Vidas en la calle

Jóvenes echados de sus casas. Mujeres solas que la pelean como pueden. Una pareja que sale y vuelve de la calle según los vaivenes de la política. El “Operativo Limpieza” del macrismo en la Ciudad. Por Eduardo Silveyra

PAREJA. La tarde se presenta borrascosa, la humedad y el frío se sienten más en la vereda de Carlos Calvo entre Paseo Colón y la Avenida Madero. Allí recostados contra la pared del edificio de reminiscencias góticas del ex Ministerio de Agricultura, Nancy y Osvaldo se protegen de las inclemencias sentados sobre un colchón, con las piernas tapadas por unas mantas. En ese desamparo, uno podría pensar en el silogismo de Cioran, que enuncia que, para los amantes, da lo mismo el cielo que el infierno, pero esa mirada poética se desmorona, cuando miro unas valijas, unos bolsos de mano y una pila de botellas con agua a un costado de los colchones. Al acercarme, Osvaldo me pide un cigarrillo con su voz ronca, se lo doy y eso da pie a que iniciemos un dialogo.

-¿Cuánto hace que están en esta situación?

-Ahora hace dos años, antes nos pasó cuando vino Macri, pero nos dieron para vivir en un hotel por diez meses –dice Osvaldo dando inicio a la historia—, conseguí trabajo en una pizzería y hacía changas. Ella vendía en la feria y alquilábamos una pieza, nos compramos un televisor, una mesa y una cama, pero después la pizzería cerró y no pudimos pagar el alquiler y nos tuvimos que ir. Perdimos todo. Yo soy de Guernica y llevamos las cosas a casas de parientes y cuando las fuimos a buscar ya habían vendido todo.

-¿Están en pareja?

-Sí, ya hace como veinte años, desde el 2001 –dice Nancy, que mira con sus anhelantes ojos claros— tenemos cuarenta años los dos. Yo soy de Florencio Varela y con él vamos a todos lados juntos. Antes tenía un puesto en la feria, pero no pude seguir yendo. Ahora juntamos cartón, latas, botellas, ahí tenemos el carro, pero con la lluvia no se puede salir.

Osvaldo se muestra fuerte y enérgico pese a la situación que vive y dice:

-¿Sabe qué quiero yo? Yo quiero trabajar, puedo trabajar como maestro pizzero, plomero, albañil, pintura, quiero que vean que tengo mis capacidades, no… como se dice, mis virtudes, eso que vean mis virtudes. Ella también tiene virtudes.

-Sí –dice Nancy sin dudar— yo trabajé en una tienda de vendedora, sé vender. Tenía nueve puestos en la feria y también trabajé en un kiosco. Yo trato bien a la gente, soy educada.

Les pregunto si tienen problemas con la Policía de la Ciudad o con la custodia del Ministerio, y Osvaldo me responde:

-La yuta de la Ciudad vino tres veces, pero no nos sacaron por ahora. Desde que estamos acá hace dos meses, dejaron de robar los autos que estacionan. Nosotros cuidamos el lugar donde vivimos, ya vio que tenemos ordenado, no queremos hacer bardo y no nos prendemos en nada raro.

-Lo único que queremos es juntar la plata para alquilar otra pieza y poder trabajar –agrega Nancy— tener nuestras cosas, como teníamos antes.

-Ir a un parador del Gobierno de la Ciudad….

-¡No! –dice con decisión Osvaldo— es peor que un penal. Lavaste un par de medias, lo colgaste y a los cinco minutos te lo afanan, hay mucho maltrato hacia nosotros por estar en la calle.

-Además –acota Nancy— separan a las parejas y a las madres de los hijos.

El silencio nos atraviesa por unos instantes, surcado por las imágenes de la desolación y la injusticia narrada. Entonces, de pronto es Osvaldo quien me pregunta:

-¿Usted es vecino?

-No, trabajo acá en este edificio, —le respondo—.

-¡Uh! Nos enteramos que echaron como a doscientos.

-Muchos más, cerca de mil despidos.

-¡Pobre gente! ¡Adónde irán a parar!

