Anatomía de un femicidio

Rosana Galliano, un nombre que marcó a fuego la lista de nuestras víctimas mujeres en Argentina. Recibió cuatro tiros por la espalda. Una nueva entrega de Ricardo Ragendorfer.

En un país donde cada 20 horas ocurre un femicidio (consumado siempre por maridos, novios, amantes, pretendientes y depredadores solitarios, todos con personalidades violentas, escasa tolerancia al despecho y fantasías esclavistas hacia el sexo opuesto), pocos son los que merecen más que un escueto reporte en la prensa. No obstante, hay excepciones. El de Rosana Galliano, ocurrido el 16 de enero de 2008, fue uno de éstos, dado que la singularidad de sus actores hizo que sobre los detalles del caso corrieran ríos de tinta, y con el trepidante ritmo de la literatura folletinesca.
Bien vale, entonces, refrescar esta historia.
A los 59 años, José Jacinto Arce vivía nuevamente con su madre, doña Elsa Aguilar, una octogenaria de temperamento intenso, a la que él obedecía como si fuera un niño. Ellos habitaban una granja de Villa Astolfi, próxima a la ciudad bonaerense de Pilar.
En la tranquera había un cartel con el nombre del lugar: “Las dulzuras de mi madre y Rosana”.  
El tipo se había separado de Rosana –que tenía 30 años menos– durante la primavera de 2006. Pero, en lo estrictamente formal, continuaban siendo un matrimonio, ya que él se negaba a concederle el divorcio. Ella, a su vez, lo había denunciado por violencia familiar, lo que derivó en una “perimetral”: Arce no podía aproximarse a menos de 300 metros de su ex. El problema es que tenían dos hijos –Gerónimo, de cuatro años, y Nehuén, de tres– sometidos a un muy severo régimen de visitas.
Aquel miércoles, les tocaba con el padre. Y el mayor tenía fiebre, razón por la cual Arce acudió con él al Hospital de Pilar.
Allí, por cierto, su presencia no pasó desapercibida, porque, como era su costumbre, estaba vestido de gaucho.
Exactamente a las 22.15, llamó desde su celular al de Rosana, y dijo:
–Mirá, el nene está con 39 grados.
Desde el otro lado de la línea sólo oyó un gemido entrecortado. Él sabía que las comunicaciones telefónicas al lugar donde estaba ella eran dificultosas debido a la falta de señal, y que, para remediar el problema, había que salir al jardín. Pero –según diría después a los medios y en sede judicial– no imaginó que, en ese instante, la madre de sus hijos recibía cuatro tiros; los primeros en la espalda, uno en el hombro derecho y el último en el brazo izquierdo. Todos calibre 11.25. O sea, esa llamada hizo que saliera de la casa para así quedar a merced del asesino.
Caramba.
Ese es el nombre de la calle en la que Rosana Galliano murió. Está en el barrio El Remanso, del partido bonaerense de Exaltación de la Cruz.
Casi como una burla, en el portón de la casaquinta, un letrero advertía: “Área Protegida”.
Era el sitio que Arce tuvo que abandonar precipitadamente hacia unos dieciséis meses debido a esa resolución judicial.
Costaba creer que lo de ellos había sido un amor a primera vista.  

