KIRICOCHO

Repasamos las costumbres supersticiosas y por qué nos ayudan a llevar el día a día. Entre guerras, crisis económicas y cambio climático, encontramos bienestar en determinadas prácticas.

Hace unos días, los habitantes de Arica, Chile, se amontonaron en el puerto para ver la captura del día: un pez sable de entre tres y cinco metros de largo, según quien lo contara. Los pescadores de la embarcación “Orca” llegaron a la orilla con el cadáver enrollado sobre las maderas del bote. En el muelle, tuvieron que levantarlo con una grúa por su desmedida longitud. Era lunes, primer día de la semana, pero todos los ariqueños interrumpieron sus actividades: tenían que verlo. Porque el pez remo no es cualquier pez. Vive en las profundidades del océano y nunca sale a la superficie. Es el pez óseo más grande y largo del mundo. Y así quedó expuesto en el puerto de la caleta de Arica, colgando de la cabeza, enganchado a una grúa, exponiendo sus tres o cinco metros, según quien lo contara, si los pescadores de la Orca o los pescadores de otras embarcaciones.

En la cultura japonesa a este tipo de pez se lo conoce como “el mensajero del palacio del Dios del Mar” y se dice que su aparición augura terremotos, sismos y tsunamis. En México, a los días de que aparecieron dos ejemplares, hubo un sismo de 7,5 grados escala Richter. La explicación científica: al estar en las profundidades, se cree que esta especie de pez puede sentir los movimientos tectónicos previos a los sismos. Como consecuencia, sale a la superficie del mar, escapando de esas ondas vibracionales.

Igualmente, a veces prefiero no socavar las leyendas. Me gustan así, con sus relatos puros, sin buscarles fundamentos científicos. En Japón, por ejemplo, antes de descubrir el origen de los terremotos, se le atribuía el fenómeno a Namazu, un pez negro bagre tan gigante como el tamaño de la isla: si se despierta Namazu de su siesta y mueve aunque sea un poco una de sus aletas, se genera un terremoto. 

Los augurios, en su mayoría, siempre terminan teniendo una explicación científica, racional, concreta. Los eclipses, la luz mala, los pájaros de mal agüero. La aparición del pez sable. Algunas supersticiones también tienen sus explicaciones en la historia: no apoyar la cartera en el piso, no pasar la sal de mano a mano, tocar madera para que no ocurra lo mencionado. O la teta izquierda para protegernos (ésta última viene de las griegas, que se tocaban así para protegerse de las cosas malas). 

Siempre le presté atención a las cábalas, las creencias, los ritualitos. Nuestro país es el más cabulero de la región, según una encuesta realizada por la consultora TNS. Me dan ternura los pibes del barrio tirando el primer lillo del paquete al viento, para que no caiga la policía cuando estén fumando churro. También los y las estudiantes de medicina que no miran a los ojos de las estatuas de la facultad hasta que se reciben. Los hinchas que dicen en voz baja tres veces la palabra kiricocho para que el rival no meta el penal. Me dan ternura las madres que recién salieron del parto y le ponen cintas rojas en las muñecas a sus bebés. Todo esto hacemos pero, a la vez, negamos nuestra naturaleza: en Argentina, sólo uno de cada diez se define como supersticioso, pero más de la mitad de la población usa cábalas. ¿Cómo es?

La gente, desde que es gente, siempre necesitó domesticar el destino a través de diferentes prácticas. Como dice el antropólogo argentino Pablo Wright, “las cábalas y los hábitos relacionados con tener buena suerte son ritualizados para asegurar un fin exitoso. A la vez, aplicarle un criterio científico a éste fenómeno es como querer analizar el tenis a través de la música”.

Domesticar el destino. Controlar nuestras insignificantes vidas. El ansia eterna de la humanidad por manejar el azar. Prendemos velas, nos sentamos siempre en el mismo lugar para ver el partido, los anillos siempre en los mismos dedos. Pedirle al kiosquero, con un poco de vergüenza, que no nos dé el encendedor de color amarillo. Si las cosas marchan bien, intentar que todos los objetos de la casa se mantengan en el mismo lugar. Se podría decir que es un borde bastante fino con la locura. Pero es que sí, todo es una locura.

