Fernando Noy, una puerta de entrada al under porteño

PERFIL Actor, performer y poeta, Noy reúne por primera vez cuatro décadas de escritura mientras un nuevo documental reconstruye su recorrido por una de las escenas culturales más intensas de Buenos Aires.

Consagrado como actor, dramaturgo, cantante y referente de la cultura porteña, Fernando Noy tiene también un trabajo menos valorado como poeta. La edición de su obra reunida y el estreno de un largometraje documental ponen en foco esa producción, que suele pasar desapercibida detrás de la figura pública y reclama su lugar dentro de la poesía argentina contemporánea.

            Poesía reunida 1985-2025 “cuida a Noy de su propio mito” y plantea la lectura de la obra como un desafío, dice Beatriz Vignoli en el colofón del libro publicado por la editorial Evaristo. Se trata de separar la poesía del autor, pero al mismo tiempo tener en cuenta aquello que viene del resto de su producción y se exterioriza en la performance artística.

            Nacido en San Antonio Oeste, Río Negro, en 1951, Noy pasó la infancia en Ingeniero Jacobacci, en la misma provincia, y siendo muy joven se radicó en Buenos Aires, “la ciudad más maravillosa del mundo”, como dice en Lo Noy: carnaval de almas, la película de Mario Varela estrenada en el último Bafici. A los 15 años debutó en el teatro; entre 1972 y 1982 vivió en Bahía, Brasil, y a su regreso fue uno de los protagonistas de la movida artística que la prensa llamó underground y él prefirió denominar con un anagrama de esa palabra, engrudo.

            En 1985 Noy publicó El poder de nombrar, su primer libro de poesía. Ese mismo año inauguró Cemento, catedral del under o engrudo, donde realizó performances célebres con Batato Barea. La poesía se extendió a la escena artística: “Vaivén” fue cantado por Egle Martin; “Dolor sin mundo”, recitado por Beby Pereira Gez en Cemento; “Páginas amarillas” fue “escrito especialmente para Batato Barea, quien lo introdujo en su repertorio”. Vignoli destaca que a la vez la escena constituye “una prolongación del hacer en la escritura que reescribe esa escritura con el cuerpo” y sugiere leer cada poema por lo menos dos veces, una para imaginar “la liturgia” y otra “en la pura soledad del texto literario, sin pensar quién lo escribió”.

            En el relato de su iniciación poética, como lo cuenta en la película, Noy destaca el encuentro con Alejandra Pizarnik. Fue un año antes de mudarse a Bahía. Leyó Extracción de la piedra de locura en la casa de un amigo, en un ejemplar donde Pizarnik había dejado su número de teléfono con una dedicatoria. Noy la llamó, la visitó en su casa, se hicieron amigos; al margen de lo anecdótico, el encuentro “fue la revelación de algo más allá del hecho poético escrito”, un descubrimiento que define su concepción de la poesía.

            La revelación de entonces puede leerse cuando Noy escribe que «la poética existe solo si/ es puesta/ en práctica/ más allá del papel”. Pizarnik tiene otra intervención significativa en su historia, una especie de bautismo: por imposición de ella, Noy deja de usar su primer nombre, Julio, y en adelante pasa a llamarse con el segundo, Fernando. El encuentro cobra un sentido más amplio, afirma Vignoli: ambos “pertenecen al canon de la poesía post-surrealista argentina, junto con los poetas de Poesía Buenos Aires y más allá de la revista de ese nombre”.

            El “más allá del papel” puede leerse en un poema como “Gracia del destino”, donde Noy reafirma la presencia de “los que cantaron antes/ los de siempre y por siempre” a pesar de sus ausencias, como un don y una felicidad perdurable. En otro, “Artistas de la vida”, asume una voz y un cuerpo en plural, los de los comediantes, “divas, cleptómanos, / malabaristas de la fe” y señala el espacio de la escena como centro de gravitación.

