Celedonio Carrizo: La vida entre los cañaverales y el desierto.

A 50 años de la masacre de Trelew, perpetrada el 22 de agosto 1972 por la marina en la Base Aeronaval Almirante Zar, entrevistamos a Celedonio Carrizo, militante montonero y partícipe de la fuga.

¿Dónde naciste y comenzaste tu militancia?

Yo nací en Jujuy hace 72 años y empecé a militar a los 15 con unos compañeros que estudiaban en Córdoba y en el verano volvían a Jujuy a pasar las fiestas con sus familias. Eran un poco más grandes que yo, pero nos conocíamos de chicos y yo andaba por ahí boludeando cuando me empezaron a integrar a una militancia que ellos tenían con compañeros del integralismo y toda esa cuestión universitaria. Ellos también tenían relación con Gustavo Rearte, que fue a Jujuy y nos organizó como una agrupación de la Juventud Revolucionaria Peronista y empezamos a trabajar como JRP. Queríamos estar dentro de las estructuras de la Juventud Peronista, cosa que no nos dieron mucha pelota, porque ahí estaba Martiarena manejando todo lo que eran las agrupaciones del peronismo.

¿Quién era Martiarena?

Humberto Martiarena era el mandamás de lo que fue el Partido Justicialista. A nosotros el partido ya no nos interesaba, pero si nos considerábamos militantes peronistas y fuimos a disputar un espacio dentro de la JP; nos echó, nosotros no nos fuimos. Éramos una agrupación muy chica como todas las organizaciones de ese momento. Entonces, nos fuimos metiendo dentro del desarrollo que había en Fabricaciones Militares, porque ahí trabajaba la mayoría de la gente de San Salvador. Yo todavía no trabajaba, pero parte de mi familia si lo hacía en Zapla, ahí nos desarrollamos.

Fabricaciones Militares era el polo siderúrgico más grande que había en la Argentina y se fue desarrollando cada vez más. En ese momento eran los militares los que conducían la fábrica, después se retiraron y les fueron dando paso a otros. Ese fue un poco el inicio. Después, con el desarrollo de la militancia, comenzamos a tener relaciones con otras organizaciones de Salta, de Tucumán, todas eran agrupaciones chicas y periféricas de lo que fue la gran explosión de las organizaciones armadas. Teníamos más relación con los Tacos, pero no nos integramos a la FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), aunque sí participamos en algunas cosas con ellos; en realidad, les servíamos de base en algunas incursiones que hicieron en el territorio. 

En ese momento estaba el Ejército Guerrillero del Pueblo con Mascetti, pero eso fracasó, se perdieron, no conocían el territorio, con algunos que después cayeron en cana había alguna relación, otros se murieron. Después las FAP nos invitaron a participar en la experiencia de Taco Ralo, pero no lo hicimos y algunos de ellos hicieron algunas incursiones en el territorio cerca de Santa Laura; los ayudamos a instalarse, pero les dijimos: “Si en esta zona ustedes no tienen base, van al muere”. Lo hicieron de todas formas y cayeron en cana, ese es el inicio. Después nosotros quedamos en la policía, en el año 70’, durante la dictadura de Onganía. Pero sucedieron otras cosas como el nacimiento de Montoneros el 29 de mayo, con el secuestro y la ejecución de Aramburu.

Ahí muchos compañeros empezaron a mirar a esa agrupación como un símbolo importante, nosotros teníamos la posibilidad de hacer un enganche con ellos, pero no se dio. Los compañeros iniciales de la JRP, que venían de Córdoba a fin de año, empezaron a estrechar los vínculos con agrupaciones de Salta y Tucumán. Algunos de nosotros no queríamos esa relación, pero estábamos reticentes a armar un frente con ellos. Lo armaron igual cuando nosotros caímos en cana en medio de esa discusión. Yo caí después de La Calera, porque tuvimos que refugiar a algunos compañeros de Montoneros que vinieron de ahí. Eso nos unificó. Yo era chico todavía, en ese momento tenía 20 años. Recuerdo que los guardamos, que los sacamos por los cañaverales, hasta que se reencontraron con sus contactos y salieron del territorio. No sé adónde, pero los sacaron.

¿Qué año era?

