Libros y letras en el mundo jesuítico-guaraní

ENTREVISTA Pablo Camogli y Fabián Vega, dos especialistas en la historia y la cultura guaraní-jesuítica, conversan sobre un aspecto poco explorado de las Misiones: el mundo de los libros, la escritura y las bibliotecas.

Si Ronald Joffé quisiera filmar la segunda parte de La misión, aquel galardonado éxito del cine de 1986, la primera escena bien podría ser la del guaraní Sariguá junto a su venerado ejemplar de Ara poru aguiyey haba, el libro de meditaciones en guaraní que los jesuitas distribuyeron generosamente en las bibliotecas de las Misiones. La historia de Sariguá la recupera Fabián Vega en su reciente obra Los libros de la Selva. Bibliotecas jesuíticas en las Misiones de guaraníes, editado por Ampersand y que amerita esta entrevista con el autor.

            Antes de adentrarnos en las palabras de Vega vamos a contextualizar su obra dentro de la amplia bibliografía específica. Desde los primeros trabajos, temas como el arte y la arquitectura de las Misiones siempre suscitaron la mayor atención de los investigadores, algo que ya se refleja en el temprano clásico de Guillermo Furlong. En los últimos años se multiplicaron los enfoques etnohistóricos, con especial interés en las formas en que se configuró la relación entre jesuitas y guaraníes, tal como se puede apreciar en obras claves como las de Guillermo Wilde o Lía Quarleri, entre muchas otras. En contrapartida, ni la presencia de voluminosas bibliotecas ni el rol que desempeñaron los libros y la escritura en las Misiones concitaron mayor atención, salvo en trabajos académicos de última producción. Es por ello que Los libros de la selva se constituye en un novedoso aporte.

La tecnología y sus usos

            La propuesta del autor se enfoca a los libros y las bibliotecas, pero lo hace desde una perspectiva amplia, que parte de una definición general que entiende a la escritura y a los libros como una tecnología de época, que se inserta en un ámbito específico: el de la cultura guaraní, a través de la mediación jesuita. Para Vega, “la idea de la tecnología de la escritura es como un pilar de las Misiones, ya que tiene que ver eminentemente con que el funcionamiento, en gran medida, pasaba por la escritura. Me refiero tanto al uso de la escritura por parte de los jesuitas, como al uso de la escritura por parte de la población guaraní”. Y luego describe la cotidianeidad que tenía esta práctica: “Toda la administración de los pueblos, de los recursos humanos, de los recursos económicos, etcétera, requería de llevar registros escritos, registros contables, digamos, eso era una necesidad desde el vamos. Por otro lado, todo lo que podríamos decir que encaja dentro de la administración religiosa también requiere necesariamente del uso de la escritura. Cuando un jesuita tenía que dar un sermón, no es que simplemente se le ocurría, improvisaba y daba el sermón. No. Iba a la biblioteca, buscaba los libros, tomaba apuntes, planificaba qué es lo que iba a decir y qué es lo que se iba a leer en la misa. Entonces, la escritura estuvo presente en prácticamente todos los ámbitos del funcionamiento de la vida cotidiana”.

Fabián Vega

            Profundizando en esta idea, Vega distingue entre “la tecnología de la escritura en términos generales, esto de escribir una carta y, por otro lado, la tecnología del libro en tanto que objeto”. Para el autor, un libro “no es cualquier escritura, sino que es un tipo especial de manifestación de la tecnología de la escritura”. Por ende, enfatiza, tanto los libros como las bibliotecas “cumplen un rol fundamental en la regulación, sobre todo, religiosa y en las conductas y los comportamientos que, a través del proceso de evangelización, los jesuitas quieren impulsar e imponer”. Y aquí nos encontramos ante una primera definición clave del libro: el carácter “normativo pragmático que tienen estas bibliotecas”. En sus palabras, “esta expresión, que suena un poco técnica, refiere a un conjunto de textos y de libros que son muy sencillos, o sea que no son libros complejos en términos de escritura, de estilo, de erudición, etcétera. Sino que sirven para transmitir una idea general, una norma general sobre cuáles serían los comportamientos adecuados”. En conclusión, “las bibliotecas como repositorios sirvieron para regular o estructurar la vida cotidiana en las Misiones, a través de esta noción normativa que está de fondo en esos textos”.

