La escritura como dibujo

COLUMNA El espacio de escritura en tiempos hipermodernos: ¿qué hacemos cuando escribimos? ¿Qué queda afuera, qué se corrige, qué se dibuja? Kafka, Van Gogh, Proust, Dickens, Beckett, Dostoievski, Flaubert y Whitman frente a la página y sus derivas.

El gran problema de escribir es empezar a escribir. Y, una vez comenzado el acto de escribir, el siguiente problema es volver a empezar a escribir después de la  inevitable pausa. ¿Qué se hace en ese espacio de pausa entre escribir y escribir? Allí está el fulcro de la escritura.

            Describamos una escena para ejemplificar:

            Hace muchos años, antes de la Segunda Guerra Mundial, pero después de la Primera, una noche de invierno en Praga, Franz Kafka llega a casa –la casa de sus padres, mejor dicho, donde vive entonces– después de un día entero en las oficinas de seguro donde trabajaba, con desgano y angustia, como abogado. Por fin, después del intolerable día laboral, y tal vez después de cumplir con una formalidad semi urgente, como contestar un telegrama de un amigo; por fin, tras la tortuosa cena familiar con su temido padre en la cabecera de la mesa; por fin, solo en su cuarto, detrás de una puerta bien cerrada, sentado en su escritorio, con su lámpara prendida, sus cuadernos y pluma a mano; por fin, Kafka se pone a escribir.

            Se pone a escribir y entra en ese trance parecido a un sueño lúcido. Cosas ocurren en su mente y se arma un circuito entre la pluma, la tinta, el papel, el cuaderno, la mesa y la noche. Está en un estado de gracia. Ese es el lugar que toda escritora o escritor anhela estar.

            Pero Kafka es Kafka y, por supuesto, se traba. Venía bien la mano, pero de golpe, todo se congeló. Se le esquivó una idea o se le borró una imagen o simplemente le agarró un odio de sí mismo, paralizador, como a veces pasa. Tal vez un grito de la calle cortó el circuito. Pero tiene que seguir escribiendo. Es urgente. Es una cuestión de supervivencia. Además, sus horas libres son escasas. A sus necesidades existenciales se suman las logísticas.

            ¿Y entonces qué? ¿Cómo volver a algo que estaba allí nomás y ahora no se encuentra? ¿Y cómo no quebrar el hechizo que la escritura misma crea para autopropagarse?

            Imagínense un Kafka de hoy. Muy posiblemente estaría escribiendo sobre una laptop. Ocurre la misma secuencia: prepara la ceremonia, comienza a escribir, entra en el estado de fluir (el que describió e investigó en enorme profundidad el psicólogo húngaro Mihály Csíkszentmihályi) pero –de pronto– se corta.

            La cuestión es cómo retomar el camino. Es un problema delicado porque hay que seguir pensando en el texto, aunque al estar bloqueado, tampoco se puede pensar directamente en el texto. Acá se encuentra el corto circuito.

            El Kafka de hoy, con un simple command+tab cambia lo que aparece en su pantalla, sin levantarse de su silla, ni alterar su mirada, ni su postura sobre el escritorio. Pero no solo cambia lo que ve. Cambia radicalmente su estado psíquico. Es como meter un chorro de vinagre en un café con leche.

            Ya sabemos por dónde va esto. Por allí recordó un dibujo de Odilon Redon que podría ser modelo para un bicho que se está imaginando. O si no, hay un temita del trabajo que le quedó pendiente y estima que eliminarlo ahora le sacará una leve angustia que le atosiga como un mosquito picoteándole la nuca. Habrá sido eso lo que le impidió seguir escribiendo. ¡Pero, oh, mirá! Entró un mensaje de su amigo Max Brod, invitándolo a un encuentro mañana por la tarde, que es sábado. Y así, de golpe, se le fue una hora o más y su mente ya está destruida. La noche no sirve más.

            Pero volvamos al Kafka de verdad. La ventana de su cuarto está abierta. Le gusta el aire fresco de la noche, y encima, si se encorva un poco y mira para arriba, puede ver las estrellas. También le reconforta escuchar las voces y los pasos de la gente pasando por la calle. Por allí se para y da dos o tres vueltas por su pequeña habitación. Se vuelve a sentar, y el manuscrito sigue inerte. Entonces se pone a dibujar.

De Franz Kafka, The Drawings. Editado por Andreas Kilcher. Yale University Press, 2021

            Dibujando, su pluma sigue marcando el papel con tinta. El mecanismo de escribir sigue. Con las mismas líneas que escribe letras, que convierte en palabras, que convierte en mundos, Kafka dibuja seres. Son autóctonos del mundo kafkiano. Aparecieron sobre la página, bailando entre las letras, de la misma pluma. No son adjuntos a su escritura: son parte de la escritura. Entraron en esa pausa entre escribir y escribir, para que Kafka pudiera seguir escribiendo sin palabras.

