De la primavera árabe al Oriente Express

La influencia de Estados Unidos en los derrocamientos de gobiernos en países como Túnez, Libia y Egipto tiene como telón de fondo una crisis europea donde la caída de España, Grecia e Italia solo parece estirar en el tiempo la amenaza del anarcocapitalismo sobre Alemania, Francia e Inglaterra.

La primavera árabe es ya un eufemismo irrespetuoso. A la hora de contar a las víctimas, si se sumaran los muertos que han provocado estas movilizaciones, revoluciones e invasiones, posiblemente lleguemos a las 70.000.

Es difícil creer que la caída de una serie de gobiernos densos y extensos como eras geológicas las haya provocado la inmolación de un joven tunecino, vendedor ambulante de frutas, Mohamed Bouazizi, que en diciembre de 2010, en protesta por la arbitrariedad policial que había incautado su mercancía, se roció con nafta y se prendió fuego frente a la delegación policial de Sidi Bouzid a unos 200 kilómetros de la capital en el interior de Túnez. De allí en más, la historia es conocida. Otros comerciantes protestan, se unen los jovenes que denuncian la falta de trabajo y empiezan a manifestarse. Hasta que cae el gobierno de Zine Abidine Ben Alí, quien huyó rápidamente a un dorado y multimillonario exilio en Arabia Saudita. Ben Alí fue un tiranuelo de poca monta, entrenado como perro de ataque en las academias de Saitn-Cyr en Francia y en la Senior Intelligence School de Fort Holabird en los Estados Unidos. Es curioso que el joven frutero finalmente le haya ganado la partida a este general especializado en represión, que ostentaba el cargo de presidente desde 1987 y que las últimas elecciones las había ganado por el 99, 91% de los votos. Sí, leyó bien.

Túnez superó la situación revolucionaria con unas elecciones donde se impuso el Movimiento Al Nahda, islamistas moderados encabezados por Rached Gannouchi, que vivió exiliado durante veintidós años en Londres, y lleva a vía muerta los sueños de revolución.

El tren de la revolución árabe comenzó a extenderse por el Magreb y su siguiente estación fue en la plaza Tahrir en pleno centro del Cairo, a partir del 25 de enero. Multitudes de egipcios se sostuvieron durante semanas ignorando la represión y los quinta columnas que les infiltraron. La decisión estaba tomada y el gran traidor de Palestina, el presidente Hosni Mubarak, uno de los mandatarios árabes más pro israelí cayó finalmente, después de treinta años en el poder sostenido por los Estados Unidos, que le permitieron amasar una fortuna varias veces multimillonaria. No tuvo ocasión de escapar y hoy está siendo enjuiciado por sus antiguos subordinados.

Tras dieciocho días de protestas por todo Egipto, con varias decenas de muertos, cayó el 18 de febrero y lo continúa una junta militar encabezada por el mariscal de campo Mohamed Hussein Tantaui que se hizo cargo del poder para entregarlo al ganador de unas fortuitas elecciones que no llegan, y por lo que nuevamente el pueblo egipcio se ha presentado en la plaza Tahrir. Y aunque en estos últimos cinco días ya llevan más de treinta muertos, no se va a retirar hasta que finalmente las elecciones tengan más, que una fecha cierta, una fecha creíble.

En marzo, las fuerzas de la OTAN, encabezadas por los Estados Unidos, Francia e Inglaterra; un grupo de insurrectos y agentes de Al-Qaeda, reclutados por el jeque Saudí Bandar ben Sultan, en diferentes santuarios terroristas; musulmanes no árabes de Asia Central, el sudeste asiático y Afganistán; llegaron a Libia para derrocar a Gaddafi.
Las bombas de occidente arrasaron en seis meses el país más avanzado de África y aniquilaron más de cincuenta mil ciudadanos libios.

La atención internacional que despertó la invasión y aniquilamiento de la Libia de Muammar Gaddafi hizo pasar casi distraídamente los levantamientos de Bahreim y Yemen donde por ejemplo el presidente yemení, Ali Abdullah Saleh, resultó herido el 3 de junio en el bombardeo al palacio presidencial. Saleh fue operado en un hospital de Riad, mientras que en Saná el vicepresidente Abderabu Mansur Hadi se hizo cargo del gobierno, y logró un pacto de alto el fuego con un importante líder tribal, Sadeq al Ahmar.

