El edificio ubicado en la Rue Paradis 425 de Marsella es una típica construcción elegante francesa, con una escalinata de mármol, sus mansardas de piedra pizarra y algunos detalles de crestería que coronan el techo. Esa elegancia burguesa y apacible contrastaba con lo que sucedía puertas adentro durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra, cuando las instalaciones del edificio señorial fueron usadas por las huestes de la Gestapo, al mando del teniente Ernst Dunker, un temible hombrecito de cabeza semicalva reclutado en los bajos fondos berlineses, donde se destacaba por su accionar inescrupuloso y despiadado a la hora de cometer un delito. O sea, era un hombre ideal para la misión a capitanear en territorio marsellés.
Dunker, apodado también “Delage” por su marca favorita de automóviles, era el encargado de organizar redadas y la posterior deportación a los campos de concentración de la población judía y de la persecución a los resistentes franceses. También el reclutamiento de colaboracionistas estaba bajo su órbita; muchos provenían del Partido Popular Francés y otros, del mundo delincuencial del puerto de Marsella. Las patotas de Dunker asolaban las calles de la ciudad y eran temidas por sus prácticas brutales.
Las actividades en el edificio de la rue Paradis no tenían ningún viso paradisíaco, sino más bien infernal. En unas habitaciones funcionaba la parte burocrática, en los sótanos se torturaba y, en otras dependencias, se acopiaban obras pictóricas, objetos de arte y antigüedades robadas a las víctimas de los saqueos. En esos asuntos se destacaba un gestapista francés llamado Lucien Darguelles, quien seleccionaba y trasladaba a París las mercancías para ser entregadas a Pierre Lottier, otro colaboracionista conocido como el marchante de la Gestapo, quien comercializaba los botines en Barcelona junto a su novio, increíblemente un judío austríaco llamado Erich Schiffmann. Una vez concretadas las macabras operaciones, Lottier enviaba un cheque a un capitán de la Gestapo en París.
Conscientes de que esas contingencias no durarían para siempre, una vez terminada la guerra, tanto Darguelles como Lottier brindaron alguna información a sus antiguos enemigos; de ese modo lograron salvar el pellejo y reciclarse en el nuevo escenario. Lottier se dedicó a escribir novelas y producir películas con cierto éxito en España. En una de ellas, Los pianos mecánicos, que fuera dirigida por J. A. Bardem, militante clandestino del Partido Comunista, y que tuvo a Melina Mercuri, Hardy Krüger y James Mason como protagonistas, aparece en los créditos como vestuarista. Darguelles cambió su nombre por el de Auguste Ricord y huyó hacia Buenos Aires. Ernst Dunker no tuvo la misma suerte: murió fusilado el 6 de junio de 1950 contra un paredón de la prisión de Marsella. Los franceses no olvidaron ni perdonaron sus crímenes, que incluyeron la voladura del viejo barrio del puerto, un bastión de la resistencia.

FACHADA. Establecido en Buenos Aires, el nuevo ciudadano Auguste Ricord abrió una parrilla en cercanías de la cancha de River Plate. Sin embargo, los vacíos, entrañas y tiras de asado eran solo una pantalla para ocultar la verdadera actividad del francés. La prostitución y la trata de blancas eran el jugoso negocio al cual se dedicaba, además de brindar asesoramiento a la bonaerense, la cual retribuía las experiencias brindadas con una protección acorde. Los aromas humeantes de las buenas carnes y las copas con selectos vinos amenizaban los encuentros y los brindis, algunos alegres y otros discretos. Circulaba la algarabía de los buenos tiempos. Entre los concurrentes se lo podía encontrar a François Chiappe, mafioso, parapolicial corso y exintegrante de la Organización de la Armada Secreta (OAS) que asolara Argelia durante la colonia; a su camarada, el también corso Lucien Sarti; y al aún no tan conocido asaltante y parapolicial nativo, Aníbal Gordon.
