Un pavo real con una pluma en la boca mira coqueto al frente sobre un fondo rosa en la tapa de Misterio y maneras. Prosas ocasionales de Flannery O’ Connor (La parte maldita, 2026). Es difícil no dejarse cautivar por esa mirada desde la mesa de la librería o vidriera, y es difícil también, siguiendo a la propia Flannery, escapar de la fascinación que producen esas aves caprichosas y un poco déspotas, como suelen ser los reyes. Pero esto es un detalle. A veces, una llega a un libro extraordinario un poco distraída. Publicado cinco años después de la muerte de la autora, Robert y Sally Fitzgerald, amigos de O’Connor, reunieron sus conferencias, ensayos y prólogos en este volumen, que ahora circula en la notable versión de Inés Garland.
Cómo seguir una reseña en que ya se usaron, en el primer párrafo, las palabras fascinación y extraordinario. Voy a intentarlo por otro lado: hoy en día es bastante común leer los diarios o la correspondencia de escritores del siglo pasado antes que sus obras principales. Pienso en Virginia Woolf, en Elizabeth Bishop, en Edith Wharton. Pienso que es un error. Puede ser que me rodee de personas con ambiciones literarias y que mi impresión está teñida por este tipo de lectura profesional —uso el término con solo un poco de ironía—, pero creo que no es eso, o no solamente. También es la época: nos interesa la vida detrás de la obra, o delante, o a través. Incluso revisamos las redes sociales de autores como una forma de lectura. Dudé entonces en leer este libro porque no había leído la ficción de Flannery, su ficción grotesca y célebre, pero finalmente lo hice —¿de nuevo el pavo real?— y por suerte lo hice. A la mitad de la lectura compré y empecé el libro que reúne sus cuentos completos, un ladrillo de ochocientas páginas que es otra maravilla y que algún personaje suyo bien podría usar para partirle la cabeza a una anciana que habla demasiado fuerte en una sala de espera.
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Flannery O’Connor nació en marzo de 1925 en una familia irlandesa católica del sur de los Estados Unidos. Tuvo formación religiosa, después estudió Literatura y, en paralelo al destino de convertirse en profesora, se postuló e ingresó al programa de periodismo en la Universidad de Iowa y luego al de Escritura Creativa —primero en el país, ¿en el mundo? y vigente aún—. Al terminar sus estudios, vivió un tiempo en la colonia de escritores Yaddo, en Nueva York, donde se hizo amiga de quienes se encargarían de publicar su obra en vida, y después: Robert Lowell, Robert Giroux y el mencionado matrimonio Fitzgerald.
Un diagnóstico de lupus en su juventud cambió sus planes. «En cierto sentido la enfermedad es más instructiva que un viaje largo a Europa; un lugar donde no hay compañía, donde nadie puede seguirte», escribió. Volvió al sur y se instaló en la granja Andalusia con su madre, donde crió aves de corral, leyó teología y escribió la mayor parte de su obra. Murió a los 39 años de la enfermedad que también había matado a su padre.

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Misterio y maneras reúne doce ensayos y conferencias de temas literarios, enmarcados por dos textos de otro orden: un artículo inicial sobre el pavo real y cómo empezó a criarlos, (“Una o dos veces me han preguntado ‘para qué sirven’ los pavos reales, una pregunta que no respondo porque no merece una respuesta”), o sobre cómo son de absurdas la pasión y la belleza; aunque el tema sea lo de menos: es un texto divertidísimo. Y el último, el encargo de un prólogo a la biografía de Mary Ann, niña-santa con la cara deformada por el cáncer. Todo el resto podría conformar un tratado con capítulos, derivas o estados de ánimo —a veces se la puede imaginar más risueña, aseverativa, combativa, esperanzada— sobre lo que parecen ser las razones de su vida: la escritura y lectura de ficción, y las responsabilidades de la vocación católica.
“Hay ciertos casos en los que, si tan solo se aprende a escribir lo suficientemente mal, se puede hacer mucho dinero”, dice, mordaz, en un momento. Es un libro para reírse de los escritores especuladores y de la literatura mediocre en general, pero es más interesante leerlo con humildad, como un manual. A pesar de que el grueso lo ocupan sus reflexiones sobre las posibles limitaciones de la escritura católica, un tema que puede resultar ajeno, su lucidez y sentido del humor lo vuelven valioso para los que se interesan por la creación literaria y artística. Al fin y al cabo, toda identidad puede ser una prisión o un motor, una herramienta para conocer la realidad.
