¿Qué posibilidades reales hay de que EE. UU. apoye a Argentina en la recuperación de Malvinas? Análisis de la filtración del Pentágono y el contexto geopolítico
El 25 de abril de 2026, la agencia Reuters publicó el contenido de un memorando interno del Pentágono en el que se analizaban «opciones creíbles» para presionar o «castigar» a aliados de la OTAN —especialmente al Reino Unido y España— que no habían respaldado las operaciones militares estadounidenses en el conflicto con Irán (Operación Furia Épica). El documento fue redactado por Elbridge Colby, Subsecretario de Defensa para Política, y contemplaba, entre otras medidas, la suspensión de España de la OTAN y la revisión del respaldo estadounidense a la soberanía británica sobre el archipiélago de las Malvinas, calificado en el texto como «posesión imperial» europea.
Es imprescindible separar las versiones entusiastas difundidas en Argentina por partidarios del gobierno y nacionalistas ingenuos, cargadas de voluntarismo o de intereses circunstanciales, de la cruda realidad geopolítica y de los compromisos históricos de Washington. La filtración, como fenómeno político en sí mismo, requiere también un examen crítico: las filtraciones pueden ser instrumentos de presión deliberada antes que revelaciones involuntarias. Leer este episodio correctamente exige ubicarlo en su contexto inmediato —la ruptura intraaliada por la guerra con Irán— y en el marco estructural de la relación EE. UU.-Reino Unido, la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense de 2025 y la dinámica de poder en el Atlántico Sur.
Nuestra convicción de fondo es que las posibilidades de un apoyo efectivo para una recuperación soberana de las islas, con traspaso real de jurisdicción, siguen siendo extremadamente bajas. Sin embargo, existen matices nuevos derivados de la reorientación estratégica de Washington hacia el Hemisferio Occidental y de los movimientos en el orden mundial en transición que merecen un análisis riguroso. En ese marco, la profundización de la interoperabilidad militar argentino-estadounidense y la relación con el SOUTHCOM exceden la lógica de los ejercicios rutinarios y apuntan a algo más estructural.
Existe en Argentina una corriente de pensamiento que denominamos, con cierta ironía conceptual, «galtierismo». Se trata de una expectativa basada en creencias antes que en cálculos realistas: la convicción de que el alineamiento con EE. UU. —en lo que sea que Washington defina como sus «valores de Occidente», una categoría, ella misma, en disputa entre las facciones MAGA, WOKE y la administración previa— produciría, como efecto derivado, un apoyo norteamericano contra Gran Bretaña en la cuestión Malvinas. La historia de 1982 debería haber clausurado definitivamente esa expectativa. Que reaparezca cada vez que un gesto de Washington puede leerse como simpatía hacia Buenos Aires dice más sobre las estructuras del deseo político que sobre la geopolítica real.
1. Gran Bretaña como socio estratégico y el factor OTAN
El Reino Unido no es para los Estados Unidos un aliado más. Es, históricamente, el pivote de la arquitectura de seguridad occidental: el único país con el que Washington comparte, de manera orgánica e institucionalizada, capacidades de inteligencia, doctrina nuclear y proyección global.
La relación descansa sobre tres pilares institucionales superpuestos. El primero es el Acuerdo de Defensa Mutua (Mutual Defence Agreement, MDA, 1958), que regula la cooperación en tecnología nuclear militar y constituye la columna vertebral del arsenal nuclear británico, dependiente en aspectos críticos del soporte técnico estadounidense. El segundo es el sistema de inteligencia Five Eyes (FVEY, formalizado bajo el Tratado UKUSA de 1946), que articula el intercambio de inteligencia de señales entre EE. UU., Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda: una red de cooperación sin equivalente en el sistema internacional. El tercero —y el más reciente— es AUKUS (2021), mediante el cual Washington y Londres se comprometieron a dotar a Australia de submarinos nucleares y a desarrollar conjuntamente tecnologías de hipersónica, inteligencia artificial, ciberseguridad y computación cuántica.
Esta arquitectura de interdependencia es tan profunda que el propio análisis académico especializado la describe como una relación que «trasciende a los presidentes y primeros ministros» y está «embebida en múltiples niveles de las fuerzas armadas» de ambos países. Para EE. UU., Gran Bretaña es su «portaaviones en Europa», su aliado nuclear más cercano y el ancla de la estructura angloparlante de seguridad global. Jamás apoyará una acción que implique una ruptura con Londres en términos estratégicos.
Lo que sí ha cambiado en 2026 es la temperatura de la relación. La negativa británica a respaldar activamente la Operación Furia Épica contra Irán generó una frustración real en Washington. El gobierno de Keir Starmer declaró que Gran Bretaña no se uniría a «operaciones ofensivas» estadounidenses, aunque sí facilitó «acciones defensivas específicas y limitadas». Cada episodio bélico del conflicto —los errores de cálculo, las bajas civiles— los obliga a distanciarse aún más.
