Un crimen Pro vida

“Las mujeres fuimos diseñadas para dar vida” aseguró la diputada Campagnoli, quien propuso extraer niños en la semana 21 de gestación y darlos en adopción ¿La ensoñación de un Lebensborn criollo?

No sin la idea de aligerar las tensiones causadas por la situación económica y social, Mauricio Macri incurrió en la audacia de promover el debate sobre el aborto. Un tema que en boca de los polemistas del PRO ya es una comedia de enredos. ¿Qué se puede esperar, por caso, de alguien como el senador Esteban Bullrich, para quien “el embrión es un ciudadano argentino con derechos”? Pero dicho concepto hasta causa ternura frente a la espeluznante iniciativa de la diputada Marcela Campagnoli: sacar los fetos del vientre antes de término y mantenerlos en una incubadora para luego darlos en adopción.

 

Esta mujer –hermana menor del fiscal José María Campagnoli y secretaria de Educación en Pilar hasta que llegó al Congreso Nacional por la lista de Elisa Carrió– supo expresarse al respecto durante una entrevista con la FM 99,9 de Mar del Plata.

 

La señora basó su propuesta en el siguiente principio: “La contención de la madre que no quiere tener ese hijo, que es fundamental. Porque las mujeres fuimos diseñadas para dar vida, y matar algo que está en nuestros órganos nos genera traumas terribles”. También señaló: “Un montón de familias me han escrito ‘por favor, piensen en los que debemos adoptar, que no tenemos hijos. Dennos una oportunidad para dar amor’. La muerte no es una solución”. Para tan loable fin ella apela al recurso de forzar nacimientos prematuros.

 

Humanismo puro, horneado con el fuego del ingenio pragmático. Esa es la receta de la legisladora. ¿En qué circunstancia tuvo semejante ocurrencia? ¿Lo habló en familia? ¿Fue asesorada en tal sentido? ¿Acaso acordó instalar el tema con sus correligionarios? ¿O fue víctima de una broma malintencionada?

 

Contrariamente a la utopía antiabortista de Campagnoli, no hay ninguna sobrevida probada fuera del vientre en la semana 21 o 22 de gestación

 

En este punto bien vale reparar en el aspecto técnico de su plan. “Hoy la ciencia, la neonatología ha avanzado”, supo señalar con tono de conocedora. Y agregó: “En el siglo XX un sietemesino se moría. En el año 2000 niños con 28 semanas de embarazo (sic) mantenían su vida fuera del útero materno en una incubadora. En 2008, a la semana 21, nace Amalia en los Estados Unidos, en el hospital Baptista de Miami, con 284 gramos y 22 centímetros. El año pasado, una amiga mía tuvo gemelos de 600 gramos. Hoy están perfectos”.

 

¿Es posible que esta sea una manifestación de lo que se podría llamar “imbecilidad criminal al servicio del bien común”? Porque contrariamente a la utopía antiabortista de Campagnoli, no hay ninguna sobrevida probada fuera del vientre en la semana 21 o 22 de gestación (que son las que ella considera ideales para su macabro experimento). “Lo que dice esa mujer es totalmente inviable, y con un 101 por ciento de mortalidad”, dijo a Zoom el médico Mario Sebastiani, integrante de la Sociedad de Obstetricia y Ginecología de Buenos Aires. Sostuvo que “en las semanas posteriores el riesgo es muy elevado; los así recién nacidos sufren complicaciones respiratorias, hemorragias cerebrales, problemas cardíacos, infecciones graves, ceguera y sordera, entre otros males, y la mortalidad sigue siendo probable”. Alguien debería informar a la diputada que al comenzar el sexto mes de gestación los ojos del feto aún están pegados, los testículos de los varones todavía no descendieron y la piel no tiene su capa córnea, además de que tanto los pulmones como el corazón son inmaduros. Y que en las semanas siguientes ambos órganos no llegan a formarse del todo. Cabe también resaltar que –según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) – el nacimiento prematuro es la principal causa de defunción en menores de cinco años, y que durante 2016 causó casi un millón de muertes en el mundo.

