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La anglosfera contra la democracia

Una reflexión sobre el avance de las nuevas derechas digitales, el desgaste de las democracias occidentales y la construcción de un imaginario reaccionario que fusiona tecnología, poder y resentimiento social. Por Eric Calcagno

Entre los seguidores de Star Wars existe una interesante controversia. Refiere al momento en el que Palpatine declara el Imperio Galáctico ante el Senado, durante la película “La venganza de los Sith”. En efecto, difieren las versiones acerca de lo dicho por Padme Amidala frente a tal acontecimiento: “Así termina la libertad, en un estruendoso aplauso” o “Así termina la democracia, en un estruendoso aplauso”. No están en duda los aplausos generalizados, sino el hecho que “la libertad” y “la democracia” son tomados como sinónimos, pues Libertad y Democracia son inseparables en una concepción moderna de la civilización. Así lo afirma Obi-Wan Kenobi: “Lucho por la República y la Democracia”, en algún combate posterior. Tal debate es despachado con rapidez por Peter Thiel, cuando nos dice hoy que la libertad es incompatible con la democracia. Puede ser, ya que Thiel parece más fan del “Señor de los Anillos”. Tanto que le puso “Palantir” a la empresa que regentea, del nombre de la esfera mágica que le permite al malvado Saruman -un gigante Christopher Lee- asegurar la comunicación con Saurón -el malvadísmo- y de paso pizpea lo que sucede en otros lados. En la incomprensión de la película -o no- que le hace a Peter Thiel robar los nombres de la saga de la Tierra Media. Otra empresa se llama “Anduril”, una apelación al mismo universo. Perdón Tolkien. Volvamos a la realidad. ¿O será que la realidad es la mencionada? 

Arnaud Miranda explora ese mundo en “Las luces sombrías”, publicado hace poco por Gallimard en París. El autor distingue entre los conservadores tradicionales y los reaccionarios. Los tradicionales buscan dominar a través de la preservación y soportan un sistema electoral que pueden manipular, mientras que los reaccionarios buscan elaborar una sociedad nueva. Para estos, la democracia ha llegado demasiado lejos, y es preciso destruir para construir. Si los primeros son cultores de Leo Strauss, el ídolo de los neoconservadores que cundieron con los Bushs, Clinton y demás Tony Blairs, los segundos le rezan a Carl Schmitt, uno de los más inteligentes teóricos del fascismo en los años 1920-30. Existe además una voluntad de alejarse del pensamiento académico, demasiado estrecho para los reaccionarios, por lo cual apelan a la ciencia ficción o a los relatos heroicos que citamos al principio. Para Miranda, esta “ilustración oscura” también se nutre de los blogs nacidos en los 2000. Esta extrema derecha nace del uso de una técnica digital generalizada que produce influencers, que no pensadores, embarcados en el mismo proyecto tecnológico totalitario. 

Para nuestro Sampay, los reaccionarios son aquellos que quieren volver atrás en la historia, quizás a una era que consideran dorada. Así los imperialistas desean volver al tiempo de las colonias, por ejemplo. Pero estos reaccionarios digitales quieren volver a un lugar y un tiempo que nunca existió. Es el “Make America Great Again”, tan falto de sentido como el mantra de Milei sobre volver a una Argentina primera potencia mundial, algo que jamás fue. Volver a algo que no existe adquiere las características del nihilismo político, pues condice a la nada. Es el resultado de la mezcla de los conceptos libertarios con el fetichismo tecnológico. 

Así lo vemos en los 22 puntos publicados por Palantir, cometidos por Alex Karp, que le darían vergüenza la mismísimo Mussolini por la falta de política y la torpeza enarbolada como la eficiencia que proclaman. Pues parece que siempre prefieren despreciar lo que no entienden, lo que es mucho para desdeñar. Pese a que ese muchacho, Karp, pudo frotarse un poco con la filosofía alemana, del mismo modo que Thiel fatigó los pasillos de Stanford, el peso neto de la ideología que proponen no es muy fértil. Si Perón nos previno del peligro de los brutos con iniciativa, al General -un aristotélico- le faltó conocer los fachos con guita. Es un fenómeno occidental, que comienza en Estados Unidos y el Reino Unido, los países que estructuran y dominan la anglosfera. Cuyo comportamiento dominante se puede resumir como “la libertad de los oligarcas es incompatible con la democracia de los pueblos”. Y acá van los ejemplos.

Encontramos varias características del fascismo clásico en esta versión digital, nada menos que en la cuna del parlamentarismo, al borde del Támesis. Es que las elecciones municipales del 7 de mayo arrojaron resultados que marcan la tendencia. Sobre los cerca de 5036 concejales para elegir en 136 localidades, el laborismo perdió 1240 escaños de los 2303 que tenía; los conservadores que ostentaban 1230 representantes dejaron de ocupar 426 lugares; los candidatos independientes sufrieron 256 pérdidas sobre las 538 en juego; mezcla rara de museta y de mimí, los liberales-demócratas ganaron 137 lugares para llegar a 707;  los ecologistas -un partido nuevo- confirman la presencia con 403 concejales que contrastan con los 184 que tenían; pero quien arrasa en las elecciones es Reform UK, que conquista 1384 bancas nuevas sobre las 69 propias antes de la elección. Paliza. El electorado de ReformUK son los sectores medios y medios-bajos, frustrados y pobres, precarizados, que no tendrán soluciones pero sí personas a quien odiar, que son los inmigrantes, los marrones, el islam. Funciona. Los conservadores también ceden ante el discurso de Reforma UK, que propone deportar inmigrantes y crear cárceles en distritos donde ganen los verdes. También proponen prohibir el acceso a la salud de los extranjeros. No importa que lo hagan o no: lo dicen. Funciona. El laborismo está perdido, porque no logrará con Keir Starmer lo que el mismo partido impidió que Corbyn hiciese en materia de reformas sociales, y además lo expulsó. Quedar bien con el establishment tiene su precio, su valor y la correspondiente remuneración. Pero no funciona. Lo que quede podrá ser el ala progre de los conservadores. A menos que vuelvan a las bases sindicales, populares, marginadas. Teléfono para el peronismo. Los verdes pueden conquistar terreno sobre las promesas incumplidas por el laborismo, veremos cómo funciona. Los liberales-demócratas podrán ser la versión aceptable que se oponga a Reform UK con buenos modales. Copado. Pero no sirve. 

