La inmortalidad adquiere diversas formas. Una de ellas es la de nuestras mujeres y hombres que forjaron la Patria y nos dieron la independencia. Otra manera de engañar a las parcas (que son tres) es la evocación amorosa de una persona, a veces un pariente que falta, cuya modalidad es más íntima aunque no menos intensa. En el movimiento nacional tales ejercicios son indispensables, sobre todo en la memoria de los caídos en la lucha por la liberación nacional. Que para eso está el peronismo (y no para otra cosa). Es así como el recuerdo afectuoso también es militante. Nos acordamos de compañeros que ya no están, por el paso de los años o por la violencia de la oligarquía. Es que si no nos los llevamos en nosotros, somos nosotros los que dejamos de existir. De vez en cuando algunos, como Pedro Catella, encuentran documentos y volantes, escritos, fotos, que de eso está hecho el archivo de Alicia Eguren, la madre de Pedro. Son momentos especiales, sobre todo en estos momentos tan convulsionados como confusos, cuando surge de la nada o del todo (que son lo mismo) por la esquina sepia en una carpeta usada un artículo de, digamos, Juan Domingo Perón. Y entonces el pasado reencarna en el presente, resurrección de los cuerpos mutilados de la militancia, y comulgamos en el “no me olvides” que siempre florece. Gracias Mamá.
Lo que el compañero tiene en la mano es un artículo escrito por el General para el diario Clarín. Pero el Clarín de Chile, cuyo lema es el de nuestro Crónica: “firme junto al pueblo”. Se titula “La cuarta invasión inglesa” y fue publicado el 13 de enero de 1957. Recordemos el contexto. Menos de dos años después del bombardeo de junio de 1955 a la Plaza de Mayo que dejó más de 300 muertos y al menos 1200 heridos; del sangriento golpe cívico-militar que en septiembre vuelve a negar la voluntad popular; de borrar con un bando militar la Constitución Nacional de 1949; de reprimir con violencia el levantamiento del General Valle de junio de 1956, que fue fusilado -como tantos, como Dorrego; de un pueblo cuyos militantes eran arrestados y torturados, que ni siquiera podía nombrar a Juan Domingo, ni recordar a Evita, porque el decreto 4161 de “la fusiladora” quería borrar todo símbolo nacional. Mientras, Perón exilado sin más que lo puesto, pasa por Paraguay, Panamá, Nicaragua antes de recalar en Caracas, siempre perseguido por los esbirros golpistas de la oligarquía, que lo intentaron asesinar, una vez en Panamá, dos en Caracas. Desde esa ciudad el General redacta este artículo.

Por supuesto que en la Patria hay compañeras y compañeros que tratan de organizarse y ejercer la resistencia a la opresión, que es uno de los derechos humanos esenciales al menos desde el siglo XVIII. Pero la venganza oligárquica olvida todo recato antes proclamado para joder al pueblo. Viene así de fábrica (extranjera). En el exterior, también hay grupos peronistas decididos a actuar. ¿Cómo organizar todo eso sin nada? Bueno, con la política. Con las posibilidades que haya. En un lugar de segunda, con mobiliario comprado o conseguido por ahí -que es lo que le pasa a los exilados- sin otro recurso que una anodina máquina de escribir Royal, Perón escribe todo el día, y buena parte de la noche, quizás compartiendo la oscuridad con quienes están sufriéndola, allá, tanto como él. El “momento Caracas” es formador de ese nuevo Perón que debe asumir el liderazgo en la zozobra sólo con lo que dispone, ilustre náufrago de la historia. Y lo usa en clave política. Es de Caracas donde Perón nombra a John William Cooke como conductor del movimiento nacional, el único que designará jamás, y eso que Cooke todavía no se había fugado ni llegado a Chile. Pero las balas pican cerca.
Hay que comunicarse con los muchachos, dice Perón. ¿Pero cómo hacer? Todavía no está instalada del todo la mecánica que funda nuestra mística, esa de recibir los mensajes del general. Pero hay que empezar. Parece que por entonces existía en Santiago de Chile un significativo grupo de compañeros exilados. Recordemos que Chile recibió refugiados argentinos de todo origen, desde Sarmiento y Alberdi -que se detestaban- hasta Felipe Varela. Todavía no habían llegado los fugados Cooke, Cámpora y Jorge Antonio, cuya extradición fue reclamada por la dictadura y que la justicia chilena rechazará con mucha cortesía, webón. Es cuando sale el artículo que encontró Pedro.