En ese contexto, la filtración del Pentágono es, ante todo, una señal de presión dirigida a Europa y al Reino Unido, no un giro de política hacia Argentina. Washington está irritado con sus aliados tradicionales y quiere comunicarles que ningún compromiso histórico es incondicional. Que el Departamento de Defensa lo haga poniendo las Malvinas sobre la mesa tiene valor simbólico para Buenos Aires, pero su destinatario real es Londres. Y no es casualidad que la “filtración” se realice poco antes de la llegada del rey de Inglaterra, Carlos III, a Washington. EE. UU. busca que, en su discurso ante el Congreso del martes, el monarca haya sido explícito en el apoyo británico a las operaciones estadounidenses en el Índico y el Golfo Pérsico. La filtración opera en esta visita de gran envergadura diplomática.
La respuesta británica fue inmediata y explícita. El portavoz del primer ministro Starmer declaró el 24 de abril de 2026: «La soberanía reside en el Reino Unido, y el derecho de los isleños a la autodeterminación es primordial». El ministro de Estado para Territorios de Ultramar, Stephen Doughty, fue más enfático: «Nuestro compromiso con la autodeterminación, la soberanía y la defensa de las Islas Malvinas y su gente es firme y siempre será lo primero».
Desde el punto de vista del gobierno británico, de cualquier signo político, ceder las islas por una simple presión diplomática es inaceptable en las condiciones actuales. Su estrategia es la “autodeterminación” (que no es lo que hasta hoy el derecho internacional ha indicado para el caso Malvinas), pero funciona como un argumento de legitimación. Los isleños —unas 1.600 personas que viven de la base británica y de los altos beneficios que les da esta protección— votaron “masivamente” seguir siendo británicos en un proceso fuertemente estructurado por la metrópoli.
2. La Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU. (2025) y el Atlántico Sur
Para entender el lugar que Argentina ocupa en el cálculo estratégico de Washington, el documento más relevante no es la filtración de Colby sino la Estrategia de Seguridad Nacional (ENS) de diciembre de 2025.
La ENS 2025 representa la ruptura doctrinal más significativa desde el final de la Guerra Fría: desplaza el Hemisferio Occidental al primer lugar de las prioridades geográficas de EE. UU., relegando Europa a un segundo plano. Introduce lo que denomina el «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe: una afirmación neomonroísta de supremacía hemisférica que busca excluir la influencia china y rusa de la región mediante una combinación de presión, incentivos económicos y fortalecimiento de socios militares locales.
Para el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), la ENS 2025 es «menos ideológica en su discusión del Hemisferio Occidental»: no exige democracia como condición de asociación, sino estabilidad y alineamiento. Su objetivo es un hemisferio «razonablemente estable y bien gobernado». Para Brookings, la estrategia equivale a «una reorientación total de EE. UU. hacia el Hemisferio Occidental», con la implicancia de que los aliados europeos deben prepararse para un «descenso permanente» en la participación e inversión militares norteamericanas en su defensa.
En ese esquema, Argentina adquiere una relevancia nueva y concreta: podría ser el actor con mayor capacidad militar propia en el Atlántico Sur, ya que tiene una extensa plataforma continental con proyección antártica y posee en Ushuaia una ciudad de cierta importancia, con una posición geográfica destacada para el control del paso Drake y el acceso al continente blanco. La Estrategia de Defensa Nacional (NDS) de 2026 refuerza el enfoque en el que las amenazas en el Hemisferio Occidental son la prioridad del reposicionamiento de fuerzas, de allí la necesidad de socios regionales.
En ese marco se inscriben los gestos concretos de los últimos dos años: la venta de 24 F-16 MLU a Argentina —primer programa de Foreign Military Financing desde 2003—, la firma del Memorando de Entendimiento CCOE-SOCSOUTH de marzo de 2025, el ejercicio Daga Atlántica (con todo su peso simbólico y la reducción de escala producida por la crisis iraní) y la autorización para realizar ejercicios PASSEX con el portaaviones nuclear USS Nimitz. Y no se puede dejar de mencionar el fuerte apoyo al gobierno de Milei al momento de las elecciones.
EE. UU. está dotando a Argentina de los músculos mínimos necesarios para ser un actor relevante en el Atlántico Sur dentro de su estrategia de control delegado. Lo hace, sin embargo, con lo que podemos llamar un «freno de mano digital»: la operatividad real de los F-16 —sus actualizaciones de misión, sus sistemas de comunicaciones IFF, el soporte técnico para sus armas— depende estructuralmente del voto afirmativo de Washington.
3. ¿Qué significa realmente el «apoyo» en las versiones actuales?
