Fraternidad clandestina

En el conurbano bonaerense, una red de asistencia aconseja, acompaña y ayuda a mujeres que deciden abortar. Compromiso, solidaridad y militancia como antídoto contra la hipocresía.

En pleno invierno del año 2016, Ivana estaba parada en la puerta de una farmacia de San Justo a las 11 de la noche. Era el único local que destacaba, con luces de neón que brillaban y titilaban en la oscuridad de toda la cuadra. San Justo es la ciudad central del distrito de La Matanza, el más grande y más poblado de la provincia, pero de noche y con los negocios cerrados, suele ser un lugar totalmente desolado.

 

Ivana miraba fijo al cartel de la cruz blanca y verde de la farmacia de guardia, chequeaba en su celular que fuera la dirección correcta, caminaba nerviosa hasta la puerta para después echarse hacia atrás. Cuando se dio cuenta de que el frío le había helado los pies, se armó de valor y entró. Se acercó a la cajera, la única persona en el local, y le preguntó por un nombre. “Él no está ahora, viene en un rato. ¿Qué necesitás?”, preguntó la mujer, con ojos duros y juiciosos. Tenía la receta correspondiente para comprar la droga, pero no se animaba a mostrársela. “Nada. Lo espero afuera”, respondió la chica.

 

Esperó veinte minutos más en la vereda, sentada en el cordón. De vez en cuando se daba vuelta porque sentía la mirada de la mujer sobre su nuca a través de la vidriera. No aguantó más y volvió a su casa. En el camino, arriba del remise, escribió un mensaje de texto: “Me dieron el dato de un farmacéutico que las vendía, pero no apareció. Por favor, comprame vos el Misoprostol”.

 

Hoy Ivana tiene 21 años y no tiene hijos. Vive en Isidro Casanova y su rutina pasa por sus estudios como profesora de primaria, por su casa, donde la necesitan diariamente para cuidar de sus sobrinos más pequeños y por la militancia barrial que lleva a cabo desde una organización política peronista. Es una chica concreta, de muy pocas palabras, e increíblemente práctica: empezó a militar desde la secundaria porque le molestaba que en los barrios hubiera tanta pobreza y empezó a estudiar Educación Primaria porque en las clases de apoyo de un merendero descubrió su pasión. Jamás se detuvo demasiado a buscar un por qué de lo que hacía, prefirió encontrarlo a medida que avanzaba.

 

La practicidad fue de gran ayuda cuando decidió interrumpir un embarazo a los 18 años, a poco tiempo de cumplir los 19, en el año 2016. Su familia estaba en contra, pero ella tenía una clara certeza: no podía ni quería ser madre. “No trabajaba, no había terminado la secundaria, ni tenía una pareja estable que me acompañara”.

 

Ivana no había sido violada, su vida no estaba en peligro y no era ni “idiota” ni “demente”, que son, desde inicios del siglo pasado, los motivos contemplados por el artículo 86 del Código Penal argentino para realizar abortos no punibles. Sí había estado en una relación violenta durante tres años con un hombre mayor de edad.

 

Una amiga, que años antes había vivido una situación similar a la suya, le dio el dato de una Consejería Pre y Post Aborto de la zona y la acompañó en todo el proceso. “Tuve suerte. Muchas chicas no tienen esa contención y abortan igual, de la forma que sea”, admite con una media sonrisa que, en vez de transmitir alegría, deja entrever la preocupación de conocer lo que tantas mujeres tienen que atravesar.

 

El primer intento

Ivana tuvo un intento de aborto fallido. Cuando se enteró de su embarazo, estaba sola. Después de contarle la noticia a quien sería el padre, el hombre le preguntó: “¿y qué querés que haga? ¿Cómo sé que no me estás mintiendo?” y la bloqueó de todas sus redes sociales.

 

Como no se conformaba con esperar, entró en internet para comprar pastillas de Misoprostol porque vagamente sabía que servían para abortar. Se puso en contacto con un hombre que le vendió una sola pastilla a mil pesos.

 

La consumió en soledad, en su casa, en la noche. Sintió leves mareos, las náuseas que ya sentía hacía días y algunas contracciones. Se tiró en su cama, con su celular, a esperar el efecto. En ese momento, se puso en contacto con dos amigos, que eran pareja, para contarles su situación. Para su sorpresa, se enteró de que la chica se había practicado un aborto hacía unos años, en una relación con otra persona. “Cuando te ponés a ver, son muchas las que interrumpieron embarazos”, reflexionó después.