Yo caigo en cana en octubre del 70’, después de La Calera, y nos aplican la Ley del Camarón, la cual acababan de hacer para Montoneros, porque nos habían encontrado un montón de armamento, explosivos y toda una serie de cosas, que nos metieron directo al camarón. Por esa razón nos trasladaron a Tucumán, ahí estábamos a cargo de la Cámara Federal del Tribunal de Apelaciones de Tucumán, en el penal de Villa Urquiza. En este lugar nos encontramos con otro grupo de compañeros que no conocíamos en ese momento, pertenecían al ERP, habían hecho un banco con compañeros del peronismo revolucionario, algunos que venían de las FAP y otros que andaban por ahí. 

Eso nos significó una relación con el ERP, allí lo primero que hicimos fue un plan de fuga, el mismo se concretó el 6 de septiembre del 71’. Lograron escapar  algunos de los que estaban iniciando la ruptura con el bloque este del norte y algunos no participaron porque nos dijeron: “Ustedes no van porque son muy chicos”. Se escaparon catorce o quince compañeros, dos estaban en el FRP (Frente Revolucionario Peronista) y los otros en el ERP, entre ellos Ramón Rosa Giménez, Urteaga, Coco y Santillán, compañeros importantes en ese momento.

Eso nos valió que nos quedáramos adentro, porque el ataque fue violento. Abrieron el portón con el peligro de una garrafa y a un compañero lo pusieron en el medio, por lo que no pudieron cerrar la puerta y ahí se inició la fuga de Villa Urquiza. Fue violento porque hubo seis muertos. No nuestros, sino del servicio penitenciario. Se armó un tiroteo, nosotros nos fuimos para adelante a ver si podíamos rajar alguno de los más chicos en medio del tiroteo, pero no teníamos fierros y pegamos la vuelta. Los compañeros tenían alguna pistola que manotearon cuando empezaron a reducir a los guardias. La fuga logró que nos aislaran, con lo cual quedamos más desprotegidos. Pensábamos que nos iban a matar a garrotazos a la noche, por suerte no lo hicieron porque intervino el ejército. Este hizo algo que nosotros no preveíamos. Cuando entraron, dijimos: “Ahora sí que nos matan”. Pero no, más allá de los simulacros de fusilamientos y de desnudarnos, no hicieron. 

Después a la mañana nos dijeron que salgamos otra vez. Nos llevaron al aeropuerto y nos subieron a un avión militar. Viajamos como 4 horas, íbamos recontra amarrados, entrelazadas las manos con otro compañero, pero podíamos mirar un poco por la ventanilla y veíamos desierto, desierto, y más desierto. Nos preguntábamos dónde carajo nos llevaban. Terminamos en el aeropuerto de Trelew y de ahí a Rawson que es cerquita.  Esperamos a que llegaran otros aviones que venían de Córdoba y otros penales del interior, desde ahí partimos a la Unidad 6, la cárcel de máxima seguridad. 

Fue en ese entonces cuando nos juntamos con compañeros de la FAP, Montoneros, ERP, de las FAR y nos fuimos reconociendo unos con otros. Nosotros ya habíamos hecho la ruptura con la organización del norte y el Gallego Pujadas nos preguntaba qué pertenencia teníamos, le respondimos que no pertenecíamos a ninguna organización, que estábamos abiertos de todo, pero que éramos peronistas. Entonces, nos incorporaron a ese espacio, pero no nos dejaron participar de ninguna reunión, hasta que llegó un compañero que habíamos refugiado nosotros. Cuando llegó nos reconoció. A partir de ese momento nos incorporaron al espacio chico de Montoneros. Después con las FAR y el ERP se empezó a discutir un plan de fuga otra vez y por otro lado la formación de cuadros de todos los grupos de FAR y Montoneros. En el plan de fuga las FAP no participó, porque ya habían optado por el trabajo de base, pero estaban al tanto del mismo.

¿Cuántos presos había en ese momento?

Creo que llegó a haber unos cuatrocientos presos, pero los que participamos en las estructuras de la fuga seríamos más o menos unos doscientos compañeros, mientras que los participantes en el plan operativo éramos ciento y pico. 

¿Vos estabas en el plan operativo?

Nosotros estábamos en uno de los grupos, estos estaban numerados del uno al diez. Yo estaba en el grupo cuatro, que era responsable de tomar la parte central del penal, la cual comprendía la alcaidía, la iglesia y la cocina. Había muy poquitos yutas. Los reducimos a todos, los atamos y se los entregamos a los compañeros responsables de custodiarlos y de sacarles los uniformes para ponerselos ellos. Fierros ahí no había, porque la guardia interna no portaba armas. Nosotros nos movíamos con las puntas que hacíamos con cualquier fierrito que encontrábamos en el patio. Todos teníamos una pistola, pero eran de utilería, las hacíamos de madera.  Me acuerdo de la existencia de una sola pistola, usada por el grupo uno. Cuando se dio la alerta de que nos fugabamos, la llevaba ese grupo, el cual constituía las conducciones de las tres organizaciones. Yo lo vi a El Pelado Marcos (Osatinsky) con una pistola, pero no estoy seguro que fuera una réplica o de verdad. 