Digamos que los laboristas achacaron a Nigel Farage, el líder de Reform UK, las donaciones que recibió de un empresario por cinco millones de libras en criptomonedas para financiar la primera campaña electoral. Qué cosa tienen estos tipos con las cripto para enriquecerse, casi tan inexplicable como el afán de los laboristas progres en creer que los habituales crímenes financieros de la extrema derecha pueden influenciar de manera decisiva las elecciones. Poor lads. ¿El peronismo responderá al teléfono? 

En Estados Unidos la situación parece más inquietante. Con las elecciones de medio término a la vista (las personas que dicen “midterms” son tan ágrafas como las que profieren “playoffs”). Y como Peter Thiel no sólo dice que las mujeres no deberían votar sino que además las elecciones no sirven, asistimos a un combate de textos y procedimientos para que los resultados electorales sean favorables a la oligarquía digital-financiera. Es un asunto interesante, donde convergen las estadísticas y la nigromancia (un resumen de la IA, diríamos). Por una parte las “minorías” suelen votar por los demócratas, que sin duda pedirán el desafuero de Trump. Corresponde pues impedir esos sufragios. Por el otro los trumpistas han denunciado fraude en las elecciones presidenciales anteriores, sostienen que votan personas que no son ciudadanos y que los demócratas amañan cualquier comicio. Un relato completo que ubica como víctimas a la extrema derecha. Qué casual. 

Quizás por eso la corte suprema de justicia de Estados Unidos desmonta, siempre de a poco, los derechos electorales de las “minorías”. Argumentan que la normativa en materia de afirmación positiva, para los afroamericanos, por ejemplo, ya no tiene razón de ser en estos tiempos. Por lo que dejan de tener vigor las reformas realizadas durante los sesenta que buscaban derogar lo que quedase de las “Jim Crow Laws”. Estos fueron un conjunto de textos sancionados en los derrotados Estados del Sur después de la Guerra de Secesión (1861-1865) de tal modo que el sufragio sea restringido o prohibido para los ex-esclavos. Esto duró hasta que en 1965 se votó la VRA (Voting Right Act) durante el gobierno de Johnson, en plena lucha por los derechos civiles de los afroamericanos. Al menos mejoró un poco las condiciones del sufragio y la representación de las minorías. 

Esa tendencia se revierte en la actualidad, a través de complicaciones en el voto por correo, mayor control de la nacionalidad en el momento de sufragar y deserción de la Corte Suprema de los Estados Unidos en cuanto al VRA. No sólo deja establecer a cada Estado las condiciones de voto, sino que habilita el rediseño de las circunscripciones electorales al arbitrio local. En los hechos, significa diluir el voto afroamericano en zonas de mayoría blanca. Es algo habitual en el sistema norteamericano, que se ha dado en llamar gerrymanderismo. Es una técnica por la cual los circuitos electorales son diseñados de modo que siempre haya una mayoría de votantes propios. Por ejemplo, hoy sucede en la ciudad de Memphis, un bastión afroamericano que vota por los demócratas, en riesgo de ser dividido en tantas partes como sean necesarias para asegurar triunfos republicanos. Cada banca cuenta frente a la perspectiva de “impeachment” de Donald Trump. A su vez, los demócratas hacen lo mismo en sentido contrario. 

La política de la anglosfera nos brinda un espectáculo bastante pobre. En el Reino Unido prima el odio al extranjero, culpable del desempleo y la inseguridad antes que el cuestionamiento de la política económica que produce esas consecuencias. La abundancia de partidos que se presentan pondrá a prueba el sistema electoral pensado por y para el bipartidismo. En Estados Unidos, el desgaste institucional se manifiesta en el diseño de las circunscripciones, las condiciones de voto, el abandono judicial de las minorías. El ejercicio decisionista del Poder Ejecutivo ignora al Congreso en cuestiones básicas como guerra y paz, mientras disfruta del amparo de una Corte Suprema conservadora. Parece que el sistema de control, eso de los pesos y contrapesos ha volado por los aires. Pero bueno, hay una misión divina que cumplir. 

Habida cuenta de que esa anglosfera representa aún una parte importante del poder mundial, eso que queda de Occidente más los vasallos, y que el régimen de Milei le rinde pleitesía a diario al imitarlo, los argentinos deberíamos estar atentos a la evolución de esas ideas y prácticas que nos empujan al Siglo de las Sombras. Esos lejanos y estruendosos aplausos desde Washington y Londres no son para nosotros. Teléfono… ¿Alguien contestará?

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