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El peronismo y el problema de su conducción

La crisis abierta tras la derrota electoral de 2023 reabre un debate de fondo: el liderazgo, la excepcionalidad del conductor y los desafíos de construir una conducción acorde a los tiempos actuales. Por Hernán Brienza

En noviembre de 2023, el peronismo sufrió una derrota electoral contundente. Y posiblemente obligue a dar vuelta una página interna de una hegemonía que fue la más larga después de la ejercida por su propio fundador. Perón condujo entre 1943 y 1973, Menem lo hizo entre 1988 y 2003, y el kirchnerismo, desde el 2003 a la fecha, más de veinte años de una misma forma de interpretar al peronismo. Nadie puede negarle ni legitimidad ni eficacia. La pregunta propicia es: ¿El kirchnerismo llegó a su momento crepuscular, como tantas veces lo anunciaron, o tiene posibilidad de reinventarse bajo otros liderazgos? ¿Es el kirchnerismo un espacio político liderado solo por un apellido o tiene características particulares e institucionalizadas que le permiten extenderse en el tiempo con formas de pensar, de decir, de actuar, homogéneas y diferenciadas? ¿Puede el kirchnerismo trascenderse a sí mismo?

Pero más allá de cuestiones coyunturales o de derrotas electorales, me gustaría ampliar un poco más el debate sobre el presente y el futuro del peronismo en su conjunto. Porque en mi opinión el movimiento peronista atraviesa una de sus peores crisis como hace muchos años no se registraba. Si uno debiera pensar las crisis de identidad del peronismo podrían presentarse al menos seis momentos diferentes: 1) en 1964, con el desafío vandorista a la conducción de Perón; 2) la desobediencia de Montoneros a Perón, en 1974; 3) la crisis posterior a la muerte de Perón; 4) el proceso de la Renovación Peronista que va entre la derrota de 1983 y la victoria interna de Menem en 1988; 5) la ruptura de Eduardo Duhalde con Menem en el 2002, que devino en la conducción de Néstor Kirchner y, posteriormente de Cristina Fernández de Kirchner; y por último 6) la derrota electoral del 2023, en la que ganó un candidato –el actual presidente Javier Milei- que cuestionaba profundamente los valores de la Argentina peronista.

¿Cuál es el verdadero problema del concepto político de “conducción política”? Posiblemente por su origen castrense, Juan Domingo Perón estableció como central ese término en el libro que recoge las célebres conferencias que ofreció en el Comando Superior Justicialista en el mes de junio de 1951. En esas alocuciones, que se convirtieron en su libro más leído o al menos más citado –Conducción Política– Perón ofrece una de las aplicaciones más completas del uso de la estrategia militar a la arena política.

El sociólogo y ensayista Horacio González, justamente en el prólogo de esa edición establece el vínculo entre ambos tipos de liderazgos. “Las conferencias de Perón agrupadas bajo el nombre de Conducción política –sostiene el autor de Restos pampeanos- corresponden a un vasto movimiento de pasaje de la lógica militar a la lógica política, sin que se pierda la continuidad entre ambas, a la manera de Clausewitz. Extraño momento éste, menos por el tema político que aborda para transferir sus Apuntes de historia militar a la vía política propiamente dicha, que por ser el propio presidente de la república el que habla para explicar una situación que es la suya propia. Los tratados sobre el Príncipe solían ser escritos por autores que insistían en que no eran el “príncipe” ni tampoco el “pueblo” sino escritores especializados en la política y los asuntos de Estado que, a modo de instrucciones, advertencias o aforismos, reunían el saber disponible sobre un grave tema que en verdad era una gran pregunta: ¿la relación entre los hombres llamados por la política envuelve una ética, una estética o una sagacidad? En todo caso, esas interrogaciones se volcaban sobre la idea de una naturaleza humana –que también era necesario saber cuánto cambiaba en relación al cambio de los tiempos– y sobre un complejo anímico que heredaba las grandes visiones sobre las pasiones que ocuparon a los filósofos de la guerra o de la moral en todos los momentos de la historia”.