            Esta nota fue escrita, está siendo escrita, bajo el modelo Kafka command+tab. Persiguiendo esta idea, he generado decenas de enlaces. Perdí horas viendo Instagram en vez de vencer la resistencia a escribir. Por supuesto que busqué música ideal para promover el estado meditativo más propicio a mi tarea. He mandado mensajes de audio a familiares y miembros de trabajo. Chequeé el estado de envío de un colchón inflable y, también, el estado del clima.

            Y allí estamos otra vez con el tema de la pausa. En la pausa está el motor de todo movimiento. Escribir es estar en un estado de movimiento. Mueves las letras y palabras sobre la página y esas van llevando tu pensamiento que, a su vez, genera pensamientos inesperados, que se van convirtiendo en otras que tienen que convivir en armonía con las palabras anteriores. El truco es que todo esto tenga sentido. Pero nada va a tener sentido si la pausa no logra convertirse en un resorte para seguir adelante.

            Hoy ya no hay pausa posible. No digo esto cínicamente, ni con un triunfalismo distópico. Todos lo sabemos. La gestión de tantas de las actividades de nuestras vidas pasan por una misma terminal, conectada a incontables y misteriosos servidores; si escribimos y leemos sobre uno de estos mismos terminales, es imposible estar dentro de la escritura, escribiendo con y sin palabras.

            Pero ponele que lo lográs; que conseguís establecer protocolos y frenos y canales de contención como para solo poder pensar en escribir. El esfuerzo de eliminar totalmente de tu mente todas las posibilidades accesibles de experiencia informática interactiva, disponibles inmediatamente, sería equiparable a la tarea de un monje que, meditando, logra no pensar en nada. Hay gente que se pasa la vida entrenando para eso, y no lo logra. No se puede conllevar ese esfuerzo –o tarea– con la de escribir, que es otra forma de meditar, pero de una naturaleza completamente diferente.

            Si algo descubrí en este ejercicio, cuyos rastros dejo acá, es que la mejor forma de ver nuestra situación actual es meditando sobre el pasado, pero a través de objetos muy específicos. Por más que sean digitales. Hay que mirar páginas escritas de cuando éramos otro tipo de humanos. Cuando nuestras conciencias y procedimientos de pensar no estaban integradas a estas máquinas demoníacas (creyendo que el efecto de los demonios sobre los seres humanos es distorsionar su deseo, atención y serenidad).

            Entonces, pasemos de la diatriba al asombro. En estos días, vi cosas en esta pantalla que cambiaron mi ser. Mis pensamientos desorganizados y desesperados partieron de mirar los objetos (digitales) que les voy a mostrar ahora.

            ¿Quieren ver la última carta que Van Gogh le escribió a su hermano, el miércoles 23 de julio de 1890, cuatro días antes de suicidarse?

Van Gogh Museum, Amsterdam: https://vangoghletters.org

            Estas son las carillas cuatro y cinco de un total de once. Pueden entrar en el enlace y verlas en detalle, como en todos los siguientes casos.

            Van Gogh es tan buen escritor como Kafka dibujante. Y acá, en esta carta trágica, vemos otra operación entre la escritura y el dibujo. Más importante aún, vemos su fluir. La letra de Van Gogh es clara: las palabras se inclinan y avanzan como trigo meciéndose en campos otoñales bajo una constante brisa. Son como olas. Los dibujos forman parte de la escritura. No son interrupciones, son parte del fluir.

            La carta es trágica también porque cuenta nimiedades. Y ni por la cursiva, ni por el contenido, ni por los dibujos, sería posible concluir que esta persona tan bendita está a horas de pegarse un tiro en el pecho.

            ¿Quieren ver un cuaderno de Marcel Proust, donde comenzó a escribir su novela, su cosmos, En busca del tiempo perdido?

Biblioteca Nacional de Francia

            Es un simple cuaderno de bolsillo. Acá las pausas se pueden ver en tachaduras, en reescrituras. Miren las cuatro marcas en crayón. Es posible que llevara el cuaderno encima, en un bolsillo, cuando hacía sus rondas sociales, anotando curiosidades sobre personajes que después se colarían a su novela. El anotador tiene, más o menos, el tamaño de un celular.

    Vi una página del manuscrito de Las ilusiones perdidas de Honoré de Balzac.

Biblioteca Nacional de Francia

            Estamos entrando en el territorio una foto vale mil palabras. Acá tenemos un ejemplo clarísimo de un escritor pensando su novela, escribiéndola con y sin palabras.

