La revolución a ras del suelo. La experiencia guerrera de Silvestre Alcaraz

¿Quiénes pelearon por la independencia? ¿Cómo fue la conformación de las fuerzas militares? Una mirada que escapa al romanticismo de la narrativa de la gesta heroica, y rescata la complejidad compuesta por miedos, incertidumbres y dudas que también portaban los soldados del campo de batalla.

Nota en colaboración con Colectivo Gallo Negro

La formación de los ejércitos independentistas no fue sencilla, y no todos los que formaron parte de ellos lo hicieron convencidos. Para mostrar las dificultades y resistencias que encontró la revolución para constituir sus fuerzas militares y, además mostrar las razones por la que muchos hombres resistieron el proceso de reclutamiento, se puede señalar la historia de Silvestre Alcaraz. Su ficha de filiación que se encuentra en el Archivo General de la Nación.

Por el momento, sigue siendo muy difícil establecer qué cantidad de hombres pasaron por los ejércitos. Solo tenemos algunas cifras aproximadas. Pero se estima que 1 de cada 4 hombres en edad de ser reclutado formó parte de algún ejército. Una movilización tan grande recayó, inevitablemente, sobre los sectores populares. Por eso, la mayor parte de los soldados de los ejércitos revolucionarios eran jornaleros, peones, campesinos, pero también artesanos, zapateros, sastres, carpinteros, o dueños de pequeñas tiendas y comercios como los pulperos o panaderos. En una sociedad de castas como la rioplatense, estos soldados fueron blancos, negros, indios, trigueños, zambos, pardos y morenos, en general hombres libres, pero también los hubo esclavos que buscaron obtener la libertad mediante el servicio de armas.

Silvestre Alcaraz, un hombre de los sectores populares entonces, era originario de la Punta de San Luis –que en ese momento se la entendía como parte de la Jurisdicción de Mendoza— tenía 26 años cuando se enlistó voluntario por el término de 6 años, el 1º de noviembre de 1812, y fue destinado al Regimiento de Artillería de la Patria. Era hijo de Gregorio Alcaraz y de Manuela Muñoz, declaró no tener oficio y que era soltero. Según el oficial que lo filió, era de color trigueño, de ojos pardos, de cabello y cejas color negro y su cara era regular, su nariz algo chata y de barba cerrada. Medía 1,60 m.

La ficha dice que, al incorporarse al ejército, como era usual en la época, se le leyeron las penas que preveían las Ordenanzas en caso de deserción. Como no sabía leer ni escribir hizo una cruz en su ficha en señal de aceptación de su incorporación y se le aclaró que esta circunstancia, la de ser analfabeto, no le serviría de excusa en caso de desertar. Dos sargentos del mismo regimiento fueron testigos de esto. Lo siguiente que sabemos sobre Alcaraz es que prestó juramento de fidelidad a las banderas el 9 de diciembre de 1812 y que, a pesar de las advertencias que se le hicieron, desertó del ejército muy poco tiempo después, el 2 de febrero de 1813.

Para desgracia de Alcaraz, las autoridades lo capturaron rápidamente –al día siguiente de su fuga—, y recibió por castigo cien palazos y fue destinado a limpiar el cuartel durante dos meses, en los cuales solo recibiría su ración de comida, pero no cobraría su sueldo. Sin embargo, tuvo suerte ya que no debió completar su castigo. La Asamblea del año XIII, con motivo de celebrar el inicio de sus sesiones deliberativas, dictó un bando otorgando un perdón generalizado para promover el regreso de todos los desertores a las filas y el fin de las penas para aquellos que ya hubieran sido castigados por este crimen.

¿Por qué desertó Alcaraz si se enlistó voluntario? Las deserciones son un tema muy estudiado y los historiadores acuerdan en que se producían como forma de escapar de la vida militar y su dura disciplina, por la falta de pago o la pobreza en que se encontraban los soldados, pero también por las necesidades insatisfechas de sus familias, que los llevaban a irse del ejército para colaborar con ellas, además, no todos estaban convencidos de arriesgar la vida por la revolución. No debemos olvidar que, destinados o voluntarios, lo que se establecía con las filiaciones era un contrato entre el individuo y el Estado. En el cual, el primero se comprometía a servir por una determinada cantidad de años, y el segundo a pagarle un sueldo, a alimentarlo, vestirlo, y armarlo. Lo cierto es que el Estado revolucionario no siempre logró cumplir su parte, por lo que los soldados muchas veces se sintieron legitimados a no cumplir la suya, por lo que daban por roto el contrato, y desertaban. Por otro lado, la deserción pocas veces era una cuestión individual, la mayoría que se alejaba del ejército lo hacía acompañado de otros soldados.

