Hace semanas vi un pajarito que, de tan negro, se convertía en azul. Lo vi en la Plaza Juan Domingo Perón, mientras caminaba en ese sendero que linda con la intersección entre Av. Belgrano y Paseo Colón. Es una plaza preciosa, a la mañana el sol le pega de costado y tiene muchos árboles. La cuestión es que fue la primera vez que vi este pájaro en la ciudad. Y hace semanas que pienso en ese momento, porque me llamó la atención el hecho de que un cuerpo tan chico, de no más de 10 centímetros, sea tan soberbio. Brillaba, azul-negro el pájaro, y la gente, los colectivos y el humo citadino pasaban, sonaban, se movían, y él estaba ahí, el tordo renegrido, dando reflejos azules. Me paré para verlo y una señora muy vieja que venía caminando enfrente mío también se detuvo. Las dos nos quedamos contemplando al tordo. Cuando pasó por al lado mío, la escuché decir, despacito, qué elegancia.
“Cuando estoy sola, puedo mirar las flores de verdad, puedo prestarles atención. Las siento como una presencia. No podría vivir sin ellas. ¿Por qué digo esto? En parte, porque cambian mientras las miro. En pocos días viven y mueren, y me permiten observar de cerca todo ese proceso de crecimiento y también de agonía. Puedo flotar en sus momentos”, dice May Sarton en Diario de una soledad, escrito entre 1972 y 1973.
En este diario, la soledad aparece como condición para las revelaciones, el análisis y el conocimiento, tanto interior como del Mundo. En ella, hay lugar para contemplar lo cotidiano y la naturaleza. Sarton encuentra en el cuidado del jardín y de las flores una forma de verdad. Todo nace y todo muere: revelación sencilla que nos coloca en otra posición, más humilde, más paciente. Porque cuando estamos solos, el espacio y el tiempo parecen tomar otra forma, más morosa, también más cruda: llegamos incluso a relativizarnos a nosotros mismos.
May Sarton (1912-1995) fue una escritora nacida en Bélgica pero que vivió toda su vida en Estados Unidos. Antes de Diario de una soledad, escribió Anhelo de raíces (le llevó una década, de 1958 a 1968), dedicado a testimoniar sus años de vida en Nelson, un pueblo de menos de 700 habitantes en Nueva Inglaterra, donde compró su casa. Allí, la búsqueda de pertenencia, la construcción de lazos con los vecinos y la necesidad de sentirse habitante de un lugar aparecen de manera constante. En cambio, en Diario de una soledad, de algún modo se deconstruye aquello que parecía idílico, mostrando el lado B de esa casa, de esa vida, de ese jardín: Sarton le abre la puerta a la soledad, se demora en ella, la atraviesa.
Lo que insistía en los primeros años, luego se diluye. Hacerse amiga de otros primero, hacerse amiga de una después. El del diario se vuelve entonces un espacio de búsqueda de sí misma, pero también de exposición de todo aquello que en el libro anterior permanecía más contenido: la ira, la angustia, la depresión (profunda), la tensión —siempre irresuelta— entre la necesidad y el miedo a la soledad.
Hay algo que, creo, está vinculado con ir creciendo y estar cada vez más sola. Es algo que nos repiten los más mayores, esto de que amigos son pocos, se cuentan con los dedos de la mano, cuando vas creciendo te vas dando cuenta quiénes son tus verdaderos amigos. Cuando era adolescente y me lo decían, ponía los ojos en blanco, resoplaba, escapaba de la conversación. Porque todos eran mis amigos. Y sigo creyendo que, en ese momento, verdaderamente lo eran. Sigo defendiendo la idea, porque no creo que no lo hayan sido, sino que, a medida que una crece, quizás la necesidad de tener momentos sola se vuelve cada vez más concreta.
“(…) ¿y si no soy capaz de encontrarme a mí misma dentro? Pienso en estas páginas como en una forma de conseguirlo. Desde hace ya mucho tiempo, cada encuentro con otro ser humano supone una colisión. Siento demasiado, percibo demasiado y me agotan las reverberaciones tras la conversación más simple. Pero la colisión profunda es y ha sido con mi interior, terco, martirizador y atormentado. He escrito cada uno de mis poemas y novelas con este mismo propósito: averiguar qué pienso, saber dónde me encuentro (…)” escribe Sarton.

La idea del encuentro con otro como colisión, donde se siente demasiado y se agota. La autora sigue: “Eso es lo extraño: que ni los amigos, ni siquiera los amores apasionados, son mi vida real, a menos que disponga de un tiempo a solas para explorar y descubrir cuanto está ocurriendo, o cuanto ya ha ocurrido. La vida sería muy árida sin esas interrupciones que nos nutren y enloquecen, pero solo soy capaz de degustarlas por entero cuando estoy aquí sola, y la casa y yo reanudamos nuestras antiguas conversaciones”.
Claro que el encuentro con otros nutre, nos muestra otras cosas, enriquece. Pero, ¿qué pasa cuando no lo hace? O, mejor dicho, ¿qué tenemos que pensar, cuando nos damos cuenta de que el encuentro con un tordo nos enriqueció más?
Otro momento que siempre viene a mi cabeza es cuando vi, por primera y única vez, una tijereta sabanera en la costa atlántica. Era 31 de diciembre, había salido a la tardecita a cortar flores para armar centros de mesa. Caminé por el bosque de Mar Azul, y la imagen parecía lisérgica: miles de pájaros de diferentes especies volaban de un lado al otro. Se escuchaban diferentes cantos, la luz del sol bajaba entre los árboles y ahí la vi sobre un cable de electricidad: una tijereta. Yo ni sabía que existía un pájaro así. Lo gracioso de ellas es que su cuerpo es chico y sus colores no llaman la atención, sin esa cola serían una especie de pájaro corriente. Pero le salen dos plumas a modo de coleta que duplican o triplican el tamaño de su cuerpo. En ese viaje también vimos un zorro en el jardín de la casa.
“Aquí, en Nelson, he estado cerca de suicidarme más de una vez”, confesará May Sarton. “A veces, lo más valioso que podemos hacer por nuestra mente es dejarla descansar, deambular, vivir en la luz cambiante de una habitación, sin intentar ser o hacer nada”.
Es muy difícil no intentar ser. Sobre todo, en este tiempo ordinario que vivimos. Hay una necesidad constante de mostrarse, de convertir en experiencia todo aquello que se vive. Objetos absurdamente específicos —un vaso importado de edición limitada, una cartera diminuta de una marca carísima— adquieren un valor desmedido. Viajar lejos para reproducir la misma foto que ya vimos cientos de veces, probar aquello que otros ya probaron, comprar las mismas calzas que usan todas.
En toda esa circulación incesante de imágenes, objetos y experiencias, la verdadera contemplación no termina de tener asidero, ya no se permanece frente a las cosas el tiempo suficiente como para que realmente nos ocurran. Frente a todo eso, prefiero la sencillez del tordo.
May Sarton, aparte de escribir sus diarios, tiene unos poemas preciosos. Dejo mi preferido:
Querer morir
A veces
quiero morirme
para acabar con todo
de una vez,
no volver a hacer mi cama nunca,
no contestar otra carta nunca
ni regar las plantas,
ningún esfuerzo
de esos que hay que hacer
todos los días
para seguir viva.
Pero después
no me quiero morir.
Las hojas cambian
y tengo que ver
el rojo y el dorado
una vez más,
una sola hoja amarilla
cayendo
por última vez
bajo el sol.
Píxel / Revista Zoom
