Homenaje al Presidente Salvador Allende

El libro Un militar entre obreros y guerrilleros de Eduardo Gurucharri contiene una carta de homenaje que el mayor Bernardo Alberte le hace a Salvador Allende, en el mismo momento que multitudes argentinas marchaban desde el Obelisco hacia la embajada del país hermano gritando «Armas para Chile».

Esta carta está redactada por un milico del pueblo, abanderado del Colegio Militar con el mejor promedio de su camada. Que egresó primero en la Escuela Superior de Guerra y que para octubre de 1945 estaba preso, por querer tomar la Escuela de Infantería de Campo de Mayo para rescatar a Perón. El Mayor Alberte, ascendido por Cámpora a Teniente Coronel y por Kirchner a Coronel (p.m.), fue el primer asesinado por el golpe del 24 de marzo de 1976: sus «camaradas militares” lo arrojaron por una ventana del 9º piso ante la segura resistencia a su secuestro.

La carta

Quiero rendir hoy un homenaje a un revolucionario, a un valiente, a un digno representante de un pueblo oprimido y explotado permanente y sistemáticamente durante más de un siglo, a un latinoamericano amigo y compañero que un glorioso 5 de septiembre de 1970 se dirigiera a su Pueblo con estas palabras:

“Dijo el Pueblo: venceremos y vencimos. Aquí estamos hoy compañeros para conmemorar el comienzo de nuestro triunfo. Pero alguien más vence hoy con nosotros. Aquí están Lautaro y Caupolicán, hermanos en la distancia de Cuauhtémoc y de Tupac Amaru. Hoy aquí con nosotros vence O’Higgins, que nos dio la independencia política celebrando el paso hacia la independencia económica. Hoy aquí vence con nosotros Manuel Rodríguez, víctima de los que oponen sus egoísmos de clase al progreso de la comunidad. Hoy aquí vence con nosotros Balmaceda, combatiente en la tarea patriótica de recuperar nuestras riquezas al capital extranjero. Hoy aquí con nosotros vence también Recabarren con los trabajadores organizados tras años de lucha. Hoy aquí con nosotros vencen, por fin, las víctimas de las poblaciones de José María Caro, aquí con nosotros vencen los muertos de El Salvador y Puerto Montt, cuya tragedia atestigua por qué y para qué hemos llegado al poder. De los trabajadores es la victoria. Del pueblo sufrido que soportó por siglo y medio, bajo el nombre de la Independencia, la explotación de una clase dominante, incapaz de asegurar el progreso, y de hecho, desvinculada de él. La verdad la sabemos todos, es que el atraso, la ignorancia, el hambre de nuestro pueblo y de todos los pueblos del Tercer Mundo, existen y persisten porque resultan lucrativos para unos pocos privilegiados. Pero ha llegado, por fin el día de decir basta. iBasta a la explotación económica! iBasta a la desigualdad social! iBasta a la opresión política! Hoy con la inspiración de los héroes de nuestra Patria, nos reunimos aquí para conmemorar nuestra victoria, la victoria de Chile; y también para señalar el comienzo de la liberación. El Pueblo, al fin, hecho gobierno, asume la dirección de los destinos nacionales”.

Rindo mi homenaje y el de todos los argentinos peronistas y revolucionarios al compañero Presidente Salvador Allende, de quien recibimos su último mensaje y lo asumimos en toda su dimensión. Pues no hay ninguna duda que él quiso enviárnoslo y lanzarlo ante el mundo y ante los pueblos oprimidos, cuando decidió escribir personalmente con su sangre una página más de la trágica historia de los pueblos latinoamericanos.

