La retórica albertista: democracia y pluralismo

"El discurso de Alberto Fernández precisa valerse de esa mixtura dinámica porque su posibilidad de maniobra es precaria y, tal vez, mucho más limitada que la de sus antecesores" afirma el autor.

El concepto de pluralidad tiene una presencia clave en la narrativa del presidente Alberto Fernández y es utilizado como meta para alcanzar un ideario democrático de organización y contención de la ciudadanía. La apelación discursiva de la pluralidad no aparece como sedante o simulacro de inclusión, sino como un reconocimiento de conflicto y una intención de coordinación en contexto de crisis. De este modo, el aspecto de lo plural dialoga con una búsqueda de concertación y de tratativas que procuran, a toda luz, evitar la retórica de la grieta y el antagonismo.

Sin ir más lejos, en el discurso de asunción del 10 de diciembre del 2019, Fernández utilizó el concepto de pluralidad o lo plural en ocasiones especiales. En primer lugar, lo hizo para destacar el carácter fundamental y democrático de dichas palabras (como oposición al autoritarismo dictatorial), y también para recordar al ex presidente Raúl Alfonsín, pieza fundamental de su racconto histórico. “Asumía la Presidencia y nos abría una puerta hacia el respeto a la pluralidad de ideas y nos devolvía la institucionalidad que habíamos perdido”, expresó en el Congreso de la Nación.

En segundo término, Fernández remarcó la necesidad de concretar un empeño integrador y articulador del país a nivel global y de su gobierno como carta de confianza. “Plural, porque Argentina es tierra de amistad”, señaló con énfasis. Y con la misma intensidad, destacó la importancia de la pluralidad para apartarse de “la grieta” y diseñar “los grandes pilares institucionales y productivos de mediano y largo plazo -sin discusiones coyunturales-, rumbo a un desarrollo humano integral e inclusivo”.

Así, la instancia pluralista del presidente se empleó como una aspiración, enmarcada como política de Estado y “política de la sociedad”. Y para puntualizar aún más este abordaje, dijo: “Concertada, plural, integral y co-gestionada, más allá del plazo de nuestro mandato, entre todos los actores del sistema político. Para evitar los péndulos peligrosos que no hacen más que poner en cuestión la credibilidad de las instituciones”.

En los actos de gobierno y entrevistas posteriores, Alberto Fernández mencionó su objetivo de democracia plural y también sentó las bases para conformar una idea de socialdemocracia en clave peronista y con recuperaciones alfonsinistas. Esta orientación, que suele sacar de las casillas a algunos sectores del movimiento, parece ser la punta lanza del Frente de Todos para atravesar el actual escenario dual de enderezamiento económico y situaciones críticas.

Los hilos de la pluralidad

La vertiente alfonsinista sobresale, justamente, en el tono y en la centralidad que tiene la definición plural en la concepción democrática de Fernández. En su repaso por estaciones clave de la historia argentina contemporánea, el recuerdo del líder radical se sostiene en la democracia como significante elemental para congregar las expectativas en un período de posdictadura. “La democracia es la coexistencia de las diversas clases y actores sociales, de las diversas ideologías y de diferentes concepciones de la vida”, dijo Alfonsín en su asunción de 1983.

En una sintonía discursiva similar, durante la apertura presidencial de sesiones ordinarias de 2002, Eduardo Duhalde focalizó en la importancia de un gran “diálogo social” para sostener las instituciones luego del estallido de diciembre de 2001 y valorizar el hecho de “vivir en democracia y de aspirar a mejorar las condiciones de su existencia”.

En este sentido, las referencias pluralistas efectuadas por Alberto Fernández encuentran puntos de contacto con los abordajes de Alfonsín y Duhalde, tanto en la noción de tranquilización económica como en el aspecto discursivo de concretar un mapa amplio, más proclive al consenso y sin enfrentamientos directos. La diferencia está en la no desviación del conflicto y en la reafirmación de la disputa política, aunque sin alcanzar niveles altos de antagonismos ni de profundización de polarización, por lo pronto.

En ese reconocimiento del “ruido” de la política (una herencia directa del primer peronismo y del kirchnerismo), Fernández se acerca más a una idea “agonista”, que en la argumentación de Chantal Mouffe refiere “al conflicto como una cosa buena, como una cosa sana y como algo que no debe erradicarse, sino que se va a legitimar”. De esta manera, la construcción de adversarios desplaza a la constitución de enemigos y de oposiciones bélicas, configuradas por fuera del cuadro operativo de la política.

Coexistencia coral

En la retórica del presidente (y de una buena parte del Frente de Todos), la idea de “democracia pluralista” se potencia en función de ese agonismo en clave Mouffe y se sube a un tren de continuidades discursivas y políticas que incluyen al radicalismo (a Alfonsín, sin dudas), pero que también adquieren una nueva efervescencia por estar en un marco peronista.

El intento, no menos osado y complejo, consiste en echar a rodar un plan peronista sin antagonismos directos, con una presencia más “dialoguista” que intempestiva, y más consensuada que negociadora con dientes apretados. En este punto, la fusión de las voces entre Antonio Cafiero y Raúl Alfonsín son relevantes y recuerdan la pretensión renovadora del peronismo durante la segunda mitad de la década del 80, tras su derrota legislativa de 1985.

En los términos enunciativos de Alberto Fernández, la constancia de un orden no se aleja de la escena conflictiva ni tampoco parece ingresar en un mar de simulaciones. El norte está puesto en hacer pie en el consenso y en la regla elemental de un enfrentamiento que refuerce una temática de adversarios, más que una escena de enemistades a ultranza. Este discurso de coexistencia (anti-grieta, digamos) es coral y contiene una singularidad porque reúne distintas expresiones democráticas de los últimos cincuenta años de la política argentina.

Por lo que se ha visto en estos dos meses de gobierno, la “retórica albertista” refuerza la conceptualización de solidaridad y reestructuración social (en sintonía con el trunco “pacto social” de Perón en su última presidencia), retoma el significante democracia como factor de unidad y compromiso general ante la crisis (al igual que Alfonsín durante su gobierno), subraya la necesidad de un encuentro mediante el diálogo consensuado y en plan de emergencia (en relación a la perspectiva duhaldista de 2002) y se apoya en la reconfiguración de “un país serio”, latinoamericanista e inclusivo (en línea directa con Néstor Kirchner y Cristina Fernández).

Por último, cabe apuntar que el discurso de Alberto Fernández precisa valerse de esa mixtura dinámica porque su posibilidad de maniobra es precaria y, tal vez, mucho más limitada que la de sus antecesores si miramos el contexto regional y mundial. En este aspecto, la necesidad de rescatar otras narrativas permite que vaya perfilando una noción propia, dispuesta a la lectura del escenario político (una característica netamente peronista) y orientada a acompañar los cauces institucionales. Las demandas de la hora resultan fundamentales y, tal como canta Litto Nebbia: “Es por eso que no hay tiempo que perder, las hojas del calendario se caen, y nadie, nadie puede parar”.

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