo -cuenta Ragendorfer-. Mi último trabajo registrado en ese momento había sido en Sur, aquel diario que dirigía Eduardo Luis Duhalde, donde estaba adscripto a la sección policiales. Ahí empecé a hacer policiales. Una vez que cerró, una compañera del diario, la recordada María Seoane, se pone a dirigir una colección de libros periodísticos en una editorial que se llamaba Letra Buena y me propone el tema, que me interesaba pero nunca había explorado. Para mí fue una sorpresa porque el robo y la falsificación de obras de arte a nivel mundial era en ese momento, y creo que lo sigue siendo ahora, un negocio tan floreciente como el tráfico de armas y de drogas, solo que es una modalidad delictiva de personas con un poco más de glamour que los capos de drogas o los que se dedican a grandes transas de armas, pero igualmente peligrosos.
-¿Cómo comenzó la investigación para el libro?
-No sabía por dónde arrancar porque era un neófito en el tema hasta que voy a una galería de arte porteña. El hombre que me atendió, un individuo muy antipático, se sintió algo molesto por atenderme por ese tema pero en vez de echarme flit decidió obsequiarme una especie de archivo periodístico que me sirvió para empezar. Eran recortes periodísticos de algunos hechos ocurridos en Argentina durante la década del 80.
-Volviendo al principio por un momento, ¿cómo recordás tu iniciación en policiales en el diario Sur?
-Fue una cosa muy divertida. En principio me convocan como jefe de policiales y también convocan para la misma sección a Enrique Symms. Nos hacen un reportaje en la revista El Periodista, que dirigía Carlos Gabetta, porque llamaba la atención que fuéramos a la sección justamente dos tipos como nosotros, yo sin antecedentes en temas policiales más que algunas notas en El Porteño y en Cerdos & Peces y Symms sin ningún antecedente. La nota salió con el título “Simplemente sangre”. Habida cuenta de que nos iban a aplaudir de pie por la publicidad para el diario, me permití algunas incorrecciones políticas. Casi nos echan antes de entrar…, pero me conservan en la sección poniéndome jefes y a Symms lo mandan a hacer algo así como Movimiento de barcos. Ahí trabajé con quien yo considero que fue mi maestro en este oficio, Juan Carlos “Cacho” Novoa. Gran periodista y además un gran tipo, cuya filosofía se basaba en un concepto que le transmitió Osvaldo Ardizzone: los diarios se hacen en los bares. Cosa que cumplimos religiosamente, por cierto. Estaba Novoa, estaba Marta Dillon en una época y cada tanto hacía alguna suplencia (Juan) Salinas. Fue una linda sección.

-En una de las crónicas de Robo y falsificación de obras de arte mencionás a Enrique Sdrech, en otra a Rogelio García Lupo. ¿Estos grandes periodistas aportaron datos para el libro?
-Hablé con ambos. Con Sdrech llegué a laburar en la revista Pistas (1997-1999) y García Lupo, con quien éramos muy amigos, tuvo la gentileza de pasarme contactos y fuentes no solo para la nota específica en la que él interviene como testigo sino también para otros temas que exploro en el libro.
-Por otra parte hay referencias a la novela negra: citás El halcón maltés, de Dashiell Hammett, que justamente gira alrededor del robo de una estatuilla. Las historias están narradas, no se trata solo de la información. ¿Estabas leyendo novela policial en esa época?
-Empecé a leer novela policial y Patoruzito al mismo tiempo. Leí Adiós muñeca (de Raymond Chandler) en primer año del secundario. Si tuviera que escribir recetas de cocina utilizaría procedimientos de la novela negra… El robo y la falsificación de arte tienen más vida útil dentro de la literatura que dentro de la realidad. Dentro de la realidad circulan como un secreto: todo el mundo sabe cómo funcionan el Cartel de Medellín o el tráfico de armas pero nadie sabe cómo funciona el robo y la falsificación de obras de arte. En la época en que escribí este libro eran robadas por año en el mundo no menos de 30 mil piezas de arte. Uno supone, debido a ciertas exageraciones de la literatura, que los cuadros robados son adquiridos por algún coleccionista excéntrico que los quiere apreciar en la soledad de su museo privado o peor aún en su museo secreto. Eso es un verso.
-¿Cuál sería la realidad del caso?
-El robo de cuadros funciona como un secreto extorsivo en el que los apropiadores negocian el rescate con las agencias de seguros. ¿Qué pasa cuando secuestran por razones extorsivas a una persona? Ni los secuestradores ni los familiares quieren que el asunto trascienda. Hay una complicidad forzada de entrada. El cuadro robado tiene utilidad si aparece: si te robás La Gioconda sin blanquearla, La Gioconda vale lo mismo que un café. Aún más interesante resulta lo que sucede con la falsificación de las obras. Hay falsificaciones de cuadros existentes y cuadros que emulan el estilo de determinado pintor, por ejemplo un Picasso que jamás fue pintado por Picasso pero lleva su firma. En ambos casos la falsificación requiere la intervención de un artista del carajo, alguien que sea capaz de hacerse pasar por un Monet sin que se le note.

