Oficios

COLUMNA De cómo ciertas formas de hacer pueden salvar al mundo, la amabilidad argentina y San Telmo.

Ayer dejé mi bicicleta para arreglar en una bicicletería de San Telmo. Iba caminando con mi Olmo azul, oxidada en algunas partes y desinflada en todas, y un señor con un Golden Retriever adolescente me gritó: “Epa, ¿¡qué le pasó!?”. Le respondí de manera muy antipática que la estaba llevando a arreglar, pero él ya no me miraba, miraba a la bicicleta: estaba analizando qué tenía roto, qué había que hacerle, qué marca era. “Vení, que ya vuelvo” me dijo. Fue así que Oscar, su perro Roco —que cagó en la calle algo del tamaño de una paloma— y yo nos fuimos a su local. Oscar me contó que era un apasionado de las rodado 28 y me aseguró que “íbamos a sacarla adelante”. Metió llave en los candados que había cerrado hacía dos minutos, abrió la puerta de las rejas y entró mi Olmo. Nos quedamos charlando más de media hora entre manubrios y ruedas sueltas, me mostró las bicicletas que arma. Me dio especial ternura su tendencia a usar el rosa pastel y los canastos de mimbre; me dijo que yo tenía cara de vintage. No sé bien qué quiso decir. Después nos fuimos caminando juntos los tres como si fuésemos amigos o familia, hasta que doblé en avenida Independencia para ir a La Peruana, un lugar donde venden café.

            Como soy nueva en el mundo del café en granos me quedé haciéndole muchas preguntas a la chica que me atendió, por qué algunos cafés eran más ácidos, por qué el italiano era tan rico y cuánto salía llevarme quinientos gramos. Hasta que de atrás de la cortina de tiras de plástico pesado apareció el dueño. Se metió en la conversación, me contó que varios de los cafés colombianos son más ácidos porque a los granos los secan al sol y no en máquinas, como lo hacen con los otros, que me gustan más. Me mostró un video de él con su máquina tostadora que tiene en un galpón en Avellaneda. Me preguntó si quería un café. Me hizo pasar atrás de la barra y me mostró todo el proceso en su máquina espresso enorme. El café estaba riquísimo, era brasilero. Y creo que le caí mejor cuando vio que no lo endulcé. “Así se toma el café”, me dijo. Me dio la mano, se puso el casco de su moto y se fue.

            Sentí algo parecido al buen humor, a la esperanza. Quizás el café tenía algo que ver, pero también había pasado otra cosa: en apenas dos horas me había encontrado con dos desconocidos que parecían genuinamente contentos de explicarme aquello que sabían, generosos al compartir el secreto. Me fui de ese barrio con la certeza de que el mundo puede ser, cuando quiere, un lugar gentil. Oscar, el apasionado por las rodado 28. El dueño de La Peruana, contento porque una chica tiene preguntas sobre el café y las máquinas que lo tuestan. La gente que todavía se entusiasma con lo que sabe hacer y encuentra placer en transmitirlo. San Telmo, pensé otra vez, qué fruta noble.

            Soy una acérrima defensora de la amabilidad argentina. Me resulta incomprensible escuchar a alguien de afuera decir que los argentinos somos una mierda. Vengan a la bicicletería de Oscar. Vengan a comprar café a la peruanita. Vean cómo tratamos a los perros, incluso cuando cagan como dinosaurios por la calle Bolívar.

            Pero después de este rapto de argentinidad y entusiasmo me di cuenta de que algo atravesaba mis dos postas del recorrido: la pasión por el oficio. Benditas sean las manos que trabajan la madera, los pies que pisan el pedal de una máquina de coser, la lupa sobre la nariz para pintar con precisión un diminuto punto con el pincel. Bendito el que sabe hacer algo y todavía se entusiasma cuando alguien quiere aprender. Oficio.

            Leo El artesano, un libro de Richard Sennett, un sociólogo estadounidense que habla sobre el impulso humano de hacer un trabajo bien por el simple hecho de hacerlo bien:

            Es posible que el término «artesanía» sugiera un modo de vida que languideció con el advenimiento de la sociedad industrial, pero eso es engañoso. «Artesanía» designa un impulso humano duradero y básico, el deseo de realizar bien una tarea, sin más. La artesanía abarca una franja mucho más amplia que la correspondiente al trabajo manual especializado. Efectivamente, es aplicable al programador informático, al médico y al artista; el ejercicio de la paternidad, entendida como cuidado y atención de los hijos, mejora cuando se practica como oficio cualificado, lo mismo que la ciudadanía. En todos estos campos, la artesanía se centra en patrones objetivos, en la cosa en sí misma. Sin embargo, a menudo las condiciones sociales y económicas se interponen en el camino de disciplina y compromiso del artesano: las escuelas pueden no proporcionar las herramientas adecuadas para hacer bien el trabajo y los lugares de trabajo pueden no valorar verdaderamente la aspiración de calidad. Y aunque la artesanía recompense a un individuo con una sensación de orgullo por el trabajo realizado, esta recompensa no es simple. A menudo el artesano tiene que hacer frente a conflictivos patrones objetivos de excelencia: el deseo de hacer bien algo sólo por hacerlo bien puede verse obstaculizado por la presión de la competencia, la frustración o la obsesión.

            Sennett amplía la idea de oficio hasta llevarla mucho más allá del trabajo manual especializado. Para él, puede haber oficio en la medicina, en la programación, en el arte, en la educación, incluso en la crianza. Toda práctica que se haga con dedicación, aprendizaje, repetición y compromiso puede convertirse en un oficio. Algo interesante de su planteo es que el oficio no está solamente en aquello que hacemos, sino en la relación que construimos con eso que hacemos: la atención, la paciencia, el deseo de hacerlo cada vez mejor.

            El artesano fue publicado en 2008, cuando todavía no hablábamos de inteligencia artificial en los términos en que lo hacemos hoy, pero Sennett ya pensaba qué sucede con nuestras habilidades cuando las herramientas cambian y el trabajo se vuelve cada vez más automatizado. ¿Qué cosas dejamos de saber hacer cuando dejamos de hacerlas? ¿Qué se pierde cuando el conocimiento deja de pasar de unas manos a otras?

            Pienso en Oscar y en el dueño de La Peruana. Ninguno de los dos parecía estar simplemente haciendo su trabajo. Había algo más: una relación íntima con aquello que sabían hacer y, sobre todo, una alegría inmediata cuando aparecía alguien dispuesto a preguntar e interesado en aprender.

            Sennett sostiene que la figura del artesano representa la condición específicamente humana del compromiso, concepto que viene rebotando en mi cabeza desde que una amiga me dijo que siente que ya nadie se compromete con nada, que pareciera ser que los actos no tienen consecuencias. Qué solemnes sonamos para ser dos treintañeras, pensé, pero es cierto. Todo pasa por alto.

            Desde entonces no puedo dejar de pensar en eso: en qué significa comprometerse con algo, aprender a hacerlo, repetirlo hasta hacerlo bien y, sobre todo, conservar las ganas de mostrárselo a otro. Quizás por eso me fui de San Telmo tan exultante. Había llevado una bicicleta a arreglar y comprado quinientos gramos de café. Pero, en el medio, dos desconocidos me abrieron las puertas y me enseñaron algo del oficio: comprometerse. Qué fruta noble.

Píxel / Revista Zoom

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