A lo largo de una vida plena, ágil en tinta y fértil en libros, Norberto Galasso alumbró todos los aspectos de la vida nacional. Como pocos, supo combinar el saber con la ironía en el estudio documentado y metódico de los grandes problemas argentinos y latinoamericanos. Ya sea con precisos estudios costumbristas o grandes panorámicas filosóficas, podía distinguir lo esencial de lo accesorio en los combates por la liberación nacional.
Porque Norberto Galasso no le temía a la pelea. Ejercía esa forma de coraje físico personal que, junto con las convicciones populares y antiimperialistas, lo convirtieron en un temible polemista para el gorilaje en general, ya que no sabían qué contestar o los ponía a pensar. Por eso fue ignorado por el establishment culturoso tradicional, que jamás entendió —como Norberto— que lo nacional es lo universal visto desde nuestra tierra y en base a nuestros problemas. Muchos de los nuestros seguro que lo leyeron, pero también cundieron quienes prefirieron ser presentables antes que peronistas. No solo en los ominosos años noventa. Y en las épocas de auge tampoco recibió el justo homenaje, lo que deja un sabor agridulce. Cuando estuvo a punto de perder la casa de siempre, sobrecargada de libros, escritos y papeles, hubo amigos que estuvieron. Algunos conocidos, otros admiradores, siempre militantes. Es así que, a través de Mariana Gras y Cristina Álvarez Rodríguez, Axel Kicillof le dio una mano. Por esas vueltas de la historia, y hace mucho tiempo, aunque en una situación parecida, quien intervino fue el presidente Néstor Kirchner. Cristina lo nombró “Embajador de la Cultura Popular” en 2014. Hasta que se lo quitó Milei, pues es un honor ser enemigo de los enemigos de Argentina.
Quienes pudimos frecuentar esa casa, o los centros Felipe Varela y Enrique Santos Discépolo, siempre tuvimos la sensación de entrar en una reunión hecha de tertulia y de proyectos donde estuviesen presentes Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Manuel Ugarte, Juan José Hernández Arregui, Hipólito Yrigoyen, Mariano Moreno, Ernesto “Che” Guevara, Néstor Kirchner, Juan y Eva Perón, John William Cooke, José de San Martín, quien con un puro, un cigarrillo o una copa de historia en la mano, con Don Atahualpa Yupanqui que de vez en cuando tañe la guitarra patria. Además de los citados Varela y Discépolo, por supuesto. Y no, no era como las cámaras de comercio de potencias extranjeras donde asiste tanta gente que nada entiende de nosotros y, lo que es peor, tampoco de ellos.
En el secundario al que concurrí éramos pocos peronistas, cinco o seis. Pero de los buenos. Uno me preguntó si conocía a Galasso. Le dije que no. Días después, en la casa del cumpa, me encontré con Norberto. Era 1985 y Galasso publicaba “Imperialismo y pensamiento colonial en la Argentina”, que me voló la cabeza. Después, la biografía de Jauretche y el descubrimiento del pensamiento nacional en el texto, con “La formación de la conciencia nacional”, de Hernández Arregui. Y Manuel Ugarte. Y tantas y tantos más. Es que Norberto Galasso no solo preservó y ordenó ese pensamiento con el objetivo de transmitirlo en el tiempo, sino que escribió obras originales, como las biografías de San Martín y de Perón, además de centenares de artículos, nunca repetidos y siempre originales. Leer a Galasso es un placer, porque escribe bien. La palabra es la casa del ser, ¿no? Contra la erudición estéril de los garcas, que nos petrifica en la dependencia, Norberto predicaba y practicaba una cultura que transforma la experiencia en conciencia para la Liberación. Que para eso sirve la cultura, qué tanto. Eso se llama vida, incluso después de la muerte.

Con el inútil afán de etiquetar, podemos intuir que Norberto Galasso se inscribe en la Izquierda Nacional. Aunque difusa, esa corriente concitó el interés de militantes de los más diversos horizontes, siempre fecunda en la construcción de un poder soberano. En general, formados en el fecundo marco de un marxismo sin dogmatismos, conocieron las categorías y la metodología dialéctica de la economía política a punto tal de comprender que los problemas de los países centrales, donde la cuestión nacional ya estaba resuelta desde el siglo XIX, no daban cuenta con exactitud de las situaciones coloniales que azotaban a Nuestra América. Adoptaron y adaptaron el método a la resolución de los problemas nacionales, porque aquí el proletariado es el pueblo, en vez de imitar y repetir. Para que sea comprensible: la Izquierda Nacional es en política lo que el rock nacional es en la música. Allí brilla Norberto Galasso, de quien sospechamos que practicaba una particular simpatía, justificada, hacia Hernández Arregui. Que, por supuesto, compartimos. Suena el riff de Galasso. Escuchemos. Disfrutemos. Aprendamos. Los libros de Galasso no muerden, salvo a los libertarios, claro. Esos libros no son bobos.
Ignoramos si habrá pompas fúnebres a la altura de las circunstancias. Es probable que no, lo que es previsible para el oficialismo, pero sería inexplicable para la oposición. Los galassianos no nos contentaremos con homenajes de circunstancia sin convicción en el Congreso. Por el contrario, quizás los representantes del pueblo puedan mandar a publicar los trabajos de Norberto; si bien no la obra completa, al menos obras selectas. Y si fuera solo una, que sea “Imperialismo y pensamiento colonial en la Argentina”. Hay que pelear.