Entre sus recomendaciones, insiste en la importancia de contar una historia y no dejarse empantanar por la propia sensibilidad o por las “buenas ideas”. Una buena historia de cualquier tipo, dice Flannery, se escribe mostrando, no enunciando, observando alrededor, afinando el oído a las singularidades y valorándolas en su justa medida (como el lenguaje sureño o el comportamiento de los animales). Sostiene que para escribir es más importante aprender a pintar que tomar un curso de escritura creativa. Da ejemplos —en Henry James, Graham Greene, Kafka— sobre cómo construir voces, personajes y tramas con consejos que repite Hebe Uhart en el gran libro que escribió Liliana Villanueva con sus clases.
A O’Connor le preocupa lo que llama el misterio de la personalidad del escritor y cómo usarlo como material de escritura. Más allá de una misma, más allá de la idea de Dios, con el fin único de escribir. Es interesante recuperar la palabra misterio para la escritura, que ella usa por su origen religioso, pero puede servir para hablar del azar, de la imaginación, de lo que es contrario al algoritmo. La escritura no es para todos, parece decir Flannery, pero es para cualquiera que descubre dentro de sí un don y un deseo, y lo asume con pasión y responsabilidad. Da la sensación de que el entusiasmo, la capacidad de trabajo, ¡hasta el talento! pueden ser inspirados. Si no por un don divino, al menos por esta lectura.
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Flannery escribió las novelas Sangre sabia y Los profetas, y los libros de cuentos Un hombre bueno es difícil de encontrar y Todo lo que sube tiene que converger. Desde su muerte en 1964, su figura y su influencia no dejaron de crecer. Sus personajes —maltrechos, ensimismados, desesperados, incluso siniestros— persiguen la redención a pesar de su propia crueldad y la del mundo que los rodea. Es una de las voces centrales del gótico y quizás quien llevó más lejos el grotesco, pero se destaca también por su sentido del humor.

Hace unos días vi una entrevista a César Aira, en el programa chileno Off the record, en que le preguntan por el humor: “El humor es uno de los puntos dolorosos de mi vida como escritor. Detesto el humor en la literatura. El humor es una cosa que suele ser una coartada para evitar decir verdades. Y tiene el defecto, gravísimo en literatura, de que depende mucho del efecto que causa. Si no causa efecto, cae en el vacío. Y aun si causa efecto: hace reír, puede llegar el momento en que deje de hacer reír y en ese caso no va a valer nada. Yo siempre le recomiendo a mis jóvenes amigos escritores que eviten el humor como se evita la peste”.
Parece un coqueteo, Aira es uno de los autores y entrevistados más graciosos —y brillantes— que existe. De cualquier forma, tiene un punto. Pero el fin de semana leí otra perspectiva interesante en la entrevista que Malena Rey le hace a Tamara Tenenbaum en Cenital. Tamara destaca la actualidad de Jane Austen comparada con sus contemporáneas, por el humor: “Austen tiene humor, ironía, algo liviano que se traduce muy bien a nuestra época. (…) en general, cuando una lee clásicos, el humor es lo que peor envejece. Es raro cuando el humor envejece bien y sigue siendo gracioso. ¡Y sus libros sí lo siguen siendo! Eso me parece una rareza histórica genial”.
El humor como recurso o estrategia tiene sus riesgos, pero es una fiesta cuando está logrado y permanece. Flannery no es deliberadamente chistosa, pero me da la impresión de que su gracia y la risa que provoca provienen de la sabiduría, de algo relacionado con la verdad. Quizás es por su enfermedad, su inteligencia o su fe. Probablemente no importe. Contra las buenas costumbres, cierro con una cita. Su primer libro, escrito a los diez años, se llamó Mis parientes. En una carta lo describe así: «Vengo de una familia donde la única emoción que es respetable mostrar es la irritación. En algunos esa tendencia produce urticaria; en otros, literatura; en mí, las dos cosas.»
En la foto de portada Flannery O’Connor
Píxel / Revista Zoom