            Otro tema: al escribir en el borrador —ese subconsciente de la novela— las tachaduras son claves. Si es verdad que el fulcro de la escritura está en la pausa, hay otra fuente de energía esencial que es lo borrado. Pero siempre cuando lo borrado esté visible. Allí hay memoria, huellas, pistas, inspiraciones. Un gran enemigo de la escritura es borrar.

            Descubrí otra cosa: el cuaderno en el cual Charles Dickens escribió Cuentos de Navidad:

The Morgan Library and Museum

            Esto es otro asombro. Si entran en el sitio, verán que el cuento, o la nouvelle, ocupa exactamente el espacio del cuaderno. O sea, comienza en la primera página y termina en la última. El cuaderno mismo impuso limitaciones estrictas a la escritura. En todas las artes, las limitaciones liberan la imaginación. Estudiando este archivo, se entiende que esta obra breve de Dickens probablemente no hubiera existido sin este cuaderno.

            A Beckett, como a Kafka, le costaba horrores escribir. Acá está el cuaderno donde comenzó su novela Murphy. Tachó la primera oración sin siquiera seguir. Y la pausa. Verán una caricatura de su héroe y némesis, James Joyce. Sabiéndolo o no, tras abortar su novela en el primer intento, trajo la imagen del ser que le impedía escribir.

Samuel Beckett’s working manuscript for Murphy – in pictures. 4 Jun 2013 The Guardian

            En un manuscrito, el autor, la autora, se ven a sí mismos. Al escribir con tinta sobre papel, no sólo elaboran el mundo que quieren crear con palabras, sino que confrontan el caos que tienen que atravesar para poder crear ese mundo.

            Miren esta hoja de Los hermanos Karamazov:

https://dostoevskyarchive.pushdom.ru

            Acá la escritura se convierte en un mapa. No es lineal. ¡Por qué tendría que ser lineal la escritura! Escribir también pertenece a las artes visuales en este sentido: uno va encontrando lo que se imagina tras el velo creando formas y relaciones entre formas. A veces puede ser como armarse un Rorschach para sí mismo.

            Otra cosa. Hay que faltarle el respeto a la página. Ser prolijo, ser ordenado, asumir que lo que aparece sobre la página es un índice de las armonías que serán parte de la obra final es el supremo autoengaño.

            Miren esta hoja de Madame Bovary:

https://flaubert.univ-rouen.fr

            A partir de esto, Flaubert trabajaba para escribir la novela más inmaculada posible.

            Este juego puede seguir y seguir. Cerremos con un último ejemplo. Un poema de Walt Whitman sobre su querida “América”.

            Es trágico por su simpleza, pero también porque registra una visión de su país que siempre estuvo latente como un ideal y que, como Whitman insistía, era su verdadera esencia. El poeta fue enfermero en la Guerra Civil de su país, donde un Sur luchó durante cuatro años para mantener su economía basada en la esclavización. Murieron cerca de 700.000 soldados. Más que todas las muertes de soldados estadounidenses en todas las otras guerras combinadas del país. Era homosexual. Esto solo para decir que no era ingenuo sobre las sombras de su país.

https://whitmanarchive.org]

Ningún Homero, Shakespeare, Voltaire.

Ningún Rey, palacios o cortes.

Ningunos ejércitos sobre la tierra,

ni armadas sobre el mar.

Pero incontables hombres viviendo en igualdad.

Comunes. Libres.

            Todavía no tenemos una definición de nuestra época tecnológica. La velocidad de los cambios es exponencial. Lo que parece ser claro es que nuestras mentes y nuestros sistemas nerviosos no están evolucionados para vivir dentro de un campo de distracción continua y de oferta informativa ilimitada.

            La literatura siempre fue una cosa. Fue papel y tinta. Fue soledad. Fue escribir como se pudiese. Fue escribir contra escribir. Fue buscar un texto completo dentro de una miasma de palabras. Fue buscar orden dentro de tanto deseo con tinta y papel.

            Ahora es otra cosa. Ahora todo está dentro de la máquina. Y la máquina no es neutral. No nos muestra quiénes somos. Dentro de la máquina, escribir nos aleja de lo que queremos escribir. Lo que queremos escribir para que otro lo lea.

            Es tan fácil olvidarse de la magnitud de este cambio, porque los libros en sí, físicamente, son los mismos desde hace cientos de años. Pero cambiaron. Y nadie realmente sabe cómo. No sabemos. La trastienda cambió. La cocina. Los procedimientos. Los ingredientes. El alma.

            Lo único seguro es que hay que seguir escribiendo.

Imagen de portada: De Franz Kafka, The Drawings. Editado por Andreas Kilcher. Yale University Press, 2021

Píxel / Revista Zoom

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