Para la Real Academia, el golpe de Estado es la “destitución repentina y sustitución, por la fuerza u otros medios inconstitucionales, de quien ostenta el poder político”. Esa es la primera acepción. En segunda opción, la RAE considera al golpe como el “desmantelamiento de las instituciones constitucionales sin seguir el procedimiento establecido”. Suena extraño tener que definir qué es un golpe de Estado para un lectorado argentino, pero cerca de 20 millones de personas nacieron desde 1983. Eso demuestra que “el público se renueva”, como dice Mirtha Legrand, como así también las formas de ejecutar un golpe. Digamos que la toma violenta del poder político contra instituciones establecidas, consensuadas —o incluso a veces hasta votadas— ha permitido una larga bibliografía sobre la materia, y esto desde que existe la escritura. Sin embargo, para reflexionar sobre el asalto al Estado que protagoniza la oligarquía digital en la actualidad, nos referiremos a la “Técnica del golpe de Estado” (1931) del amigo y colega Kurt Erich Suckert, más conocido por el seudónimo “Curzio Malaparte”.
De Trotski el ruso en las calles de Petrogrado a Pilsudski el polaco en las avenidas de Varsovia, de Kapp el reaccionario en Berlín —cuyo golpe fue derrotado por una huelga general— al general Bonaparte, que inaugura los golpes de Estado modernos, sin olvidar al español Primo de Rivera, el libro refiere el método y los instrumentos del golpe de Estado. De toda la tipología descripta en la mencionada obra, nos detendremos en aquella donde Malaparte habla de lo importante y lo accesorio en la apropiación indebida del gobierno.
Por experiencia propia, nos habla de “la toma de los organismos técnicos de la maquinaria de gobierno”. Lo importante no es defender el aspecto formal del Estado, como los ministerios, palacios, congresos… sino conquistar lo que hace funcionar a esos ministerios, palacios, congresos. Para eso se precisa de tropas de asalto y de técnicos. En los tiempos de Malaparte, significaba primero anular a los adversarios del golpe. La táctica debe ser “rápida, violenta, inexorable”, como la de los fascistas italianos en 1922. Estos alegaban haber sido atacados, a menos que sea violencia preventiva, para caerle a los sindicatos, los partidos políticos populares, los diarios críticos, las casas de los militantes, y entonces la humillación para las mujeres y la golpiza para los hombres, a veces hasta el asesinato. La supuesta “represalia” es la justificación de la violencia contra el pueblo, cuyas organizaciones deben ser destruidas o compradas. Despejado el territorio, entonces había que ocupar las centrales eléctricas, los ferrocarriles, la central telefónica, los telégrafos, los gasómetros, la distribución de agua. “El problema de la insurrección es un problema de índole técnica”, escribía. Hay que ocupar la comunicación y los servicios públicos… como si se los privatizara, ¿vio?
También señala que arte y técnica no deben mezclarse para que el golpe de Estado sea exitoso. Es que el arte por sí solo resuelve poco y resuelve mal. Así, Bonaparte casi pierde el golpe del 18 Brumario por haber sido demasiado actor y poco cuidadoso de la técnica. “Nunca supe de un golpe de Estado tan mal planeado ni peor ejecutado”, dirá un historiador amigo de Malaparte. A la tardecita, unas compañías de granaderos fueron suficientes para zanjar la discusión al desalojar las asambleas díscolas a punta de bayoneta. ¿La violencia reemplaza al arte? Sin embargo, para Curzio, todo golpe también precisa de un artista, o que se presuma como tal, capaz de asumir la fisionomía del crimen. Los recursos financieros necesarios siempre serán provistos por el poder real, que no quiere perder nunca nada y ganar siempre más. Es que el golpe también (¿sobre todo?) es una inversión económica. De allí el uso ocasional o sistemático de la represión, antes, durante y después del golpe de Estado, ya sea tradicional o digital.
Es que entramos en la era de los golpes de Estado digitales. Ahora no es necesario tomar las instalaciones que hacen funcionar al Estado. Basta con ser proveedor de los sistemas que lo hacen funcionar. Y además ¡los gobiernos pagan por ello! Tomemos el caso de National Health Service (NHS) del Reino Unido. Fue durante la pandemia, en marzo de 2020, y gobernaba Boris Johnson, del Partido Conservador. Es el momento en que Palantir ofrece servicios que ayuden al sistema de salud por la suma simbólica de una libra esterlina, bajo compromiso de confidencialidad acerca de la identidad de los pacientes. Eso le permitió a la empresa entrar en la salud pública. Después viene el contrato por 60 millones de libras, que promueve y apoya el primer ministro Rishi Sunak, también conservador, para mejorar el gasto público. Para 2023, Palantir cobraba 480 millones de libras según The Guardian. Pero todo sea para reducir los tiempos de espera, que son tan aburridos. Por cierto, la consultora política de Sunak era la misma que asesoraba a Palantir. En 2026 gobierna Keir Starmer, un laborista. ¡Qué linda es la alternancia política! Palantir ya no se preocupa del secreto profesional propio del arte médico, sino que cosecha los datos de millones de británicos sin demasiadas complicaciones. Lo dijo el Financial Times. Ahora el British Medical Journal señala la resistencia de muchos hospitales públicos que se niegan a utilizar los sistemas de Palantir, así como las condiciones de uso (es esa cosa que uno pone “sí”, sin mirar). Incluso protestan contra la presencia de Palantir, no solo por ser una empresa que militariza los datos, sino porque es el primer paso para la privatización del sistema de salud. Un gobierno laborista, quién lo hubiera dicho. Bueno, para cuando quieran hacer una política sanitaria, mejor que primero le pidan permiso a Palantir. Para Peter Thiel, el dueño de Palantir, sí, habría que privatizar el NHS. La génesis de la distopía. ¿Selling England by the Pound?
