“Los libros están destinados a los lectores. Cada lector descifra un libro de manera distinta. Un libro siempre es una obra abierta, como decía Umberto Eco. Y escuchar cómo algunos lectores han decodificado algunos de mis libros, sin duda es para mí de la mayor importancia”, declaraba Elvira Hernández en 2017 en una entrevista para la Radio Universidad de Chile.
Quien la haya escuchado leer alguna vez habrá percibido que detrás de esa suave voz y ese cuerpo menudo acecha una potencia irreductible guardada en lo que su poesía trae: nos dice primero como un susurro y luego como un grito modulado en lo que a la ligera llamamos poesía política. Sin aspavientos, ni amaneramientos demagógicos: “Las palabras -dardos que salen de la boca/ tras un blanco indefinido…”
Para los lectores argentinos de poesía, Hernández es una figura conocida, convocante, con amistades cultivadas de ambos lados de la cordillera hace muchos años.
Nacida en Lebu, al sur de Chile, en 1951, Elvira es una cabal representante de la generación poética de los 80, la neovanguardia de la poesía chilena. Esto se evidencia en cierto grado de experimentación, en el trabajo con el verso libre y, a veces, en lo indecible que se despliega desde los primeros poemas, en la página en blanco, por ejemplo. Esta experimentación poética la vuelve radical y rupturista.
Sobre este rótulo, Elvira dirá: “Nunca me he tragado eso de que soy de la neovanguardia, a pesar de que creo que en mi trabajo hay una experiencia de experimentación. Yo no estoy preocupada de eso y siento que aquellos que se instalan bajo el paraguas de la neovanguardia tienen una percepción distinta, en el sentido de que ellos son sujetos de lo que están haciendo, en cambio yo estoy más trabajada por las circunstancias.” Y claramente, esas circunstancias redundan en una poesía que responde, en el contexto local y latinoamericano, al golpe de Estado de Augusto Pinochet en 1973, a sus consecuencias y a las marcas indelebles del neoliberalismo en su país y en la región, con destellos visibles en toda su extensa y sostenida producción.
A “golpe de ojo”, atisbando las 250 páginas de Un telegrama al futuro, una potente antología publicada recientemente por Caballo Negro que reúne una veintena de títulos de su producción, detengámonos en uno de sus primeros libros, quizás el más célebre y mítico: La Bandera de Chile. Ahí la bandera flamea por la hoja y se deshilacha como una tela usada; los versos se expanden, se fugan. Hay un gesto de ruptura y que es una marca en toda su producción.
“La Bandera de Chile es reversible para/ unos de aquí para allá/ sotros edallá pacá// La Bandera de Chile/ la división perfecta”
En un lúcido y sesudo ensayo, la poeta y filósofa chilena Nadia Prado afirma: “Izar y arriar décadas de palabras que vienen de voces que se hunden aún en las bocanadas de humo de septiembre de 1973, que se despliegan sin detenerse desde el ‘fin inminente’ de la Unidad Popular, como suceso de un imposible que permanece. Ese pasado que nunca ha quedado atrás, ese pasado que no pasa, no se puede poner a distancia, ni poner ‘bajo la alfombra’”. Y agrega, contundente: “Escribe al país, a sus personajes, y a un tiempo cuyo movimiento reflexivo y corporal podemos vislumbrar en el movimiento bipolar y conmovedor de La Bandera. El izar arriar es el movimiento ascendente y descendente del sueño de una sociedad arrasada. La mirada que se eleva hacia el cielo, como hacen los campesinos de Lebú, provincia de Arauco, en el sur de Chile, desde donde proviene Elvira.”
Menciono ese libro primero, porque de alguna manera, ahí se funda un vínculo con Argentina, con Buenos Aires especialmente, que esta hermosa antología viene a confirmar. Agradecidos los lectores de siempre y bienvenidos los nuevos. El mito acompaña ese libro central en la historia de la poesía chilena del siglo XX. Recién salida de la cárcel que le impuso la dictadura de Pinochet, en 1981 Elvira comienza a hacer circular este libro en copias mimeografiadas. En 1989, el poeta y editor argentino Víctor Redondo publica en Último Reino Carta de viaje. De aquellos días, Elvira recuerda, desde un café porteño: “Nunca había salido de Chile. La primera vez fue en 1989 y a Buenos Aires. Todavía en esa época no sabías si podías volver, así era la incertidumbre. Venía a buscar mis libros”. La historia de esos puentes es también una historia vincular. Dos años después, y a diez años de aquella edición mimeografiada, el gran José Luis Mangieri imprime La Bandera de Chile en Libros de Tierra Firme. Un lazo, un puente Santiago-Buenos Aires que trajo tantas voces y cimentó férreos vínculos amistosos hasta el presente.