La respuesta, al igual que en la canción de Bob Dylan, titubea en el viento, en el viento que sopla del río y surca la calle con fuerza.

ALICIA. El edificio del Ministerio de Agricultura, tiene un estilo gótico, las arcadas ojivales de la entrada dan cuenta de ello, en un principio fue un asilo de indigentes, hasta que años después se convirtió en el suntuoso palacio que alberga al organismo estatal, hoy convertido en Secretaría, la entidad perderá el rango, pero nunca dejará de ser el cuartel de la oligarquía vacuna, ganadera y agroindustrial. Sobre uno de los bancos de cemento ubicado en el cantero de césped de la entrada, una mujer obesa y grande acomoda una serie de objetos imprecisos, bajo la atenta mirada de un perro. En el pasto extendió una manta, en la cual se pueden ver libros y cuadernos y ropa. Al verme, me mira de arriba abajo y me dice:

-Ya me estoy yendo.

-No vine a correrte. ¿A dónde te vas?

-Acá a la entrada, estoy esperando que cierren para no molestar. Además, tengo que ir a estudiar y dejar al perro atado.

El animal parece bien cuidado y luce un collar nuevo. Le pregunto cómo se llama y me responde:

-Cacho.

-¿No lo llevas adonde vas a estudiar?

-No, además es cerca.  Estoy terminando la primaria, acá enfrente, en el Isauro Arancibia.

-¡Qué bueno! ¿Cómo haces para estudiar y vivir en la calle?

-No sé, pero lo hago. Hace mucho que vivo así, pero ahora no tengo tiempo para contar nada, porque tengo que dejar todo acomodado y llegar temprano a clase. ¿Me disculpas?

-Sí, claro, estás disculpada.

Me despido de ella y su trajín. Camino por Paseo Colón rumbo a Independencia, no paro de pensar en Osvaldo, Nancy y Alicia y los interrogantes se dispersan, se espantan y retornan en los modos que tiene la supervivencia. La garúa casi ha cesado cuando cruzó el Metrobús y justo en la esquina donde finaliza la recova, alguien ha envuelto todo su cuerpo en una colcha blanca, como si fuera una mortaja protectora de todas las intemperies, y duerme su sueño helado sobre un banco de cemento. A él le puedo sacar una foto, una fotografía a alguien que eligió otra manera de no ser visto, entre la vaporosidad del aire lechoso. Camino hasta Plaza de Mayo, conozco el paisaje, el edilicio y el humano que puebla el lugar un viernes al anochecer de un mes de mayo. Sé que antes de entrar en la boca del subte que da a la calle Defensa, si miro hacia la Catedral, justo enfrente estará la larga fila de gente que espera, cabizbaja, la comida caliente de la noche con un taper en la mano.

FLORES. Son las once la noche, la tormenta parece haberse disipado, pero el frío persiste, camino por la calle Gavilán, cruzo Yerbal y antes de llegar al paso a nivel de las vías del Sarmiento, un pibe flaco y de pelo negro, me pide un pucho, está acostado en un cochón, junto con una piba morocha y de ojos negros y vivaces. A un costado, un gordito medio rubio los acompaña en la ranchada. Me acerco a ellos y los convido con un cigarrillo a cada uno. Es todo lo que tengo para dar. Ella me dice que no fuma, pero se lo guarda para él que es su amor y abraza al chico enrulado, que dice llamarse Nahuel, cuando le pregunto el nombre, y ella, Natalia. El gordito, cubierto con una frazada, me dice:

-Yo me llamo Sergio.

-¿Cuánto hace que viven en la calle?

-Hoy es nuestro primer día, me fui de mi casa porque el marido de mi madre me caga a palos, tiene problemas de adicción, por eso me fui.

-¿Y vos Natalia?

-Yo vivo con mi familia, me escapé para acompañarlo a él, para que no este solo, todos tenemos 17 años.

-¿Y vos Sergio?

-Yo no me fui, a mi echaron, mi madre es adicta y se juntó con un chabón que también es adicto.

-¿Son todos del mismo barrio?

