La política del gobierno de Donald Trump hacia América Latina, ejecutada por su secretario de Estado, Marco Rubio, consiste en que no haya ningún gobierno del continente que no esté alineado por completo a los designios de Washington. Según esta visión predominante en Washington, esto es para lograr que China no tenga posibilidades de acceder a los recursos estratégicos que hay en la región. Eso incluye desde los metales necesarios para hacer baterías de celular hasta el agua potable.
El repliegue de EE UU sobre el continente que considera su backyard es parte de la declinación de una potencia que gozó de una suerte de hegemonía global desde 1989, cuando cayó el Muro de Berlín, hasta que la locomotora China demostró que era imparable.
En Argentina hubo una muestra de esta obsesión estadounidense el año pasado. El Tesoro de EE.UU. intervino de manera directa en el mercado de cambios para sostener el dólar a pocos días de las elecciones de medio término. Esa intervención vino de la mano de una amenaza expresada por Trump en la Casa Blanca. Javier Milei estaba sentado frente a él en una larga mesa. Trump hizo una mueca torciendo el labio y dijo que si Milei perdía las elecciones “retiraría el apoyo”. La extorsión tuvo efecto. Una parte de la sociedad argentina se asustó con la idea de un lunes negro financiero al día siguiente de la elección de medio término. Es difícil calcular cuántos votos le sumó a la Libertad Avanza ese pánico, pero la ayudó.
Este es el contexto en el que llega una batalla electoral que es clave para todos los movimientos políticos de la corriente nacionalista popular latinoamericana: es la batalla del Brasil. Lo que ocurra en las elecciones que se realizarán en ese país vecino, la primera vuelta es el 4 de octubre, marcará parte del destino de la región para los próximos años. No será lo mismo si el país más grande de Sudamérica se suma a la corriente que se impuso en Argentina en 2023 y a la que se sumaron Chile, Colombia, Perú y Ecuador.
La densidad nacional
Brasil es un punto oscuro en la política exterior de Estados Unidos hace muchos años. El motivo es que es hace tiempo que el proyecto nacional brasileño es el que tiene mayor densidad en América del Sur. No era así a mediados del siglo XX, cuando la Argentina era por lejos el país más desarrollado de la región y con la chance de sostener un proyecto nacional potente, que se expresaba en la idea de la Argentina potencia. ¿Qué es una potencia? No es fácil definirlo, pero podemos sostener que uno de sus rasgos es apuesta a producir de todo: desde submarinos nucleares hasta bananas y películas. Eso es hoy Brasil.
Una de las diferencias estructurales con la Argentina, en este sobrevuelo muy superficial sobre un tema que podría consumir libros enteros, es que sectores de izquierda a derecha coinciden con la idea de que el destino de Brasil es jugar en las grandes ligas. Por eso es que algunas de las políticas ultraneoliberales que impulsó en su momento Paulo Guedes, ministro de Economía de Jair Bolsonaro, tuvieron una gran resistencia dentro del propio bolsonarismo. Los sectores del ejército eran un pilar central de ese gobierno y se opusieron a muchas de las privatizaciones de áreas estratégicas que proponía Guedes, que era una especie de Federico Sturzenegger. Bolsonaro, por pragmatismo, se inclinó en varias ocasiones por apoyar la posición del ala militar de su movimiento político.
Estos rasgos de Brasil son los que lo vuelven el punto oscuro para Washington, que lógicamente prefiere tener al gobierno más proestadounidense posible en el Palacio de Planalto.
Trump repitió con Brasil la estrategia que utilizó en la Argentina. En lugar del dólar, el mecanismo de extorsión ha sido la suba de aranceles a una buena parte de las exportaciones brasileñas que se empezó a aplicar a finales de julio.
El principal rival del presidente Luíz Inácio Lula da Silva en las próximas elecciones es Flavio Bolsonaro, hijo de Jair, que está preso por el intento de golpe de estado en 2022. Semanas antes de que la Casa Blanca decidiera la suba de aranceles, Flavio viajó a Washington para reunirse con funcionarios del Representante Comercial de Estados Unidos, la oficina que depende de la Casa Blanca y maneja el comercio exterior. En ese encuentro, aunque parezca paradójico, Flavio pidió que no se tomara la medida de la suba de aranceles. No lo hizo por patriotismo, por defender el interés nacional dejando de lado las disputas políticas internas. El pedido fue acompañado por una serie de encuestas que llevó el candidato presidencial en las que, según él, quedaba demostrado que esas sanciones favorecían a Lula electoralmente. Que le permitían esgrimir un discurso nacionalista y de defensa del país frente a una agresión externa.
Evidentemente, Marco Rubio no le hizo caso y trabajó para que los aranceles se impusieran y luego culpar a Lula, diciendo que era por su “responsabilidad”. Las elecciones de octubre mostrarán si la estrategia del Departamento de Estado funcionó o si el sentimiento nacional brasileño le da un espaldarazo al actual presidente que va en busca de su cuarto mandato.
Las encuestas por ahora le dan a Lula una ventaja de entre 6 y 8 puntos para la primera vuelta y una victoria mucho más ajustada en el balotaje. Hay final abierto.
El impacto argento
¿Cuál es el impacto que puede tener en Argentina la elección presidencial de Brasil? A veces cuesta que se entienda el peso que los acontecimientos internacionales tienen en la realidad local, aunque están íntimamente relacionados y son determinantes.
Además de ser el principal socio comercial, una victoria de la extrema derecha en el país más grande de la región achicaría el margen de maniobra del peronismo. Para decirlo más fácil, se agregaría un nuevo factor de poder que dentro de sus posibilidades trabajaría para la continuidad de Milei y en contra de la oposición que quiere darle al país un rumbo distinto. Eso incluye desde acciones de política exterior hasta recursos para las campañas.
La batalla que se librará en las elecciones de Brasil el 4 de octubre y que seguirá tres semanas después en caso de que haya balotaje, que es lo más probable, es central para toda la región y en especial para el movimiento nacional y popular argentino. En esas contiendas se juega también nuestro propio destino.