Los negocios marchaban viento en popa, pero tanto Chiappe como Ricord eran consabidos hombres de acción y en 1968 son detenidos al ser sospechosos del robo de 68 millones a la sucursal Boedo del Banco Nación. Tanto la táctica como el modus operandi eran semejantes a las usadas por los comandos de la OAS en los robos perpetrados contra instituciones bancarias para financiar sus operaciones paramilitares. La policía sospechó de un entregador, sospecha que tomó más cuerpo cuando el mayordomo del banco se suicidó. Lo cierto es que Ricord, Chiappe y Sarti, días después, recobraron la libertad. ¿El botín? El botín nunca fue recuperado. Chiappe, sin embargo, fue condenado a veinte años de prisión. Dos años después, al intentar un envío de heroína a EE. UU., país que solicitó su extradición, el 26 de mayo de 1973 escapó de la cárcel de Villa Devoto aprovechando el indulto masivo de militantes de organizaciones político-militares. Se cree que fueron incluidos en la lista de amnistiados por algún jefe del Servicio Penitenciario como devolución de favores, ya que tanto él como Aníbal Gordon, detenido por asaltar una sucursal del Banco de Río Negro en Bariloche, de la cual había robado 230 mil dólares, y Jorge Eduardo Villarino, el Rey de la Fuga, se encontraban alojados en el pabellón donde estaban recluidos los presos políticos. Se sospechó siempre que los tres oficiaban como “buches”, es decir, informantes del SPF.
Después de sucesos tan notorios, los amigos de La Bonaerense le comunicaron a Auguste Ricord la imposibilidad de continuar brindándole cobertura a sus actividades ilícitas. Precavido, de la noche a la mañana cesó su actividad gastronómica y se fue a Paraguay. Ni bien llegó, compró una edificación donde puso un hotel llamado París-Niza, el cual tenía una reproducción de la Torre Eiffel en la entrada. El establecimiento estaba ubicado en el barrio Enramada Ité de Asunción y funcionaba como su base de operaciones. También abrió una pizzería ubicada en las instalaciones del hotel.
Con un pasado en la Gestapo, con amistades en la OAS y experiencia en interrogatorios, saqueos y negocios ilícitos, Auguste Ricord fue muy bien recibido en el universo de la dictadura de Alfredo Stroessner. No tardó, con pergaminos tan notables, en trabar amistad y hacer negocios con lo más selecto del régimen stronista, entre ellos el general Andrés Rodríguez, consuegro del dictador, que manejaba los hilos del contrabando de whisky, cigarrillos y electrodomésticos provenientes de los Estados Unidos.
PARAGUAY. En la década del 70 del siglo pasado, Paraguay tenía una población de 3 millones y medio de habitantes. Sin embargo, si uno se deja llevar por las estadísticas, el consumo de cigarrillos y whisky multiplicaba también por millones el consumo diario por persona, incluyendo a los recién nacidos. Los datos decían que un paraguayo debía fumar 27 millones diarios para llegar a los 60 mil millones de cigarrillos que entraban al país provenientes de los Estados Unidos. El negocio era manejado por el general Andrés Rodríguez. La mercadería se cargaba en aviones en algún aeropuerto del sur del país del norte, hacían escala en Panamá y desde ese país continuaban hacia Paraguay. Después, los matutes se distribuían en Brasil, Argentina y Uruguay. Las ganancias eran millonarias: se compraba un atado de cigarrillos a 18 centavos y se vendía a 75.
El ávido general Rodríguez no dudó en asociarse a Ricord cuando este le propuso el negocio del narcotráfico. Con aceitados contactos con sus amigos de la OAS, Ricord pronto comenzó a recibir cargamentos de heroína provenientes de Indochina. En el negocio, además de Rodríguez, participaban también los generales Patricio Colman, Sabino Augusto Montanaro, Francisco Alcibíades Brítez Borges, Pastor Coronel y otros hombres fuertes del régimen. En 1970, un avión que transportaba 50 kilos de heroína desde Paraguay a EE. UU. fue detenido en el aeropuerto de Miami. El gobierno yanqui presentó quejas a Paraguay, pero las mismas no fueron tenidas en cuenta.