 

Le explicaron que ese no era el procedimiento. “Te cagaron, no funciona así. Necesitás tomar doce pastillas. Andá a la clínica mañana mismo y hacete una ecografía”, le dijeron. El peligro radicaba en que, si llegaba a expulsar parte del saco gestacional, pero no por completo, podría sufrir una infección.

 

Al día siguiente fue a una clínica privada y cuando le comentó a la recepcionista que acudía a realizarse su primera ecografía porque estaba embarazada, la mujer esbozó una sonrisa grande y la trató con cariño y amabilidad. “Te doy turno para mañana, mamá”, le dijo.

 

Su amigo la acompañó a la consulta. Ambos miraban con incomodidad al ecografista que señalaba en la pantalla: “Este es el latido de su corazón. Felicitaciones”. La pastilla no había generado ningún efecto y, lejos de sentir felicidad, Ivana estaba al borde del desmayo con una fuerte angustia en el pecho. “Acá tenes la ecografía, papá”, le dijeron a su amigo al salir del consultorio.

 

Hoy Ivana se ríe de lo absurdo de aquella situación, pero reconoce que ni ella ni su amigo pudieron encontrar la gracia en su momento. “Era una situación muy rara. Sentía que me obligaban a sentirme mamá”.

 

El arte de acompañar

El 3 de junio del 2017, fecha reservada en el calendario feminista para la marcha de Ni Una Menos, María Fetini pasó todo el día en la Plaza de Congreso. Desde la mañana hasta una hora antes de la convocatoria a movilizar, permaneció dentro de un gazebo que instaló junto a sus compañeras de la Consejería de Salud Sexual y Reproductiva. La idea de ese día era “sacar la Consejería a la calle”: realizaron tres entrevistas en esas horas, con mujeres que pasaron y, por curiosidad o necesidad, entraron a pedir información sobre cómo practicarse un aborto con pastillas de Misoprostol.

 

Una de ellas llegó con su marido. Tenían un hijo y la mujer estaba embarazada. “No podemos seguir adelante con este embarazo. Yo no tengo trabajo y la situación económica no es buena. Es imposible”. Quien hablaba era el hombre, y por momentos, tapaba la voz de su esposa cuando quería intervenir. María escuchaba en silencio y tomaba nota. Cuando la catarsis del esposo terminó, tomó a la mujer de la mano y, en un gesto de intimidad, le preguntó: “Y vos, ¿qué querés hacer?”. Meses después, el embarazo fue llevado a cabo y el matrimonio recibió a su segundo hijo.
“Es importante que sea ella quien defina lo que quiere hacer. Prefiero centrar mi atención en el relato de las mujeres y no en lo que dicen sus parejas. Si vienen a la Consejería, es sólo en calidad de acompañantes”, explica María, que tiene 30 años y vive en la ciudad de Buenos Aires. Habla pausado y suave, sus ojos transmiten tranquilidad. Está acostumbrada a explicar todo lo que hay que tener en cuenta antes, durante y después de consumir las pastillas de Misoprostol sin pasar ningún detalle por alto.

 

Es militante feminista y coordina la Consejería desde hace tres años. Por semana, recibe entre tres y cinco llamadas a una línea segura, un celular que funciona exclusivamente para esa tarea, y que circula con sus compañeras para compartir la responsabilidad de atender los casos, que provienen tanto de la Ciudad de Buenos Aires como del Conurbano. “Lo que hacemos desde acá es brindar información y asesoramiento. Y si la persona lo requiere, también acompañamiento”.

 

Siempre está predispuesta a hablar sobre el trabajo de la Consejería y sobre el procedimiento necesario para interrumpir un embarazo. Quiere que se conozca, que se visibilice, que se entienda. “Para nosotras, la información es poder y hay demasiada desinformación alrededor del aborto. Necesitamos salir de la clandestinidad, que se regularice. Si nuestros abortos siguen siendo un secreto, nada va a cambiar”.

 

Las pastillas de la discordia

 

El aborto puede practicarse de varias maneras. Existen prácticas con medicamentos y prácticas quirúrgicas, que a veces se combinan. La primera que conoció María consistía en una serie de inyecciones. Acompañó a su madre al doctor para que se las aplicara cuando tenía 14 años.

