Se calienta la rosca, se congela el Congreso

Mientras el macrismo apuesta a un parlamento inmóvil para llegar sano a octubre, las fichas políticas no se detienen. El factor Carrió, la crisis del opoficialismo y la larga guerra poskirchnerista que aún no termina.
Foto: Flickr

El Congreso Nacional está virtualmente paralizado. Y es de esperar que así se quede hasta 2018. No por la zoncera de que en años eleccionarios “la actividad legislativa decae”. Eso es parcialmente cierto; ergo, es falso. 2013 y 2015, por no irnos tan lejos, fueron años de menor actividad que los pares previos y posteriores, pero nada equiparables a este 2017. Hasta las comisiones están frenadas. Cambiemos, que como todo partido de gobierno es responsable mayor pero no exclusivo del funcionamiento parlamentario, traba todo cuanto puede desde que el presidente Mauricio Macri diera inicio a las sesiones el 1º de marzo último, con el tono agresivo que adelantó el actual abandono oficialista de su fase zen. El fundamento es sencillo: evitarle situaciones inconvenientes, como un veto, al Poder Ejecutivo nacional.

 

En la Cámara de Diputados el cuadro es sensiblemente peor, porque ningún bloque se basta per se para poner en marcha el recinto. En el Senado, en cambio, los pactos al interior de la mesa de gobernadores peronistas regulan otro equilibrio. Y por consiguiente, una dinámica distinta. Pero tampoco es para tanto: el voto electrónico, impulsado el año pasado por el gobierno nacional, naufragó precisamente por rechazo de ese pack de mandatarios provinciales.

 

Solamente a dos sesiones (en igual cantidad de meses) pudo llamar Emilio Monzó en la cámara baja. Especiales, no ordinarias (para quienes no estén en la cosa, esto significa que el convocante tiene control total del temario). Y ambas con propuestas de consenso unánime, imposibles de rechazar: tarifa gratuita para enfermos electrodependientes y quita de la responsabilidad parental a femicidas. El primero de los cuales es de autoría… kirchnerista, la manzana podrida del cajón patrio, según reza el libreto de Jaime Durán Barba y Marcos Peña.

 

Hasta cerca de octubre de 2016, Cambiemos surfeó bien su desventaja mediante tratos con el massismo y el justicialismo no cristinista, operados a partir de las expectativas a las que todo nuevo gobierno se hace legítimamente acreedor, así como de los rencores generados por la ex presidenta CFK al interior del Partido Justicialista y, todo hay que decirlo, de unos cuantos carpetazos.

 

Cuando Elisa Carrió protestó contra el proyecto de nueva ley de Ministerio Público Fiscal, que estaba listo a tratarse con guiños de Miguel Ángel Pichetto y Sergio Tomás Massa, comenzó la debacle legislativa oficialista. Como otro de los lubricantes del trayecto amarillo era la acusación golpista al peronismo, “que no deja gobernar cuando está en la oposición”, varios herederos del general tres veces presidente de la Nación prefirieron, de entrada, colaborar. Para desmentir aquella imputación. Encerraban en ese corral al kirchnerismo más acérrimo, que prefería ir con los tapones de punta desde el minuto cero. Y con eso mataban dos pájaros de un tiro: también lijaban el poder de la tropa de la anterior primera mandataria.

 

¿Quién sería el primero que se animaría a decirle que no a un gobierno que cuenta con apoyo mediático masivo, y sobre todo de ciertas capas medias que en los últimos años de CFK supieron ganar la calle con rabia y dictar el ritmo del humor público? Fue Carrió, artífice de la coalición que llevó a Macri a Balcarce 50 y referente máxima de gran parte de esa gente. ¿Cómo reprochar a opositores por lo que los propios aliados hicieron primero? Aquella rebeldía les simplificó el trámite a las distintas familias justicialistas. Con el paso de los meses sin que aparezcan datos económicos alentadores para Olivos, y tras sucesivas (y masivas) marchas protagonizadas por distintos sujetos sociales lastimados por las políticas neoliberales en curso, la acción opositora finalmente se desperezó un poco de su tibieza: el opoficialismo hoy cuesta más caro.

 

Los roces en la segunda alianza, que existen, por ahora no han tenido repercusión en el mosaico parlamentario: la Unión Cívica Radical, pese a sus enojos, sigue disciplinada.