 

Pero desde la praxis médica también hay un pequeño inconveniente no debidamente previsto por Campagnoli: “Para un obstetra –sostuvo Sebastiani– es antiético y muy violento obligar a una mujer al embarazo no deseado hasta una determinada fecha para después sacárselo y meterlo en una incubadora”.

 

«En la propuesta de la diputada, la mujer es apenas un envase. Una incubadora de carne, sangre hueso y grasa. Un instrumento subordinado a la guarda de un embrión, y con fecha de obsolescencia programada».

 

De modo que en tal combo de salvajadas esa mujer es apenas un envase. Una incubadora de carne, sangre hueso y grasa. Un instrumento subordinado a la guarda de un embrión, y con fecha de obsolescencia programada. Algo con claras reminiscencias hitlerianas.

 

De hecho, la ensoñación de Campagnoli remite al Lebensborn (Fuente de Vida), el programa nazi de eugenesia ideado en 1935 por el jefe de la SS, Heinrich Himmler, para perfeccionar y extender la raza aria.

 

Con ese fin, la organización del proyecto –el Lebensborn Eingetragener Verein (Asociación Registrada Lebensborn) – estimulaba la procreación de los oficiales de la SS con sus esposas. Pero de manera especial solía apuntar hacia mujeres solteras –y racialmente valiosas– de territorios ocupados al norte y oeste de Europa –en especial, Noruega–, reclutadas para ser receptáculos del plan de reproducción selectiva con soldados alemanes. A tal efecto se les daba “contención” –¿les suena esa palabra?– en hogares de maternidad, además de brindarles ayuda económica. El Lebensborn también administraba orfanatos y ofrecía los niños en adopción a familias alemanas.

 

Esa entidad fue la nave insignia de la política demográfica del régimen nazi, destinada a reducir el índice de abortos y aumentar el número de futuros soldados del Tercer Reich.

 

La antojadiza mudanza de la criatura desde el útero a la incubadora sin concluir su gestación constituye un detalle digno del Doctor Mengele.

 

Tal vez la pobre Marcela no haya tenido la intención expresa de emular tal experiencia. Pero, por ejemplo, su planteo sobre la antojadiza mudanza de la criatura desde el útero a la incubadora sin concluir su gestación constituye un detalle digno del Doctor Mengele.

 

Lo cierto es que el asunto bastó para que aquella dirigente oficialista de cabotaje tuviera, de pronto, una proyección internacional. El diario español El País le dedicó una extensa cobertura, al igual que otros medios tanto gráficos como televisivos de Italia, Francia y Estados Unidos.

 

Sin embargo la razón de su protagonismo causó un tenso estupor en el seno de la Coalición Cívica, el espacio al que pertenece. “Las declaraciones de la diputada son una opinión personal”, repiten con tono forzadamente neutro sus referentes ante las profusas consultas periodísticas. Aunque reconocen por lo bajo que el disgusto de Elisa Carrió –su mentora– no es menor.

 

Quizás la líder partidaria piense ahora que las fantasías metodológicas de su protegida son un desatino que le viene de familia. Porque su hermano, el fiscal –a quien Lilita proponía como Procurador General de la Nación o, en su defecto, para el cargo de Ombudsman–, es célebre por el carácter creativo de sus actos procesales: en una ocasión ordenó un “reconocimiento de penes”; o sea, una rueda de supuestos violadores con sus miembros viriles en exhibición para que la mujer ultrajada pudiera identificar al victimario.

 

Superada por los acontecimientos, la legisladora Campagnoli limitó su nivel de exposición. Sus apariciones públicas son casi a hurtadillas, no atiende el teléfono y suspendió el contacto con la prensa. Únicamente esgrimió una especie de descargo ante la agencia oficial Telam.

 

“Me sacaron de contexto”, fueron sus palabras. Y completó: “Yo no dije lo que hay que hacer sino lo que está ocurriendo en el mundo con la ciencia”.

 

Entonces, entre ofuscada y abatida, se sumió en el silencio.

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