 

“Fue en un sucucho que quedaba cerca de casa. Las inyecciones no sirvieron de nada y meses después, nació mi hermana. En teoría, mi mamá no podía tener más hijos, porque ya le habían practicado cuatro cesáreas y le habían ligado las trompas. Se suponía.”, relata con una sonrisa irónica.

 

Hoy cree que el método más seguro es el que se realiza con pastillas. “No es invasivo y evita la intervención quirúrgica. Hay que desdramatizar la experiencia del aborto con medicamentos. Es un procedimiento médico como cualquier otro”, asegura.

 

En Argentina la droga legal que se utiliza para interrumpir embarazos es el Misoprostol. Se vende bajo receta y sirve para tratar afecciones como reuma, artritis, artrosis o gastritis, entre otras. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda utilizar doce pastillas, que se aplican de a cuatro, por vía vaginal o sublingual. El precio del blíster, que contiene 16 comprimidos, hoy ronda entre los 2500 y los 3600 pesos, por lo que es más barato que otras prácticas abortivas.

 

Cuando una persona embarazada consume una dosis adecuada de Misoprostol, se generan contracciones y la posterior expulsión del saco gestacional y el feto. Es decir, se provoca un aborto espontáneo. Si la expulsión no es completa, la mujer debe acercarse a un centro de salud para que el método se complemente con una técnica quirúrgica como el legrado, conocida también como “raspado”.

 

María admite que el procedimiento no siempre funciona de la misma manera, porque cada cuerpo y cada historia son diferentes. Pero, en líneas generales, los efectos son bastante uniformes y satisfactorios. Después de haber realizado varias entrevistas, son pocos los casos que resalta por alguna complicación. Uno de ellos fue el que la hizo tomar conciencia de la necesidad de adoptar ciertas medidas de seguridad en la Consejería.

 

Durante los primeros meses, utilizaron el número de teléfono personal de María para coordinar las entrevistas. Un día, minutos después de acordar un encuentro con una mujer que era escort y portadora de VIH, se puso en contacto con ella un hombre, que solicitaba información con respecto al procedimiento que iba a realizar la chica. “El contexto era complejo y no entendí bien quién era ese hombre, entonces me dio miedo. Lo peor era que la mujer había pasado las 14 semanas de gestación, por lo cual, todo era más delicado”. La reunión se realizó igual y María derivó a la chica al Hospital Evita de Lanús, donde la interrupción fue practicada de forma legal.

 

El panorama ideal es que la ingesta de las pastillas sea entre las semanas 7 y 9 de embarazo porque, antes de eso, no tienen efecto. El plazo hasta el cual conviene practicar el método con pastillas es una discusión aparte. El sexto proyecto de ley presentado por la Campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, que actualmente se debate en Diputados, exige contemplarlo hasta la semana 14, aunque presentaciones anteriores hablaban de 12. Existen ONGs y Consejerías que optan por asesorar hasta la semana 12 ó 13 y después derivar a instituciones que puedan practicar intervenciones quirúrgicas.

 

Los diferentes criterios se discuten en base al crecimiento en tamaño del feto a medida que pasan las semanas. Para la semana 12, el feto tiene el tamaño de una semilla de naranja. Para la 15, ya es efectivamente una naranja, y para la 18, tiene el tamaño de una berenjena. Si bien se puede abortar con pastillas hasta la semana 18 inclusive, lo ideal es utilizar menos dosis y hacerlo en un hospital o clínica, por ser un contexto de cuidado mayor y donde se pueda combinar con técnicas quirúrgicas en caso de ser necesario.

 

La entrevista

 

Después de su experiencia con una pastilla trucha comprada en internet, Ivana acudió a la Consejería Pre y Post Aborto que le habían recomendado sin saber bien qué esperar.

 

Al llegar, la mujer con la que se contactó le preguntó cómo había quedado embarazada. “Lo raro fue que, por primera vez, no me sentí juzgada. Sentí que querían ayudarme, que de verdad quería saber qué me había pasado”. Hablaron por un largo rato sobre cómo se sentía y, después de preguntarle varias veces si estaba segura de su decisión, le explicó paso a paso cómo sería el procedimiento y le pidió que se hiciera una segunda ecografía después de realizarlo, para constatar que se hubiera llevado a cabo sin problemas.