El amor en tiempos de cólera

Se habían conocido en 2005, cuando él regresó a la Argentina luego de vivir durante tres décadas en los Estados Unidos.
José Jacinto había partido con sólo 20 años al país del norte para jugar al fútbol. Y se estableció en Boston. Allí obtuvo un bachillerato en Ingeniería,  por lo que empezó a trabajar en compañías del Estado norteamericano; lo suyo eran los cálculos de resistencia. Tal especialidad lo llevaría, en 2002, a Grecia, donde estuvo dos años. Aquel tiempo le bastó para aprender a la perfección el idioma griego. Luego comenzó a preparar su vuelta a la Argentina.
Lo cierto es que poseía una holgada situación económica. Tanto por los ahorros que acumuló en el exterior como por sus ocho propiedades en Barrio Norte, de la Capital, y la ya citada granja. La mamá compartía la titularidad de ese patrimonio.
Desde entonces, se dedicó la producción de abono de lombriz, además de vender huevos y pollos que él mismo criaba.
Poseía una habilidad innata para tal negocio. Y la resumía en unas pocas palabras: “Compro 300 pollos, los engordo, los vendo, y continúo”.  
Era digno de apreciar cómo aquel individuo que arrastraba un leve tono anglosajón se movía ahora por los pagos de Pilar vestido de paisano.
No menos curiosa era su obstinada soltería.
“Le tengo miedo al casamiento”, le confió por ese entonces, con fingido rubor, a un antiguo condiscípulo de la Escuela Técnica de Pilar.
Ese hombre, inadvertidamente, le oficiaría de Cupido, cuando él le dijo que su camioneta necesitaba un arreglo.
–Hay un señor Naldo que trabaja bien y cobra barato –fue la respuesta
Esa frase sería el disparador de su futuro.   
El apellido del mecánico en cuestión era Galliano. Y tenía una hermosa hija que acababa de cumplir 24 años. Se trataba, desde luego, de Rosana.
En rigor, sería ella quien tomó la iniciativa de la relación, llamando por teléfono al maduro soltero.
El flechazo fue inmediato. Y –según parece– recíproco.
De modo que José Jacinto, un hombre muy apegado a las tradiciones, le pidió a don Naldo la mano de su amada. Y a los siete meses se casaron.
Había que verlos bailar el vals de los novios: ella, inmaculada, vestía de blanco, y él había reemplazado las ropas campestres por un elegante smoking negro, confeccionado a medida para la ocasión.
Doña Elsa, sin moverse de su mesa, los observaba con malos ojos. Pero se contuvo.  
La pareja se estableció en la casaquinta de la calle Caramba, adquirida para la ocasión, pese a que la madre objetó ese gasto.
El hombre seguía criando pollos en la granja de Villa Astolfi, mientras Rosana intentaba sin éxito incursionar en la profesión de modelo. 
Al año y medio nacería el primer fruto de esa unión. Y al cabo de otros doce meses, el segundo.
En el medio, surgieron las asperezas propias de todo matrimonio.
Quizás también haya comenzado a pesar la diferencia de edad. Es que él era muy celoso. Y sus explosiones al respecto fueron cada vez más frecuentes. Y a eso se le añadía su afición a las armas –tenía cinco escopetas debidamente registradas–, lo que tornaba aún más vidrioso el asunto.
Una tía de Rosana aseguró que ella empezó a temer al esposo el día que él le voló con disparo la cabeza a un perro al que suponía enfermo de rabia.
Además, aquella etapa del matrimonio estuvo signada por las constantes intromisiones de doña Elsa.  Cuando el menor de los niños tenía sólo meses, entró en escena Daniel González (a) “El Yanqui”, un jardinero que Arce contrató para cuidar el jardín de la casaquinta.
Al poco tiempo, el marido de Rosana empezó a exhibir su irritación ante la presencia del “Yanqui”, ya que la misma –según él– superaba con creces el tiempo que le insumían sus labores con el césped.
Y solía decir: “Sólo falta que duerma al pie de nuestra cama”.
En octubre de 2006 pidió a la empresa de telefonía celular el resumen de llamadas efectuadas por Rosana. Así descubrió 700 llamada al celular del jardinero. Eso desató su ira. Y el brote de violencia que precipitó su forzada mudanza a la granja, seguida por la puja judicial para evitar el divorcio, dado que en la división de bienes estarían en juego 700 mil dólares.
– ¡En qué problema nos metiste! –solía recriminarle la mamá.
De acuerdo al entorno de Arce, “El Yanqui” especulaba con obtener su tajada. No obstante –también de acuerdo con esas fuentes–, el presunto amorío entre él y la víctima habría sucumbido al poco tiempo.
Pero González negó que haya existido esa relación. Y ella, claro, ya no estaba para aportar una luz al respecto. En realidad, Rosana intentaba rehacer su vida junto a un sujeto de 32 años apodado “El Rubio”, cuyo nombre de pila es Oscar; se trataba del propietario de un taller ubicado en el norte bonaerense. Y habría convivido con Rosana durante los últimos meses.
Por cierto, la casaquinta de la calle Caramba sólo era usada por Rosana para entregar y recibir a sus hijos. Dicho trámite se parecía cada vez más a un canje de espías en alguna frontera de Europa del Éste durante la Guerra Fría, y siempre era intermediado por Mónica Galliano, su hermana mayor.
Tanto es así que ella estaba con Rosana cuando ocurrió el crimen. Y fue quien, en medio de su desesperación, se comunicó con Arce con el propósito de informarle lo sucedido.
De inmediato, siempre vestido de paisano y el niño afiebrado a cuestas, el tipo se dirigió a la comisaría de Pilar, desde donde un suboficial de guardia llamó a la seccional de Exaltación de la Cruz.
El policía, tras colgar el auricular, solo dijo:
–Gaucho, volá ya mismo a El Remanso.  

