Evita y la fuerza de los cabecitas negra

Setenta años desde su “pasaje a la inmortalidad” y Evita sigue despertando pasiones de las más intensas. La figura que hizo historia, el mito, el legado.

Como toda y todo cabecita negra, Evita ha pasado también, ella misma, por esa dialéctica de humillación y de silencio de la que hablaba Oscar Masotta a propósito de Roberto Arlt, pero a diferencia de los personajes literarios por él analizados, en su historicidad, Eva logró romper el círculo vicioso y hacerse oír. Pero ojo: no es tan sólo la voz singular de esa joven mujer de provincias la que se hace oír, sino la del conjunto de humillados y ofendidos que se sienten expresados en su nombre. Y es precisamente por el reconocimiento del dolor que han padecido que los descamisados logran, durante el peronismo, sortear esa “imposibilidad de contacto entre humillados” que aparece en el mundo arltiano. Ya no desconfianza y repulsión entonces (y por lo tanto odio y silencio), sino grito que busca trascender la inmundicia del mundo. Grito desgarrador, y amor, que establece lazos de hermandad entre los hombres y mujeres del pueblo, y entre éstos –en tanto comunidad— y Evita, símbolo de las y los de abajo, o como supo decir alguna vez David Viñas, monumento al cabecita negra. 

Desde abajo y la periferia

Doble humillación la de Eva: mujer pobre e hija ilegítima. Esa falta de tradición la llevó a inventarse a sí misma, como en un papel dramático. Incluso antes de conocer a Perón, y en pleno desempeño de su vida artística, Evita (o más bien, María Eva), fue primero delegada y luego presidenta de la Agrupación Radial Argentina. Condición gremial que comúnmente se olvida, como subrayó Norberto Galasso, y que puede ser leída como el reverso del frívolo mundo del espectáculo, tan proclive a los abusos.

Humillación y resentimiento, dos palabras que “en política” bajan el precio y que, sin embargo, supieron ser profundamente resignificadas por la filosofía y la literatura, por la crítica cultural, incluso por el ensayo militante. De Fiodor Dostoyevski a Mark Fisher, pasando por Frantz Fanon y Jean Paul Sartre, o el grupo Contorno en Argentina.

“La diferencia entre resentir la clase dominante y envidiarla, es que los celos implican un deseo por volverse clase dominante, mientras que el resentimiento sugiere una furia hacia su posesión de recursos y privilegio. Un resentimiento que lleva solo a la inacción quejosa es ciertamente la definición misma de una pasión inútil. Pero el resentimiento no tiene por qué terminar en impotencia…”, asegura Fisher.

El desgarramiento íntimo frente a las injusticias, en Eva, funciona como causa-motor del compromiso con las mujeres y hombres en la lucha por la justicia social. Porque la injusticia social es un veneno (“los ricos como árboles, los pobres como pastos”): separa a los cuerpos de lo que pueden, diríamos con el filósofo Spinoza. De allí el compromiso profundo de Evita. Su comprensión cabal de que la “cosa por hacer” era la revolución.

Sentirse pueblo

Descamisados, en la narrativa evitista, no es tanto una posición en la estructura social como un sentimiento político: sentirse pueblo es lo fundamental. Por eso las y los cabecitas negras funcionan en su discurso como un eje vertebrador de fuerzas poderosísimas que sostienen el andamiaje sobre cuyo esqueleto se levanta el edificio mismo de la revolución peronista. El movimiento, insiste Eva, no podría definirse sin ellos, sin su organización. “No será posible el justicialismo sin el sindicalismo”, puede leerse en “La razón de mi vida”. 

Desde esa concepción se entiende al justicialismo como aquella propuesta política que sólo concibe a una sola clase de hombres (y mujeres, diríamos hoy): “los que trabajan”.

Esa perspectiva instaura un sectarismo al interior del amplio movimiento. “Soy sectaria, sí. No lo niego”, insiste Eva, para preguntarse si alguien podría negarle ese derecho, si alguien podría negarle a los trabajadores el humilde privilegio de que ella esté más con ellos que con sus patrones. Argumento que remata con la enérgica frase: “mi sectarismo es además un desagravio y una reparación”.