 

Después de ese encuentro, se comunicaba con su consejera casi a diario. Le consiguió las doce pastillas necesarias a 1300 pesos y, esta vez, Ivana las consumió con su pareja de amigos presentes y con la consejera en contacto a través del celular.

 

Ya no estaba sola. “Ya tenía en claro cómo era el procedimiento y lo que iba a sentir, nada me agarró por sorpresa. Sentí el dolor de las contracciones y tuve un sangrado normal, pero no estaba asustada”.

 

María Fetini se reúne con hasta cinco chicas por semana y procura dar a todas la misma atención y dedicación. Se encuentran en bares, en restaurantes, en plazas. Sus charlas duran entre 40 minutos y una hora, tiempo que a veces es insuficiente. “No siempre podemos saber si la chica está siendo presionada para abortar, si su embarazo fue producto de un abuso o si está en una relación violenta, a menos que nos lo digan. Pero sí podemos estar atentas a las señales en las entrevistas. Cuando las vemos, intentamos dar herramientas para salir del círculo de violencia, pero siempre prima la urgencia de resguardar su integridad física”.

 

Verse cara a cara es la herramienta más importante para “saber quién está detrás”. Para María, es indispensable que la comunicación la lleve adelante quien quiera realizarse el aborto, sin intermediarios, y pide a la persona que lleve consigo una ecografía, que servirá para conocer la semana exacta de gestación y para descartar que no sea un embarazo con alguna complicación médica.

 

En la mayoría de los casos, quienes se contactan ya tienen una decisión tomada. A veces, simplemente quieren tener información. María recuerda con tristeza un puñado de casos que quedaron truncos, porque las mujeres que acudieron decididas a interrumpir su embarazo tuvieron que echarse atrás después de comentar la idea a sus maridos.

 

De la clandestinidad al sistema de salud: dos caras de una misma moneda

Para uno de sus acompañamientos, María decidió recorrer farmacias para comprar Misoprostol junto con la chica que abortaría y con la receta correspondiente. Después de pasar por cuatro negocios en donde les negaron la compra, llegaron a una muy pequeña, bien de barrio. La atendían dos farmacéuticos.

 

Cuando uno de ellos estaba a punto de tomar la cajita de Misoprostol de la estantería, su compañera se le acercó en silencio, miró a las dos chicas y lo codeó. “No se los vendas. Eso sirve para abortar”, le murmuró cerca del oído. Sin poder inventar excusas o justificaciones, el hombre les pidió que se retiraran del lugar y se fueron con las manos vacías.

 

“Pedimos que, si pueden, vaya a comprar el medicamento un hombre. Últimamente están aceptando muy pocas recetas”, advierte María. Aún así, prefiere pedir a quienes acompaña que intenten conseguir las recetas médicas por su cuenta para lograr que “formen parte del proceso de empoderamiento”: según ella, existe una “gran red de especialistas que trabajan en su aplicación y facilitan la Interrupción Legal del Embarazo” en la Ciudad. “Si las mujeres que se acercan averiguan y contactan a uno, les va a servir para después hacer su seguimiento y tenerlo en cuenta”.

 

La línea política que manejan María Fetini y sus compañeras se basa en la necesidad de construir nexos con instituciones y profesionales para lograr un verdadero acceso de las mujeres a la salud pública. Esto implica un desafío extra para ellas: tienen que construir su propio mapa de instituciones “amigables”, mantener actualizada una agenda de médicos y médicas que quieran ponerse a disposición, manejar data fehaciente sobre los horarios de atención, recursos y tipo de trato de los diferentes puntos de atención de la salud pública. Información valiosa que sólo puede recolectarse a partir de la experiencia.

 

“Sabemos que hay un montón de hospitales amigables, un montón de Centros de Salud y Acción Comunitaria (CeSACs) en donde no solamente tienen una Consejería, sino que funciona bien, tienen la información necesaria y les hacen el seguimiento posterior. Que incluye, en algunos de los casos, algún método anticonceptivo que las pibas elijan. Un ejemplo es el Hospital Pirovano, que tiene un equipo interdisciplinario muy reconocido. El tema es que no pueden entregar recetas de Misoprostol. Para eso, suelen coordinar con Consejerías como la nuestra, que conocemos a otros profesionales que sí pueden facilitarlas”, describe María.