Para la misma época, el periodista Jack Anderson, del Washington Post, publica una nota donde apunta directamente contra Ricord y lo señala como el hombre de la French Connection en el país. El artículo es reproducido en la revista Selecciones del Reader’s Digest, cuya edición es censurada y prohibida su circulación en Paraguay. En el mismo se da cuenta del entramado pergeñado por Ricord para transportar, usando la ruta del contrabando, heroína desde Indochina, cocaína desde Bolivia y marihuana desde el mismo Paraguay, país que al cabo de unos años se convierte en el principal productor de la mano del agronegocio. El ocurrente Anderson bautiza a Rodríguez como el General Cocaína. Ante el escándalo causado por toda la actividad, es el mismo presidente Nixon quien solicita la detención de Auguste Ricord. Finalmente, el escurridizo francés es detenido y el 3 de septiembre de 1972, deportado. Un juez del estado de California lo halló culpable de varios delitos vinculados al tráfico de drogas y lo condenó a 20 años de prisión. Sin embargo, la experiencia en negociar sus culpas a cambio de brindar información lo volvió a poner otra vez libre después de purgar diez años de la pena impuesta. Mudo, debido a un cáncer de laringe, el 3 de marzo de 1983 descendió todo lo exultante que le permitía su estado de salud en el aeropuerto aún llamado Alfredo Stroessner de Asunción. El periodista González del Valle se preguntaba en su columna del diario ABC con pasaporte de qué nacionalidad había viajado Ricord hacia Paraguay. La pregunta quedó sin responder, al igual que otras que se llevó a la tumba dos años después.
COINCIDENCIAS. Las actividades de Auguste Ricord son coincidentes con las de otros excolaboradores de los nazis ligados posteriormente a la OAS; la mayoría son asaltantes de bancos, ladrones de obras de arte y narcotraficantes. Si echamos una mirada sobre los pasos de muchos nazis escapados y refugiados en América Latina una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, vemos que algunos también estuvieron ligados a actividades ilegales, pero hay algo que sí los liga estrechamente y es la colaboración activa con todas las dictaduras del Cono Sur durante los años 70, donde el Plan Cóndor se llevó a la práctica. Así es como tenemos a Chiappe, Ricord, Sarti y al también ex-OAS y asaltante de bancos Albert Spaggiari, que vivió en Argentina durante los años de la dictadura.
En el Chile de Pinochet, el ex-SS Walter Rauff asesoró a la temible policía secreta pinochetista, la famosa DINA, en prácticas de detención y torturas. Rauff fue el inventor y responsable logístico de las furgonetas donde se asfixiaba con gas a los prisioneros de los campos durante el Holocausto. En Bolivia, Klaus Barbie, además de dedicarse al negocio maderero en Santa Cruz de la Sierra, operó como asesor de inteligencia —antes de ser deportado a Francia— de las dictaduras de René Barrientos, Hugo Banzer y Luis García Meza. Fue el artífice de la creación de grupos paramilitares y parapoliciales para perseguir opositores a los gobiernos de ultraderecha. Algunas versiones lo vinculan coordinando las acciones para capturar al Che Guevara.
El Paraguay de Stroessner fue el refugio del mismísimo Josef Mengele, que durante todos los años 50 vivió tranquilamente sin ocultar su identidad, hasta que fue descubierto y huyó a Brasil, donde murió ahogado en una playa. Otro de los jerarcas nazis refugiados en el lugar fue Eduard Roschmann. La lista se engrosaría con muchos más con menos renombre, pero que nunca dejaron de vincularse con las redes internacionales de ultraderecha.
