Corría el atardecer del 30 de junio cuando el presidente Javier Milei entronizó a Diego Santilli en la jefatura de Gabinete. Para los reporteros gráficos fue una delicia que el evento contara con la presencia de su antecesor, Manuel Adorni,
y que al concluir la jura se fundiera en un abrazo con ellos.
La incomodidad de Santilli era evidente. No fue el único en sentirse así.
Desde un costado del Salón Blanco, el canciller Pablo Quirno observaba la escena de mala gana. Es que, durante las 48 horas previas, se dio por hecho que él reemplazaría al funcionario eyectado. No pudo ser.
El tipo, además, venía de una semana ajetreada: el doble terremoto en Venezuela había sacudido su agenda. Pero no de inmediato.
Porque aquel miércoles, a solo horas de conocerse la catástrofe, mientras unos 60 países ya se abocaban al envío urgente a Caracas de ayuda humanitaria, Quirno posteaba pavadas en su cuenta de X (antes Twitter), una de sus pasiones. Era como si únicamente para él esa maldición geológica no hubiera sucedido. Y su indiferencia ya despertaba suspicacias.
Recién al día siguiente, cuando ingresaba al Palacio San Martín, le soltó a los movileros acreditados allí:
–Acabo de comunicarme con el canciller venezolano Yvan Gil, a quien le expresé mi solidaridad, pese a las diferencias entre nuestros gobiernos.
Lo dijo a las apuradas, sin detener su andar.
Dadas las dramáticas circunstancias en danza, el remate de aquella frase sonó desubicado. Pero sin que las críticas al respecto pasaran a mayores.
Quizás por ello, él habría insistido con lo de esas “diferencias”, dado que, tras reunirse con Milei, el comunicado oficial –escrito por Quirno y difundido con la firma del primer mandatario– repite esas mismas palabras.
Luego, al finalizar la semana, llegó a Venezuela un avión de la Fuerza Aérea Argentina con una decena de perros rastreadores, otros tantos rescatistas y algunas medicinas. Misión cumplida.
El canciller sonreía de oreja a oreja, sin dejar de postear en X una catarata de elogios propios y ajenos hacia su figura.
Ya en esas horas, debido a trascendidos periodísticos, Quirno comenzaba a soñar con la jefatura de Gabinete.
Ya se sabe que tal fantasía le duró hasta el lunes.
Sin embargo, más allá de la desilusión que habría estallado en su alma al saber que el elegido era Santilli, es justo reconocer que, al menos por ahora, su existencia está signada por un inexplicable milagro: ser uno de los integrantes más influyentes del Poder Ejecutivo.
No está de más, entonces, reparar en él.
El segundón ideal
Los detractores de Quirno le reconocen una virtud: su destreza en el uso correcto de los cubiertos durante las cenas de gala.
Aquel, por cierto, es un saber que este individuo de 59 años, fruto de una familia porteña de abolengo, supo mamar de purrete.
¿Acaso eso lo habilitaba para la carrera diplomática? De ninguna manera. Porque él jamás tuvo en cuenta para sí un destino semejante. Lo suyo, más bien, era ser un guerrero de su estirpe, como sus tatarabuelos, bisabuelos y abuelos. Entre ellos hubo quienes fundaron partidos políticos; otros fueron gobernadores y ministros. Es decir, servidores de su clase, siempre desde la función pública. Pero él –con idénticos ideales– supo elegir otro campo de acción: las finanzas.
De modo que, ya con una licenciatura en Ciencias Económicas obtenida en la Universidad de Pensilvania, abdicó a maestrías y doctorados para ingresar con rapidez a la JP Morgan, donde hizo una módica carrera para luego volcarse a ciertos emprendimientos personales que no prosperaron como él deseaba.
A comienzos de 2016 debutó en las labores del Estado como coordinador en la Secretaría de Finanzas del Ministerio de Hacienda, gracias a su amigote de la JP (Morgan), Alfonso Prat-Gay. Allí trabajó a las órdenes de otro antiguo compinche de aquella misma firma: Luis “Toto” Caputo. Y también bajo su ala pasó al Banco Central de la República Argentina (BCRA).
Caputo lo adoraba, ya que Quirno era el segundón ideal.
Pero él se creía para más.
–Dale tiempo al tiempo –solía susurrarle Toto con el loable propósito de infundirle aliento y, también, para que no se le ocurriera serrucharle el piso.
Obviamente, la llegada de Alberto Fernández a la Casa Rosada postergó la concreción de sus ambiciones. Para él, esa etapa fue una especie de purgatorio terrenal. Hasta que en su camino se cruzó un sobrino de Toto, llamado Santiago. Y por esa causalidad, su destino quedó apenas a centímetros de un estrafalario personaje; nada menos que Milei.
