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El último pensador nacional del siglo XX

Norberto Galasso, el último gran maestro de una tradición intelectual que pensó la Argentina desde una mirada nacional, popular y latinoamericana. Por Hernán Brienza

Hay personas que cuando mueren se llevan una época consigo. Ya sea porque fueron testigos de muchos años –en este caso, de nueve tumultuosas décadas–, porque su trabajo marcó a varias generaciones o simplemente porque la etapa que vivieron, con sus sueños, sus frustraciones, sus tramas de pensamientos, sus decires y significantes, se despide un poco con ellos. Con Norberto Galasso, posiblemente, queden atrás las literaturas peronistas clásicas, aquellas que dialogaron con la última mitad del siglo XX. Porque él fue contemporáneo de los grandes maestros del pensamiento nacional y popular –Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Juan José Hernández Arregui y Jorge Abelardo Ramos–, porque fue biógrafo de ellos y porque mantuvo intacto su legado ideológico, pedagógico y literario.

El 7 de septiembre murió el contador, historiador, ensayista que se llamó Norberto Galasso. Pero también se fue ese maestro icónico para las nuevas generaciones que integró indubitablemente esa imaginaria “mesa de los sueños” que creó Fernando Pino Solanas en la mítica película Sur. A esa mesa se sentaron los últimos mosqueteros de la fe nacional y popular, aquellos pensadores que habían transitado todos los gobiernos y todas las dictaduras y todavía seguían en pie, más allá de todas las vicisitudes y contradicciones. En esa mesa se sentaban los maestros de las tradiciones peronistas más diversas, pero todos aportaban algo porque eran los “históricos”. Poco a poco se fueron yendo: Fermín Chávez, Leonardo Favio, Pino Solanas, Horacio González, Alcira Argumedo, Lorenzo Pepe y, recientemente, Galasso. Por supuesto que había y habrá más integrantes en esa mesa que restauraron en tiempos de democracia estas andanzas que consisten en poner en palabras e imágenes al movimiento nacional y popular.

Galasso fue, sin dudas, el último gran referente intelectual de aquellos que Jorge Abelardo Ramos denominó la “izquierda nacional” y que consistió en una tradición de pensamiento surgida de las enseñanzas del León Trotski tardío, aquel que en su refugio mexicano descubre a los movimientos nacionales y populares latinoamericanos como “bonapartismos progresistas” que pueden contribuir en su lucha antiimperialista a la aceleración del camino a la revolución social. En oposición a la “izquierda tradicional”, como la llamaba el propio Ramos, que aplicaba la teoría marxista desde una perspectiva histórica europea, las ideas de la izquierda nacional intentaban traducir ese marco teórico a los procesos devenidos de las experiencias de nuestro continente.

En el año 1964, Galasso se afilió al Partido Socialista de la Izquierda Nacional y comenzó su militancia activa y su producción ensayística. De esa época son los libros Mariano Moreno y la revolución nacional, texto que analiza el protagonismo de Moreno y la centralidad de su Plan Revolucionario de Operaciones y que confronta no sólo con la versión liberal tradicional sino también con la mirada que el revisionismo histórico tenía del secretario político de la Primera Junta Patria, publicado en la célebre editorial Coyoacán, y sus primeras biografías: Discépolo y su época y Vida de Scalabrini Ortiz.

Pero la relación con Ramos fue haciéndose más áspera y, ya entrada la década del setenta, surgieron las diferencias en torno al regreso de Perón. Mientras Ramos tenía una mirada más conciliadora con el líder del Movimiento Justicialista, Galasso fue acercándose a posturas más radicalizadas como las de la Tendencia Revolucionaria de la Juventud Peronista. En estos años escribió dos textos fundamentales: ¿Qué es el socialismo nacional? y su monumental biografía sobre Manuel Ugarte, Un argentino maldito, un gran trabajo que recupera del olvido la vida y la obra de quien fuera, quizás, el pensador más cercano a las ideas del peronismo antes de la aparición del propio fenómeno político.

Como a tantos otros intelectuales y militantes de la época, la dictadura militar recluyó a Galasso, quien pudo volver a publicar en la década del ochenta con la llegada de la democracia. En 1985, publicó su trabajo más integral: Imperialismo y pensamiento colonial en la Argentina. En ese trabajo, escrito con tono coloquial y jauretcheano, se contraponen las formas del “pensamiento nacional” con las distintas maneras en que el colonialismo se expresa, ya sea a través del pensar en inglés, en francés, en ruso, en chino y hasta en cubano.

Sin dudas, a lo largo de toda su vida Galasso encontró dos métodos de interpretar y de contar la historia argentina. Uno fue a través del ensayo. A los dos anteriores se les sumaron, en las décadas posteriores, miradas profundas sobre el devenir de la Argentina y del peronismo. Antimenemista convencido, escribió en 1990 De Perón a Menem, De Martínez de Hoz a Cavallo y La larga lucha de los argentinos, y ya en tiempos de kirchnerismo, al que adhirió con independencia de criterio, publicó De Perón a Kirchner y los dos tomos de Historia de los Argentinos.

La otra forma de acercamiento fue a través del género biográfico. Narrar una vida para contar una época. Concentrarse en un hombre o en una mujer para explicar el mundo que los creó y en el que se desenvolvieron. Individuos, hechos, ideas y contexto pareciera ser el método en el que Galasso se sentía más cómodo para pensar y escribir. De esa manera, llegaron los trabajos sobre Juan José Hernández Arregui, Felipe Varela, John William Cooke, Jauretche y sus trabajos biográficos fundamentales, que son Seamos libres y los demás no importa nada, un minucioso estudio que explica en clave política a José de San Martín, los dos tomos de la frondosa biografía sobre Juan Domingo Perón, La compañera Evita y un último trabajo sobre Hipólito Yrigoyen.

Si hay una palabra que define a Norberto Galasso es la de ser un verdadero maestro para varias generaciones. Fue un intelectual que enseñó a pensar lo nacional desde la izquierda, lo latinoamericano desde la descolonización, la historia desde la precisión y la argumentación y la teoría desde un lenguaje sencillo, con giros de una picaresca propia del Colorado Ramos y de Jauretche.

Escribió más de 50 libros, militó toda su vida, organizó el Centro Enrique Santos Discépolo, dejó decenas de discípulos y dejó su imagen y su voz en documentales sobre su vida, como el que realizó Federico Sosa, “Galasso, pensar en nacional”. Se fue el último de una generación que no tendrá reemplazo. Vendrán otros, seguramente, pero vendrán en otros formatos. Quedan sus libros. Y queda su militancia y su ejemplo de honestidad intelectual.

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