-Sí somos de Merlo, del barrio El Argentino –dice Nahuel— pero yo no tengo 17, tengo 18 y además estuve preso por matar a un tipo.

-Eso no lo cuentes —dice Natalia, un tanto alarmada—.

-Sí, lo tengo que contar, acosaba a mi madre y le vino a incendiar la casa, la defendí a ella. Ahora quiero hacer otras cosas.

-¿Cómo cuáles?

-Yo, terminar el colegio y estudiar algo —dice Natalia, con su mirada centellante—.

-¿Y ustedes, que esperan del futuro? —le pregunto al resto—.

-Nosotros, en el futuro, nos queremos matar y morir juntos. Nos amamos.

Y los dos se abrazan encima de uno de los colchones, mientras Natalia los mira y ríe a carcajadas ante la escena. Al despedirme ella me dice:

-Don, un gusto haberlo conocido.

Y así, parto, dejándolos en la precariedad de la noche.

NUMEROS. En diciembre de 2023, las organizaciones sociales realizaron el Registro Nacional de Personas en Situación de Calle, un censo que debía realizar el Estado pero que recayó sobre estos colectivos. El informe relevó que unas 8028 personas se encontraban en el mismo estado de precariedad y abandono de Nancy, Natalia, Nahuel, Osvaldo, etc., una cifra que duplicaba los datos del Gobierno de la Ciudad y del mismo Censo Nacional. En estos días, tanto el ministro de Seguridad porteño, Diego Kravetz, como el jefe de Gobierno, Jorge Macri, salieron a publicitar en los medios un “Operativo Limpieza” de la gente en situación de calle. En algunos videos se puede ver a empleados del Gobierno de la Ciudad manguereando los lugares donde se instalan personas en la vía pública, con colchones y otras míseras pertenencias. Estos operativos salvajes, son frecuentes en la zona de Recoleta, Palermo y Microcentro, lugares donde el oficialismo porteño tiene la masa más sólida de votantes. En algunos, se han sucedido altercados y golpizas por parte de la Policía de la Ciudad, dueña y señora del espacio público. Adónde va la gente expulsada de las calles, es un interrogante que muchos se plantean. Según el jefe de Gobierno y su ministro Kravetz (quien paradójicamente preside la Fundación Pacificar) las personas son alojadas en los paradores nocturnos, donde pueden comer y bañarse. La realidad desmiente en gran parte esas declaraciones, la mayor parte de las personas que están en esas condiciones de vida le huye a la estadía en esos centros. Los testimonios recogidos, hablan de robos, discriminación y violencia institucional. Sucederá como sucedía en plena dictadura, que, para desalojar las villas, se subía a la gente en camiones y eran abandonados en medio de los campos sin ningún tipo de asistencia. Son muchos los que aplauden estas medidas, como si fueran la verdadera solución a una problemática que las políticas ultra liberales de Milei han acrecentado. Políticas que no dejarán de crecer en una proyección malthusiana, ante los despidos masivos, el cierre de fábricas y la caída brutal del consumo. El “Operativo Limpieza” está muy emparentado con las políticas del apartheid y el borrado de población sobrante del mapa. La falsa solución se vende como “seguridad”, la seguridad que le hace decir al vecino: “la calle está llena de cirujas, ¿qué hace la policía?”, y cuando la fuerza actúa tiene esa anuencia que enuncia, de manera perversa, que todo está bien: “limpiamos a los que no queremos que sean vistos”.

Entonces, podemos decir que no hay una política seria por parte del macrismo ciudadano, salvo la del exterminio de un sector. No hay una política de Estado que contemple cada caso en particular, no existe una solución habitacional que involucre la inserción social de los miles de argentinos librados a su suerte en la jungla de la mendicidad y el abandono. Ninguno de los entrevistados quiso que le sacaran fotos y otros pidieron cambiar sus nombres por temor a las represalias de la Policía de la Ciudad, lo cual revela el uso de la tecnología para identificar a aquellos que hablan. De eso también va el “Operativo Limpieza”. Claro está.

Fotos y texto: Eduardo Silveyra

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