 

A veces, las Consejerías funcionan como puentes entre la necesidad de las mujeres (y de todos los cuerpos gestantes) y las herramientas del sistema de salud. Otras veces, como parches ante la inacción del Estado, las falencias en educación sexual y del derecho coartado a decidir sobre sus cuerpos y sus proyecciones de vida.

 

Las secuelas de abortar

-Hola. Vengo a hacerme una ecografía porque tuve un aborto espontáneo.

Habían pasado algunos días desde que Ivana había consumido el Misoprostol, y la misma recepcionista que la había atendido amablemente en su primera ecografía la miró fijo, frunció los labios y extendió un silencio incómodo por unos minutos. Ivana ya había reconocido esa mirada en la cajera de la farmacia y en su propia familia.

-Tenés que tener una receta para esto.

-Vengo de urgencia y el doctor ya me atendió una vez.

-Sentate ahí y esperá. No sé si el doctor querrá atenderte.

 

Después de una hora, el doctor abrió la puerta de su consultorio y gritó, frente a todos los pacientes de la sala de espera: “¿La chica que se hizo el aborto? Que pase”. Agachó la cabeza y entró en silencio, rogando que no la denunciaran.

 

Al salir de esa consulta, una prima de Ivana, que hacía poco se había enterado de su decisión de abortar, le mandó un mensaje: “Sos una hija de puta. ¿Cómo podés hacer eso? Es un bebé”.

 

Tiene cuatro tías y dos primas. Todas son madres y, algunas de ellas, desde adolescentes. Ninguna la apoyó en el procedimiento y decidieron no acompañarla para demostrar su disconformidad. “Todas fuimos muy pobres, tuvimos que salir a laburar con el bebé encima… ¿Ves que se puede? Ahora tengo mi casa y me dedico a mis hijos”, le decían. “Yo no tengo ganas de pasar por la misma mierda”, les respondió Ivana.

 

Abortar el tabú

 

Según un estudio solicitado por el Ministerio de Salud de la Nación en el 2015, hay más de un aborto por cada dos nacimientos. Argentina no cuenta con un sistema de recopilación de datos para contabilizar la cantidad de abortos que se practican por las vías legales, lo que significa todavía más desconocimiento sobre los que se realizan en la clandestinidad. La única información de la que se dispone es la cantidad de internaciones que hay como fruto de complicaciones posteriores.

 

La Red de Acceso al Aborto Seguro (REDAAS) calculó 1545 interrupciones legales, desde el 2015 hasta febrero del 2018, en base a un registro propio que se nutre de la información de 11 instituciones públicas a nivel nacional. Además, constató que 1 de cada 3 personas que lo llevaron a cabo, pasaron por, al menos, dos hospitales o clínicas, por no haber encontrado suficiente información en el primer lugar de consulta.

 

El tabú que envuelve al aborto es el mismo que condena a las mujeres y a todos los cuerpos gestantes a recurrir a la clandestinidad, que prohíbe producir estadísticas reales y políticas públicas y que, ante todo, desinforma y desorienta.

 

“Lo importante acá es salir de la clandestinidad”, recalca María cada vez que puede. “Son muy pocas las compañeras que conozco que no pasaron por un aborto, y lo mantienen como algo secreto. Hay que salir del silencio”.
Ivana salió del suyo el pasado 8 de marzo, en el Paro Internacional de Mujeres. Se puso al cuello el pañuelo verde por primera vez. Ya no tiene miedo de contar que abortó, como le pasaba hasta hace unos meses. Para esa misma fecha, María llevó a la marcha una caja gigante de Misoprostol, fabricada con sus compañeras para esa ocasión. Se reían, cantaban, llevaban la caja en alto y se sacaban selfies.

 

Pero, más allá de las risas y las marchas, la realidad todavía debe ser revelada a medias. “Ivana” no lleva ese nombre. Necesita, a los fines de esta nota, esconder su identidad. “María Fetini” es el nombre genérico que adoptan las cuatro militantes de la Consejería de Salud Sexual y Reproductiva cuando atienden la línea segura y hacen los acompañamientos, y que asumió como propio la militante que relató su historia. Al apellido lo eligieron entre todas porque suena a “feto”. El día en que el aborto se despenalice en Argentina, sus historias dejarán de ser clandestinas.

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