El mundo está en llamas o por lo menos eso es lo que se siente. La inflación, la guerra entre Rusia y Ucrania, colapsos económicos y políticos, el pueblo tomando la casa del presidente en Sri Lanka. La escasez de cereales, el asesinato del ex primer ministro en Japón, tiroteos masivos, el retroceso del derecho al aborto en Estados Unidos. La pobreza, el calentamiento global, las ultraderechas resurgiendo en todos lados. ¿Hay salida? Es totalmente entendible que la gente quiera encontrarle algún tipo de sentido a este planeta, que sienta la necesidad de saber que, aunque sea algo mínimo, una porción del destino puede controlar, ya sea un partido, un examen, un viaje en la ruta. Un poco de orden en el desorden, un poco de parate en este disparate.

Ahora abro las noticias y veo que la profecía del pez sable se cumplió: hubo un sismo en Chile, alerta de tsunami y a las pocas horas otro sismo en Perú. También leo que hay pumas sueltos en la ciudad de Villa Gesell. Las personas no pueden salir de sus casas.  Veo los videos y son animales enormes. Hermosos. Rápidos. Tienen cachorros. 

Los episodios de animales salvajes interrumpiendo la vida en poblados del país me fascinan. Nos hacen dar cuenta, aunque sea un rato, del poder de la naturaleza. Uno de mis poemas favoritos es del peruano Antonio Cisneros (1942-2012), donde justamente habla de eso:

Entonces en las aguas de Conchán 

Entonces en las aguas de Conchán ancló una gran ballena.
Era azul cuando el cielo azulaba y negra con la niebla.
Y era azul.
Hay quien la vio venida desde el Norte (donde dicen que hay muchas). 
Hay quien la vio venida desde el Sur (donde hiela y habitan los leones). 
Otros dicen que solita brotó como los hongos o las hojas de ruda.
Quienes esto repiten son las gentes de Villa El Salvador, pobres entre los pobres. 
Creciendo todos tras las blancas colinas y en la arena: Gentes como arenales en arenal. 
(Sólo saben del mar cuando está bravo y se huele en el viento).
El viento que revuelve el lomo azul de la ballena muerta. Islote de aluminio bajo el sol. 
La que vino del Norte y del Sur y sólita brotó de las corrientes.
La gran ballena muerta.
Las autoridades temen por las aguas: la peste azul entre las playas de Conchán.
La gran ballena muerta.
(Las autoridades protegen la salud del veraneante). 
Muy pronto la ballena ha de podrirse como un higo maduro en el verano. 
La peste es, por decir, 40 reses pudriéndose en el mar (o 200 ovejas o 1000 perros). 
Las autoridades no saben cómo huir de tanta carne muerta.
Los veraneantes se guardan de la peste que empieza en las malaguas de la arena mojada.
En los arenales de Villa El Salvador las gentes no reposan.
Sabido es por los pobres de los pobres que atrás de las colinas flota una isla de carne aún sin dueño.
Y llegado el crepúsculo –no del océano sino del arenal–
se afilan los mejores cuchillos de cocina y el hacha del maestro carnicero. 
Así fueron armados los pocos nadadores de Villa El Salvador.
Y a medianoche luchaban con los pozos donde espuman las olas.
La gran ballena flotaba hermosa aún entre los tumbos helados. Hermosa todavía.

Sea su carne destinada a 10000 bocas. 
Sea techo su piel de 100 moradas.
Sea su aceite luz para las noches y todas las frituras del verano.

Me gusta porque en este poema se escuchan todas las voces. Las voces de los veraneantes, de las autoridades, de los pobres entre los pobres. En una entrevista, el poeta contó que “la Ballena” no es más que la versión poética de un hecho periodístico (dicho así parece muy fácil, pero alguna vez escuché que tardó casi diez años en terminarlo). En el año ´76 apareció una ballena muerta y nadie sabía qué hacer. Un día, de la noche a la mañana, desapareció: la gente de los alrededores se la había comido porque simplemente necesitaba comérsela. 

La interrupción de lo cotidiano por este tipo de acontecimientos no discrimina, no hay distinción de clase. La aparición de una manada de pumas, de un pez sable, de una ballena muerta, la invasión de los carpinchos. Un sismo, un tsunami, la caída de un meteorito. Al igual que las cábalas, los fenómenos naturales sobrevuelan todos los estratos sociales, desde el más rico hasta el más pobre. Nos hacen dar cuenta de nuestra insignificancia en el mundo. Mientras nos enroscamos en nuestras rutinas, un sismo se está gestando. Un pez sable lo notará. Saldrá a la superficie. Un grupo de pescadores lo atrapará. Y no habrá cábala que aguante.

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