Pier Paolo Pasolini, un bravo calciatore

COLUMNA. Andrés Hax recorre la pasión de Pasolini por el fútbol. Una clave para leer la vida, la imaginación, el pensamiento y el arte del cineasta.

1.

Hay una foto iconográfica de Pier Paolo Pasolini, vestido de traje, jugando un picado con sus amados ragazzi di vita en un descampado en las afueras de Roma. La tomó Federico Garolla en 1960, cuando Pasolini tenía 38 años; estaba en el centro vital de su existencia, estaba despegando como un cohete. El año anterior había publicado su segunda novela, Una vida violenta, y en el próximo año se estrenaría su primera película, Accattone.

            En el horizonte, a la derecha, se ven unos monoblocks detrás de una desolada barranca. El cielo está gris. No hay un árbol a la vista. Es una foto que muestra a alguien que se toma el fútbol en serio, que sabe jugar. Pasolini corre con la mirada fija en la pelota que rueda delante de él, entre los yuyos y la tierra levantada. Lo escolta un chico, que corre a la par, sonríe. En una circunferencia más extendida, una constelación de otros chicos, todos felices, con la alegría que solo da el juego. También es notable que, aunque la foto está tomada con un ángulo grande, no se ven los arcos. Es el fútbol grado cero. Es una foto que entendería Maradona mucho mejor que Messi. 

2.

Hablar de Pasolini y el fútbol no es un capricho. No es, por ejemplo, como hablar del amor de Bioy Casares por el tenis, por más que jugó toda su vida a un alto nivel y confesó una vez que su gran sueño hubiera sido ser campeón de Roland Garros. Tampoco es como hablar de Murakami y su práctica de correr maratones, un deporte que comenzó a practicar de una manera pragmática cuando se dio cuenta de que si iba a ser novelista —es decir, estar sentado solo por horas y horas al día— iba a necesitar una actividad para prevenir el deterioro de su cuerpo.

            Para Pasolini, el fútbol comenzó desde su niñez, cuando jugaba horas y horas por día con sus compañeros de los arrabales. Dijo que eran los momentos más felices de su vida. La novelista italiana, Dacia Maraini, una gran amiga de Pasolini dijo:

            “Pasolini caminaba hacia adelante con la cabeza vuelta hacia atrás. Perseguía un sí mismo niño que se perdía. Cuando jugaba al fútbol, aquel niño tomaba cuerpo en el balón; cuando acababa de jugar, volvía el adulto inquieto y doloroso en el que se había convertido.”

            [De una entrevista recopilada en El fútbol según Pasolini, de Valerio Curcio]

            El fútbol estaba en el centro de los afectos de Pasolini, de su ideología, de su cotidianidad, de su pensamiento y de su arte. No se puede sacar este deporte de la gran ecuación de su existencia. Es el átomo de su ser.

3.

Esta afirmación seguramente resultará exagerada, hasta para algunos devotos de Pasolini. Es que el tema suele ponerse en el margen de su biografía o, directamente, omitirse. Por ejemplo, en la película biográfica de 2014, Pasolini, de Abel Ferrara (con Willem Dafoe como Pasolini), no aparece el fútbol. La palabra no se menciona. Omitir este amor de la vida del poeta, novelista, cineasta, intelectual público y tanto, tanto más, sería como omitir su marxismo, su catolicismo o su homosexualidad.

            En una entrevista en La Stampa del 4 de enero de 1973, Enzo Bagi le preguntó a Pasolini —a dos años de su muerte— que le hubiera gustado ser si no hubiese sido escritor, si no hubiese sido cineasta. La respuesta:

            «Un bravo calciatore. Dopo la letteratura e l’Eros, per me il football è uno dei grandi piaceri».

            [Un buen futbolista. Después de la literatura y del erotismo, el fútbol es para mí uno de los grandes placeres.]

4.

Pasolini jugaba de extremo derecho (ala destra), aunque era zurdo. Su apodo en la cancha era Stuckas, la abreviatura de la palabra alemana Sturzkampfflugzeug, que significa “bombardeo en picado”. El avión era una de las piezas clave del Luftwaffe, el nombre de la fuerza aérea de la alemania nazi. Era un avión temible, con sirenas incorporadas llamadas las Trompetas de Jericó, que agregaban un elemento de terror psíquico a su eficacia mortal. Atacaba en súbita picada, tras una elegante pirueta, descendiendo de golpe desde 4000 metros o más, para disparar su carga explosiva en su blanco desde una distancia mortal.

            Así es la vida misma de creativa y pícara. Imaginemos a Pasolini —un hombre que probablemente fue brutalmente asesinado por su ardiente antifascismo— fuera apodado afectuosamente por sus amigos por una de las armas más letales las fuerzas armadas nazis.

            Allí lejos, en el pasado, lo podemos ver, flaco como un galgo, haciendo un enganche en el área tras una larga corrida por el carril derecho de la cancha, y sus compañeros pidiendo la pelota:

            ¡Stukas! ¡Stukas! ¡Stukas!

            Ninetto Davoli, uno de los actores predilectos de Pasolini, cuenta (en una entrevista recopilada en el libro Sobre el deporte, Pier Paolo Pasolini, editado por Javier Bassas Villa):

            “Lo llamábamos ‘Stukas’ por su típica manera de lanzarse por el lateral y su ardiente carrera. En los partidos que jugábamos, era siempre él quien estaba en mejor forma. Tenía un físico perfecto, vigoroso, nunca con un kilo de más. Cuando jugaba a la pelota, era como un niño, como uno de nosotros.”

