Hacha y tiza

Perfil de Soledad Acuña, la ministra de Educación porteña que encabeza el proceso de vaciamiento escolar. Punitivismo consorte, falacia meritocrática y formación inicial con Priebke.

El siguiente diálogo fue oído por Radio Continental a fines de diciembre:
– ¿Usted dio clases alguna vez en aula?
– Jamás. Yo no soy docente –admitió la ministra de Educación porteña, Soledad Acuña, con un dejo de pudor.
– Se nota que no da clases. Solamente alguien que no es docente puede decir esto que usted dice.
– ¡Pero yo recorro escuelas todos los días! –replicó ella, ya sin pudor.
– Parece que no lo hiciera –fue el remate del entrevistador.
Éste no era Domingo Faustino Sarmiento sino Nelson Castro. Pero hasta él trataba a esa mujer –la funcionaria estrella de Horacio Rodríguez Larreta– de insensible e ignorante al referirse a su epopeya más reciente: el cierre de 14 escuelas comerciales nocturnas.

 

El episodio es una muestra palmaria de la imagen que supo cosechar la susodicha en base a una gestión signada a fuego por dos premisas: punitivismo y vaciamiento pedagógico. Y que lleva adelante con la obstinación de quien le tomó el gustito al mal.

 

El gran salto de su carrera se remonta al 9 de diciembre de 2015, cuando juró como ministra en la Usina del Arte bajo el tenue vitoreo de un puñado de adláteres. Aquella mañana Diego Kravetz también asumió como secretario de Seguridad del Municipio de Lanús. Por aquel entonces ambos recomponían su vínculo matrimonial, tras un momentáneo distanciamiento.

 

Lo cierto es que ellos venían de un tiempo tortuoso. Porque aquel sujeto de mirada huidiza y sonrisa de roedor era visto con recelo hasta en las filas del PRO debido a su naturaleza camaleónica. Y eso bien lo sabe la propia Acuña, quien en 2011 vio naufragar su sueño de conducir el Ministerio de Desarrollo Social de la Ciudad precisamente por su vínculo amoroso con él. Sin embargo, tales sinsabores habían quedado atrás.
Desde ese instante, los logros ministeriales de “Sole” –tal como le gusta ser llamada– no fueron escasos. Ella no vaciló en exhibirse intransigente en la austeridad de sus ofrecimientos para las tratativas paritarias. También le puso garra a la UniCABA, su iniciativa de crear una universidad ad hoc y el cierre de los 29 institutos de formación docente que existían hasta ahora. Y descolló con otra bufonada: la “Secundaria del Futuro”, un engendro pedagógico cuyo carácter espantoso ya se desliza en su enunciado: “Formar al ciudadano del siglo XXI, talentoso, emprendedor, creativo, cooperativo y adaptable”. Una bella frase para resumir la anulación de los contenidos curriculares del quinto año y su reemplazo por prácticas laborales no remuneradas en empresas.

 

Cabe destacar este asunto, sucedido en septiembre de 2017, en medio de la crisis por la desaparición forzada de Santiago Maldonado. La respuesta de los estudiantes fue la toma simultánea de 30 colegios. La ministra entonces no tuvo mejor idea que esgrimir un protocolo que exigía a los rectores denunciar penalmente aquellas ocupaciones bulliciosas pero pacíficas.

 

¿Es posible que semejante reflejo punitivo lo haya adquirido es su época estudiantil? Porque en su Bariloche natal asistió a un ilustre colegio donde los alborotos no ocurrían, el Instituto Primo Capraro, administrado por un hombre del cual ella –así como confiesa entre sus íntimos– guarda un buen recuerdo: el criminal de guerra nazi, Erich Priebke. Cosas de la vida.

 

¿O tal vez dicho protocolo le fue sugerido por su cónyuge? Ya se sabe que el señor Kravetz es un conspicuo benefactor de la niñez, entre cuyos hitos se destaca el furioso ataque policial que encabezó en el comedor infantil Los Cartoneritos, de Villa Caraza, y la infame extorsión a un pibe de 11 años para que confiese crímenes imaginarios en el programa televisivo de Jorge Lanata.

 

Madre ejemplar, una vez se horrorizó al ver ante la escuela de su hijo un pasacalle con su nombre y un reclamo gremial. Entonces difundió un texto de su autoría en uno de cuyos párrafos señalaba: “La Argentina ha entrado en los últimos meses en una nueva etapa, en donde el autoritarismo y la persecución le han dado paso al diálogo, al consenso y en el caso de que haya disenso, este se exprese en la mesa de diálogo permanente que llevamos adelante con los representantes docentes de nuestra Ciudad”. Sabias palabras.

 

Un ejemplo de esta idílica etapa ha sido el ataque policial del 9 de abril de ese año a los maestros que armaban la Escuela Itinerante en la Plaza de los dos Congresos. Tal incidente coincidió con una campaña represiva en todo el país hacia los estudiantes. Y que en los colegios porteños supo expresarse con hostigamientos, intimidaciones y virulentos embates.

 

Una escalada con escaso “gradualismo”; sólo en el lapso de sus cuatro semanas iniciales se registraron los siguientes episodios: la “visita” –el 20 de abril– de seis policías con armas largas a la Escuela Normal “Mariano Acosta”, del barrio Balvanera, mientras los alumnos hacían una clase pública; el ingreso de efectivos también armados –el 21 de abril– a la Escuela Técnica Nº 27, del barrio Monte Castro, durante una asamblea; la incursión –el 16 de mayo– de una patota policial al Colegio Nº 3 “Mariano Moreno”, del barrio de Almagro, para disolver una sentada de los alumnos. Y –el 19 de mayo– la amenazante identificación en la esquina de Córdoba y Callao de dos estudiantes de 13 años que acababan de salir de la Escuela Superior de Comercio “Carlos Pellegrini”, dependiente de la UBA. Al respecto, no se puede decir que hay un “Estado ausente”.

 

En resumen, el 15 de septiembre la jueza de la Ciudad, Elena Liberatori, no dudó en abortar el protocolo penal ante las tomas.

 

Aquel día –en vísperas de otro aniversario de la Noche de los Lápices– los estudiantes marchaban hacia el Ministerio de Educación porteño. En esos momentos su titular, muy ofuscada por el revés tribunalicio, se prestaba a una entrevista telefónica para la radio la Red; entonces, soltó: “Hay adultos que, de forma absolutamente inescrupulosa, están haciendo política electoral adentro de las escuelas e incentivando a los chicos”.

 

En aquella transmisión radial se filtraba desde la calle un ensordecedor estribillo: “¡Estudiantes, unidos adelante!”.

 

Quizás la ministra ya ni siquiera recuerde esas aciagas circunstancias. En el presente –ya se sabe– sus víctimas preferenciales son los alumnos de las escuelas comerciales nocturnas.

 

Pero ahora debe alternar tal batalla con un contratiempo judicial: junto a Diego se la investiga por asociación y enriquecimiento ilícito, negociaciones incompatibles con la función pública y lavado de dinero. Están involucrados en un sistema fraudulento de recaudación implementado desde el Gobierno de la Ciudad. El incombustible intendente de Lanús, Néstor Grindetti, es el tercer cateto del negociado. Porque en sus últimas horas como titular del Ministerio de Hacienda porteño entregó sin licitación alrededor de dos millones de pesos a empresas fantasmas de la feliz pareja.

 

La vida tiene sus altibajos.

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