Cuando las versiones hablan de apoyo estadounidense para la recuperación de Malvinas, es crucial precisar de qué hablamos. No se trata de ninguna de las siguientes posibilidades: presión sistemática sobre Londres que afecte las relaciones comerciales, tecnológicas y militares existentes; apoyo a una acción militar argentina o dotación de capacidades para esa opción; ni siquiera un cambio formal en la posición del Departamento de Estado, que mantiene —también después de la filtración— que las islas son administradas por el Reino Unido.
Lo que algunos analistas señalan, con mayor o menor precisión, es otra cosa: una posible «triangulación de seguridad». Una gestión compartida de la seguridad regional que incluya a Argentina como actor relevante, lo que implicaría una posición diplomática estadounidense más distante de los intereses británicos más estrechos. Pero el documento no habla específicamente orientado a Malvinas, sino al conjunto de los enclaves coloniales europeos y de España. Washington los ve como herramientas de represalia frente a la falta de alineación automática de Europa en la guerra con Irán, y a sus enclaves americanos como potenciales fisuras para el ingreso de China o Rusia o, al menos, como puntos críticos para el control del Atlántico Sur.
No es menor recordar que en Argentina circula una idea errónea muy difundida: “la base de la OTAN en Malvinas”. No lo es; la base es exclusivamente británica. EE. UU. no tiene, hasta hoy, una presencia eficaz propia en el sur del continente.
El caso del archipiélago de Chagos —cedido por Gran Bretaña a Mauricio en un acuerdo que el gobierno de Trump buscó revocar y renegociar— es el precedente más cercano. EE. UU. tiene incomodidades reales con las restricciones que los aliados europeos imponen al uso de sus bases: la imposibilidad o las limitaciones para utilizar instalaciones en España, Francia e Italia para sostener la logística completa de la Operación Epic Fury en el Golfo es el factor inmediato que provocó el memorando de Colby. Malvinas aparece en ese contexto como un instrumento de presión, no como un objetivo en sí mismo.
La posibilidad real más concreta que la coyuntura habilita es diferente a la que el entusiasmo galtierista imagina: que EE. UU. esté considerando que las Malvinas se conviertan en una instalación de uso compartido o bajo un paraguas de seguridad regional donde Argentina tenga participación logística —bajo control operacional angloamericano—. Una hipótesis de máxima en la que Argentina ganaría presencia simbólica en las islas, pero no soberanía real.
4. Análisis desde los marcos doctrinales
Desde el Realismo Periférico (Carlos Escudé), que guio la política de alineamiento menemista, la lectura es relativamente directa: las versiones de «recuperación con apoyo de EE. UU.» son una fantasía. Argentina solo recuperaría Malvinas si se vuelve tan indispensable para Washington que Londres se convierta en una molestia prescindible para los objetivos globales de EE. UU. Esta condición es tan improbable como sería históricamente inédita: los vínculos EE. UU.-Reino Unido que describimos más arriba (MDA, Five Eyes, AUKUS) no pueden ser sacrificados en beneficio de ningún socio periférico, por “ideológicamente” comprometido que esté. El ejemplo más cercano en la actualidad es el conflicto de Groenlandia: ante la presión de Trump sobre Dinamarca —un aliado mucho menor comparado con el Reino Unido—, los resultados inmediatos fueron nulos. Dinamarca no cedió y el conflicto escaló retóricamente sin consecuencias estructurales. ¿Qué podría esperarse entonces de una presión sobre Gran Bretaña en un asunto de soberanía donde Argentina viene de retrocesos permanentes e Inglaterra se afianza desde hace décadas?
Para el Realismo Periférico, el camino de la inserción alineada podría eventualmente abrir, en el mejor de los escenarios, una mediación para una solución de «soberanía compartida» o de negociación de negocios conjuntos sobre recursos —pesca, petróleo, gas— sin cesión formal de soberanía. Ese fue, por otra parte, el eje de la política de la Cancillería menemista desde los acuerdos de Madrid de 1989 y continuó hasta la declaración Foradori-Duncan de 2016.
Desde una posición de autonomía estratégica, el análisis impone un escepticismo mucho más profundo. EE. UU. está usando la «zanahoria» de Malvinas para obtener el acceso a la Guarnición Militar Córdoba, la estructuración disciplinada de las Fuerzas Armadas bajo estándares OTAN, el control de los recursos estratégicos del Atlántico Sur y la exclusión de los competidores estratégicos —China y Rusia— del Atlántico sudoccidental y de la Antártida: todo ello explícitamente contemplado en los documentos de la ENS 2025 y la NDS 2026.
Si Argentina recuperara algún tipo de presencia en las islas gracias al permiso de Washington, no sería una recuperación soberana en ningún sentido sustantivo. Sería la conclusión lógica de una dependencia activa y consentida: Argentina pasaría a ser un actor en el Atlántico Sur con capacidad para implementar tácticas locales dentro de las decisiones estratégicas de EEUU Los «guardias de seguridad» de la región, nunca sus propietarios.
