La gobernadora de teflón

María Eugenia Vidal cerró su primer año de gestión indemne a los problemas de la provincia. Niveles de aprobación altos y esquirlas del peronismo, de cara a un 2017 electoral.

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La gobernadora María Eugenia Vidal comenzó su primer año de gestión con su policía baleando a cooperativistas platenses que reclamaban por sus puestos de trabajo y culmina con su policía baleando a inundados de Pergamino que pedían agua potable y baños químicos para hacer frente a su situación de evacuados. Un modo muy particular de mostrar la presencia del Estado a lo largo de estos primeros doce meses al frente de la gobernación bonaerense, que la encuentra, sin embargo, lo suficientemente blindada como para poder exhibir niveles de aceptación popular relativamente altos.

 

Lo cierto es que la administración de Vidal encara su segundo año de mandato con no pocos problemas. En lo económico, a lo largo de 2016 endeudó a la provincia a niveles que se avizoran insostenibles en el mediano plazo. Por supuesto, la deuda se derivó a gastos corrientes. Prueba de ello es la alarmante subejecución presupuestaria en rubros decisivos como, por ejemplo, obras públicas. En desarrollo social, Vidal cubrió sus espaldas transfiriendo recursos a organizaciones sociales como el Movimiento Evita y Barrios de Pie, lo que permitió paliar las crecientes necesidades alimentarias de vastos sectores del conurbano, empobrecidos por los tarifazos y las políticas de ajuste del gobierno nacional. Sin vocación para atender estas cuestiones, ahora descentraliza en los municipios la atención de la ascendente demanda en los comedores escolares, lo cual genera visibles tensiones con los gremios docentes, sector que, por otro lado, aún no cerró la paritaria de 2016 y lejos está de saldar la cuestión salarial del año que se inicia. En ese contexto, los docentes ponen bajo un manto de dudas el inicio del ciclo lectivo 2017. Y, siguiendo con conflictos derivados de la cuestión salarial, recordemos que el gobierno provincial aún no llegó a un acuerdo con la poderosa ATE (mayor cantidad de afiliados comprendidos por la Ley 10430), con los médicos enrolados en la CICOP, ni con los trabajadores de la AJB, con alto poder de fuego a la hora de paralizar la administración de justicia en el territorio bonaerense. Y si analizamos algunos anuncios realizados en materia de aumentos tarifarios previstos para 2017 (energía eléctrica y gas), más la suba trimestral de combustibles (32% en total, aproximadamente), más el casi seguro ajuste hacia arriba de la tasa de interés sobre la deuda, más la presión empresarial sobre el tipo cambio, más el ajuste fiscal que tienen en carpeta quienes vienen a reemplazar a Prat-Gay, tenemos un cóctel que, seguramente, hará estallar la “paritaria histórica” firmada por la gobernadora con algunos gremios estatales.

 

En el rubro salud la provincia tampoco tiene mucho para exhibir. En el interior bonaerense, varios hospitales han tenido que cerrar servicios por falta de personal médico. Un anestesista -por citar un caso- reparte su trabajo en hospitales que están a cientos de kilómetros de distancia, lo cual dificulta la programación de cirugías y obliga a que las urgencias se deriven indefectiblemente hacia los nosocomios públicos platenses. En ese contexto, la ministra Zulma Ortiz no recibió de parte de la gobernadora ninguna reprimenda cuando dijo que “para combatir el dengue habría que besarse menos”, pero sí cuando intentó adherir al protocolo nacional de aborto no punible.

 

Respecto del interés de las autoridades provinciales por la industria, las pymes y la generación de empleo genuino, basta decir que su Ministerio de la Producción está acéfalo desde hace un mes, es decir, desde que Joaquín de la Torre huyó despavorido ante la orfandad presupuestaria de la mencionada cartera.

 

Pero al parecer, la figura de Vidal es incombustible y no le entran las balas (al menos, hasta ahora). Con ese handicap, avanza sobre las esquirlas del peronismo y se abraza con Eduardo Duhalde y su esposa Chiche, mientras Mario Ishii, Alberto Granados, Jesús Cariglino, Humberto Zúccaro y Aldo Rico sonríen para la foto. Dicen algunos de los que estuvieron allí -viendo pasar el tren fantasma con su sonriente azafata- que Julián Domínguez y José Ottavis trataban de pasar lo más desapercibidos posible. “Cosas veredes, Sancho…” Ubicada cómodamente al frente del territorio que será, en este 2017, la “madre de todas las batallas”, la gobernadora sonríe y espera.

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