No conocemos con seguridad la pericia de Perón como esgrimista, pero con la Royal será superlativo. Desde el primer párrafo, nada de ponerse en guardia, sino marchar espada firme en mano en ataque a fondo contra el cuerpo enemigo. Comienza por relevar que el almirante Rojas, el secuaz de Aramburu, se encuentra con el Principe de Edimburgo, consorte de la monarca del Reino Unido, nada menos que en la Antártida, lo que significa la sumisión de la dictadura a los intereses británicos en el Atlantico Sur. También Milei tendrá como primer desplazamiento una ida a la Antártida, vaya a saber para qué, el Principe ya se había ido. ¿Será un rito iniciático de la secta cipaya?
Nada de eso importa. Perón ataca en flecha a renglón corrido sobre la importancia de la independencia y de quienes la condujeron. Que en esa épica fundadora de nuestra libertad están las dos derrotas militares infligidas por el pueblo y los militares patriotas al imperio británico en 1806 y 1807. Esa es la primera invasión inglesa, teclea el general en la Royal, en el atardecer magnífico de Caracas, la ciudad de la eterna primavera. Desde ese crepúsculo, El General rememora el intento de Carlos María de Alvear, que llegó al poder por un golpe, para ofrecer mediante la “misión García” los territorios recién liberados a la corona inglesa. Se ve que la oligarquía solo puede vivir de la dependencia permanente, habida cuenta de los gustos populares que ni por equivocación pueden elegir tal sendero de desgracia. O al menos en esas épocas. Con Rivadavia en el sillón, Perón subraya como Inglaterra logra por las finanzas lo que no pudo lograr por las armas. “Los ingleses, con una desarrollada técnica imperialista, inducen al Gobierno a contraer un empréstito con la casa Baring Brothers, que luego la nación tendría que pagar más de mil veces sobre su valor real”. En efecto, el famoso empréstito Baring de un millón de libras, de las que llegaron sólo la mitad para comprar… productos ingleses. Queda inaugurada esa servidumbre financiera que habría de durar más de un siglo. Es la segunda invasión inglesa.
Después de las guerras civiles, al albor de la organización nacional y la constitución de 1853, escribe Perón que “el país es gobernado por los descendientes del patriarcado que diera libertad a la patria. Pero aquellos parecen no haber heredado las virtudes de sus antepasados. El vicio y la malicia caracterizan sus vidas, y tras haber dilapidado sus fortunas personales, se disponen a hipotecar la riqueza y el porvenir de la patria. Inglaterra, siempre alerta, desaparecidos los peligros de la anarquía y con una oligarquía complaciente, proclive al continuismo y la vida fácil, pone en juego los resortes de su experiencia y su astucia y se infiltra económicamente. Acaba de producirse la Tercera Invasión Inglesa”. Es que con “la seguridad jurídica”, el capital inglés abarca todas las actividades económicas de la Argentina. Tanto que la Patria “pasa a ser una colonia, una factoría inglesa. La comercialización de sus cosechas, y sus carnes y sus cueros; los frigoríficos; los servicios públicos; los seguros y reaseguros; la flota marítima; las finanzas y otros, en su inmensa mayoría están en su poder o son manejados, directa o indirectamente, por Inglaterra”.
