Futuro nacional y coyuntura latinoamericana

Latinoamérica en el mundo actual. La importancia de los devenires de Colombia y Brasil para la reconfiguración del mapa regional. El desafío de no retroceder donde aún se sostienen posiciones.

En dos semanas la segunda vuelta colombiana dirimirá la reñida disputa entre Gustavo Petro y Rodolfo Hernández, de la que se derivan dos perspectivas de país bien diferenciadas, así como en cuatro meses Brasil se verá envuelto en una de las disputas más álgidas del continente en las últimas décadas cuando Lula Ignacio Da Silva pretenda derrotar electoralmente a Jair Bolsonaro. Ambos resultados, así como antes los de Chile y México, resultan fundamentales para pensar los destinos de nuestros países del continente. Algo similar sucedió en Argentina en 2015, escenario que se repetirá nuevamente el año que viene. 

Si bien, tal como ha señalado reiteradamente en los últimos tiempos el ex vicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera, no estamos frente a un simple momento de retorno de los procesos anteriores, es importante entender en profundidad lo que está en juego en cada coyuntura. Obviamente, las reformas de primera generación lograron altas tasas de crecimiento económico, marcadas por una disminución de la desigualdad y una vigorosa redistribución de la riqueza. En cambio en esta “segunda ola progresista” (por utilizar aquí un término que no nos gusta demasiado) parece estar más marcada por el signo de la moderación y la ausencia de liderazgos carismáticos, incluso cuando entre sus filas persisten muchos y muchas de quienes en el pasado jugaron ese rol pero hoy ya no (Cristina Fernández como vice de Alberto y liderando la corriente mayoritaria del espacio gobernante; Lula con una candidatura a vice conservadora; Petro con declaraciones muy alejadas del radicalismo que sus adversarios le quieren endilgar; Borik ateniéndose a aclarar más de lo que muchos de sus simpatizantes, adherentes e incluso compañeros de ruta pretenderían escuchar) en el plano de lo político, pero también aún una mayor moderación que sus antecesores en el plano económico y social (por más que la primera ola progresista no tocó en general la matriz estructural heredada de las reformas económicas de las dictaduras, permitió durante esa década sacar de la pobreza a 70 millones de latinoamericanos y de la extrema pobreza a 10 millones).

Así y todo, y más allá de este rasgo epocal, no resultaron menores los resultados de cada comicio (los de Colombia en junio; los de Brasil en octubre; los de Argentina en un año), no sólo para cada uno de estos países, sino para el conjunto de la región. Ni qué hablar para el decurso de los procesos en países como Cuba, Nicaragua y Venezuela, los tres países mencionados por el presidente argentino Alberto Fernández para que no fueran excluidos de la Cumbre de las Américas que se realizará en Los Ángeles durante los próximos días (rol dinámico el de Alberto, actual presidente Pro Témpore de la CELAC, que ya se había visto en juego con el respaldo a Evo Morales frente al golpe de Estado en Bolivia y en su visita a Lula durante su detención en Brasil).

Claro que a diferencia del proceso anterior de los denominados “gobiernos progresistas”, asentados sobre un suelo de rebeliones e insurgencias populares (del alzamiento zapatista en México a las guerras del agua y del gas en Bolivia, pasando por el Caracazo en Venezuela, la insurrección de diciembre de 2001 en Argentina y las revueltas indígenas en Ecuador), hoy sólo Chile y Colombia tienen en sus posibles gobiernos posneoliberales ese suelo de apoyo, pero en un contexto regional e internacional mucho más complicado, no sólo debido a la moderación del resto de los procesos (de gobierno, pero también de luchas sociales), sino además por la aparición de fenómenos de una derecha que se para a la derecha de la derecha neoliberal (valga la redundancia), con posturas más radicales en cuanto a sus planteos sexistas, racistas, clasistas y xenófobos, anti-derechos en todos los planos, por momentos ideológicamente alucinados pero con fuerte arraigo social, en un contexto en el que la lógica de instantaneidad, vertiginosidad, frivolidad y a-criticismo que instalan las redes sociales virtuales, hacen posible muchas dinámicas hasta hace no muy poco tiempo inimaginables. 

Poscuarentena y multilateralismo capitalista

Parece quedar cada vez más claro que, en el nuevo orden mundial del capitalismo neoliberal, las posibilidades de encontrar alguna solución para cada país (sobre todo en Latinoamérica) dependen de la conformación de un bloque regional, y del desenvolvimiento de la dinámica internacional. De allí la importancia de recuperar ese latinoamericanismo tan típico del ciclo anterior de gobiernos progresistas, pero también, tan presente en la tradición de las militancias antiimperialistas, e incluso, en los patriotas que nos liberaron del yugo colonialista en el siglo XIX. 

La capacidad de ampliar nuestra imaginación histórica para quebrar la lógica del realismo capitalista (la era en la que parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo), de todos modos, estará íntimamente ligada a la posibilidad de llevar adelante algunas experiencias en los países de nuestro continente y, en este sentido, la tradición nacional-popular ha mostrado también en lo que va del siglo XXI ser la que cuenta con mayor capacidad de ejercer contrapoderes que bloqueen el avance neoliberal, en términos de proyectos y programas de gobierno, aunque no en tanto lógica que se encuentra presente en el Estado y la sociedad.

De allí que no resulte menor el modo en que se conforme el mapa de gobiernos en la región en los próximos años, tanto a nivel de procesos que logren sostenerse (Chile, Bolivia, Venezuela, Argentina) como de otros que puedan obtener victorias electorales ante sus adversarios (como Brasil; Colombia). En ese concierto, la Argentina (por tradición, por acumulación de fuerzas, por referencias hacia otros procesos), debe asumir la cuota de responsabilidad ya no sólo hacia quienes cada día la sostienen con el esfuerzo de su trabajo al interior de sus fronteras, sino hacia el resto de los pueblos hermanos. 

Recuperar iniciativa en proyectos como el MERCOSUR y mayor dinamismo en la CELAC, pero también, respecto a la gestación de un nuevo internacionalismo de los pueblos, será fundamental, para asumir en términos prácticos que las estrategias de construcción militante y de mayorías sociales en cada país no es ajena al intercambio con quienes están llevando adelante la lucha en otras tierras. 

Los dos años de pandemia, el proceso permanentemente ascendente de China y la invasión rusa a Ucrania reconfiguran el mapa mundial hacia una perspectiva conflictiva de multipolaridad. De todos modos, convendría no analizar ese escenario (el contrapeso ruso-chino a Estados Unidos), con las anteojeras del siglo XX, ya que ni el gobierno de Putin en Rusia ni el Partido Comunista Chino expresan hoy por hoy nada que tenga que ver con proyectos populares emancipatorios, aunque resulte auspicioso para Nuestra América el vínculo económico y comercial con estos países. 

Lo nuevo no termina de nacer, lo viejo no termina de morir, pero como siempre en tiempos de crisis, la audacia de los pueblos es la única que puede hacer que los males que nos aquejan no sean abordados con recetas que traigan aparejados males aún peores.

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