Cambio climático: un dialogo de alto nivel y sus dilemas

El 8 de septiembre se concretó el "Dialogo de alto nivel sobre acción climática en las Américas". El mismo dejó algunos interrogantes para discernir.
Cambio Climatico

ENCUENTRO

El cambio climático, se propaga como una pandemia, la cual fue provocada también por el modelo de producción capitalista que todo lo arrasa. Al mismo contribuyen la deforestación indiscriminada y las emisiones de carbono de los complejos industriales de los Estados Unidos, Rusia y China. Estos tres, emiten el 55% del carbono que altera y modifica las condiciones climáticas globales. Lo paradójico resulta ser que, aquellos países que tienen menos emisiones, son los que más deforestan. Tal el caso de Brasil y Argentina, cuyas políticas económicas extractivitas, beneficiarias de la agroindustria con sus monocultivos, devastan grandes extensiones de selvas y montes, así desertificando y expulsando población de esos territorios.

Este modelo económico apocalíptico necesita de un cambio urgente para que el calentamiento global en lugar de vislumbrarse como una amenaza, se convierta en una realidad que extinga la vida, no solo del género humano, sino la de todas las especies. Marcado por esta urgencia, el pasado 8 de septiembre se llevó adelante el Dialogo de alto nivel sobre acción climática en las Américas, un encuentro coorganizado por la Argentina, Barbados, Chile, Colombia, Costa Rica, Panamá y República Dominicana y  en el cual participaron también como invitados, el enviado especial para el Clima de Estados Unidos, John Kerry, y el secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres. Más allá de las diferencias ideológicas de los gobiernos de cada país, existió en los exposiciones de cada discursante una concordancia en la toma de medidas para frenar el cambio climático. Estas fueron desde la meta planteada por John Kerry de alcanzar los 1,5° de emisión de carbono por los EE.UU. con el empleo de tecnologías limpias, hasta la erradicación de la deforestación, planteada por el presidente Alberto Fernández.

AGOTADO

Claro está, el modelo capitalista está agotado y la capacidad de resiliencia de la naturaleza también tiene sus límites. Para crear una nueva economía, sustentada en una justicia social ambiental, tal como lo expuso Alberto Fernández, son necesarias determinaciones políticas profundas en los bloques regionales, las cuales deberían encaminarse a una economía solidaria, como así lo plantea el papa Francisco. Se puede hablar de la sustitución del uso de energías renovables en lugar del empleo de combustibles fósiles, del cambio de deuda externa de los países en desarrollo por planes de reforestación para aliviar los efectos de la deuda, como lo expresó el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres. Y en ese sentido, el colombiano Iván Duque propone para su país plantar 180 millones de árboles para poder recuperar zonas deforestadas y la cero deforestación para el 2030.

Sin embargo, un interrogante nos merodea de modo incesante: ¿qué sucede en el Brasil bolsonarista adscripto a las políticas negacionistas del ex presidente Trump, el cual abandonó los acuerdo firmados en París sobre el cambio climático y el calentamiento global? Hay que tener en cuenta que Brasil está en la lista de países que más contaminan, las cifras asustan, según un informe del Sistema de Estimación de Emisiones de Gases de Efecto Invernadero (SEEG, por sus siglas en inglés), a lo largo del 2019 las emisiones de carbono (CO2) crecieron un 9,6% en Brasil.  Según otro estudio del SEEG, Brasil liberó 2.170 millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera a lo largo de ese año, mientras que en el 2018 fueron 1.980 millones de toneladas. Desde 2010, año en que la ley nacional sobre el clima fue sancionada, Brasil ha aumentado en un 28% la cantidad de gases de efecto invernadero que se liberan cada año, en lugar de reducirlo. A ese ritmo y con base a las cifras, no pudo cumplir con el objetivo del 2020, y se alejó más del objetivo del 2025. El aumento de las emisiones en 2019 se generó en gran medida por la alta deforestación del Amazonas, que representó un 44% del total de las emisiones de CO2 de Brasil. Hasta mediados de octubre de ese año, se habían registrado 76.030, la mayor cifra reportada desde 2010, cuando se contaron en todo el año 102.409, de acuerdo con el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE). La deforestación en el llamado «pulmón del mundo» en el 2019 fue de más de 900 mil hectáreas y se registraron más de 10.200 incendios.

DILEMAS

En el encuentro también estuvo presente Alak Sharma, presidente del COP26, la Conferencia sobre el cambio climático de Naciones Unidas, que se llevará adelante en Glasgow a partir del 31 de octubre al 12 de noviembre de este año. En su exposición, Sharma habló de la vulnerabilidad de América Latina y el Caribe al cambio climático y la destrucción de biodiversidad aparejado al mismo. Algo que fue en consonancia con lo dicho por la Primera Ministro de Barbados, Mia Amor Mottley, quien entre otras de las consecuencias de la destrucción provocada por el cambio climático, también incluyó a la economía de Barbados, destruida en 5 horas por el huracán Elsa. Nevadas fuera de época y en lugares donde no debería nevar, inundaciones por lluvias intensas en tiempos donde no debiera llover, sequías prolongadas y agónicas en territorios donde las lluvias son periódicas, glaciares derretidos en la Antártida y huracanes con furias más arrasadoras que en otras épocas, son las manifestaciones de la naturaleza modificada por las políticas extractivistas en esta parte del mundo. Y si nos interrogábamos acerca de Brasil, vale también interrogarse acerca del compromiso que puedan asumir los presidentes neoliberales como Iván Duque, de Colombia, Mario Abdo Benítez de Paraguay y Guillermo Lasso de Ecuador, quienes mencionaron la creación de delitos ambientales,  la emisión 0 de carbono y un compromiso ético para frenar el cambio climático. Porque conforman una triada cuyas políticas de desarrollo agrario se basan en la  expulsión de poblaciones rurales y campesinas, para así emplear sus tierras en monocultivos como la soja y el maíz.

Entonces, vale también una última pregunta: ¿Podrán los responsables de tanta destrucción hacerse cargo de la misma y detener la maquinaria que, de seguir funcionando, nos llevara a un fin funesto? La pregunta titubea en el viento, aunque con una respuesta certera: el cambio para enfrentar al calentamiento global es también cultural. Porque no es lo mismo la ética del liberalismo o la falta de la misma, llegado el caso, que la ética humanística, formulada por las organizaciones de los movimientos campesinos, donde la agroecología, entre los distintos conceptos que la definen, también se la visiona como un acto de amor al prójimo.

El cambio climático solo se detiene cambiando al modelo productivo, lo cual implica reforestación, campesinos y campesinas en sus tierras y originarios en sus territorios ancestrales. Para que aquellos que fueron guardianes de la naturaleza y desarrollaron producciones sostenible sin dañar, no vuelvan a ser perjudicados. Porque existe también el riesgo que el cambio climático se transforme en otro negocio de las economías hegemónicas.

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