Ese caso de estudio sobre el sistema de salud británico anuncia las nuevas características de los golpes de Estado. Serán técnicos, sí, por supuesto, tecnológicos más que nada y tecnologistas por sobre todo. Antes se llamaban “futuristas”, de la mano de Marinetti; hoy se proclaman “aceleracionistas” con Nick Land, un tipo que busca liberar al capitalismo digital de las trabas democráticas. Como sea, hay que ocupar la función operativa del Estado. Pero la diferencia con los tiempos de Malaparte es que por entonces los facciosos abandonaban los lugares que tomaron una vez consumado el asalto al Estado. Armaban, eso sí, una milicia parapolicial para controlar la sociedad civil. Ahora, en los golpes digitales, los golpistas buscan reemplazar a los cuerpos técnicos en todas las funciones públicas todo el tiempo. Quedará la espuma de las secretarías y ministerios, hasta las presidencias, sin duda los representantes legislativos, por supuesto que la administración judicial —tantas veces confundida por “la justicia”— para que, en amable repartija, todo sea acorde a lo esperado, acordado y pagado. Pero de allí para abajo estarán los productos Palantir. Con camisa negra o parda, según el gusto libertario del momento y las exigencias de la moda.
En el caso argentino, el régimen de Milei ya se encuentra al margen de la legalidad desde el decreto 70/23 y la sanción de la llamada “Ley Bases”. Esta reforma constitucional de facto deja impávidos a los pocos miembros de la Corte de Justicia de la Nación, cuyo historial en defensa de las instituciones es escaso, y eso desde 1930. El incumplimiento permanente de leyes sancionadas por ambas cámaras, o de vetos presidenciales rechazados, no parecen alterar el paisaje político argentino, mientras la sociedad es atacada y desmembrada. Según el Dr. Atienza, de Córdoba, el exceso de fallecimientos en adultos mayores supera los registros de la pandemia de COVID-19; también señala el resurgimiento de enfermedades como la sífilis, el sarampión o la tos convulsa, típicas de la descomposición social. Sin hablar de los aumentos en la tasa de suicidios o de intentos suicidas, clara muestra de la anomia que aparece al carecer de horizontes personales, familiares o profesionales. Y sin necesidad de mandar camisas negras, bastó con abandonar las funciones esenciales del Estado, en especial a través del desfinanciamiento generalizado de todas las áreas de gobierno. Para asegurar la permanencia en el tiempo de las relaciones de dominación que imponen, es preciso inutilizar al poder público para que sea incapaz de revertir la situación. Es cuando entran los sistemas de la llamada Inteligencia Artificial (IA), que se encargarán de gerenciar, controlar y, llegado el caso, reprimir a los millones de habitantes que viven en Argentina.
A tal efecto, las normas conocidas como “RIGI”, “superRIGI” y quizás mañana el “superhiperultraRIGI” son apenas las patentes de corso que un gobierno de circunstancia impone para establecer determinadas modalidades de existencia para la Argentina y los argentinos. Un asunto que lo supera por mucho, pero que es tan rentable en comisiones y porcentajes. Además, es fascinante reducir un país a las medidas de los algoritmos de una empresa: ya no existirán problemas. Cada repartición pública tendrá que usar algún producto de Palantir, y cualquier cosa multiplicada por Palantir da Palantir. Ese golpe de Estado digital que se desarrolla aquí y ahora, ante nuestros ojos, no busca solo asaltar el poder, sino cambiar las formas de poder, o de no poder. Le faltó ese capítulo a Curzio Malaparte. El golpe tiene por objetivo modelar la sociedad para mejor uso de las clases dominantes, locales y extranjeras. Desde ya, implica que la política sea desplazada por la IA. El contrato social será reemplazado por el control individual. De este modo no será necesaria la distribución del ingreso, ya que el Estado reducido a la digitalidad, así como cada corporación, sabrán qué derecho otorgar o negar, qué bien o servicio vender a qué individuo, en una previsible cadena de “cero stock” de la empaquetadora a los brazos del comprador. Es cierto, el consumo masivo es destruido. Pues se les venderá a los que todavía tienen para comprar. Aumentará el consumo de las clases altas, con productos que pensarán que deben comprar —no se escaparán del algoritmo— y para el pobrerío quedará cobrarle las tarifas y los servicios como nuevos impuestos, diseñados para la gleba digital. Un sistema totalizador de todos y de cada uno. Un sistema totalitario. ¿Es posible detenerlo? Por supuesto.
Empezamos con la magnífica humanidad que expresa León XIV en la encíclica. Uno de los puntos más importantes es cuando señala que las herramientas tecnológicas incorporan los valores de las personas que las diseñaron. Lo que parece como una necesidad urgente o una fatalidad inevitable es, en realidad, una decisión política. Y es allí donde debe decir algo el peronismo. O debería. Decir. Algo. El peronismo. De lo contrario, la soberanía residirá en distribuir y garantizar concesiones, cobrar comisiones, y entonces tendremos destino de colonia dominada por extranjeros y socios locales, como lo fue África en el siglo XIX-XX.
Le toca al peronismo decidir si encabeza un proyecto de reconstrucción y de liberación nacional, puesto que una no va sin la otra, o si acepta las propinas por delegar el poder del Estado en las empresas digitales, incluso al ser socios minoritarios de algún emprendimiento extractivista o financiero, siempre digital. Ojalá se haga presente nuestra mejor historia y vivencias, en el espíritu de que “en la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida”.