Desde una perspectiva de proyecto nacional que no sea ni el alineamiento automático ni la retórica vacía, el análisis es más severo aún: el apoyo de EE.UU. —si fuera real en algún grado— sería volátil por definición. Si cambia el gobierno en Washington, si el equilibrio de fuerzas en el Atlántico Norte exige un acercamiento con Londres, si Argentina deja de ser funcional al diseño estratégico de turno, Buenos Aires volverá a ser postergada. La única posibilidad real de recuperación —no como imaginaria concesión sino como resultado de relaciones de fuerza— pasaría por fortalecer el poder nacional en sus dimensiones económica, tecnológica y de defensa hasta que la presencia argentina en el Atlántico Sur sea un hecho que ningún actor externo pueda ignorar o revertir sin costos inaceptables.
5. Conclusión: escenarios y probabilidades (2026)
A continuación, sintetizamos los escenarios posibles evaluando su probabilidad en el contexto actual:
El Apoyo militar directo de EE.UU. a Argentina: cero posibilidades. Imposible estructuralmente por el vínculo EE.UU.-Reino Unido (MDA, Five Eyes, AUKUS). No existe precedente histórico ni condición geopolítica que lo habilite. El Cambio formal de la posición diplomática del Departamento de Estado, es marginalmente posible como gesto de presión transitoria en el marco de la crisis OTAN-Irán, pero con reversión altamente probable ante cualquier recomposición con Londres. La posición del Departamento de Estado no se ha modificado con posterioridad a la filtración. La Presión para apertura de diálogo bilateral: es una posibilidad coyuntural si Washington considera que la estabilidad del Atlántico Sur requiere una fórmula negociada para los recursos —gas, pesca, petróleo— que elimine tensiones recurrentes que encarecen los negocios y perjudican la logística. No implicaría cesión de soberanía sino algún tipo de cogobierno o coparticipación en la explotación de recursos regional, cuestiones logísticas, participación de empresas argentinas. La Integración argentina en la seguridad del Atlántico Sur: Es el escenario que ya está en marcha: ejercicios combinados, F-16, posible base en Ushuaia, PASSEX con el USS Nimitz. Argentina como nodo de la estrategia de control delegado del Atlántico Sur. Quizás EEUU presiona a Inglaterra para que Argentia pueda adquirir en occidente material militar con componentes ingleses, para desactivar cualquier tentación de buscar otros proveedores. La Recuperación soberana plena: no tiene prácticamente relación con esta “filtración”. Solo viable si Argentina acumulara poder nacional suficiente para que la decisión fuera el resultado de una correlación de fuerzas, no de una concesión hegemónica. Esa acumulación no existe ni existe proyecto político viable que la contemple.
Finalmente vemos que el memorando del Subsecretario de Defensa para Asuntos Políticos Elbridge Colby es un instrumento de presión interaliada en el marco de la guerra con Irán, no una política hacia Argentina. Su valor para Buenos Aires es fundamentalmente simbólico: por primera vez desde 1982 un documento interno del Pentágono menciona las Malvinas como palanca de presión sobre Londres. Eso es un dato positivo. Pero el abismo entre ese dato y cualquier cesión de soberanía es enorme, y la historia reciente —desde el caso Groenlandia hasta la firmeza del gobierno Starmer el mismo día de la filtración— confirma que los actores relevantes lo saben.
La expectativa galtierista consiste en creer que la «colaboración» con EE.UU. —ser un socio dependiente pero funcional— podría colocarnos en pie de igualdad con el aliado histórico y estructural de Washington: el Reino Unido. Las consecuencias de ese razonamiento las conocemos desde 1982. La expectativa reapareció en 2026 con nuevas formas, pero su estructura lógica es idéntica.
La ENS 2025 de Trump y la NDS 2026 ofrecen, sin embargo, una oportunidad analítica real apa pensar los cambios del orden mundial: muestran que Washington busca en el Atlántico Sur un socio que contenga las influencias chinas y rusas, que controle la pesca ilegal, que patrulle el área y que garantice la proyección hacia la Antártida. EEUU quiere hoy una Argentina mínimamente capaz, segura y alineada —bajo supervisión tecnológica, política y económica— para vigilar el sur. No están apoyando una causa nacional argentina. Están fortaleciendo un nodo de su propio tablero global.
La única recuperación soberana no subordinada exigiría lo contrario: acumular el poder nacional suficiente —en economía, defensa, integración regional— para que la decisión sea el resultado de una correlación de fuerzas y no la concesión de una potencia hegemónica. Esa es, en el largo plazo, la única independencia que no se regala ni se quita.
Fuentes y referencias
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