Las fallas arquitectónicas del ajuste

Partes de guerra tras la represión en el Congreso: de la curva peligrosa de un Cambiemos acelerado al ruido de la calle que ordena la política.

La calle, finalmente, pudo lo que la política, por sí sola, no estaba logrando. Una parte del sindicalismo ya había acabado con el proyecto de ley de eliminación del Derecho del Trabajo. Ahora, la aparición en escena de las víctimas del hachazo a jubilaciones y AUH está cerca de mandar a archivo el resto del paquete de ajuste. Miguel Ángel Pichetto estará a esta hora mirando a Marcos Peña con cara de “¿Viste? Yo te avisé”. Es que la reacción popular fue, con el correr de la semana, aflojando los tornillos del reformismo permanente. Que, en términos políticos, es un contrato entre el presidente Mauricio Macri y los gobernadores del Partido Justicialista para repartir los costos del recorte que ahorrará los fondos necesarios para que María Eugenia Vidal gestione en el conurbano bonaerense su propia reelección y la de su jefe. El gerente de los intereses provinciales insiste, hace rato, junto a algunos menos irracionales de Cambiemos como Ernesto Sanz y Federico Pinedo, en una Moncloa que robustezca (y más importante: fije) la posición de cada uno de los actores en el libreto regresivo, haciendo –antes– más firmes las costuras del lazo que los liga. Lo que llaman grandes acuerdos es rutina cuando de golpear a los de la parte más baja de la pirámide social se trata.

 

Entendimientos menos firmes, como los inaugurados por Macri en el CCK poco después de las últimas elecciones, quedan expuestos, por ejemplo, a vaivenes como los de la furia ciudadana de estos días. Cualquier viento que sople, los tira abajo. Y esto fue un tornado.

 

De seguirse la receta pichettista, los caudillos seguramente exigirían cese de hostilidades en sus respectivos territorios a cambio de respaldo legislativo nacional a la CEOcracia. Como Peña quiere barrer con todo lo que huela a peronismo, no sólo con su segmento kirchnerista, no hay trato. Dilemas de la geometría partidaria. Hay otros: para el oficialismo, los plantea Elisa Carrió; para el justicialismo en funciones, CFK. Estas antagonistas irreconciliables, pese a ello, se parecen en algo: amenazan los casilleros de sus parientes cuando sube la temperatura de la calle. Y los obligan a recalcular.

«Tanta desesperación por el ajuste alarma. De repente, evitar el caos depende de esto. ¿Cuándo se dieron cuenta de que se estaba tan cerca del precipicio?»

La diputada chaqueña demostró una vez más que el gobierno no da un paso sin su guiño. Una amonestación suya amenaza la situación de balotaje en que Cambiemos pone al peronismo que, aún disgregado y con primacía kirchnerista, y por todo ello, es de momento irremediablemente derrotado en dicha instancia. Ahí aparecerá Pichetto para advertir que, si Macri quiere apoyo ajeno, primero debe asegurar el de la alianza propia por entero. Otro laberinto amarillo. Las dudas iniciales que difundió Lilita acerca de esta iniciativa enfadaron a los gobernadores, quienes habían dado el sí rápidamente. Obvio: un opositor más entusiasmado que algunos integrantes del oficialismo resulta sospechoso para aquellos que no siguen la letra chica de este negocio, que son la mayoría.

 

El premier prefiere seguir acumulando por contraste con el pasado, lo cual quedó claro con el discurso del sobrino de Vicente Massot, jefe de los diputados PRO, en la reunión de comisiones.

 

Los caciques, por su parte, se despegan de CFK porque entienden que, con ella visible, el retorno justicialista a Balcarce 50 es imposible. Ese deseo de licuarla y sus necesidades de gestión los acercan al Presidente. Pero el esquema funciona en tanto la razón que suele tener la senadora bonaerense no conecte con el clima. De otro modo, se ven obligados a atender esa demanda de representación, o ven una ventana de oportunidad para subir el precio que le cobran a Olivos. Un drama para el dogma fiscalista de la administración de los gerentes. A propósito, ¿controlan realmente los jefes de Estado locales a los legisladores de sus comarcas? En los siete días que fueron desde la jura de los nuevos diputados hasta estos episodios, el mandamás tucumano Juan Manzur ¿perdió? una soldada que se había llevado desde el cristinismo hacia su pequeñísimo bloque provincial. Mirta Soraire se llama, y regresó al Frente para la Victoria. ¿O será que repartir sus huevos entre distintas canastas fue la manera que encontró para maniatar al gobierno nacional?

 

Como sea, la primera cuestión delicada que puso a prueba el armado parlamentario de los gobernadores evidenció su fragilidad. Escribimos en esta columna que la excesiva fragmentación de ese colectivo que no lo es tanto dificultaría la coordinación con la tropa gubernamental. Dicho y hecho, entre eso y rebeliones, nadie tenía muchas certezas en relación a quorum y esas yerbas. Detrás de todo el ruido que aturde desde que el martes empezó a tratarse el tema en Diputados, subyace una polémica estructural: modelo clásico de oficialismo y oposición distanciados, o consenso de cúpula para limitar reivindicaciones que impiden hacer lo que hay que hacer. Hasta que no se resuelva esa pulseada, la canalización de los conflictos será deficiente.

«La foto de la reunificación opositora transitoria será más provechosa si se transforma en permanente, lo que habría servido para seducir mejor a los diputados de los PJ provinciales»

Un asunto que pintaba fácil para el cambiemismo al inicio, llegó al jueves con muchos allí preguntándose si acaso no terminarían necesitando del desempate de Emilio Monzo. No llegaban si la cosa se extendía hasta el 19 de diciembre como en un principio se había anunciado, de ahí el adelantamiento de sesión. Y la prohibición de manifestarse en Plaza Congreso se debió a que si ese escenario se colmaba en un grito de rabia, los pocos votos que faltaban para que la cuenta se diese vuelta, llegarían. Los violentos sólo dieron pretexto a una decisión represiva que estaba tomada independientemente de motivaciones, sobre todo para disciplinar por lo que todavía falta, así como para la dirigencia hay judicialización. Si el campo nacional no estuviese tan disperso y desorganizado –muchos allí se enteraron de una marcha de movimientos sociales en repudio a la poda jubilatoria cuando ya estaba desplegada sobre Avenida 9 de Julio–, quizá el problema ni llegaba al recinto. La foto de la reunificación opositora transitoria será más provechosa si se transforma en permanente, lo que habría servido para seducir mejor a los diputados de los PJ provinciales.

 

El oficialismo intentará de nuevo el lunes venidero porque el fin de semana, calculan, relajará la resistencia, que ha devenido dura. Tanta desesperación por el ajuste alarma. De repente, evitar el caos depende de esto. ¿Cuándo se dieron cuenta de que se estaba tan cerca del precipicio? ¿Cómo se compatibiliza dicha urgencia por bajar gasto con el enunciado de que aquí nadie pierde nada?

 

Luego de su triunfo de octubre, el macrismo se sintió confiado de poder acelerar. Por buenas razones: esta vez, la elección fue sincera. Tras casi dos años de shock regresivo, nadie podía alegar desconocimiento sobre su sufragio. El jefe de gabinete aseguró entre las PASO y el comicio definitivo que Cambiemos no tiene mandato negativo (es decir, no se opta por ellos sólo por descarte frente a la anterior presidenta), sino positivo (o sea, habría aprobación al programa en curso).

 

En esta ocasión al menos, el big data parecería no haber funcionado satisfactoriamente.

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