“Eso fue lo que sucedió al principio mismo, según testimonios fidedignos y mis propias conjeturas. Pero sobre lo que aconteció más tarde los testimonios no son tan exactos, como tampoco lo son mis conjeturas. Hay, sin embargo, algunos datos”.
Fiodor Dostoyevski, Los Endemoniados, 1873.
Sí, ya sé, existen varias maneras de titular en castellano la novela que Fiodor Dostoyevski comenzó a publicar en “El mensajero ruso” allá por 1871. Algunos prefieren “Los demonios”, otros optan por “Los poseídos”, Rafael Cansinos Assens se inclina por “Demonios” sin más, en correcta traducción. Pero a mí me gusta “Los endemoniados”. Ignoro si ha sido usado en alguna versión, pero así le diremos al relato de los acontecimientos sucedidos en una pequeña ciudad rusa, cercana a San Petersburgo, de cuyo nombre Dostoievski no quiso acordarse. Después de todo, el que escribe soy yo, quien lee es usted y que sea lo que Dios quiera. O no. Qué tanto.
Como en toda novela rusa que se precie, las primeras cien páginas apenas nos presentan el escenario, los personajes y la trama. Así nos familiarizamos con cada uno y cada cual. Es recomendable tener papel y lápiz a mano, así recordamos que Varvara Petrovna Stavróguina es una rica propietaria, el intelectual Stepán Trofímovich Verjovenski funge de eterno galán maduro que le revolotea. Tiene un hijo llamado Piotr Stepánovich Verjovenski, que conduce un reducido pero intenso grupo de militantes políticos. Piotr es amigo y admirador fanático de Nikolái Vsévolodovich Stavroguin, hijo de Varvara Petrovna, la terrateniente.
Por suerte Fiodor nos brinda un narrador a veces omnisciente. Pero esa voz reconstituye los acontecimientos a medida que suceden, lo que hace que nos acompañe más que nos guíe, a veces tan desorientado como nosotros mismos, simples lectores. Es así como además tenemos que apuntar que Peter Thiel es el dueño de Palantir, Alex Karp es el fiel segundo; Sam Altman comanda ChatGPT, Jeff Bezos es Amazon, Zuckerberg regentea Facebook, WhatsApp y Meta del mismo modo que el joven y jovial ingeniero Kirillov diseña puentes para facilitar la llegada a la ciudad de los endemoniados. Hay algo de eso en la furia algorítmica que agita el mundo, sobre todo en ese occidente que no tiene nombre, como la ciudad evocada, ya sea porque no lo sabe o porque lo teme. Por cierto, el samovar está por ahí, los rusos lo usan para tomar té. ¿El agua servirá para el mate?
Es que hay un peligro que se cierne sobre la ciudad. Recordemos que por entonces Rusia está sacudida por la emancipación de los siervos, los efectos de la industrialización, la influencia de las ideas europeístas, la respuesta eslavófila, el descontento de las clases medias frente a la inmutabilidad social que critica y mantiene a la vez la dinastía de los Romanov. Lindo quilombo. Tanto como hoy en el mundo, donde la llamada “Inteligencia Artificial” dice un día que nadie sirve, luego afirma que necesita los ingenieros que echaron, mientras infiltra los Estados con los jugosos contratos que consiguen, mientras precariza las mentes que la usan. Lo llaman “aceleracionismo” —es que fascismo ya está registrado— cuya razón de ser es hacer las cosas más rápidas, no importa si son buenas o malas desde el punto de vista moral en cuanto y en cuando provean de beneficios a los dueños y poder a los amos. Va desde la vigilancia personal hasta la limpieza étnica, sin olvidar el asesinato personalizado, por supuesto.
Más modestos, aunque igual de ambiciosos, los endemoniados de Dostoyevski hacen juntadas donde pretenden regenerar la sociedad rusa, en nombre de un “iluminismo” mal entendido y peor ejercido. Es así como en una reunión de las tantas que cometen, en busca de imponer los modos sociales y las modas políticas de Europa occidental, uno de los endemoniados llamado Shigaliov sostiene que después de mucho estudiar la cuestión concluye que “partiendo de la libertad sin límites llego al despotismo ilimitado”. Y le gusta. Quizás tanto como a Peter Thiel, que afirma que “la libertad es incompatible con la democracia”. Ah, mira vos. Es también lo que quiere Piotr Stépanovich cuando afirma: “de lo que se trata, amigo, es de una nueva religión que viene a desalojar a la vieja”. Quizás por eso un tipo como Curtis Yarvin, una eminencia del “iluminismo oscuro”, califica a las universidades como “catedrales” en un sentido peyorativo hacia las instituciones que producen conocimiento fuera del algoritmo. O eso cree. Quizás de allí el odio al estudio. Tal cosa no cabe duda para Piotr, que sugiere: “como primera providencia se rebaja el nivel de la educación, la ciencia y el talento. Un alto nivel de ciencia y educación vale sólo para mentes excepcionales”. Peter Thiel ofrece becas para que estudiantes abandonen los estudios universitarios y encaren proyectos empresarios. “No creo que sea necesaria la educación”, vuelve Piotr, “la ciencia ya ha tenido su espacio, lo que falta aquí es la obediencia”.
