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El entredicho entre Alberto Fernández y organizaciones de DDHH por los crímenes del pasado y la nueva composición de las Fuerzas Armadas expresa el nuevo escenario del vínculo cívico-militar. Misión y nombres para la reconciliación.

Era abril de 1938 cuando León Trotsky recibió en su residencia mexicana, la Casa Azul de Coyoacán, al líder del movimiento surrealista, André Bretón. De ese encuentro surgió el Manifiesto por un arte revolucionario independiente, firmado también por el muralista Diego Rivera. Al respecto cabe destacar un entredicho teórico entre el visitante y el anfitrión en las discusiones previas al documento. Éste último, quien conocía al dedillo la obra del otro, le recriminó que, contradictoriamente a su adhesión al materialismo dialéctico, hablara en algún texto de “ventanas abiertas al más allá”. Y se ofreció a debatir el asunto.  

Por toda respuesta, Bretón soltó: 

– En el estado actual de nuestros conocimientos no podemos hablar sino de “ventanas abiertas al más allá”.

Entonces Trotsky enarcó las cejas. Y tras unos segundos, dijo: 

– Está usted en lo cierto. Retiro mi objeción. 

Un gesto de honestidad intelectual.

¿Acaso –salvando las distancias temáticas y coyunturales– no se podría afirmar lo mismo de Alberto Fernández a raíz de sus disculpas por la frase que le salió de la boca el 21 de febrero, al despedir a los efectivos de las Fuerzas Armadas que partían en misión de paz hacia Chipre? 

Porque en aquel momento no se entendía si lo de “dar vuelta una página que nos distanció mucho tiempo por la inconducta de algunos”, en alusión al ejercicio sistemático del terrorismo de Estado durante la última dictadura, era una declaración de principios o en realidad –tal como interpretó el periodista Marcos Meyer– un involuntario “abuso del eufemismo”.  

Sea como fuere, el mandatario supo apaciguar el azoro generalizado con la siguiente aclaración por Twitter: “He visto que mis palabras han herido la sensibilidad de las víctimas. Nunca quise causar en ellas el más mínimo dolor. Saben que en mí solo cuentan con alguien que siempre las va acompañar en la búsqueda de la verdad y en la imposición de justicia sobre los culpables”. Así la cuestión se dio por concluida. 

Resulta claro, entonces, que él en sus dichos únicamente quiso exaltar el hecho –biológico– de que entre el personal militar ya no quedan represores de ese período. Y que ningún uniformado tiene en la actualidad compromisos vitales con los delitos de lesa humanidad. Pero tal concepto no disuelve sus matices. Por lo tanto vale preguntarse qué se respira en los cuarteles y cuál es el legado secreto que perdura entre sus muros.

A tal efecto no está de más retroceder al no lejano 29 de mayo de 2018, durante la celebración del Día del Ejército en el Colegio Militar. 

Aquel día, bajo un cielo encapotado, Mauricio Macri –quien aún soñaba con la reelección– oficializó su anhelo de que las Fuerzas Armadas realicen tareas de seguridad interior. Algo expresamente vedado por la ley. Pero eso no era un escollo para él. 

Sus palabras al respecto traían cierta reminiscencia de lo expresado ya en 2010 por la Escuela de Guerra de los Estados Unidos en cuanto a cómo se desarrollan los conflictos armados en el siglo XXI: “La guerra estará en las calles, en las alcantarillas, en los rascacielos y en los caseríos expandidos que forman las ciudades arruinadas del mundo”.

Esa frase resume el corpus teórico de la doctrina norteamericana de las “Nuevas Amenazas”, que incluye situaciones tan variadas como el terrorismo, el narcotráfico, los reclamos sociales y las catástrofes climáticas.

En aquella simpleza conceptual Macri fue amaestrado al pie de la letra. Y aquel día, con cara de entendido, justamente recitó: “Necesitamos Fuerzas Armadas que se adapten a las nuevas amenazas”. Aplauso de los presentes.  El tipo habló rodeado por delegados militares extranjeros, todos de uniforme y tiesos como piezas de ajedrez. A un costado estaba el comandante en jefe del Ejército, Claudio Pasqualini, muy consustanciado con lo que oía. Era lógico.  

Ese general de 58 años fue un referente del sector militar que reclama la amnistía por crímenes cometidos durante la llamada “lucha antisubversiva”. Y nadie le festejaba tal prédica más que su propia esposa, María Laura Renés, hija de Athos Renés, un ex coronel condenado a perpetua por la Masacre de Margarita Belén. Ella pertenecía al grupo de Cecilia Pando. El marido no le iba a la zaga y al hablar sobre los ya mencionados “nuevos desafíos”, aseguró: “Estamos preparados para muchas tareas”.

También se encontraba el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Bari del Valle Sosa, quien para Macri era poco menos que el mariscal Rommel. Se trataba de un espécimen muy didáctico y envolvente; fue director del Colegio Militar y rector del Instituto Universitario del Ejército. Asimismo presumía ser un hombre de acción.

En realidad ese infante de 59 años tenía una personalidad muy compleja e indescifrable. Era un cruzado de la reestructuración de las Fuerzas Armadas “para  así satisfacer –tal como deslizó en Diálogo-Revista Militar Digital– las exigencias y desafíos que enfrentará la Argentina del siglo XXI”. Un planteo, ya se sabe, tomado del evangelio norteamericano de las “Nuevas Amenazas”. Aunque semejante visión del mundo él ya la acarreaba con anterioridad a esta centuria, porque fue uno de los oficiales jóvenes que hace más de dos décadas revoloteaba en torno al general Daniel Reimúndez, el sinuoso lobbista del entonces jefe del Ejército, Ricardo Brinzoni, y precursor de aquel discurso en los cuarteles del país. Ya con Macri en la Casa Rosada, él tuvo un gran control sobre las estructuras de inteligencia de las tres fuerzas que la conforman. Y contaba con el aval del Presidente para encarar la adaptación castrense a las nuevas labores de cabotaje.

A su lado, el inolvidable ministro Oscar Aguad sonreía de oreja a oreja junto al obispo castrense, Santiago Olivera. 

Éste, un sujeto con sotana de la Santa Iglesia y sueldo del Estado, había asumido dos meses antes no sin pronunciarse por una “Memoria sin Ideología, una Verdad Completa y una Justicia en el sentido más amplio”. Ya entonces solía decir que “no se cumplen los derechos humanos para con nuestros fieles militares”. Así hablaba de los represores presos. Y estampó aquel parecer en un texto publicado el 6 de marzo de ese año en el blog del Obispado.

Ahora, mientras esa cúpula militar pasaba a retiro, monseñor Romero aún “reconforta” el alma de los uniformados.

Entre las nuevas autoridades castrenses se destaca el general de brigada Juan Martín Paleo en el Estado Mayor Conjunto, y su par, Humberto Cejas, en la cúpula del Ejército. Egresados del Colegio Militar a fines de 1983 y 1984, respectivamente, son –en lo técnico– oficiales de la democracia. El primero, siendo capitán, prestó servicios bajo el ala del general Martín Balsa. Y el otro fue, hasta 2018, director del Colegio Militar. Allí se lo recuerda por haber encabezado ese  año un homenaje al general Perón. 

El nuevo ministro de Defensa, Agustín Rossi, tiene a su cargo la tarea de readecuar las Fuerzas Armadas a un nuevo paradigma estratégico alejado de los dictados del Comando Sur de los Estados Unidos, una especie de FMI castrense. 

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