Ellos iniciaron eso, liberaron a las compañeras y compañeros. Además, contábamos con la colaboración de un guardia cárcel que ese día tenía que estar de turno. A él se lo reduce, se lo lleva vestido… pero es un compañero porque pudo entrar pieza por pieza el fierro ese. Pudo entrar el uniforme que después lo uso el Vasco (Vaca Narvaja) como uniforme militar con otras partes que se hicieron. Este compañero iba al frente, gritando y diciendo: “¡Ríndanse! ¡Ríndanse! ¡Están armados hasta los dientes!” Y así se fueron rindiendo todos, hasta que llegó el último retén, el último guardia que había, el cual estaba con un FAL. Este se resiste y ahí cae. 

Mi parte era llegar hasta la entrada, recoger un FAL que se lo llevaba a los compañeros que estaban en la enfermería, y así apoyar a los compañeros que estaban tomando la torre de control. Los compañeros que se vistieron de guardia cárceles eran los que hacían el cambio de guardia y había que tener cuidado que ninguno de los que se iba a reemplazar se diera cuenta. Se hizo el cambio de guardia sin ningún problema. Yo entregué el FAL,volví a la sala de armas y ya estaba el Robi Santucho bajando todos los fierros. Con él bajamos todos los fierros, eran una cantidad impresionante. El resto fue un desastre, no entraron los camiones que tendrían que haber entrado; los compañeros se confundieron.

¿En qué consistió la confusión?

Ya no tiene trascendencia, el compañero se equivocó porque era un movimiento, una señal con un trapo, una sábana, que para un lado significaba “entrá” y para el otro “rajá”. Nosotros siempre decíamos que nosotros teníamos más seguridad de salir que los compañeros de afuera, porque estábamos convencidos que nos íbamos, pero los de afuera veían al penal como un lugar inexpugnable. Entonces, entra un solo compañero, Carlitos Goldenberg, que estaba en un Falcon y cuando dan la orden de partir, porque creen que se pudrió todo, logra hacerlo arrancar y se mete igual. Ahí, el Pelado Marcos le pregunta por los camiones y le dice que estos se van, a lo que le pregunta la razón y responde:  

“-No sé pero se van. 

-¿Y vos, por qué entraste?

-Por si me necesitaban.”

En el Falcon se va el grupo uno. Los grupos dos y tres, que eran los que estaban en la torre de control, logran irse. Yo que estaba en el grupo 4 logró subirme a un auto, pero faltaba un compañero, Alfredo Kohon, que bajaba de la torre. Entonces me quedo, porque no me correspondía a mí y La Vieja Kohon me da un abrazo y me dice: “¡Te cagué negro, te cagué!” Y es ahí donde nos quedamos reteniendo el penal toda la noche. Nosotros no entregamos el penal hasta que se leyó el comunicado del ejército en el que se hacía cargo de la integridad física y de la vida de los compañeros y que nos iban a reintegrar al penal, cosa que no se cumplió, porque después, en la mañana, implantaron el toque de queda y el estado de sitio, donde se perdieron todas las garantías. Por eso nosotros entregamos el penal, y los compañeros que se entregaron en el aeropuerto porque no pudieron subir al avión, ya que se atrasó todo debido a cuestiones que pasaron en el medio, los llevaron a la Base Aeronaval Almirante Zar. 

El avión ya estaba carreteando y los que iban arriba ya no podían hacer nada, porque se pudrió todo. Pero después paran el carreteo, porque los compañeros que toman la torre de control, que estaban vestidos de militares y otros de civil,  les dicen a los del avión que lo paren porque hay una bomba. Los del avión pensaron que se perdió todo y nosotros fuimos en cana. Esa fue la manera de parar el avión, los compañeros corrieron y lograron abrir la puerta. Es ahí cuando sale El Gallego Fernández Palmiero, con una azafata y le apunta al primero que ve, el cual es el Vasco Vaca Narvaja, y ahí el Robi Santucho le grita: “¡Somos nosotros, Gallego!”. Entran todos y le explican a los pasajeros que se trató de un simulacro.. Luego toman la cabina y a partir de eso, desde la torre el grupo que queda, le avisa a los del avión que ellos no quisieron que el avión esperara, porque la base está a dos kilómetros y podían poner un camión en la pista e impedir que volara. Con que se vayan ustedes está bien, por eso es que quedan abajo, porque deciden no retrasar más el avión.