-En la trama del asalto y la circulación de obras robadas en el Museo Castagnino de Rosario aparecen Leandro Sánchez Reisse y Daniel Bufano, ex agentes del Batallón 601 del Ejército durante la dictadura. Personajes con mucha historia.
-Sí, el robo de arte es un negocio que interesó mucho a los esbirros de la dictadura. El robo al Museo Nacional de Bellas Artes, donde se afanan dieciséis cuadros de Monet, Matisse y otros grandes artistas, involucró a reputados represores. Los autores de ese robo eran tan bestias que picaneaban a los empleados del museo para que les dijeran cuáles eran los más valiosos. Ahí participó, se supo luego, gente vinculada a Automotores Orletti, Aníbal Gordon entre otros. Leandro Sánchez Reisse participa en la llamada conexión Rosaura. Sánchez Reisse era una especie de aristócrata del terrorismo de Estado, un muchacho de abolengo metido en todos los negocios sucios de la dictadura. Se cree que lo del Museo Nacional de Bellas Artes también era para recaudar fondos. Fue una cosa un poco más orgánica de la dictadura. Y la conexión Rosaura fue, como dicen ahora los libertarios, un asunto entre privados.
-Sánchez Reisse fue investigado por secuestros de empresarios como Fernando Combal y Carlos Koldovsky, entre otros antecedentes.
-Era un inorgánico bastante activo y una especie de observador del Batallón 601 sobre el círculo rojo. Un tipo capaz de traicionarse a sí mismo: si hubieran puesto recompensa sobre su cabeza, se entregaba esposado.
-Los represores forman parte en este caso de una galería particular de personajes, con los coleccionistas, los anticuarios, los falsificadores.
-En el caso específico del robo de cuadros tienen que acudir a delincuentes más cultivados, o más organizados. Por ejemplo, los tipos de Orletti tenían toda la logística para entrar sin hacer ruido al Museo Nacional de Bellas Artes aunque no sabían de cuadros. El robo de las obras de arte es un gran botín de guerra, desde Dominique Vivant Denon en el imperio napoleónico hasta Hermann Goering, que tenía un museo privado. Fue muy placentero escribir. Punto de encuentro reeditó también El otoño de los genocidas, una especie de antología sobre represores, y Patricia: De la lucha armada a la seguridad volvió a salir por Planeta, actualizado, porque yo lo cerré en 2019 cuando terminó la gestión macrista y ahora llega prácticamente hasta el mes pasado.

-Entre otros represores, te has ocupado en particular de Carlos Antonio Españadero, el agente de inteligencia del Batallón 601.
-Fue muy gracioso conocerlo. Había conseguido su nombre y su teléfono. Lo llamo y le hago un verso: él era el responsable de todos los infiltrados del Batallón en el ERP y le doré la píldora diciéndole “bueno, no todos fueron apremios ilegales sino sutiles operaciones de inteligencia”. Después le nombro al “Oso” (Rafael de Jesús) Ranier (responsable de la muerte y/o desaparición de más de cien militantes). “Héroe de guerra”, dice. Y quedamos en vernos en Los 36 billares. Por entonces yo vivía atrás del bar. Españadero entra por Avenida de Mayo y se va al fondo del local mirando la ventana de la avenida; yo entro por atrás y eso ya lo descolocó, pero mientras avanzaba hacia su mesa donde estaba él, Carlos Ropero, el jefe de fotografía de Noticias, se levanta a saludarme, entonces se asustó un poco más y para colmo había un fotógrafo que retrataba a una cantante de zarzuela. Españadero se puso absolutamente nervioso, lo tuve que calmar durante diez minutos. Me encontré como quince veces con él mientras escribía Los doblados (2016). A los efectos de darle cierta estatura literaria le preguntaba si Fulano fumaba, cómo era el color de las paredes de la oficina del coronel Rivero en el Batallón 601. Buscaba detalles de color porque tenía que armar el relato.
-Claro, pero además, ¿cómo se habla con un genocida?
-Eso es muy interesante porque yo sé lo que hicieron, no necesito que ellos me lo confiesen. En ese sentido hay que darles soga; cuando les das soga, se ahorcan solos. Hay muchas entrevistas donde en algún momento los colegas caen en el error de discutir, “no, está mal picanear a embarazadas”. Ahí se arma una discusión en la que el entrevistado se cierra. En cambio, cuando dejás que comenten cualquier cosa estás hablando con la banalidad del mal, y en algún momento aflora la hijaputez de esos tipos.
Imagen de portada: Ricardo Ragendorfer. Foto: Alejandro Santa Cruz
Píxel / Revista Zoom