Y allí parece quedar en vía muerta el tren de la revolución, con un gatopardismo alentado por el Departamento de Estado. Las fuerzas beligerantes se están reacomodando y nada cambió realmente más que de forma. Incluso en Libia, donde los cambios fueron más drásticos y dramáticos, el poder sigue en manos de los mismos funcionarios que hasta hace solo unos meses rendían pleitesías al Coronel Gaddafi.

Los islamistas, con sus variantes como los salafistas, muchos más ortodoxos, las diferentes adaptaciones de los Hermanos Musulmanes y grupos como Al Qaeda y sus versiones locales están apostando momentáneamente a un juego democrático, esperando arrebatarle el poder a los testaferros occidentales para instaurar teocracias. Mientras los Estados Unidos y la banca internacional, sobrecargados de trabajo, acaban de hacerse cargo de las tres nuevas colonias europeas (grecia, italia y españa, sí, en minúsculas) debido a la crisis económica que sigue devorando puestos de trabajo y confianza en todos los dirigentes europeos, incluyendo a Merkel, Sarkozy y Cameron, que sin reflejos solo pueden seguir la hoja de ruta desdibujada en Washington.

¿Damasco en la ruta a Teherán?

Estados Unidos desde hace décadas esta quitándole enemigos al estado fascista de Israel. Por eso concibió a Mubarak en Egipto, sostiene a dictadorzuelos adormecidos por lujos occidentales en la ribera francesa, pistas de esquí suizas o canchas de polo argentinas.

Siria es una deuda en la restructuración de medio oriente programada por los Estados Unidos desde 2004, pero el pantanal afgano y el difícil retorno de Irak, han postergado los planes iniciados por Georges W. Bush, que continúa Barack “Tío Tom” Obama.

Según fuentes occidentales, ya son más de tres mil quinientos los muertos por la dictadura de Bashar al-Assad, que está reprimiendo las manifestaciones espontáneas del pueblo sirio. Para el gobierno sirio, los muertos alcanzan la mitad y están siendo asesinados por francotiradores salafistas y desertores del ejército sirio alentados por la CIA y el Mossad.

La prensa occidental acusa al gobierno de Bashar al-Assad de disparar sobre el pueblo alentando la campaña de desinformación para justificar la intervención militar occidental. El ex oftalmólogo londinense Bashar al-Assad insiste que son intentonas de desestabilizar el gobierno heredado de su padre Hafez al-Asad cual rey común y corriente.

Siria es un enclave difícil para Occidente por su posición geográfica, con acceso al Mar Mediterráneo y fronteras con el Líbano, Turquía, Irak y Jordania; autosuficiente en petróleo, de estrechas relaciones con Irán y una larga historia antinorteamericana e intransigente frente a las arbitrariedades del estado fascista de Israel.

Occidente hace meses acecha al gobierno de Bashar el-Assad, pero no puede definir su caída por la negativa de China y Rusia, que ya han permitido demasiadas ingerencias a los Estados Unidos y sus socios, incluyendo a Arabia Saudita y Turquía convertida en el gendarme regional, con estrechas relación también con Israel. Por otro lado y en la misma dirección, Nicolás Sarkozy (recordemos que Siria fue colonia francesa) insiste en convertir el país en una nueva Libia, incitando una guerra civil.

Próxima estación Teherán… y las que siguen

Sin duda, Damasco es la última estación antes de que llegue a Teherán este tren de la muerte que han iniciado los Estados Unidos, sus socios de la OTAN, el estado fascista de Israel y algunos gobiernos dóciles de la región, que van fundamentalmente por el petróleo y el gas de toda la zona.

Los fascistas de Tel Aviv siguen amenazando con un ataque nuclear a Irán, con el artilugio de querer evitar que Teherán consiga construir una bomba atómica, sin preguntarse por qué ellos tienen derecho a tener armamento nuclear que se calcula en 2000 ojivas nucleares.

La decisión es urgente. Los cables internacionales mientras se escriben estas líneas mencionan la pronta caída de Bashar Al-Asad, ya que un ataque a Irán por cuestiones climatológicas desde Israel podría realizase hasta las primeras semanas de diciembre.

Las cuestiones urgen. La semana pasada Obama y su secretaria de estado Hillary Clinton tuvieron una maratónica gira por naciones del Pacífico reflotando tratados de ayuda mutua, militar esencialmente.

Si trazáramos una línea conectando los puntos recorridos por Obama y Clinton, encontraríamos un extraño aro que sitia a China, quizás el destino soñado del tren que sigue marchando por el cercano oriente. Pero se necesita mucho petróleo para llegar a Beijing.

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