            Y, de hecho, jugaba casi todos los días. En una entrevista de Guido Gerosa del 31 de diciembre de 1970 en L’Europeo, Pasolini cuenta:

            “Jugué fútbol en los equipos universitarios, e intento seguir jugando cada mañana, cuando puedo, especialmente cuando me paso entre diez y doce horas al día frente a la moviola montando las películas…”.

5.

Pasolini era un artista que luchaba con feroces contradicciones. Tanto las suyas como las de la sociedad. Entendía el fútbol con su cuerpo, su intelecto, pero también como partícipe del espectáculo. Iba a las gradas no solo para ver partidos, sino también para tomar nota de expresiones o formas de ser de la hinchada. Desde su lugar de espectador e hincha incondicional de Bologna entendía el teatro del fútbol en dos sentidos contradictorios.

            En una entrevista en Guerin Sportivo en noviembre de 1975, Pasolini le dice a su entrevistador, Claudio Sabattini:

            “Que el deporte (lo ‘circense’) es el opio del pueblo esto ya se sabe. ¿Por qué repetirlo si no hay alternativa? Por otra parte, ese opio también es terapéutico. Creo que ningún psicoanalista lo desaconsejaría. Las dos horas en el estadio siendo hincha (agresividad y fraternidad) son liberadoras: incluso si, en relación con una moral política o una política moralista, son horas evasivas y cualquieristas.” [qualunquistiche, en italiano].

            Pero al otro extremo está lo sagrado. Si hay una cosa que une la vida y obra de Pasolini es su profunda vivencia de lo sacro en todos los aspectos de la existencia humana. Y su espantosa muerte fue la de un mártir. Nunca se achicó, nunca tuvo miedo, nunca paró de trabajar, nunca dejó de discutir y pelear felizmente con el poder y con la burguesía y nunca dejó de jugar a la pelota. Y ese último dato entra dentro de lo sagrado también. 

            En una entrevista con Guido Gerosa en L’Europeo el 31 de diciembre de 1970, Pasolini dice:

            “El fútbol es la última representación sagrada de nuestra época. En el fondo es un rito, aunque también es evasión. Mientras que otras representaciones sagradas, incluso la misa, están en declive, el fútbol es la única que nos queda. El fútbol es el espectáculo que ha sustituido al teatro. El cine no ha podido sustituir al teatro, pero el fútbol sí. Porque el teatro es una relación entre, por una parte, un público en carne y hueso y, por otra parte, personajes en carne y hueso que actúan en la escena. Mientras que el cine es una relación entre una platea en carne y hueso y una pantalla, unas sombras. El fútbol, en cambio, vuelve a ser un espectáculo en que el mundo real, de carne, en las gradas del estadio, se mide con los protagonistas reales, los atletas en el campo, que se mueven y se comportan según un ritual preciso. Por ello considero que el fútbol es el único gran rito que queda de nuestra época.”

6.

Hay tantas cosas para contar. Demasiadas. Cada una sorprendente más que la otra.

            ¿Sabían, por ejemplo, que el equipo del rodaje de Novecento de Bertolucci jugó contra el equipo del rodaje de Saló o los 120 días de Sodoma?

            ¿Sabían que Pasolini escribió un ensayo (El fútbol es un lenguaje con sus poetas y sus prosistas) sobre el fútbol como lenguaje, analizando con el rigor de un gran semiótico los elementos básicos de ese lenguaje, y luego yendo a explicar la diferencia entre el fútbol en prosa y el fútbol poético, y también por qué nosotros, los latinoamericanos, jugamos el fútbol en poesía? ¿Y que tiene dibujos de esquemas tácticos de ataque hechos por él mismo?

            ¿Sabían que una vez estaba rodando en la Unión Soviética y un amigo en Italia, en Fiumicino, le avisó que había un partido —de amigos, de una liga de artistas— y Pasolini se tomó un avión para llegar, jugar el partido y darse la vuelta inmediatamente para volver a Moscú?

            Y sigue y sigue y sigue. Pero cerramos con una imagen, junto con una parte más íntima de la relación de Pasolini con el fútbol.

            Volvemos a la entrevista con Dacia Mariani:

            “Ciertamente jugar al fútbol era para él también un juego erótico. Jugando hacía el amor simbólicamente con aquellos chavales que lo dejaban encantado. Pero debo decir que no había nada violento o agresivo en él. El juego estaba lleno de reglas -que él seguía cuidadosamente- de respeto al adversario y de alegría de los movimientos.”

            “Recuerdo que una vez lo perdimos de vista en uno de los muchos viajes a África y lo buscábamos por todas partes y no lo encontrábamos. Estábamos preocupados. Luego, de repente, lo vimos en una playa jugando al fútbol con una pandilla de adolescentes. Era muy bueno y metía un gol tras otro.”

            Hablar de la muerte de Pasolini sería abrir otro capítulo, pero hay una última, trágica imagen para compartir. Pasolini siempre decía que el sentido de la vida de una persona solo se podía entender tras su muerte. Lo decía como cineasta y como poeta.

            En su ensayo «Osservazioni sul piano-sequenza» (1967) escribe:

            La muerte realiza un fulminante montaje de nuestra vida: selecciona sus momentos verdaderamente significativos […] y los ordena en una sucesión, transformando nuestro presente, infinito, inestable e incierto, en un pasado claro, estable y cierto.

            Sólo gracias a la muerte nuestra vida puede servir para expresarnos.

            El cuerpo mutilado de Pasolini fue descubierto el 2 de noviembre de 1975, en una playa en Ostia.

            Allí cerca del cadáver del poeta, había una cancha de fútbol.

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