Que es lo que quiere Thiel, los amigos y la propia clase digital-financiera. La economía del algoritmo propone a la sociedad una generalizada nivelación por lo bajo. Eso es visible en lugares como X-Twitter. “Echaremos mano a la embriaguez, la calumnia, la delación; recurriremos a la depravación más extremada” parece una buena descripción de esa red social, pero fue dicho en un escrito publicado en 1871. Continúan los endemoniados de ayer y de hoy: “estrangularemos a todo ingenio en su infancia para destruir ese deseo. Reduciremos todo a un común denominador: la igualdad más absoluta”. El problema es que esa igualdad es la de las cadenas, tanto físicas como mentales. “Tú puedes ser tu propio patrón”, dicen los otros, además de pedalear para alguna de las aplicaciones de reparto a domicilio. Qué rara que viene la igualdad. Pienso en eso mientras cebo el mate.
En la ciudad sin nombre hay una fábrica, propiedad de los Shpigulin. Con 900 obreros, es la marca de la industrialización. Los trabajadores están mal pagos, las instalaciones son insalubres —hay brotes de cólera— y para colmo los dueños “millonarios muy bien relacionados” cierran la fábrica y no pagan lo debido a los trabajadores. Estos designan una delegación de 70 compañeros para peticionar ante las autoridades. “Marchaban sin hacer ruido, casi en silencio, en concertado desfile”. Los nuevos endemoniados también pagan mal, no les importan las pandemias —bien saben que las vacunas no sirven— y disuelven la cuestión social mediante la prohibición de sindicalizarse, o peor, hacer huelga. Después de todo, nos dicen, todos somos patrones de nosotros mismos, ¿no? Por supuesto, los obreros serán culpados por el incendio de una parte de la ciudad, que fue producto de las intrigas del círculo esclarecido y de las internas que lo habitan. Que, como siempre, poco tienen que ver con la clase obrera. El que alquiló la ciudad de Venecia para casarse, un tal Jeff Bezos, no acepta sindicatos. Pero en 2021 los trabajadores de Amazon en Nueva York se le pararon de manos por las condiciones laborales que los exponían a la infección por COVID-19. Lo mismo pasa en las demás plataformas. Así, cuando los obreros se presentan ante el Gobernador son apaleados por la policía. Es que Piotr y otros habían dejado tres hatos de volantes a las puertas del establecimiento, pero que estaban sin abrir. Es que, salvo dos o tres casos, los obreros no entendían la prédica de los endemoniados, demasiado confusa y poco concreta, e incluso los ignoraban. Para el gobernador, no son huelguistas sino “amotinados”. El lenguaje militar para definir la cuestión social. El control de los algoritmos para la represión.
¿Qué hacer entonces? “La solución definitiva del problema es la división de la humanidad en dos partes desiguales. Una décima parte recibe libertad personal y un derecho ilimitado sobre las nueve décimas partes restantes. Estas últimas deberán perder toda individualidad y convertirse en una especie de rebaño, y, mediante su absoluta sumisión, alcanzarán, tras una serie de regeneraciones, la inocencia original, algo así como en el Paraíso terrenal. Tendrán, sin embargo, que trabajar”. Y no, no es Jeff Bezos —no escribe tan bien— sino que son las palabras de un maestro rengo que hace el elogio de las propuestas sociales de Shigaliov. Pero los amos de la “Inteligencia Artificial” no sólo detestan la organización de los trabajadores, sino que también se proyectan más allá del ser, como la última verdad tanto de la historia como de la biología. ¿Y Hegel? ¿Y Darwin? ¿Y Freud? ¿Y Fukuyama? ¿Y Candela? Al menos el agua del samovar es perfecta para el mate.