Todo el andamiaje oligárquico se desmorona con la Revolución del 4 de Junio de 1943. Termina la década infame, esa del “fraude patriótico” que tanto gusta a la oligarquía, ya sea manual o digital. Y con el aval popular de las elecciones de 1946, Perón describe en la noche caraqueña que “ante la incredulidad de propios y extraños, con sorprendente celeridad y decisión, nacionalizamos, comprando y pagándoles, los ferrocarriles (que en la Argentina constituyen uno de los instrumentos vitales de la economía), los transportes de Buenos Aires; los puertos; los teléfonos, los silos y elevadores de granos; algunos frigoríficos, los servicios de gas, de electricidad y demás servicios públicos. Creamos la Flota Mercante Marítima y Fluvial del Estado, que llegó a ser la cuarta del mundo y una importante flota aérea comercial. Nacionalizamos el Banco Central y los depósitos, con lo que otorgamos a la nación el manejo de sus finanzas y de su moneda. Creamos el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI), que entre otras importantes y útiles funciones, permitió desplazar a los consorcios extranjeros que hasta entonces comercializaban en propio provecho nuestra producción, la que pasó a ser de utilidad general para la nación y, en especial, para quienes la producían con su trabajo. Industrializamos el país constituyendo grandes hornos, facilitando la instalación de industrias pesadas extranjeras, que aportaban bienes de capital, técnicos y experiencia y comprando más de veinte mil nuevos e importantes equipos. Asimismo, adquirimos primero y fabricamos después gran cantidad de maquinarias agrícolas y automotores para el desplazamiento de la producción”. Eso fue el peronismo en el poder. Eso es el peronismo en las resistencias, que hubo tantas como tantas invasiones hubo. O hay. Eso será el plan del peronismo para gobernar de nuevo, si es que quiere volver a ser. Las reflexiones sobre la correlación de fuerzas, los “peronistas presentables”, que por ser tan presentables ya ni siquiera parecen argentinos, el olvido de quienes fuimos y quienes queremos ser queda lejos y apagado, muy apagado, por el tronar de las teclas de la Royal del General, que la blande como certera espada que corta el tiempo, y la sangre.
Eso no significa dejar el mundo, como si tal cosa fuera posible. Al contrario, las inversiones extranjeras son bienvenidas, en tanto proporcionen transferencia de tecnología o mercados. Rompe Perón el lance para preparar la defensa del acuerdo con la Standard Oil de California, encargada por contrato de la exploración petrolera, que deberá entregar el petróleo a YPF y cobrar una parte razonable de las ventas, sin las concesiones territoriales tan a la moda hoy, y sin prórroga de la jurisdicción nacional para mandarnos a las cortes yanquis. Con el golpe de 1955 “los ingleses, grandes financistas, saben extraer suculentos intereses de sus inversiones. Sus exigencias no se limitaron a anular la posibilidad de absoluta independencia económica que nos proporcionaba el autoabastecimiento energético. Fueron más allá. Impusieron a sus obedientes servidores nativos la obligación de destruir la industria”. Caramba, qué coincidencia con los hechos de hoy. Y además hubo saqueo de los bienes públicos, o de la propiedad de peronistas. “La dictadura militar no demoró en poner en práctica el plan impuesto desde la metrópoli en Londres”. Como siempre, el cipayaje alega la “moralidad” de los gobiernos populares como argumento para reventar la infraestructura industrial, entregar los servicios públicos, aceptar jurisdicciones extranjeras para dirimir litigios.
En la soledad de Caracas nos escribe el General, que también sentimos esa soledad de las teclas. La Royal es la espada. “Nuestra patria y nuestro pueblo soportan, en esta hora trágica, LA CUARTA INVASIÓN INGLESA”. Hay peronistas, que somos mayoría. ¿Pero hay peronismo? Sí, es cierto, volvió Perón, demasiados años después, para regalarnos ese Plan Trienal para la Reconstrucción y la Liberación Nacional de 1973. Reconstrucción, Liberación, Nacional. Eso es todo, que no es la nada. ¿Entonces?
“Si antes, sin la cultura popular, la conciencia social y política, el adoctrinamiento y la organización que hemos alcanzado y disponemos en la actualidad, fuimos capaces de arrojarlos en tres ocasiones, ¿qué no seremos capaces de hacer ahora? La historia no marcha para atrás. Nuestro movimiento revolucionario social, el justicialismo, marcha dentro de la corriente histórica. La de ellos, es una reacción circunstancial y fortuita, que pretende, inútilmente, invertir el curso de la historia. No es difícil predecir quién triunfará al final”. “La historia no marcha para atrás”… ¿estaremos a la altura de las circunstancias? Por cierto, el jefe de la custodia en Panamá, quien desbarató el atentado fue un tal Omar Torrijos. Parece que amanece. El General saca la hoja, la mira, está satisfecho. Ya casi empieza a clarear en esa Caracas henchida de proyectos. Nos llega el mensaje de Perón. Gracias Pedro. “Quién sabe, Alicia, este país / no estuvo hecho porque sí”.