Pero lentamente, González se adentra en una de las preocupaciones que los van a acompañar hasta sus últimos trabajos: el de la excepcionalidad del conductor y, por sobre todo, la pretensión de que esa excepcionalidad no pueda ser cuestionada, “El conductor lo es porque, quizás antes que ninguna otra cosa, se pregunta si es posible construir una estructura moral en la historia. Esa “estructura” es la incógnita central de la conducción, entendida como la presencia de la mirada abarcadora del jefe en las conciencias que moldea y en las cuales se disuelve. Una cosa porque la otra. Y siempre porque los conocimientos son inesperados y pueden muchas veces revestir formas espurias, intrascendentes u oscuras, porque gustan de presentarse equívocamente ante los hombres. Así, el conductor es la fusión entre estrategia y moral, entre sabiduría y vislumbre natural. En su figura se funden ambas dimensiones. Pero siempre en el tembladeral de la historia, en la sucesión de aforismos que resumen la historia, hecha de frases e invariancias, de esfuerzos frustrados y de sabidurías inesperadas. Es debido a esa trama moral como estrategia, que no hay valores particularistas preexistentes. La conducción política no supone una cartilla de reglas inspiradas en el deber ser. Esa trama moral en acto es la que hace de la historia política un suceso que crea su forma moral a cada instante. No es amoralidad sino búsqueda inagotable de una forma moral esquiva”.

Lo que González despunta en este prólogo, y luego va a desarrollar en el último capítulo de su obra póstuma Humanismo. Impugnación y resistencia, es la sospecha de que la reclamación de excepcionalidad que Perón hace para sí mismo en Conducción política está, al menos reñida o puesta en debate, con la concepción democrática y participativa de los movimientos políticos y sociales de la segunda mitad del siglo XX. González deja entrever que “ese saber de la batalla” aplicado por el conductor a la política pareciera esmerilar “la autonomía del sujeto social” que él mismo representa.

La cuestión de la excepcionalidad del líder o del conductor ya no depende de valores morales, ideológicos, interpretativos, identitarios o incluso de construcciones históricas. El propio Perón en Conducción política nos da la clave de la legitimidad de esa reclamación: “En el arte de la conducción hay sólo una cosa cierta. Las empresas se juzgan por los éxitos, por sus resultados. Podríamos decir nosotros, qué maravillosa conducción; pero si fracaso, de qué sirve. La conducción es un arte de ejecución simple: acierta el que gana y desacierta el que pierde. Y no hay otra cosa que hacer. La suprema elocuencia de la conducción está en que si es buena, resulta, y si es mala, no resulta. Y es mala porque no resulta y es buena porque resulta. Juzgamos todo empíricamente por sus resultados. Todas las demás consideraciones son macanas”.

En pocas palabras, “conduce el que gana y el que gana, conduce”.

Y justamente este es el punto que González pone en cuestión en el último capítulo de su libro sobre el Humanismo: “La idea de ´conducción´, que se sitúa ´más allá del bien y del mal´, o sea de propio ejercicio profesional de la política, supone un ideal de articulación de demandas´ pero, al revés de Laclau, donde este ve un significante vacío, la conducción es el equivalente conceptual de la figura hedónico-trágica del jefe. Parte exquisita de la historia militar, el concepto de conducción es una adaptación de la figura clásica del estratega, que está al margen de las ideologías, y que sostiene la batalla entre el tiempo y la sangre política”.

La pregunta que deberíamos hacernos detrás de la preocupación de González sobre el arte de conducción es si la reclamación de excepcionalidad del conductor no es en sí misma un esmerilamiento de la acción política, un recorte del campo de acción de los distintos sujetos sociales reunidos bajo un liderazgo y cuyos pliegues, contradicciones, sutilezas, pero también las disputas ideológicas e incluso morales son sometidos a la lógica resultadista y la instrumentalización del estratega. Por supuesto, que en tiempos “revolucionarios”, de proscripciones, de dictaduras y golpes de Estado, esa reclamación hace efectivo y eficiente el arte de la conducción. Lo que deberíamos preguntarnos, hoy, es si ese principio de exclusividad pretendida por un liderazgo no cuestiona la razón participativa de las mayorías e incluso la democracia interna de los propios movimientos políticos y sociales que dice representar. A la pregunta de si es posible transpolar las cualidades del liderazgo político y de la conducción militar, es necesario agregar una variable situacional: la calidad democrática de las sociedades donde esos liderazgos se desenvuelven. De esa manera, en momentos históricos blindados, los límites entre los dos tipos de liderazgos se hagan más débiles, más sutiles, sus elementos sean más intrincados, mientras que en momentos de mayor laxitud decisional, de mayor calidad y de mayor alcance de las zonas democráticas, las concepciones estratégicas devenidas de las artes de la guerra se constituyan, justamente, en impedimento o en recorte de la acción política. La pregunta final entonces es: ¿Debe el peronismo revisar su concepto fundamental de Conducción Política?

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