            Entonces, la pregunta surge inevitable: ¿Para qué los jesuitas crearon enormes bibliotecas y adquirieron miles de ejemplares en Europa para distribuir en las Misiones? Al respecto, Vega nos propone, como respuesta, lo siguiente: “Las bibliotecas tienen el rol de base intelectual para la tarea pastoral, y a través de eso para la regulación o la transformación de la vida cotidiana en un sentido católico cristiano, y para la transmisión de estas nociones normativas”. A partir de esta finalidad normativa es que se configura el contenido que guardaron aquellos anaqueles, tal como lo explica el historiador: “El resultado final de las bibliotecas en términos intelectuales no es fortuito. La adquisición de los libros derivaba de los pedidos específicos que hacían los propios misioneros. Entonces, hay una definición de antemano de cuáles son los libros que se quiere adquirir” para que sirvan al objetivo misional.

            De allí que la mayoría de los ejemplares sean libros de literatura espiritual, como meditaciones, libros de devoción, ejercicios espirituales, historias de santos, sermones, etcétera. Uno de esos libros de meditaciones era Ara poru aguiyey haba, escrito por el padre José Insaurralde al final de la experiencia jesuítica. La traducción del título sería “El buen uso del tiempo” y enseñaba a los guaraníes a vivir santa y dignamente según los criterios católicos imperantes. A diferencia de otras obras, esta estuvo pensada específicamente para los lectores guaraníes.

            En su detallada investigación, Vega analizó y organizó en términos temáticos los miles de volúmenes presentes en los 30 pueblos históricos de las Misiones, algo que, además, acompaña con gráficos y cuadros de gran practicidad.

La apropiación tecnológica

            Uno de los aspectos centrales que surgen de los nuevos estudios es el rol, cada vez más protagónico, que tuvieron los guaraníes ante las distintas circunstancias del choque/encuentro con los jesuitas. Dentro de esta renovación académica, un elemento interesante es la capacidad de apropiación y resignificación de diversas características y elementos del otro que tuvieron los nativos, una habilidad que todavía perdura en esta extendida nación originaria. Vega retoma esta cuestión en dos momentos específicos. Por un lado, por la “participación de la población indígena en esa cultura escrita que se desarrolla en las Misiones”. Específicamente, en cuanto al desarrollo de la imprenta, pero también cuando aparecen “los guaraníes llevándose libros de las bibliotecas después de la expulsión de los jesuitas, apropiándose de esos textos, de esas lecturas” y manteniendo vivos y vigentes los ejemplares, como lo hizo Sariguá.

            Por otro lado, “está la relación entre la población guaraní y la cultura escrita, que es claramente uno de los temas más fascinantes de la investigación en los últimos años”, asevera. Por la composición de las bibliotecas, queda claro que “los destinatarios directos de los libros eran, en primer lugar, los jesuitas. Es decir, un libro de predicación, un libro de sermones, no está hecho necesariamente para que lo lea quien va a escuchar un sermón, sino que está hecho para que lo lea quien va a pronunciar el sermón”, reflexiona con lógica el autor. Por lo tanto, los guaraníes serían una “audiencia mediada de los libros”.

            En este proceso Vega destaca “cierta autonomía en la apropiación o en la valoración de esa tecnología del libro por parte de la población guaraní. Yo creo que tiene que ver con esta apertura tradicional de la población nativa hacia la alteridad en general, pero que también tiene que ver con una fascinación general que suele haber en las poblaciones indígenas por el objeto libro. En última instancia, también hay que reconocer que las poblaciones indígenas son poblaciones conquistadas en la América colonial, y una de las armas de los conquistadores fue el libro como objeto”.

            Pocos años antes de la expulsión de los jesuitas, en 1767, se produjeron las guerras guaraníticas, las que marcaron una especie de quiebre en el pacto entre los liderazgos guaraníes y los jesuitas. En ese marco histórico “se da, reflexiona el autor, este amplio uso de la cultura escrita, tanto para fundamentar las posiciones de los cabildos guaraníes como para mandar mensajes estratégicos y tácticos. En ello vemos el reconocimiento, muy claro, de un valor práctico de la tecnología de la escritura. Me parece que se trata de no dejar esos valores simbólicos y prácticos exclusivamente en manos de los misioneros, sino apropiárselos, diría incluso, ávidamente”.

            En síntesis, la obra de Vega es todo un acierto editorial. Un acierto que se inicia con un título creativo, Los libros de la selva que conjuga los clásicos de Horacio Quiroga (Cuentos de la selva) y de Rudyard Kipling (El libro de la selva) y que se potencia en lo novedoso de su tema de estudio, en la cantidad de datos que aporta en forma ordenada y en el universo maravilloso en el que nos sumerge, el de los libros y las bibliotecas. 

Píxel / Revista Zoom

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