“Las desavenencias entre quienes cooperaron con Macri, el FPV y el Movimiento Evita -que se prolongan hasta la fecha-, no permiten convertir en triunfo opositor el debilitamiento oficial”

Pero no alcanza con estudiar la geometría cambiemista a la luz de sus fracasos administrativos. Los nuevos vientos, que aunque tímidos empiezan a hacerle frente a los que soplaban en soledad desde hace más de un año y medio, por supuesto también influyen.

 

La escuadra de Massa, y la que se armó, apenas nacido el nuevo gobierno, con Diego Bossio como referencia mediática máxima (y no más que eso, aunque el periodismo quiera presentarlo como hábil titiritero), tuvieron sentido, y por ende volumen, durante el tiempo en que el Presidente hizo del Poder Legislativo su herramienta principal. Ante el nuevo marco, han quedado descuadradas. El ex intendente de Tigre es todo en su fuerza. Ergo, su silencio, muy comentado en las últimas semanas, y que revela falta de rumbo, paraliza a todo el espacio. No es casual, así, que Alberto Fernández y hasta Felipe Solá coqueteen con la huida.

 

El Bloque Justicialista, por su parte, fue siempre una unión transitoria de empresas. Hay allí soldados del gobernador salteño Juan Manuel Urtubey, que se separaron del Frente para la Victoria en función de la estrategia de repudio que su jefe practica respecto del pasado; riojanos con asuntos de coparticipación pendientes que buscaron plantearlos en el contexto de una fractura que iba a ganar peso; Bossio, que busca quien le habilite la carrera hacia la gobernación bonaerense -más el sindicalista Oscar Romero, que le ¿respondía?-; el chaqueño Gustavo Martínez Campos, rival comarcal de Jorge Capitanich, intendente que se mantiene junto a CFK y es durísimo con el macrismo; y, por último, algunos correntinos, jujeños y mendocinos, como derivaciones de las crisis domésticas de los respectivos PJ locales.

 

Muchos de los motivos que los impulsaron a romper, hoy ya no existen, o al menos no valen tan fuertemente como en su momento, excepción hecha del marido de Isabel Macedo.

 

Romero, por caso, se mantiene dentro del peronismo oficial, y por ello ha retomado contactos con los acaudillados por Hector Recalde, mientras Bossio explora en el massismo desinflado. Los riojanos no lograron su cometido cuando Macri prestaba atención al Congreso. ¿Van a poder ahora? Capitanich labró un nuevo armisticio con su sucesor en la gobernación chaqueña, Domingo Peppo, e irán juntos a agosto/octubre, ¿Martínez Campos se levantará contra eso?

 

Con todo, las desavenencias entre quienes cooperaron con Macri, el FPV y el Movimiento Evita -que se prolongan hasta la fecha-, no permiten convertir en triunfo opositor el debilitamiento oficial. Aunque expresivas de esa distancia -en lo específico del juego parlamentario-, se tratan, las maniobras que no han podido coordinar, de chiquilinadas exasperantes tales como definir si se quita quórum a una sesión o se vota en contra. A ese nivel llega la falta de diálogo.

“Los roces en la segunda alianza, que existen, por ahora no han tenido repercusión en el mosaico parlamentario: la Unión Cívica Radical, pese a sus enojos, sigue disciplinada”

Aunque todos los segmentos tienen una cuota de razón, la responsabilidad mayor le cabe al FPV, cuya gravitación numérica es mayor, y que cuenta con un liderazgo fuerte como el de CFK como para articular algún tipo de laudo que permita plasmar una nueva correlación de fuerzas.

 

Máxime cuando ha obtenido resultados al obrar así: apenas una charla entre la ex presidenta y Alberto Rodríguez Saá le significó al kirchnerismo sumar a los tres puntanos en la cámara baja a sus convocatorias. ¿Y también al hermano del gobernador puntano, el senador y ex presidente Adolfo? Dato atendible, siendo que integra la comisión bicameral de revisión parlamentaria de DNU en la trama de un gobierno que muy difícilmente alcance mayoría legislativa cualquiera sea la cosa que digan las urnas en octubre. Bastante más que tantísimas “Plazas del Pueblo” de Martín Sabbatella, como para enamorarse del método. Le haría falta. ¿De ahí su aparición sorpresiva en un asado que se celebraba en casa de Juan Cabandié, y en el que se habían congregado La Cámpora y buena parte de los intendentes del peronismo bonaerense?

 

Es perfectamente posible que el arquero deje la valla libre e igual el delantero la tire a la tribuna.

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