¡Joder con la comida!

De las pizzas de Prat Gay y la pechuguita de Melconian al flan de Casero: qué oculta el gusto por las metáforas alimenticias en Cambiemos.

En palabras sencillas, la metáfora es un recurso retórico que explica una cosa en términos de otra. Es decir, propone un reemplazo del significante original para acercar su sentido a un público más amplio. Incluso hay posiciones teóricas que afirman que el lenguaje es una concatenación de metáforas, dado que no hay una relación natural entre el objeto y su signo, sino más bien, artificial e histórica.

 

En el discurso político, su uso es una práctica clásica. Las metáforas suponen una dimensión explicativa, pero también argumentativa en tanto postulan miradas particulares sobre la realidad. Ayudan a comprender y naturalizan las relaciones de poder. En ese sentido, para la investigadora Beatriz Alem, este recurso oculta el carácter político de las medidas de gobierno, ya sea en clave de organismo biológico (la inflación como “fiebre”, el “cáncer” de la corrupción, entre otras) o condiciones climatológicas (“brotes verdes”, “la tormenta”, etc.).

 

Más allá de los slogans de campaña y de gestión de gobierno, resulta llamativo en Cambiemos el recurrente uso de metáforas donde el eje es la comida para justificar medidas económicas. Nótese que no refiero a una cuestión sibarita, sino a la comida como valor y objeto en disputa que es representativo de un modelo de distribución de los bienes. Así, el alimento no sólo es mercancía dolarizada, sino un símbolo del avance mercado-técnico del neoliberalismo. La comida ya no es un derecho, sino un goce no permitido para las mayorías.

 

En ese plano, la lógica sacrificial en la que opera el neoliberalismo, en Argentina se tradujo en una dieta forzosa. Sin imposiciones estéticas del verano, no se proyecta una utopía, ni siquiera un ideal; aunque es posible de inferir dado que no admite permitidos, ni colaciones.

 

Esto redunda en el discurso de los dirigentes de Cambiemos como para sus para-políticos, en tanto que el ajuste y el conflicto se explican en platos y no en porciones de la torta. Por ejemplo, el ex ministro de economía Alfonso Prat Gay suavizó el impacto de los aumentos en las tarifas diciendo que equivaldría a “dos pizzas”. De tal modo, que con esa pequeña renuncia a un gustito de los fines de semana, se bajaba el “gasto público”.

 

En esa línea, el “gradualista” Prat Gay explicó los primeros despidos y reducción del Estado para quitarle “la grasa militante”. Un horizonte “fit” para alcanzar la tónica solicitada por el FMI y otros acreedores. Por su parte, el secretario de empleo y ex CEO de Techint, Miguel Ángel Ponte, no tuvo pruritos en expresar que la orientación de la política laboral consistiría en permitir a las empresas contratar y despedir con fluidez, tan natural como “comer y descomer” (sic).

 

Ollas, sí

Sin duda, el uso de la metáfora de la comida para la política no es algo novedoso. En los últimos años, la movilización de las organizaciones fue reducida a señalar a sus participantes como “choriplaneros”, donde la comida explica la adhesión y el precio de su voluntad. Incluso, los analistas políticos utilizaban metáforas como “pizza y champagne” y “sushi y champagne” para marcar estilos de gobierno, pertenencias clasistas y aspiracionales. Pero allí el recurso retórico se dirigía a los actores políticos y no al modo de denominar el conflicto y la estrategia para abordarlo.

 

El sacrificio de la dieta producto del acuerdo con el FMI, lo sintetizó el ex presidente del Banco Nación, Carlos Melconian con el menú obligado de “pechuguita y puré de calabaza”. Una referencia a la denostada comida de hospital: liviana y sin sabor. Es decir, sin goce.

 

Meses más tarde, el actor Alfredo Casero popularizó la frase “queremos flan” para parodiar a las organizaciones sociales y sindicatos de la oposición. Aunque los oficialistas no entendieron la metáfora y se arrogaron ese “nosotros”, el flan concentraba la demanda excesiva por el goce más que por la necesidad de comer. De ese modo, la receta del clásico postre se presenta como lujo y capricho. No es menor: la leche, los huevos, el azúcar y la fécula son los alimentos básicos que más han subido sus precios, baja de retenciones y devaluación mediante.

 

Otro caso lo configura la llamada política “saludable” de quitar el pan de las raciones escolares en CABA -para no hablar de la quita presupuestaria a comedores y centros asistenciales- ni siquiera para limpiar el plato. Esto que puede resultar anecdótico, es dramático en chicos que no llegan a las cuatro comidas diarias. Por lo que dejar las migas o el juguito del guiso, resulta un sacrilegio y lamer el plato no es pecado.

 

En la gran mesa de los avaros, hay lugar para el heroísmo. Sandra y Rubén, trabajadores de la educación pública, murieron por dar de comer a sus alumnos. Repito: murieron por ir a preparar el desayuno de cientos de niños, para asegurar retenerlos en la escuela. Comer y aprender para que sean parte de la mesa. Dar una taza de leche o un mate cocido que intente suturar los temblores de la crisis.

 

No obstante, la tragedia no termina allí. La metáfora se volvió carne cuando le tajearon en la panza a una auxiliar docente en Moreno: “ollas no”. Una negación marcada en el estómago como un estigma. Ni comida, ni comunidad, ni justicia.

 

Paradójicamente, la cultura mediática -en medios tradicionales como en redes sociales- postulan el “food porn” o “foodie” en imágenes y videos que enseñan recetas y combinaciones de sabores no con el fin nutricional, sino para empacharse. Una suerte de ostentación del placer del gusto y el exceso de calorías. En esos mensajes, la comida se vuelve una experiencia que hay que probar, explorar y por supuesto, desear.

 

Hoy la ñata va contra la pantalla del celular; al tiempo que los noticieros y los magazines insisten que hay que hacer un esfuerzo más. Sin embargo, las expectativas del ministerio de Economía y del presupuesto 2019 develan que no hay pan para hoy ni para mañana, solo queda el hambre.

 

 

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