Recuperar la identidad

La crisis económica y el desafío más urgente. “¿Estamos preparados para defender nuestros derechos, para generar las condiciones de igualdad de ingreso a ese nuevo mundo?” Una columna de Raúl Dellatorre

En un momento tan complejo como el actual, y una situación social crítica con riesgos ciertos de agravarse, conviene llevar el análisis económico a los términos más sencillos y más fáciles de comprender. Dejemos de lado por un momento las estadísticas, los datos financieros, las discusiones sobre si el déficit fiscal o la emisión son o no el origen de la inflación, o si el riesgo país nos dice si vamos por buen o mal camino. 

¿Qué es lo que importa para medir si la economía está funcionando o no? Si hay producción, hay empleo. Si el empleo es bien remunerado y hay buenos salarios, va a crecer el consumo. Son las dos relaciones claves de la economía real: producción-empleo y salarios-consumo. Una lectura simple de la realidad actual nos va a dar la primera respuesta. En los primeros seis meses del gobierno de Milei, cayó la producción industrial y, con ello, el empleo. Bajaron los salarios con respecto a la inflación y eso derrumbó el consumo. Es una economía en crisis. Los valores principales están en retroceso, no por factores externos sino porque la propia política del gobierno impulsa esas caídas.

El panorama para el resto del año no es alentador. Todos los días hay noticias sobre cierre temporario de plantas industriales, suspensión de actividades por falta de ventas. Se frena la producción de automóviles, insumos para la construcción, productos alimenticios, indumentaria o cualquier otro rubro imaginable. Hasta la producción de maquinaria agrícola está en retroceso, pese a que el agro es el único sector que estadísticamente muestra crecimiento, frente a un año anterior con producción detenida por la sequía.

Cae la producción y cae el empleo. Si en el primer semestre del año la inflación fue la principal explicación para la caída del consumo, en el segundo semestre el desempleo creciente será la causa para que el consumo, el mercado interno, siga en retroceso. No hay recuperación posible para la producción sin un mercado interno dinámico. 

Este estado de cosas afecta tanto a la industria como al comercio. Y entre los industriales, afecta tanto a la pequeña y mediana industria como a la grande. Unos tendrán más espaldas que otros para afrontar la situación, pero mientras la pyme suspende a su personal hasta que ya no puede pagar los salarios, la gran empresa hace cálculos financieros y, si la perspectiva es que por un año o más no habrá recuperación, va a resolver despedir personal y en todo caso volver a contratar cuando la situación mejore, “para ahorrarse costos“. En un panorama negativo como éste, unos y otros tienden a despedir, ya sea por incapacidad para sostener el plantel o por conveniencia financiera. 

No es verdad que ésta sea una crisis heredada. La economía que dejó el gobierno de Alberto Fernández en diciembre tenía problemas y desequilibrios, pero no una crisis generalizada de producción y consumo como la actual. El gobierno de Javier Milei provocó un shock inflacionario y un recorte brutal en el gasto público absolutamente intencionados. ¿Por qué? Porque apostó a que si lograba rápidamente una situación de equilibrio fiscal (paridad entre gastos e ingresos del Estado) y dejaba que los precios se acomodaran por sí sólos sin controles ni regulaciones, “se ordenaría” la economía para empezar a crecer sin inflación. Pero falló el diagnóstico.

No es la primera vez que la receta neoliberal aplicada a la economía argentina provoca una crisis social y económica de dimensiones. Pasó con el Rodrigazo en 1975 (su autor intelectual, Ricardo Zinn, admitió un año después que había sido un plan pensado para provocar el derrumbe del gobierno de Isabel Perón y posibilitar la llegada de la dictadura), con la convertibilidad de Menem-Cavallo, con el ajuste de Macri-Caputo-FMI y ahora con Milei-Caputo. 

Pero como se jacta Milei, quizás ninguno tan rápido y tan profundo como el actual. Si al deterioro del salario le sigue la pérdida del empleo, si a la caída de producción le sigue el cierre de la empresa, y si a la caída del consumo y su reducción a sólo la franja más rica de la población le sigue la sustitución de la producción nacional por la importación, entonces las condiciones para la recuperación de la economía se hacen mucho más cuesta arriba.

Y si al modelo de ajuste y empobrecimiento le sigue una ley Bases que pone los recursos nacionales más valiosos en manos extranjeras, y los negocios más rentables y de mayor tamaño en manos de empresas que no deberán pagar impuestos ni están obligados a ingresar al país los dólares de sus exportaciones, entonces la crisis económica se convierte en pérdida de soberanía. Una situación mucho más difícil de revertir.

Enfrentar el modelo y construir una alternativa

Los sectores populares, y en especial el peronismo, enfrentan el dilema de cómo cuestionar a un gobierno votado por la mayoría. ¿Es más popular un gobierno que consigue el 55 por ciento de los votos que un movimiento histórico que le dio identidad y derechos a la clase obrera en Argentina?

Las elecciones democráticas le dan derecho al más votado a ejercer el gobierno. Eso no se discute, pero sí está en discusión quién defiende y quién representa los derechos de la mayoría del pueblo trabajador. Esa discusión la deben resolver los sectores populares y las fuerzas que los representan, al interior de sí mismas. No en un debate con sectores oligárquicos neoliberales que tienen votos y ganan una elección, pero que pierden la representatividad de las mayorías cuando gobiernan porque gobiernan en contra de esas mayorías.