Más allá de la justicia

Durante la mañana del 20 de enero, un individuo vestido con un saco oscuro irrumpió en el despacho del fiscal de Zárate, Marcelo Pernici. Era el oficial de La Bonaerense a cargo de la pesquisa por el asesinato de Rosana Galliano. Y sin rodeos, soltó a boca de jarro:
–Habría que detener al “Yanqui”, doctor.
El fiscal enarcó las cejas. Y con cierta parsimonia, replicó:
–Todavía no es el momento.
La frase quedó picando en el aire.
En ese mismo instante, el jardinero enfrentaba una jauría de cronistas y camarógrafos, que lo habían localizado en su hogar, ubicado a seis cuadras del sitio en el que Rosana había sido acribillada.
Era un individuo morocho, de unos 30 años, que lucía un sombrerito de tela. Y sin disimular su nerviosismo, atajaba las preguntas con monosílabos.
En la esquina, un puñado de vecinos lo observaba.
Quizás entre ellos estuviera alguno de los tres testigos claves del caso.
Ellos, cuatro días antes, después de escuchar los disparos, habían visto la huida de “un individuo morocho. De unos 30 años, vestido con ropa clara”. Tal era la información filtrada por el abogado Ramiro Rúa, quien patrocinaba al marido de la víctima.  
Arce ahora estaba en su granja, afectado por un pico de presión. Es que la tarde anterior había sido muy intensa para él.
Ni bien concluyó la inspección ocular efectuada por el fiscal en el lugar del hecho, el viudo apareció allí para proclamar públicamente su inocencia. Y sin escatimar argumentos, tildó al “Yanqui” de “negro cortapasto, borracho y jugador”, para después revelar que éste habría tenido una relación amorosa con su mujer. También mencionó a otros cuatro amantes y, por si fuera poco, dejó entrever la supuesta bisexualidad de Rosana al deslizar una triangulación sexual en cuyos catetos restantes estarían nada menos que la hermana Mónica y su novio, un oficial de la Policía Federal.
Rúa oía su descargo no sin cierto pudor.
Quizás entonces haya considerado la posibilidad de sugerirle que bajara su nivel de exposición. Pero no fue necesario. Ese día se descompensó.
Desde entonces guardaba reposo en la granja.
El caso ya se había convertido en el crimen top de aquel verano. Nadie hablaba de otra cosa. Y las hipótesis de la opinión pública al respecto supieron derivar en apasionadas discusiones.
Desde luego que el paso del tiempo es la verdad que huye. Y la falta de novedades parecía trazar tal destino para la pesquisa en cuestión.
Pero no fue así: durante la mañana del 21 de abril de 2009, José Jacinto Arce y doña Elsa fueron detenidos por haber instigado aquel asesinato, para lo cual contrataron, por 10 mil dólares, a dos hermanos que trabajaban para ellos. Se trataba de Gabriel y Pablo Leguizamón. Este último habría sido el sicario.
El plan fue simple y eficaz: la llamada telefónica de Arce al celular de Rosana, sabiendo que ella tendría que salir de la casa por la falta de señal, fue el señuelo para guiarla hacia su matador.
Su hermano lo aguardaba en un auto con el motor encendido.  
Pero, ¿cómo se llegó a ellos?
Ambos –según la declaración de un testigo– solían realizar prácticas de tiro en un descampado aledaño a su domicilio. Y allí, durante un allanamiento, la policía halló balas servidas de la misma marca y calibre que las usadas para matar a Rosana. Luego se determinó que habían salido de la misma pistola.
En abril de 2013, el Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) 1 de Campana condenó a prisión perpetua a Arce y a su mamá. Pero, debido a un tecnicismo procesal, los Leguizamón fueron bendecidos con una “absolución anticipada”, ya que –de acuerdo a los jueces– las pruebas contra ellos no alcanzaban.
José Jacinto y doña Elsa no estuvieron mucho tiempo tras las rejas, dado que el doctor Rúa les consiguió el beneficio de la “prisión domiciliaria”.
Arce murió a fines de 2018. Y su mamá, exactamente al año.
¿Dios se habrá apiadado de sus almas?

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