Pero volvamos a Silvestre Alcaraz. Decíamos que no fue su única deserción. Reincorporado al servicio, volvió a desertar el siete de abril de 1813. Esta vez logró permanecer fugado más de un año y recién el 4 de mayo de 1814, fue remitido a su regimiento. Pero no duró mucho ahí, ya que el 9 de julio se escapó de nuevo.  Esta vez se mantuvo fuera del radar de las autoridades por casi dos años. Sin embargo, el primero de febrero de 1816, fue capturado en Mendoza. La verdad, no se  sabe dónde había permanecido escondido, ni cómo llegó a Mendoza, pero sí que esta vez lo hallaron cerca de su lugar de nacimiento. En algún punto se podría decir que se anticipó a lo que podría haber sido su destino militar, ya que un piquete de su unidad fue destinado a Cuyo en noviembre de 1814. Por esa razón, cuando fue recapturado en Mendoza, se lo integró nuevamente al Regimiento de Artillería.

Para la revolución no era sencillo convertir a los paisanos en soldados. El proceso por el cual se iba disciplinado el cuerpo y moldeando el carácter de los reclutas, para que esos hombres se comportaran casi como autómatas en los campos de batalla, llevaba mucho tiempo. Por esa razón, los gobiernos también destinaban importantes recursos humanos y económicos para la captura de los soldados desertores. Aunque no todos eran devueltos al servicio, un porcentaje no menor era forzado a volver a las filas. Pero, además, los desertores muchas veces se convertían en un problema para la sociedad, ya que alejado de sus hogares, sin redes de contención, sin dinero ni empleo, terminaban cometiendo pillajes y saqueos. Por eso, más allá de que el gobierno encargaba la captura de desertores, y hasta se ofrecían recompensas, las autoridades locales lo hacían como una forma de mantener la paz social en sus comunidades o también para que las levas en busca de nuevos reclutas no recayeran sobre sus vecinos y sí sobre estos sujetos que eran percibidos como extraños.

Es indudable que la revolución contó con un buen número de soldados voluntarios. Hombres que por decisión propia optaban por integrarse a los ejércitos y durante un período largo de tiempo ceder parte de sus libertades, someterse a una dura disciplina y estar dispuesto a marchar a cualquier punto en que fuera necesario. Detrás de esta decisión se puede intuir la adhesión a la causa revolucionaria y los ideales por ella representada, pero más allá de eso, muchos otros vieron en la vida militar una forma de ganarse la vida. Los sueldos que se pagaban en el ejército estaban por encima de lo que recibía en promedio un peón o un jornalero, por lo que si el Estado cumplía con su parte y pagaba en tiempo y además vestía, alojaba y alimentaba a los soldados, ser un soldado quizás no estaba tan mal. Un buen ejemplo de esto podría ser la biografía de José Damián Agüero, un panadero de la ciudad de Buenos Aires, que se incorporó a los ejércitos de la revolución en octubre de 1810 y que en 1826 seguía en servicio activo. Nada de esto parece haber convencido a Silvestre Alcaraz, ya que desertó una vez más, el 1 de mayo de 1816, mientras estaba en Mendoza para ya no volver al ejército, o al menos las autoridades no parecen haber sabido más nada de él.

¿Esto quiere decir que Alcaraz no fue un patriota? No necesariamente. Pero sí nos está indicando algo muy importante: que la experiencia de la guerra no fue igual para todos aquellos que formaron parte de los ejércitos de la revolución. Y que para entender lo ocurrido con estos hombres, no alcanza con analizarlos desde una mirada romántica que vea a la revolución y la guerra únicamente como una gesta heroica, llevada adelante por soldados completamente seguros de la justicia de la causa, y que deje de lado los miedos, las dudas, las incertidumbres que también despertó en aquellos que debían enfundarse en el uniforme de soldados.

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