Sobre la ciencia y su “época dorada”

Un breve contexto para leer los avances recientes en ciencia y tecnología
Nucleoeléctrica Argentina
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En una columna de opinión publicada en el diario La Nación, Pablo Kreimer presenta una serie de comparaciones entre Argentina y el resto de América Latina a fin de sustentar su argumento central: que vivimos una «ilusión de progreso» producto de una perspectiva endogámica.

 

Se podría contrarrestar, o al menos relativizar, cada uno de los indicadores que presenta. Y se pueden sumar otros, que él no presenta, para sostener todo lo contrario. En todo caso, Kreimer hace un conveniente recorte de los hechos y de las cifras a favor de su posición. Pero la rigurosidad exige usar la misma vara para interpretar unos y otros datos.

 

No se comenta que el CONICET logró alcanzar el top 100 entre las instituciones de ciencia y tecnología a nivel internacional, sobre 5000 casos evaluados. No se señala que la UBA se ubica primera entre las universidades latinoamericanas y 124 entre 4000 universidades de todo el mundo. No se señala que el país exporta casi 10.000 millones de dólares en bienes y, fundamentalmente, en servicios con alto contenido de conocimiento. Y que una de las columnas vertebrales de eso es el software, actividad que creció gracias a un buen régimen de promoción público. Que cuatro de las seis empresas de tecnología que cotizan con un valor superior a los 1000 millones de dólares en la Bolsa de Estados Unidos surgieron de Argentina.

En estos años Argentina completó tres grandes y complejos ciclos de ciencia y tecnología: diseñó, desarrolló y logró resultados destacados en tres campos tecnológicos muy selectos como son los satélites, la energía nuclear y la biotecnología de plantas

Tampoco explica Kreimer por qué The Economist, que no se ahorra criticas sobre la Argentina, nos ubica dentro de los cincuenta países más interesantes para innovar. Al menos, 4500 pymes encontraron razones para solicitar apoyo al FONTAR y realizar mejoras e innovaciones en sus productos y procesos. Es decir, se llegó a apuntalar al 7% del conjunto de las empresas industriales. Y hasta se retomó la idea de impulsar Centros Tecnológicos. No se llegó a este número solo porque estaba la ventanilla sino porque había mercado donde colocar el resultado de esos proyectos. Y los grandes proyectos públicos, desde Televisión Digital hasta Atucha, significaron una demanda directa y cada vez más compleja para el sector de bienes de capital. Sin duda, faltó articulación entre las distintas instancias de política y muchos temas estructurales quedaron sin resolverse. Pero haber retomado la agenda de la planificación es el primer paso para resolver un Estado más coordinado en sus estímulos y más inteligente en sus exigencias.

 

Kreimer también se saltea que en estos años Argentina completó tres grandes y complejos ciclos de ciencia y tecnología: diseñó, desarrolló y logró resultados destacados en tres campos tecnológicos muy selectos como son los satélites, la energía nuclear y la biotecnología de plantas. Además también se lograron buenos resultados en vacunas animales y humanas y en radares.

 

Pero, fundamentalmente, Kreimer omite considerar el punto de partida del proceso. Es decir, la comparación del sistema de ciencia y tecnología que dejaron los noventa frente al sistema de ciencia y tecnología que tenemos hoy. Como también vale advertir que muchos de los otros sistemas de América Latina son más chicos, fuertemente elitistas y, entonces, duplicar la producción de artículos cuando se parte de un número bajo siempre es más fácil. O pagar salarios más altos cuando los investigadores son pocos y forman parte casi de una casta divina. En cambio, Argentina, para bien o mal, tiene la plataforma de investigación más amplía y diversificada de toda la región. Esto se refleja en el coeficiente de tres investigadores cada mil integrantes de la población económicamente activa, indicador que supera por casi el doble a cualquier otro país.

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En definitiva, Pablo Kreimer, como cualquier otro que intente hacer un balance riguroso del sistema argentino, debería evitar confundir, o restringir su mirada, al MINCyT o al CONICET como el principio y el fin de nuestra ciencia y tecnología. Y, por eso, salir de los indicadores puramente científicos. La comparación con América Latina es válida, por cierto, pero se necesita hacerla considerando un conjunto de salvedades. Como también hay que comparar con el pasado. Es cierto que una columna en un diario no es el ámbito para atender este pedido pero tampoco podemos construir conclusiones con recortes antojadizos, ni de uno ni de otro lado.

Para progresar hay que pensar en renovar permanentemente los objetivos; no dormirse en los laureles o conformarse con sólo defender lo logrado.

En todo caso, el aporte de Kreimer viene bien para evitar el conformismo, o la indulgencia, y saber que en estos años se puso en pie un sistema que parecía perdido, se lo rejuveneció y, por lo tanto, se lo dotó de futuro y se realizaron algunas experiencias que dieron lugar a modelos de gestión interesantes, pero que no son más que «prototipos» de cómo debería funcionar a gran escala la política pública. Por eso faltó, y falta, lanzar una nueva etapa en materia de política de ciencia y tecnología, avanzar con nuevas transformaciones institucionales que justifiquen nutrir con más recursos al sistema.

 

Por lo tanto, para progresar hay que pensar en renovar permanentemente los objetivos; no dormirse en los laureles o conformarse con sólo defender lo logrado. Para esto último, el aporte de Kreimer vale mucho. ¿Pero el rumbo que ha tomado el Estado brinda condiciones para esto? ¿Estamos seguros de que se puede construir sobre lo construido? ¿Existe la voluntad política para impulsar un nuevo ciclo de progreso? No sé que respuestas tendrá Pablo Kreimer frente a estos interrogantes.

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