Hoy vemos cómo se construye el totemismo con el cual se trata la Inteligencia Artificial cuando está en manos de los monopolios dominantes que sufrimos. Es la Torre de Babel mentada por León XIV. Por prueba los dichos de Harari, cuando establece que la IA no es una herramienta sino un sujeto, quizás la puerta a la inmortalidad, del mismo modo que aquellos que buscan habilitar empresas sin humanos. ¿Así que los algoritmos se crean y manejan solos, en un primer caso de generación espontánea? ¿O será para esconder las responsabilidades en los crímenes económicos cometidos y a cometer por personas demasiado humanas? Esto desde ya no es ciencia, y harto discutible tecnología, en todos los casos, que invita más a la adivinación propia del tarot o los encantos vintage de la alquimia, en la versión que pretendía crear “homúnculos” en tubos de ensayo. Es similar a aquellos que buscan el sentido de la vida en un chat con un bot, cuando no le preguntan por quién votar en las elecciones. Del Deus ex machina al Deus est machina. Es el Dios en la máquina, pero es… una máquina, ¡no es Dios! Está hecha por humanos con valores, prejuicios e instrucciones de la patronal.
Con similar confusión los complotados deciden actuar. Hay que sembrar el terror que permitirá el nacimiento de una nueva Rusia. El Apocalipsis provocará la revelación, que además son sinónimos, lo que no parece molestar mucho para quienes esperan que la luz de los incendios ilumine la conciencia popular. Igual encontramos los mismos internismos que sacuden el mundillo algorítmico, donde el mercado, la proclamada innovación y la llamada inteligencia artificial ocupan el lugar que antes correspondía a Dios, al positivismo burgués o la revolución social. Para Nick Land, por ejemplo, la máquina puede ocupar el lugar de la trascendencia, tal como el crimen brinda sentido al grupo ruso. Para Marc Andreessen, un teórico entusiasta de estos tiempos obscuros, supone que la práctica probabilística sin límites, que eso es la IA, permite la excelencia en el funcionamiento de los mercados así como puede satisfacer las ansias de gloria, ambición y destino que carcomen a los seres humanos, en particular a los descriptos por Dostoyevski. Andreessen y los demás predican un tecno-optimismo similar a las elucubraciones sociales de Piotr. Y como Piotr, no tienen miedo de los medios que precisen para alcanzar el objetivo. Que por mandato divino, todo lo justifica. Hay que tensar la sociedad hasta que pida basta, se someta o sea destruida. Eso no sólo absuelve a los criminales, sino que los eleva y así crea sentido para los demás. Si algo relega al rango de terroristas de cabotaje a los personajes dostoyevskianos es la visión de un Alex Karp, para quien gracias a la tecnología no habrá enfermedades, al menos para los que puedan pagar la cura, no habrá envejecimiento y el cerebro humano superará todos los límites. Ah, qué bien. ¿Es demasiado pedir que lo usen? Es el Armageddon, un fin de los tiempos que los amos digitales ignoran que puede terminar tan mal como una celebración de gran aldea. Muy mal. Se ve que se les cayó el samovar sobre la cabeza. Pero no se dieron cuenta, y eso que pesa, un samovar, tanto como la realidad.
Hay que reconocer que después de la caída del Muro de Berlín, que marcó el fin del socialismo realmente existente, quisieron enterrar la idea de sociedades más justas. Luego, la triunfante globalización neoliberal debía traer la prosperidad para todos, pero no cumplió con las expectativas, salvo para pocos. Tanta frustración debe ser contenida. En ese desierto conceptual que vivimos, hecho de pobreza, guerra y genocidio, proponen e imponen la inteligencia artificial como la solución a todo. Aunque necesita una voz que la represente, una cara que la haga aceptable, incluso seductora. Son las necesidades de la guerra cognitiva. Piotr supone que tiene razón, una razón que la razón de los demás no entienden (quizás sean los que tienen… algo de razón). Pero necesita al comunicador. Aquel que produzca el acontecimiento necesario, acaso se siente un Moisés en espera de un Aarón, como dice Milei de la hermana presidencial. Como sea, Nicolás Stavroguin, que cultiva el género de seducción tenebrosa, concita las esperanzas y los deseos de los hombres y mujeres de la ciudad sin nombre, que acaso sea eso que llamamos mundo. Nikolái Stavroguin es el elegido para ser la encarnación de los nuevos tiempos.
El problema con Stavroguin es que todo le interesa y nada lo apasiona. Cualquier interés es pasajero, de las orgías al crimen, del juego a los duelos. Sin embargo, concita el interés de la ciudadanía en la pequeña ciudad inominada, cuyos habitantes proyectan en él la reivindicación de todas las frustraciones de los estratos altos y medios. Mientras, los obreros hacen huelga. De allí que Stavroguin goce en humillar, robar, matar. Piotr considera que es ese Stavroguin el que debe ser la figura de proa para encarnar la nueva Rusia. Es bello, adinerado, prestigioso, influyente. Le fascinan los medios para obtener sus objetivos, de hecho mucho más los mecanismos que los resultados, siempre distintos y variables. Pero eso le interesa a Stavroguin apenas como un instante fugaz siempre repetido en perpetua instantaneidad. Como todo lo demás.
