,

Mileísmo sin Milei y el laberinto peronista

Mientras parte del establishment empieza a imaginar una derecha sin Milei para preservar el modelo económico, el peronismo atraviesa el dilema de cómo renovar su conducción en medio de la proscripción a Cristina Kirchner. Por Demian Verduga

Hay argumentos que cada cierto tiempo reflotan en la política argentina. Funcionan como tabla de salvación. Cuando comenzó el ocaso del modelo económico menemista, luego de la crisis del Real en Brasil en 1997, la estrategia de comunicación del establishment argentino fue culpar a los casos de corrupción del menemismo por el fracaso del modelo económico. Dicho de manera sencilla: el crecimiento del desempleo, de la pobreza y del endeudamiento externo, que son intrínsecos al modelo económico que suele impulsar la derecha en Argentina, eran consecuencia de la corrupción de algunos funcionarios y no del modelo. Hoy está ocurriendo algo similar.

Algunos sectores de la derecha, dirigentes del PRO cercanos a Mauricio Macri, sostienen que Javier Milei no podrá recuperarse del daño político que le están generando las sospechas de posible enriquecimiento ilícito del jefe de Gabinete, Manuel Adorni. Esos mismos dirigentes lo comparan con la foto que reveló la fiesta de cumpleaños de Fabiola Yañez, que se había hecho en la Quinta de Olivos cuando ella era pareja del expresidente Alberto Fernández y mientras la mayoría de la población acataba las restricciones a la vida social que impuso la pandemia. Estas comparaciones son, ciertamente, especulaciones que sólo se podrán comprobar cuando haya un nuevo turno electoral.

Lo que sí está ocurriendo ahora es que la narrativa para “salvar al modelo” ha comenzado a desplegarse con instrumentos muy similares a los que se usaron a finales de los 90. A mediados de abril hubo una reunión de Mauricio Macri con el CEO de Techint, Paolo Rocca. El encuentro fue en la casa que el empresario tiene en San Isidro. “Necesitamos una derecha racional”, le dijo Rocca al expresidente durante ese encuentro. Luego le preguntó si estaría dispuesto a presentarse en las elecciones de 2027.

Un sector del establishment económico argentino —en el que están Rocca y Héctor Magnetto, de Clarín— transita por una paradoja política. Quieren debilitar a Milei porque hay negocios en los que el presidente prioriza a grupos económicos extranjeros. El punto es que, al mismo tiempo, estos grupos tienen pavor de que el desgaste de Milei abra las puertas para el regreso del peronismo.

La caída del respaldo al presidente es por el impacto económico y social de lo que él vende como “el ajuste más grande de la historia de la humanidad”, con ese estilo austero que lo caracteriza. Los grupos locales caminan por una delgada línea. Pretenden colaborar con el desgaste del presidente y, al mismo tiempo, construir una alternativa de reemplazo que no sea el peronismo. Esa intención es otra muestra más de la falta de capacidad de construcción política del establishment local.

Esta encrucijada obliga a la derecha a retomar la narrativa de “la culpa es de la corrupción”. De esa manera se castiga a Milei y, al mismo tiempo, se puede proponer un candidato que no tenga “los vicios” del actual mandatario y le dé continuidad al ajuste. Es un rumbo “suicida”. Lo que está fracasando —una vez más— es el modelo económico. Insistir en el mismo camino puede desembocar en una crisis sistémica comparable con la del 2001. Dicen que el ser humano es el único animal que choca dos veces con la misma piedra. El establishment argentino ya chocó varias, no sólo dos.

La primera en la lista para liderar el mileísmo sin Milei es Patricia Bullrich. Por ahora sigue actuando como candidata a jefa porteña, pero lleva en su cartera, doblada, una banda presidencial para probársela en cuanto haga falta.

Laberinto peronista

El resquebrajamiento del bloque de la derecha argentina debería verse como una oportunidad para el peronismo. Hace sólo siete meses —en octubre del año pasado— Milei ganó las elecciones de medio término con la intervención del gobierno de Donald Trump. Esa injerencia fue similar a la de otros momentos de la historia; por ejemplo, cuando el embajador norteamericano Spruille Braden organizó a la oposición antiperonista para las elecciones del 24 de febrero de 1946. En esa contienda, Juan Perón se impuso por el 52,8% de los votos contra el 42,8% de la Unión Democrática. Se sabe que, con la sagacidad política que lo caracterizaba, Perón encaró esa campaña con la consigna “Braden o Perón”.

Casi 60 años después, el resultado fue distinto. La amenaza del presidente Trump de retirar el apoyo financiero a la Argentina si Milei no se imponía en las elecciones promovió un temor en la sociedad que influyó en el resultado. Milei apareció como invencible mientras tuviera el apoyo de Washington. La política es muy dinámica y el humor social también. El escenario, siete meses después, es diferente.

El peronismo está atrapado en un laberinto sinuoso. La persecución política contra la expresidenta Cristina Fernández, que está presa y proscripta, ha sumergido al movimiento creado por Perón en un debate muy difícil de saldar. ¿Por qué? Porque la disputa por la sucesión en la conducción está enturbiada. Para decirlo de modo más claro: si Cristina gozara de todos los derechos políticos que le corresponden, podría presentarse como candidata en una primaria o apoyar a otro y, en ambos casos, competir contra quienes creen que es hora de producir una renovación con figuras como Axel Kicillof. Al estar presa y proscripta, la intención de sucederla ingresa en un conflicto ético que no es fácil sortear.

¿Hay que proponer el relevo del líder histórico cuando está preso y proscripto por una persecución orquestada por los grupos económicos locales y la potencia hegemónica del hemisferio? Es un interrogante que le agrega dramatismo a la puja por la sucesión, algo que no tendría sin ese elemento. Y encima se agregan otras incógnitas. ¿Hay que obturar la renovación política y generacional porque el líder histórico está perseguido? ¿No es acaso esa renovación la que tiene la posibilidad de resolver la persecución si gana las elecciones?

Son preguntas que funcionan como un sistema de pinzas que complejiza el debate interno del peronismo, que de por sí transita la ebullición de cualquier fuerza política que pierde las elecciones y debe dejar el gobierno.

La política la hacen las personas. Encontrar las diagonales que permitan sortear esta trampa en la que está el peronismo es el desafío. Es lo que puede habilitar la posibilidad de aprovechar la oportunidad que abrió el nuevo fracaso económico de la derecha.

Compartí el artículo