Después de que éste se calzara la banda presidencial, honró a Toto con el mando del Ministerio de Economía. Y Quirno fue otra vez su segundón.
En definitiva, Milei reinstaló en el Ministerio de Economía a buena parte del dream team del régimen macrista.
Pero en la cartera de Relaciones Exteriores fue más ecléctico, con Diana Mondino como primera inquilina del Palacio San Martín.
Esa mujer, con su inconsciente algo flojo de esfínteres, era apreciada por el público a raíz de sus frases célebres; por ejemplo: “Los créditos para los jubilados son absurdos, porque casi seguro que se van a morir pronto” o cuando, al opinar sobre el matrimonio igualitario, expresó: “Respeto todos los proyectos de vida. Si vos preferís no bañarte y tener piojos, eso es lo que decidiste, y listo”.
Pero su gestión finalizó abruptamente en noviembre de 2024, después de un acto fallido que horrorizó a Milei: votar en la ONU contra el bloqueo de los Estados Unidos a Cuba.
Su reemplazante, Gerardo Werthein, duró hasta octubre de 2025, cuando presentó su renuncia indeclinable por estar hasta la coronilla con las constantes injerencias del sobrino Santiago en la política exterior.
Es que en la repartija del denominado “triángulo de hierro” a él le había tocado la Cancillería. Y reemplazó a Werthein por el bueno de Quirno.
Como bien había sugerido Toto, solo había que darle tiempo al tiempo.
La diplomacia del dislate
Quirno debutó en su gestión ministerial cuando la puja entre Karina Milei y “El Mago del Kremlin” –tal como a Santiago le agrada que lo llamen– transitaba un momento sumamente áspero. Eso hizo que ella lo pusiera entre ceja y ceja.
En tal sentido, se le endilga una maldad: haber reflotado en la prensa que, a fines de 2018, él habría incurrido en el pecado del nepotismo, al lograr que el entonces canciller macrista, Jorge Faurie, contratara a su primogénito, Pablito Quirno, de apenas 26 años, en un cargo con delicadas responsabilidades.
Sin embargo, la resurrección de aquel escandalete fue opacado por otro: su abordaje de la “cuestión Malvinas”, al circular un cordial intercambio que tuvo por X con un isleño que lo invitó a conocer el archipiélago “como turista”. Su respuesta, en inglés, fue: “Me encantaría pasar allí una semana”, además de referirse a ese territorio con su denominación colonial (“Falklands”).
Lógicamente, tales licencias lingüísticas hicieron que, a solo unos días de asumir, las organizaciones de ex combatientes le saltaran a la yugular, mientras la prensa internacional calificaba el asunto de “papelón diplomático”.
Por si fuera poco, en diciembre la Cancillería lanzó un logo institucional con un planisferio que omite las Islas Malvinas y la Antártida. El logo debió ser raudamente retirado por las burlas que ello causaba en las redes sociales.
Así fue su debut en el cargo. Ahora, ya a ocho meses de su nombramiento, se lo considera el peor ministro de Relaciones Exteriores desde la restauración de la democracia, a fines de 1983.
En ese juicio de valor, más allá de su perfil ideológico y de los intereses presuntamente espurios que lo guían, se desliza la rusticidad de su intelecto y la falta de aptitudes para el cargo que ostenta. Cabe destacar, como dato de color, que en los pasillos de la Cancillería circula un dicho lapidario: “Si a Quirno le regalaran un pato, se le ahogaría”.
Se podría decir que Quirno es el precursor vernáculo de la diplomacia del dislate. Porque en todas sus iniciativas subyace un profundo despropósito. Desde desguazar la Dirección Nacional del Antártico (DNA) –privándola de sus objetivos científicos al transferir sus bases a la órbita castrense–, su voto en la ONU contra una resolución que define la esclavitud como un delito de lesa humanidad –lo que le valió el repudio del bloque de países africanos y caribeños–, hasta oficializar la salida argentina de la Organización Mundial de la Salud (OMS) –esgrimiendo motivos sanitarios dignas del medioevo–, entre otras rebeldías al sentido común.
Algunas equivalen a jugar con fuego.
Tal fue el caso de una resolución difundida por la Cancillería a comienzos de abril, en la que declara a la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán –ya en guerra con los Estados Unidos– como “organización terrorista”, y sin que nadie le pidiera tanto. ¿Acaso Quirno pedía a gritos sumar al país en guerra ajena?
Moraleja paradojal: la destreza en el uso correcto de los cubiertos durante las cenas de gala no preserva a nadie de ser una bestia con garras.