¿Después de la fuga y los fusilamientos cómo fue la vida en el penal?

Fue difícil, quedamos aislados cada uno en su celda, al principio iban celda por celda sacándonos, llevándonos al baño. A algunos los cagaron a palos, a trompadas, les sacaron la ropa y  les dieron ropa de preso. No podíamos hacer nada, era un verdugueo normal. Después fue el ida y venida de milicos por los pabellones. Algunos de nosotros pensábamos que estos tipos querían hacer algo con nosotros, teníamos una radio encanutada y nos pasabamos información con las manos. Así se iban pasando los mensajes, hasta que el 22, después de la masacre, explotamos todos, porque pasó una requisa y encontraron la radio.  

¿La fuga que día se produce?

La fuga fue el 15 de agosto a las 6 de la tarde. Nosotros hacíamos peñas los fines de semana; los días festivos cantábamos, bailábamos y gritábamos. Las compañeras en los pabellones de arriba también, en el pabellón seis frente a las rejas hacíamos cantatas. Ese día lo hicimos con mucho ruido, ya que estábamos preparados para irnos y cuando hicieron el cambio de guardia, el guardia de cárcel dijo: “bueno es la hora y ahí largamos la zamba”, la cual siempre teníamos como emblema y después quedó como tema nuestro. Esta cantaba “Con qué armas señor lucharemos” y nosotros le agregabamos “Con las que les quitaremos”. Ya todos sabían que terminaba ese estribillo y empezaba la fuga. 

¿La masacre como cayó en esa situación?

Como te decía, golpeamos todo, rompimos todo, gritábamos, llorábamos, golpeábamos los platos que son de aluminio, los tachos. Fue un momento muy duro, también escuchábamos los ruidos de la calle, la gente de Rawson empezó a golpear tachos y ollas y gritaban “¡Asesinos! ¡Asesinos!”.

Un momento de bronca, pero también emotivo. 

Lo que te puedo contar es la sensación de lo que vivimos todos nosotros, de mucha bronca y dolor. Ese fue el inicio de la movilización popular que se dio en Rawson y Trelew, con otros reclamos propios del momento político de esos años. 

¿También había dirigentes sindicales en el penal?

Sí, del sindicalismo combativo. Con nosotros estaba el Gringo Tosco, pero él no participó. Se le ofreció participar, pero él nos dijo que era un dirigente sindical y que necesitaba salir de manera legal para poder continuar la lucha. Sí preguntó qué podía hacer. Le dijimos que cuidara a los compañeros que se quedaban, a los que no se iban a fugar. Fue el que hizo el acto de homenaje, fue conmovedor escuchar esa proclama. Al año siguiente en la cancha de Atlanta, habló de la misma manera.

Hace pocos días fue condenado en Miami el ex marino Roberto Bravo, responsable de la masacre. ¿Cómo tomaste el hecho de que se hiciera algo de justicia?

Mirá, cuarenta días para que se juzgue a todos los responsables y no a Bravo en ese momento. Cuarenta días que se terminó el juicio, volvimos todos a Buenos Aires, inclusive algunos de esos condenados venían en el mismo avión, algunos se fueron a sus casas con prisión domiciliaria. No sé qué será de la vida de ellos, algunos se murieron, creo que el único que queda es un cabo. Está bien, que paguen, pero al verdadero responsable, la Marina, no se le juzgó. Hoy en día están liberando a muchos genocidas con condena por delitos de lesa humanidad y los benefician con prisión domiciliaria. ¿Qué es eso? No se modificó el código penal. Muchos de los que tienen prisión domiciliaria, salen a la calle y los que no lo hacen, es porque no pueden caminar, porque son viejos. Bravo es una punta muy chiquita. Los familiares en el juicio de Miami dijeron que si no lo podían condenar por delitos de lesa humanidad, vamos por un juicio civil. Perdió porque están todas las cosas en su contra, tiene todas las pruebas en su contra. 

Lo juzgaron, perdió y va a tener que pagar. Pero se abre la posibilidad que lo extraditen a la Argentina. Aún hay que preguntarse si a un tipo que ha sido protegido por el ejército de los EE.UU. lo van a extraditar. Quizás pasen otros treinta años para que lo extraditen, y en el mientras tanto, Bravo ya se murió. Solo perdió un juicio civil. Tenemos una justicia que responde a los grupos del poder.

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