            “La voz de Noy tiene, además, un raro don para moverse entre registros aparentemente incompatibles. Puede producir una línea de alta imaginería visionaria y, enseguida, una frase coloquial, doméstica o sarcástica”, apunta Rafael Cippolini en el prólogo de Poesía reunida. El reverso es un oído sensible afectivamente y atento a las modulaciones del habla.  Noy lo demuestra en la película cuando imita con mucha gracia primero “la voz de blusera medieval” de Pizarnik y después la del actor Alejandro Urdapilleta, otro factótum del engrudo. Si “los fieles perdidos”, como anota en un poema, “nunca nos dejaron”, es también porque sus voces resuenan en el presente y pueden ser retransmitidas.

            El teatro de la memoria

            El poder de nombrar conforma un ciclo inicial con Dentellada (1990) e instala entre otros temas la noche, el cuerpo, “el deseo como zona de revelación y riesgo”, dice Cippolini. La orquesta invisible (2004/2006) y Piedra en flor (2011) traman un segundo momento en el que el tiempo y la memoria familiar agregan otros núcleos; Postales alucinadas (2023) y El cansancio de las cosas (2025) definen esas coordenadas y profundizan en la reflexión sobre la poesía dentro del poema.

            Noy describe a la escritura como un pedido del silencio para ser liberado de sí. El silencio es “el desierto”, “el lugar donde las flores no crecen”, pero en otro poema tiene un valor positivo: “la poesía/ prescinde/ del aplauso// un silencio/ cada vez más/ hondo/ es su mayor ovación”.  Leer poemas propios puede ser una forma de liberarse, porque “a veces también/ tanta belleza enceguece”.

            Cippolini señala otro rasgo importante en el modo de representación de la ciudad, “no como marco realista sino como teatro de aparición”. En el poema “Baires tremens”, Noy propone “organizar sistemáticamente la escritura en los subterráneos”; en “Peso plomo” el sujeto del poema recorre la ciudad en subte, se pasa de parada absorbido por la escritura y define su pertenencia: “Soy el que cree en la avenida Corrientes/ acuñadora del tango y de Tanguito”. Y en “Arribo” insiste: “Soy el poeta de los subtes”.

            Lo Noy muestra precisamente al poeta en el subterráneo, en la calle Corrientes, en el teatro. “Mi amor por Buenos Aires me salvó de todo”, dice. El joven Noy es también testigo de una bohemia, la que según cuenta se movía entre el microcentro y La Perla de Once a principios de los años setenta, y se ubica en el centro de relación de personajes y movidas varias: Tanguito y Renée Cuellar, Miguel Abuelo y Olga Orozco, el hippismo y los intelectuales del bar La Paz.

            Pero también son los años del hostigamiento policial y la persecución a gays y travestis, lo que decide el exilio en Brasil. Noy decide ir a Bahía sin más referencia que una canción de Ginamaría Hidalgo que invita a conocer la ciudad. La película despliega a continuación un archivo personal de fotos y videos que reverberan alrededor de un hito biográfico: “Yo soy el under”, dice Noy en una conversación con amigos, en lo que quizás sea la cocina de su casa.

            Noy agrega en ese diálogo que “las épocas nacen del ombligo y no de la cabeza”, a propósito de otra década, la que transcurre entre 1985 y 1995 alrededor de Cemento, el Parakultural y el Café Einstein. Pero tan fuerte como la impronta de esa movida son las pérdidas: Noy evoca entre otros a Batato Barea, a Omar Chabán, a Urdapilleta y a “la Papisa del puterío”, La Gran Markova. “Tu ausencia es esta sombra/ donde en nada ya estás/ pero todo te nombra”, escribe en un poema que puede referir a cada una de esas figuras.

            En La orquesta invisible ya se notan las inscripciones de la muerte y la dificultad de los reencuentros: “Pero igual, como siempre,/ tenemos hambre./ De amor”. Un poema de Postales alucinadas define una convicción al respecto: “No hay más destino que el pasado”, escribe Noy, y a continuación confiesa: “Tengo miedo/ de caer del tiempo./ Es el único Dios/ que nos queda”.

            Pero el tiempo del que habla Noy no es el del calendario sino lo que perdura en las palabras. La poesía es el lugar donde se construye ese orden personal: “la catedral de la infancia/ sigue intacta// y a pesar de los años/ resurge en cada canto”. Un diamante que brilla a la luz del deseo, porque “nada/ cuando hay fervor/ termina”.

Fotos: gentileza Mario Varela

Píxel / Revista Zoom

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