Mensaje de sacrificio y mensaje de valor. De La Moneda, sólo me sacarán muerto, solía decir. Y cumplió y dio el ejemplo personal a todo el país y a todos los pueblos, haciendo suya la célebre frase de aquel guardia del Palacio: “la guardia no se rinde, muere, mierda”. No debemos dejar de recordar aquellas palabras pronunciadas en ese mismo mensaje, para agregar esta trágica enseñanza a todas las que en carne propia hemos recogido en nuestra propia lucha por la liberación nacional y social:

“Esta es una experiencia que los argentinos y los peronistas no debemos desaprovechar. La sufrimos en carne propia el 16-VI y el 16-IX-55 y hoy se repite en la carne y con la sangre de nuestros hermanos chilenos y de su valiente líder.

Si no supimos sacar enseñanza de la sangre derramada por nuestro Pueblo, del sacrificio de nuestros mártires, de Vallese, de Mussi, de Retamar, de Hilda Guerrero de Molina, de Valle, de Cogorno, de Ibazeta, de Irigoyen, de Cano, de Caro, de Navarro, de Bruno Cambareri, de Abal Medina, de Ramus, de Maza, de Maestre, de Mirtha, de Fernández Palmeiro, de Baldú, de Bianchini, de Mariano Pujadas y de sus compañeros caídos en la masacre de Trelew, de Lisazo y de los masacrados en José León Suárez. Si la historia no nos ha enseñado del sacrificio del Chacho, de Facundo, de Sandino, del Che Guevara. Si el sacrificio del compañero Allende y del pueblo chileno no nos sirve de enseñanza, no tengo duda que ni tiempo nos quedará pronto a ninguno de nosotros para seguir lamentando estas desgracias, una de las cuales, quizás no la peor, sea el segundo derrocamiento del gobierno peronista y de nuestro futuro Presidente el General Perón.

No hay ejemplo en la historia de la humanidad que nos muestre a los contrarrevolucionarios y a los reaccionarios utilizando métodos pacíficos para detener el avance de los pueblos. La metralla para apoderarse de los gobiernos es el primer paso de toda una cadena de violencias, de injusticias, de opresiones y de persecuciones, de represión feroz y despiadada, llevando tanta violencia a límites que la imaginación más frondosa no alcanza ni siquiera a concebir. No deben interpretarse erróneamente mis palabras y mi pensamiento. Los peronistas no somos partidarios de la violencia. Queremos que nos dejen trabajar en paz y vivir en paz. Pero hemos aprendido por experiencia propia, que nos ha costado muy cara, por no saber aprovechar la ajena, que si queremos vivir en paz, debemos estar preparados para la guerra.

Hemos desarrollado y organizado una fuerza que nos ha servido para derrotar a las dos dictaduras militares: la de Aramburu-Rojas y la de Onganía-Lanusse. Y esas fuerzas están intactas, pero deben estar alistadas para defender el gobierno popular que asumirá el 12- X y al Gral. Perón. No para presionar o imponer una política o una estrategia cuya responsabilidad corresponde al conductor, a nuestro conductor, el Gral. Perón, sino para respaldarla y asegurarla.

(…) Por eso la tarea es de lo más compleja y variada. Es permanente y continua. La Unidad Básica debe dejar de ser el modelo del comité tradicional, donde sólo funcionan las “roscas” para enfrentamientos internos o para conseguir influencias en los escalones oficiales de gobierno con vistas a obtener puestos o recomendaciones. Deben ser fortines que dedicarán su gestión a organizar el barrio, para movilizarlo en apoyo de la gestión popular, que se dará a través de la lucha por las reivindicaciones más simples de los sectores obreros, de los comunales, de los zonales, etc. Para exigir a los funcionarios o delegados oficiales el cumplimiento del mandato del pueblo. Para controlar su gestión, colaborando así en las escalas más alejadas del control del conductor con la política que él imponga e impulse.

La organización en los lugares de trabajo. Los comités de fábrica para disputar a las conducciones entreguistas y burocratizadas la conducción de los trabajadores, es tarea prioritaria. Todo esto sin impaciencias superizquierdistas. Debemos recordar la frase de Perón: Ganar lo que se puede ganar; neutralizar lo que no se puede ganar, pero siempre dejar al enemigo en inferioridad de condiciones”.

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