Un telegrama al futuro abre con un prólogo esclarecedor de Guido Arroyo González y los títulos se suceden en una cronología según la fecha de escritura y no por año de publicación, por lo que efectivamente abre con La Bandera de Chile, seguido de Cuerpos encontrados en varias partes, contemporáneos ambos.
Para atisbar algo de su voz, despliego un caprichoso collage de versos de algunos de esos singulares títulos relevantes de su producción, un cadáver exquisito, un entramado de títulos y versos:
¡Arre! Halley ¡Arre! que trae en su cola los brillos del cometa:“¡Arre! Halley ¡Arre!// camina con tu tranco el tiempo que queda// mueve la cola// espanta la mosca funeraria// de mi visión…”; Carta de viaje, Santiago Waria: “Recalco,/ se perdieron veinte años de nuestras vidas”; Álbum de Valparaíso, Seudoaraucana, Un fantasma recorre el mundo: “la oferta de caminos es más que un sembradío de espinas/ territorio fértil en gases disuasivos y/ vallas papales”; Pájaros desde mi ventana: “La poesía no es temática./ La poesía habla de todo al mismo tiempo:/ la poesía es caja de sorpresas/ Caja china/ de Pandora/ Una caja” y el último de la serie: Excavaciones (que reúne algunos últimos poemas dispersos).
Vale subrayar que toda esta fulgurante obra poética ha sido galardonada con importantísimos premios. El más reciente es el Premio Nacional de Literatura en 2024. Sobre la importancia de los premios, Elvira responde: “Sí, son importantes, son un estímulo. Pero deberíamos contar con un espacio cultural más desarrollado donde el escritor pudiera probar su mano, cotidianamente, en todas las escrituras posibles.” Y agrega: “No hay que poner el acento en la venta de libros: pongamos el acento en que sea el poeta el que no se venda.”
Hace algunos años, invitada por el Festival de Poesía de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, curado en esa ocasión por Jorge Monteleone quien la presentó, sostuvo:
“La poesía de Elvira se escribió siempre con una lengua que se siente física, imantada en lo corporal y vagamente extrañada de sí, como si su despliegue en el mundo implicara romper continuamente los límites que lo cercan. Por ello esta poesía busca siempre su vía de salida y quiere, como Artaud, hallar los destellos de lo orgánico y reconocer las inscripciones que deja. Por eso ese organismo en el aire no puede ser sino antagonista, resistente, anarquista. Las dictaduras no toleran esa presencia y la combaten. La poesía de Elvira Hernández siempre manifestó una disidencia: es política, porque en su lengua hay algo que no puede ser sometido aunque lo quiebren.”

Transcribo y comparto, de Meditaciones físicas por un hombre que se fue, uno de los poemas de la serie de cuatro de 1979 que se publicaron desde 1987 en ediciones que remitían al arte postal. Reza en la edición: “Más allá de la decisión artística, el formato evitaba la censura impuesta en Chile para ciertas obras literarias.”
Cuando los días son todos iguales pegados unos a otros a otros
todos por el mismo hilo dictatorial conocido
ya nadie reconoce ya los horrores por sus horrores sino por su vértebra
que vertebra la espalda para que vaya rota vaya al suelo
entonces vamos de cuerpo entero saliendo de nuestras concavidades
húmedos todavía amontonados cogidos por sus porciones anudados
anudados vamos reenganchados los huesos líquidos en su hervor
la piel al estirarse hace un chasquido de hojas entre tus muslos
los muslos huesudos como ríos crujen tibios entre lengua
escurriéndose brillante gota a gota por los pliegues.
Píxel / Revista Zoom