Reescrituras

En 1972 Leónidas Lamborghini escribe “Eva Perón, en la hoguera”, reescritura de “La razón de mi vida” que se sitúa más cerca del espíritu de “Mi mensaje”, el texto final de Evita, su testamento. Ese poemario extenso de Leónidas funciona como una variación, un juego textual y político sobre la figura de Evita y sus modos de entenderla, pero también de disputarla en aquellos agitados años. 

“No a resignarme. por fin llegó. ese fue:/ mi día hay/ mi maravilloso./ un camino nuevo:/ lo por hacer. la cosa por./ la revolución por. ese fue. lo vi desde. fuego: un grito/ un día/ hay./ un momento hay./ un maravilloso hay…”

La desbordante Eva de Lamborghini expresa hasta el límite su amor por Perón, por la causa (peronista), por los humildes (los descamisados). Amor que arde hasta incinerarla. Por eso ese amor no puede entenderse sin su reverso: el odio (a la oligarquía). Sacrificio y entrega que consumen su cuerpo. Fanatismo y devoción. La construcción del mito.

Legados

Ni bien fallecida Eva se instalaron grandes retratos con su rostro en Plaza de Mayo, Constitución y Plaza Miserere. Inmediatamente miles de hombres y mujeres del pueblo comenzaron a llevarle flores. En los barrios de la Capital Federal, del Conurbano y de miles de pueblos de todas las provincias se comenzaron a improvisar altares: una foto de Evita enlutada por un crespón, flores, velas, gente arrodillada rezando fue una imagen que se multiplicó por la patria entera. ¿Qué expresaba esa devoción? ¿Cómo entender ese fenómeno desde el racionalismo desde el que tradicionalmente se pensó la política?

“El velorio de Evita, el más importante que haya presenciado el país en su historia, fue una explosión de dolor colectivo que rebasó todas las previsiones del gobierno”, escribe 

Marysa Navarro en su biografía de Evita. Y cuenta que, en un primer momento, desde el Estado se había contado con el fenómeno se podría extender por tres días, pero luego de ver las enormes colas de gente que esperaban pacientemente despedir su cuerpo, se decidió extender el plazo. Aunque dispuestos a concederle los más altos honores, parecía que se no hubiera calibrado el impacto que ella había tenido en el pueblo y la sensación de pérdida personal que éste había experimentado. Las colas se alargaban a veces hasta más de treinta cuadras y muchas fueron las personas que aguardaron hasta diez horas para poder entrar al Ministerio. La Fundación y la Cruz Roja cuidaban de los que se desmayaban, agotados por el sueño y el cansancio. Distribuían café y sándwiches junto con conscriptos que ayudaban a mantener el orden y con sus cocinas de campaña contribuían a alimentar a esa masa humana silenciosa  que insistía en querer verla. La ciudad estaba totalmente paralizada. De las iglesias salían murmullos de responsos y ecos de las constantes misas por el alma de Evita. “Sólo las voces de cánticos funerales, propalados por los altavoces que funcionaban junto al obelisco de la plaza de la República, interrumpían la sensación de metrópoli callada”, escribe Navarro.

Fue esa intensidad de su vida y de su muerte la que hizo perdurar su legado por siete décadas, hasta inspirar en la Argentina contemporánea nuevas expresiones de protagonismo social, que enlazan con esa tradición política. 

“La hora de los pueblos no será alcanzada por nuestro siglo si no exigimos participación activa en el gobierno de las naciones… Como nosotros hemos hecho en nuestra tierra… llevando a los obreros y a las mujeres del pueblo a los más altos cargos y responsabilidades del Estado”, arremete Evita en “Mi mensaje”. 

Palabras poderosísimas que parecen no perder vigencia en este siglo XXI, en el que la fuerza de su legado se acosa la mente de los poderosos como una pesadilla, al tiempo que reaviva brazas que alimentan el fuego de los sueños de los sectores más humildes, las y los condenados de la tierra, que amenazan cada tanto con volver a transformarse en el subsuelo de la patria sublevado. 

Mariano Pacheco es escritor, periodista e investigador. Autor, entre otros libros, de “Cabecita negra. Ensayos sobre literatura y peronismo” (Punto de encuentro) y “Montoneros silvestres. Historias de resistencia a la dictadura en la zona sur del Conurbano” (Planeta).

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