Es la seducción que ejercen los Large Language Models (LLM) en las personas. De las que están solas por ser demasiado mayores a las que están aburridas por ser demasiado jóvenes. La máquina es empática con quien la convoca. Como Mefistófeles. Siempre irá en el sentido de quien le escribe. A cambio te pedirá el alma. Como Mefistófeles. Los endemoniados reemplazarán la conciencia por la técnica. Digamos que en el texto de Dostoyevski el semblante de Stavroguin suele estar acompañado de figuras reales o imaginadas, en una letanía repetitiva donde hay una araña, una mosca y una red. En el caso del ruso son las relaciones que establece desde el buen pasar aristocrático, tanto para el placer o para el servicio, mientras que en Internet… vaya coincidencia. Araña. Mosca. Red. Redes sociales. Y después de consumida la víctima anterior, va en busca de la próxima presa. Es el juego oscuro placentero de Stavroguin, como son las ganancias de los monopolios digitales. Stavroguin seduce como el algoritmo preferido porque brinda a los demás la apariencia de ser incluso alguien, siempre que sea la víctima como la mosca entrampada en las redes. Pero Stavroguin no persigue ningún fin. Es la nada, un nihilismo individual que las redes convierten en catecismo global. Nada hay en Stavroguin. La nada es lo que hay.
Ahora debemos señalar que el zar Alejandro II emitió un ukase —poco conocido— que prohibió los spoilers, que son pasibles de penas de prisión en Siberia. Aunque ese tema nos deja fríos, nos ajustamos a derecho y no contaremos cómo sigue la novela. Léala, que no saldrá indemne. Digamos apenas que las costumbres del bello Stavroguin cuadran en la isla de Epstein. Y cómo, que a tal punto es. Bien sirva de ejemplo para entender que los amos occidentales del algoritmo no cometen los crímenes pese a que estén prohibidos, sino porque están prohibidos. La impunidad es una muestra de poder. Incluso en una pequeña ciudad rusa en 1871, que puede ser cualquiera o que puede ser todas.
Existen críticas sobre los “endemoniados” (pues así decidimos nombrar la novela) acerca de los tiempos dispersos, las acciones desconexas y hasta un capítulo —fundamental— que no fue publicado, aunque suele acompañar el texto al final de las ediciones modernas. Allí se develan las acciones de Stavroguin. Es allí donde vemos el talento superlativo de Dostoyevski, que no sólo nos brinda una descripción del caos, sino que nos hace entrar en el caos mismo a través de la escritura. Es como ver un cuadro, y estar en la pintura. Pasamos del “lector in fabula”, que con pertinencia señala Umberto Eco por la complicidad de quien lee el texto, sino que “lector est fabula”, en el sentido de que uno es parte de la narración. Ese abismo del que hablaba Nietzsche ya está en nosotros, algunos porque miraron ese abismo demasiado tiempo, otros porque lo desean, los más porque los obligaron. Nos queda saber si podremos dominar ese abismo y vencerlo. Ya está allí. Dicen que el título del trabajo de Fiodor Dostoyevski viene de un episodio de la Biblia.
Resulta que Jesús encontró a “dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino”, al menos si nos remitimos a Mateo 8:28-32. ¿Serían los de antes y los de ahora? Ante el Hijo de Dios, los endemoniados rogaron ser enviados a una piara de cerdos que andaban por ahí. Apenas entraron en los chanchos, los animales se arrojaron al mar desde un acantilado y se ahogaron. Reenviemos, pues, ese abismo al vacío, para que los caminos prohibidos, ahora perdidos, puedan ser transitados de nuevo con la justicia social, la independencia económica y la soberanía política, tal como lo hicimos antes y lo necesitamos ahora. Se nos acabó el agua del samovar. Queda para un último matecito más, ¿gusta, don Fiodor Mijáilovich? Es el del estribo, digo. Hoy toca bancar a los compañeros huelguistas de Shpigulin, a las familias de esas “pobres gentes”, que junto a los “humillados y ofendidos” usted conoce bien, en esta ciudad que no nombra adrede, quizás para decirnos que siempre, en todos lados, debemos combatir a los endemoniados que nos dominan. ¿Escucha, a lo lejos, desde la taiga hasta la pampa, ese latir de los bombos con la alegría de los redoblantes? Afuera hay un sol de invierno. Vamos, hay que marchar con el pueblo.