Eso nos lleva a la necesidad de un debate profundo al interior de los movimientos populares, debate en el cual el capítulo económico o la opción de un modelo de desarrollo (nacional y popular) ocupa un espacio central. Un modelo que no sólo represente esos intereses populares sino que convoque a defenderlo, a pelear por él. Un modelo que identifique a esas clases populares.

Ese modelo estuvo ausente en los últimos tiempos. No existió o no se supo explicar, aunque es más probable que haya sucedido lo primero. Porque, al menos, es visible que no hubo un modelo de sociedad, de comunidad organizada, de convivencia, de desarrollo social que identificara a las mayorías populares en los últimos años. Esa pérdida de identidad quizás sea la peor derrota cultural de las clases populares que nos llevó a la actual crisis. 

«Esa pérdida de identidad quizás sea la peor derrota cultural de las clases populares que nos llevó a la actual crisis.» 

Discutir la economía es tratar de aportar los elementos para comprenderla. Pero hoy, tan importante como eso, es aprender a reconocer las trampas de un modelo de sociedad que intentan imponernos, pero sin advertirnos de qué se trata. La clase obrera no dejó de existir, pero si se acepta que no hay intereses colectivos sino una suma de individualidades, se pierde el sentido de lucha colectiva por las conquistas que serán para todos.

¿Cuántas veces escuchamos a quienes dicen trabajar “por cuenta propia” porque no quieren “tener patrones” y así son “dueño de su tiempo”? Hasta un joven que se juega la vida diariamente repartiendo encargos en una bicicleta, trabajando quizás doce horas por día por el equivalente de un sueldo “medio” o menos que eso, se cree “dueño de su trabajo”. 

¿Cuántos pibes de barrios humildes no vieron nunca, ni a su padre, tíos, vecinos, amigos o hermano mayor, a nadie, salir a la mañana a trabajar a una fábrica, ocho horas, y volver a la casa después de ganarse el sueldo, el derecho a la salud sindical, al fin de semana libre, vacaciones y aguinaldo, junto a “compañeros” de los que habla con orgullo y alegría? ¿No existe más esa forma de trabajo o nos la están robando, con el cuento de que “todos somos emprendedores individuales”?

El modo de producción, las relaciones laborales están cambiando, es cierto. ¿Estamos preparados para defender nuestros derechos, para generar las condiciones de igualdad de ingreso a ese nuevo mundo? ¿Estamos preparados para reclamar ser parte de la discusión de cómo se modela ese nuevo sistema de trabajo? ¿Cómo preservamos en ese nuevo modelo “todo lo bueno” del anterior, y que “lo bueno del nuevo” sea en beneficio de todos?

Hablemos, también, del Estado. Del rol de ese aparato que supo ser espacio que el peronismo transformó en una herramienta de construcción de una nueva Argentina. Hoy que se plantea su destrucción, su reducción al mínimo, su no necesidad, ¿a quién pensamos que se lo están quitando? ¿Vamos a mirar ese proceso de demolición como si se tratara de un edificio ajeno, en el que si alguna vez estuvimos fue circunstancialmente? 

Si es cierto que el Estado dejó de cumplir muchas de las funciones básicas y necesarias que alguna vez hizo, ¿no será que hay que transformarlo para poder cumplir eficientemente sus objetivos, en vez de dejar que otros lo destruyan?

La tierra, ese bien tan preciado que sólo valoramos cuando suena lindo en una canción folklórica, es un factor clave de la producción de los elementos más imprescindibles de la vida. Los alimentos y los minerales, por ejemplo. La energía y el agua. El hábitat (el lugar donde asentarse y vivir). ¿Nos da lo mismo que esté en pocas manos que la explotan según su criterio, deteriorándola, impidiendo que en el mismo terreno se desarrolle la producción de otros bienes necesarios para la mayoría pero menos valioso para el que la explota como un negocio privado? 

Discutir una nueva economía significa, esencialmente, tomar posición sobre estos conceptos y algunos más. Recuperar la identidad popular es establecer un sentido al uso de la tierra, el rol del Estado, el sistema de trabajo. Tener una propuesta alternativa, nacional y popular al actual modelo de caos que impera en el país es tener respuesta a esos interrogantes. 

Sin caer en la trampa de las discusiones falsas de “déficit o superávit fiscal”, “emisión monetaria cero o darle a la maquinita para enriquecer a la casta”, “libertad o Estado asfixiante”. 

Para recuperar la identidad, quizás lo primero sea recuperar el orden de prioridad de las discusiones. Justicia social es un objetivo, el trabajo y la distribución equitativa de los resultados es el medio para alcanzarlo. La pobreza se soluciona con trabajo para todos y salarios dignos. La organización de la comunidad se logra con un Estado fuerte, eficaz, sano, representativo. Que hay que construir. Quizás sea tiempo de encarar esas discusiones, para encontrar nuestras respuestas. 

Para entender lo que pasa o el por qué el gobierno hace lo que hace, están los primeros párrafos de esta nota. Pero ahora, quizás sea la hora de buscar, y encontrar, una nueva propuesta económica.

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